Sueños de la Patagonia

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 1 Jun 2014

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Durante su breve visita a Israel, el papa Francisco depositó una corona de flores en la tumba de Theodor Herzl.

Eso no fue un gesto habitual. Los jefes de Estado extranjeros están obligados a visitar Yad Vashem, como de hecho hizo el papa, pero no la tumba de Theodor Herzl. No es como la Tumba del Soldado Desconocido de París.
Entonces, ¿por qué la tumba de Herzl? Obviamente, éste fue un gesto que tenía la intención de enfatizar el carácter sionista del Estado.

Herzl fue el fundador del sionismo político moderno. Se le llama oficialmente ‘‘El visionario del Estado’’. Un retrato suyo es el único cuadro que decora el salón de sesiones de la Knesset. Si tuviéramos santos, sería San Teodoro.

Probablemente, Francisco no reflexionó más en profundidad sobre este gesto. Si es así, es una pena. Al papa argentino le podría haber interesado mucho la figura de este original periodista y dramaturgo vienés.

Porque si Herzl se hubiera salido con la suya, el presidente Peres y el primer ministro Netanyahu habrían dado la bienvenida a Francisco en español. Éste habría honrado la tumba de Herzl en un Estado judío situado en algún lugar al sur de Buenos Aires.

Si Herzl se hubiera salido con la suya, Francisco habría visitado un Estado judío situado al sur de Buenos Aires

Si Francisco no ha oído nunca nada acerca de este episodio, no es el único. La gran mayoría de israelíes tampoco sabe nada de esto. No se enseña en las escuelas israelíes. Se esconde con bastante vergüenza.

Los israelíes han oído acerca de “lo de Uganda”. Poco antes de la temprana muerte de Herzl, el gobierno británico lo invitó a poner en marcha sus ideas en parte del este de la África británica (en realidad, se trataba del altiplano keniata, una meseta con un clima apacible, que luego pasaría a convertirse en una parte de Kenia).

En aquel entonces, Herzl ya había perdido las esperanzas de que el sultán turco le cediera Palestina. El proyecto de Kenia, que se podía poner en marcha de inmediato, le atraía a él y a su principal seguidor, Max Nordau, que le aconsejó que lo aceptara al menos temporalmente, como un ‘‘refugio nocturno’’.

Pero los sionistas rusos, que eran el baluarte del movimiento, se rebelaron. Palestina o nada. A Herzl lo rechazaron sus admiradores, y murió poco después a causa (se decía por entonces) de habérsele partido el corazón.

Este es un episodio bastante conocido. Se ha escrito mucho sobre él. Algunos dirían que si en los años 30 hubiera existido un commonwealth judío en África, muchos judíos europeos podrían haberse salvado de los nazis.
Pero el capítulo de Argentina se ha borrado. No encaja con la imagen del visionario del Estado enmarcada en las paredes.

La larga travesía de Herzl hacia el sionismo empezó en Viena, cuando tuvo que afrontar el antisemitismo, como estudiante judío nacido en Hungría. Su mente lógica encontró la solución. Cuando ya era un dramaturgo, describió la escena: todos los judíos austríacos, excepto él, desfilarían de forma ordenada hacia la catedral y se convertirían al catolicismo en masa. Eso al papa le habría entusiasmado.

En el sionismo de Herzl no había un dios de por medio, y Palestina no se le pasaba por la cabeza

Sin embargo, Herzl aprendió pronto que ni los judíos aceptarían el bautismo (‘‘a los judíos les asusta el agua’’, bromeó una vez Heinrich Heine), ni tampoco los goy (no judíos) nacionalistas soñaban con acogerlos entre sus filas. ¿Cómo iban a hacerlo? Los judíos estaban por todas partes, en muchos países diferentes; entonces, ¿cómo iban a unirse de corazón a cualquier movimiento nacional?

Y ahí fue cuando Herzl hizo esa reflexión histórica: si los judíos no podían unirse a ninguno de los movimientos nacionales que se estaban propagando por Europa, ¿por qué no habrían de constituirse ellos como una nación diferente, nueva al mismo tiempo que antigua?

Para Herzl, esa era una idea seria y racional. No había un dios de por medio, ni sagradas escrituras o sandeces románticas. Palestina no se le pasaba por la cabeza. Ni tenía interés alguno en las fantasías religiosas de los sionistas cristianos de Gran Bretaña y Estados Unidos, como Alfred Balfour.

Herzl completó totalmente su proyecto, hasta el más mínimo detalle, y lo escribió en el opúsculo que se convirtió en la biblia sionista, ‘‘Der Judenstaat’’ (El Estado de los judíos), antes incluso de que empezara a pensar seriamente en el lugar donde esto se llevaría a cabo.

El ensayo tuvo su origen en un discurso que él daba al ‘‘consejo familiar’’ de los Rothschilds, la familia judía más rica sobre la tierra. Esperaba que éstos le financiaran el proyecto.

El texto se encuentra inmortalizado en sus diarios, un documento muy bien escrito que abarca varios libros. En la página 149 del primer libro de la impresión original alemana, después de explicar sus planes, comenta: ‘‘Puedo deciros todo acerca de la ‘‘tierra prometida’’, excepto su ubicación’’. Esto quedaría a cargo de una conferencia de destacados geógrafos judíos, que decidirían donde establecer el Estado, después de examinar todas las circunstancias geológicas, climatológicas, ‘‘en resumen, las circunstancias naturales, siguiendo las investigaciones más modernas’’. La decisión que se tomara sería ‘‘puramente científica’’.

