«El ladino permite ver cómo era el idioma hace 500 años»

Myriam Moscona

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 7 May 2014

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Myriam Moscona (2014) | © Centro Sefarad
Myriam Moscona (2014) | © Centro Sefarad

Sevilla | Abril 2014

A una mujer de letras como Myriam Moscona (Ciudad de México, 1955) le faltan las palabras para expresar su alegría de estar de nuevo en España. “Es un país al que le tengo un afecto más allá del que puede sentir cualquier viajero. Para mí es muy simbólico reencontrarme con palabras expulsadas que, de algún modo, regresan con este libro”.

El libro al que se refiere es Tela de sevoya (Acantilado), su primera incursión en la narrativa después de cobrar celebridad con poemarios como Los visitantes o Negro Marfil. En este nuevo título –tomado de un dicho sefardí, “la fragilidad humana es como la tela de la cebolla”– la autora explora sus orígenes sefardíes, y en especial su relación con aquella abuela búlgara que le transmitió infinidad de términos en ladino. De hecho, en judeoespañol está escrito buena parte de este relato que Moscona se resiste a calificar de novela autobiográfica: “¿A quién le importa mi vida? Lo que importa es contar la biografía de una lengua.”

Usted ya se había ocupado de sus raíces culturales y de su familia desde la poesía. ¿Qué le hizo abordar el tema desde la prosa esta vez?

«Jamás pensé que escribiría narrativa, pero a veces uno se encuentra sorpresas en sus propias negaciones»

Tiene usted razón, vengo de 30 años de poesía, y jamás pensé que escribiría narrativa. Pero a veces uno se encuentra sorpresas en sus propias negaciones. El libro me fue tirando para allá, y míreme, aquí estoy. Pero creo que sin esa maestra que es la poesía no podría haber escrito un libro como Tela de sevoya. Lo que sé de la escritura se lo debo a ese medio tan riguroso que es el verso, aunque la narrativa tiene un oleaje que hoy la hace más comunicativa… para tristeza de la poesía.

A veces la poesía parece sentirse a gusto, si me permite la expresión, en ese gueto.

Sin duda, y al mismo tiempo corren malos tiempos para ella. La dictadura del mercado es atroz, y hoy nos parece increíble pensar que los poetas en Rusia llenaban estadios como los conciertos de rock, que la gente se sabía de memoria a sus poetas y que, en definitiva, los versos tenían una presencia en la vida de la gente. Ahora los poetas escriben para los poetas. No sé qué tan bien esté la poesía en ese gueto.

Hablando ya de los sefardíes, ¿hasta qué punto cree que la nostalgia por la Península puede ser un mito? ¿Es posible heredar un sentimiento así a través de tantas generaciones?

«He oído hablar siempre de la llave de los abuelos sin haberla visto nunca. Pero tengo una llave que es de verdad: la lengua»

La Historia habla por sí misma. Si ese sentimiento no fuera verdad, si el amor por España no fuera cierto, ¿cómo podría haber estado viva la lengua 500 años en las comunidades judías? La lengua era el aglutinante que mantenía viva esa comunidad. Las expresiones más conocidas de la cultura sefardí son la música y las canciones, pero si nos fijamos, todas las canciones de amor son transfiguraciones del amor por España. Es curioso, porque uno no se queda enamorado de quien lo expulsa, pero es lo que hay, es lo que pasó. Cuando yo era niña, en casa comíamos pandespaya, y tardé mucho en darme cuenta de que quería decir “pan de España”. Hay cosas que no engañan.

Sin embargo, usted misma señala en su libro que la famosa llave que todas las familias decían conservar venían siempre de Toledo, nunca de Gerona o de Granada, por ejemplo. ¿No era Toledo un nombre mítico?

Ah, por supuesto. Cuenta, además, con que en 500 años pasan muchas cosas. Yo tengo que reconocer que poseo recuerdos que ya no sé si son míos o implantados, y que he oído hablar siempre de la llave de los abuelos sin haberla visto nunca. Pero tengo una llave que es de verdad: la lengua. No me importa si viene de Toledo, Gerona o Granada, para mí y para muchas familias es emblemática. Y está viva, aunque sea minoritaria.

¿La última oportunidad del ladino fue la creación del Estado de Israel?

Bueno, la primera razón de que esta lengua se halle en su situación actual es que la mayor parte de sus hablantes fueron exterminados. Imagínese, en Salónica, en el norte de Grecia, había una comunidad tan grande de hablantes del judeoespañol que en las calles se oía más que el griego. Y esa comunidad acabó en las cámaras de gas. En 1948, el hebreo, que existía solo en el ámbito litúrgico, fue refundado. Es una tristeza que no se decretara al mismo tiempo la oficialidad del yídish y del ladino. A veces las urgencias nos hacen olvidar lo importante.

El judeoespañol habría corrido una suerte muy diferente.

Ahora seguramente nos encontramos en una situación que hace difícil que pase a la segunda generación. Después de 28 o 30 generaciones en los que se conservó en lugares donde se hablaba griego, italiano, serbio, francés, italiano… Para mí es apasionante porque me apasiona el español, y no es fácil ver, como con rayos X, cómo era el idioma hace 500 años. Pero en mi libro no trato de dar clases, solo se trata de contar la historia de una chica y de su abuela malencarada, y cómo por paradojas de vida recibes una herencia preciosa de gente que no parece muy afectuosa.

La actual disgregación del ladino, con muchas incorporaciones de lenguas modernas y con criterios diferentes por todas partes, ¿es un síntoma de debilidad, o puede ser también una riqueza?

«El ladino es la lengua de los desterrados, no tenemos una RAE ni un Oxford. Eso crea un caos, pero también una libertad única»

Creo que es una naturaleza, es parte del ladino, la lengua de los desterrados, una lengua sin patria y sin academia. No tenemos una RAE ni un Oxford. Todo eso crea un caos, pero también un campo de libertad único. Es muy interesante.

Recuerdo que la redactora de un diccionario ladino-hebreo le afeó que usara usted acentos a capricho, solo para evitar confusiones entre palabras.

Sí, ya se sabe: “Pueblo chico, infierno grande” [risas].

En una entrevista que nos concedió Angel Wagenstein, nos confesaba que prefería que el ladino no se estudiara. Decía que era como estudiar azteca. Como mexicana, ¿puede estar de acuerdo?

Estoy en absoluto desacuerdo con él. Aprender una lengua siempre, siempre es una riqueza. Pera información de ese señor, el náhuatl es una lengua viva, llena de hablantes y de literatura, y vale mucho la pena conocerla. Yo estoy en contra de la unificación de las lenguas, porque para mí no hay lengua menor. La unificación tiene siempre detrás una historia de dominio, como saben España o Francia. El náhuatl, el maya, muchas lenguas que se hablan en Chiapas, el zapoteco… merecen su oportunidad. Yo no soy optimista, porque no hay niños que hablen ladino y una lengua no vive por un decreto institucional, pero hay quien piensa que todo el esfuerzo que se está haciendo va a propiciar la permanencia de la lengua.

Creo que Wagenstein adoptaba una postura pragmática: le parecía más útil estudiar español moderno.

«No soy optimista, porque no hay niños que hablen ladino y una lengua no vive por un decreto institucional»

No estoy de acuerdo para nada. ¿Quién dice que lo pragmático es lo mejor? Pregunte por la parada de metro Vodafone Sol: puede que sea lo más pragmático, y lo mejor para Vodafone, pero ¿es lo mejor para todos?

Damasco y Alepo fueron ciudades con importantes comunidades sefardíes. Cuando las ve ahora en los informativos, arrasadas, ¿las percibe como parte de su cultura, o no siente que le pertenezcan de algún modo?