Al final, cuando el ensayo se publicó con el título ‘‘Der Judenstaat’’, prácticamente se desconocía la ubicación. Se dedicaba a esta cuestión menos de una página, que llevaba el expresivo título de: ‘‘¿Palestina o Argentina?’’

Herzl prefería Argentina claramente. La razón de esto también se ha olvidado.

Una generación antes de la de Herzl, Argentina consistía principalmente del norte del país, con Buenos Aires como eje central. La gran región del Sur, llamada Patagonia, estaba casi vacía.

En aquel entonces, Argentina comenzó una campaña de conquista, que muchos hoy día consideran que fue genocida. Se aniquiló o expulsó a la población indígena precolombina, que incluía a una tribu de ‘‘gigantes’’ (de dos metros de alto). A eso se lo llamó, casi al estilo sionista, ‘‘la campaña del desierto’’.

Este tipo de campañas genocidas eran bastante comunes en esos tiempos. Estados Unidos llevó a cabo una contra los ‘‘pieles rojas’’. Los alemanes cometieron un genocidio en lo que hoy es Namibia, y en la Alemania del káiser se agasajó al genocida como a un héroe. El rey de los belgas hizo algo parecido en Congo.

Lo que Herzl vio con su imaginación fue un país nuevo y enorme, más o menos vacío, simplemente a la espera de que alguien lo convirtiera en un Estado judío. Pensaba que el gobierno argentino lo cedería a cambio de dinero. Al resto de la población se la podría expulsar o persuadir para que emigrara a otro lugar, pero sólo ‘‘después de que los indígenas hubieran exterminado a todos los animales salvajes’’.

El plan de reubicar a los judíos en un lugar seguro se convirtió en un movimiento mesiánico

(Los propagandistas antiisraelíes usan esta frase como si se refiriese a los palestinos. Eso es bastante falso. Es imposible que Herzl escribiera tal cosa sobre Palestina mientras el califa musulmán fuera el soberano del país).

Patagonia es una región bastante pintoresca, con muchos paisajes diferentes, desde las playas tanto del Océano Atlántico como del Pacífico, hasta las increíblemente hermosas montañas de los Andes cubiertas de hielo. El clima es fresco por lo general, incluso frío. La ciudad más meridional del mundo se encuentra en la punta sur de esta región.

El enfoque racional de Herzl pronto se vio inundado por el carácter irracional de su movimiento: una mezcla de fantasías religiosas y del romanticismo de Europa del Este. El plan de reubicar a los judíos en un lugar seguro se convirtió en un movimiento mesiánico. No era la primera vez que esto le ocurría a los judíos, y siempre ha acabado en desastre.

Herzl detestaba Palestina. Y lo que más detestaba era Jerusalén.

Tratándose del profeta del sionismo, es curioso que durante mucho tiempo se negara a visitar Palestina. Cruzó Europa de Londres a San Petersburgo, de Estambul a Roma para conocer a los grandes de este mundo, pero no puso un pie en Yafo hasta que el káiser alemán prácticamente lo obligó.

Guillermo II, un tipo romántico y bastante inestable, insistió en reunirse con el líder de los judíos en una tienda de campaña cerca de las puertas de Jerusalén. Fue en noviembre, el mes en el que el tiempo de este país es más apacible, pero el calor hacía sufrir a Herzl terriblemente, sobre todo porque no se quitaba su grueso traje europeo.
El káiser, antisemita de nacimiento, lo escuchó con educación, y observó más tarde: ‘‘Es una buena idea, pero imposible de llevar a cabo con judíos’’.

El sionismo  ‘‘es una buena idea, pero imposible de llevar a cabo con judíos’’, dijo el káiser

Herzl huyó de la ciudad lo más rápido que pudo. La Ciudad Sagrada, por la que sus sucesores siguen todavía hoy dispuestos a derramar mucha sangre, le parecía fea y sucia. Escapó a Yafo, y allí se subió en mitad de la noche al primer barco disponible hacia Alejandría. Aseguró que había escuchado rumores acerca de una conspiración que urdía su asesinato.

Todo esto podría haber supuesto materia de reflexión para el papa, si se hubiera centrado en el pasado. Pero Francisco vive en el presente, y tendió su mano a los vivos, en especial a los palestinos.

En vez de entrar a Palestina desde Israel, como todo el mundo, le pidió prestado un helicóptero al rey Abdalá II y voló directamente desde Ammán a Belén. Esto supuso de alguna forma reconocer que Palestina posee una categoría de Estado. Cuando se dirigía de vuelta al helicóptero desde Belén, pidió parar de repente, caminó hasta el Muro de la ocupación y puso sus manos sobre su feo cemento, como sus predecesores habían hecho en el Muro de las Lamentaciones. Sólo Dios pudo oír la oración que hizo en ese lugar.

De ahí el papa voló al aeropuerto Ben-Gurion, como si acabara de llegar de Roma. Desfiló por la alfombra roja entre Peres y Netanyahu (ya que ninguno de los dos le hubiera cedido ese honor al otro).

No sé de lo que pudo hablar el papa con este dúo superficial, pero seguro que yo habría disfrutado escuchando una conversación entre esos dos argentinos inteligentes, Francisco y Herzl.

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