Es una tragedia lo que ocurre allí, Damasco es la ciudad habitada ininterrumpidamente más antigua del mundo. Lo que ocurrió con los sefardíes es que allí y en Alepo se integraron de tal modo que no pervivió el judeoespañol. No se puede hablar de ladino en Siria, e incluso en Marruecos el caso es diferente, con la haketía… Aunque, por favor, si esta pregunta es política…

No, es una pregunta sentimental. Me interesaba saber qué lazos mantienen los sefardíes con un país que acogió a muchos miles de sus antepasados, y además muy próximo a Israel.

Creo que en general los problemas de la zona son tan terribles, tan complicados… Yo soy una pacifista convencida y, en el caso de Israel, solo puedo querer soluciones para los problemas entre dos pueblos que son hermanos.

Bulgaria vivió el nazismo de un modo diferente a otros lugares, allí no hubo campos de exterminio. ¿De qué modo influyó este hecho en los judíos búlgaros?

Por ejemplo, gracias a eso, usted y yo estamos hablando en este momento [risas]. La resistencia allí fue admirable, la cabeza de la Iglesia Ortodoxa se tendió en las vías del tren para impedir que se pusieran en marcha los vagones que iban a los campos de Polonia. Y gracias a la simpatía del rey Boris, la integración de los judíos búlgaros en la sociedad fue muy sui generis. Perdieron sus casas, pero no sus vidas. De uno de aquellos vagones, enfundado en su abrigo de invierno, bajó mi padre…

Fueron a México porque su padre tenía un primo allí que había marchado a hacer las Américas. Toda la familia aprendió el español al mismo tiempo, ¿no?

«La resistencia al Holocausto en Bulgaria fue admirable. Los judíos búlgaros perdieron sus casas, pero no sus vidas»

Fíjese qué interesante, las guerras siempre producen desplazamientos, pero mientras que mis padres en México se pasaron de inmediato al español contemporáneo, los abuelos llegan a otro continente sin interés por el idioma. Llegan para morir. Pero gracias a ello contacté con el ladino, aprendí que pashariko es una expresión de cariño, que mancebez equivale a juventud… Cuando de niña oía a los emigrantes que trabajaban en el medio rural, me quedaba muy impresionada con todas aquellas palabras.

¿Cómo valora la iniciativa del gobierno español de conceder la nacionalidad a los descendientes de sefardíes?

Qué puedo decir, me da mucha alegría. Es una forma de reconocer un error histórico, aunque hayan pasado 500 años. Porque dese cuenta de que esta comunidad nunca, en todo ese tiempo, perdió sus nexos con España, ¡no acabo de entender por qué! En ese sentido, aplaudo la iniciativa de Casa Sefarad, pero hasta donde yo entiendo de momento es solo una iniciativa, ahora en manos del gobierno. No creo que sea tan fácil darle cauce legal.

Una duda. ¿Es usted una isla, o hay más escritores que no conocemos escribiendo poesía o prosa en ladino?

«Aún escribiéndose mucha poesía en ladino, los temas siempre son los mismos, la Shoah y la nostalgia de Sefarad»

Hay más gente, pero el problema principal es que, aun escribiéndose mucha poesía, los temas siempre son los mismos, la Shoah y la nostalgia de Sefarad. Creo que necesitamos una poesía más contemporánea, no podemos seguir con los mismos fraseos de 200 o 300 años atrás. Los poemas que incluyo en Tela de sevoya no son recuperaciones, son míos. Me interesa en mi idioma, por ejemplo, la antipoesía, ¿por qué no también en ladino? Si nos fijamos, César Vallejo es capaz de descomponer palabras, de jugar diciendo rompido en lugar de roto. Y Juan Gelman, el único autor que escribió un libro [Dibaxu, 1994] en ladino sin ser sefardí, dice morido por muerto. ¿No es interesante?

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