El porno, transición democrática

Publicado por

Zineb El Rhazoui

Publicado el 5 Jul 2014

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Rabat | Junio 2014

Las calles apacibles de la capital marroquí son el escenario de una cruda guerra de imágenes. El sexo “made in bled” es más discreto que los puestos de vídeos halal, y se vende bajo la manta, donde resiste al islamoconservadurismo.

A una hora en tren desde Casablanca, su ajetreo, sus rascacielos y sus bandas de atracadores a navaja, Rabat, la capital administrativa del reino jerife, vive bajo el cielo azul de la relajación y el buen tiempo. Menos populosa, más verde y más calma, la urbe imperial se abraza, como celosa, a las murallas de la ciudad prohibida y al palacio real, donde habita una fauna de esclavos, viejas concubinas retiradas y cortesanos. Las calles de este importante centro universitario ven pasear a parejas de estudiantes sin blanca, que picotean unas pipas por pocos dirham, mientras que los profesores eméritos siguen su rutina en las terrazas de los cafés.

Los comerciantes callejeros más apreciados son los que ofrecen “L’Yadid’: “la novedad”, las últimas películas en DVD

Los cafés, precisamente, son una institución en esta ciudad de funcionarios. Cada ministerio, sindicato, corporación, asociación, partido político, redacción o comunidad extranjeras tiene el suyo. Aquí, al cruce de dos calles en el barrio de Agdal, vienen los palestinos. No cualquier palestino, sino los de Fatah, los favoritos de las altas esferas marroquíes. Los de otras corrientes optan por una terraza diferente, más abajo en el bulevar.

A unas cuantas cuadras se halla el café de las putas de Saúd, como las llaman los marroquíes francófonos. Estas prostitutas, fácilmente reconocibles por sus melenas planchadas y negras como el carbón y sus narguilas, prefieren trabajar con la clientela del Golfo, rica y oh tan necesitada. En el Savarin, famoso por la pastelería suculenta de Rachida, uno se topa con magistrados, socialistas y algunos universitarios retirados.

De la mezquita al café

A otras terrazas míticas, como la del Balima, frente al Parlamento, la del 7º Arte, donde uno se relaja en los jardines, o incluso en el recién abierto Carillon, que le hace la competencia, una muchedumbre de rabatíes, a menudo ociosos pero siempre girando en torno al poder, desde cerca o desde lejos, acude para mostrarse y para pescar los últimos cotilleos del Palacio.

Basta con sentarse en la mesa y cruzar las piernas para ver desfilar al mundo y sus servidumbres. Limpiabotas, vendedores de tabaco al por menor o por paquetes de todas marcas, relojes de pared, llaveros, bolígrafos o ray-ban falsas… Entre dos mendigos, M’barek Mall, el centro comercial ambulante, ofrece vaqueros y polos a una clientela masculina poco inclinada a acudir a las tiendas. Pequeños carritos, todos idénticos, desfilan con mucha altivez para vender DVDs salafistas. Coranes, hadith, predicadores que prometen las llamas del infierno a los occidentales o a las mujeres… este tipo de productos que antes se desbordaba por las puertas de las mezquitas ahora intenta seducir a su clientela hasta en las terrazas de los cafés.

Señal de su concepto único, los pequeños comerciantes ambulantes pasarían desapercibidos sin sus insoportables decibelios. Más ruidosos que un minarete de La Meca, impiden a los clientes comentar los últimos cotilleos del Majzén (etimológicamente, equivalente a ‘almacén’, el término que define el poder dinástico de Marruecos) y se niegan categóricamente a bajar el volumen. ¿Para qué susurrar en el más acá si Dios vocifera en el más allá? Al laicismo por aquí no se le ha visto pasar y el islam, religión del Estado, se impone a todos, incluso a los adeptos de un tipo muy distinto de producto audiovisual.

Más discretos, pero no peor equipados, los comerciantes más apreciados son los que ofrecen “L’Yadid’: “la novedad”. Tras un enésimo café, los okupas de la terraza que no tienen intención de ir a empinar el codo en los bares de la ciudad regresarán a casa para echar un ojo a los últimos DVDs. Los recién publicados se regatean a 80 céntimos de euro por cada filme. A este precio es raro comprar uno solo: suelen ser varios.

Las salas de cine agonizan, pero la cultura cinematográfica de los marroquíes rivaliza con la de los parisinos con tarjeta de abono UGC, gracias a “L’Yadid”. Para las horas más avanzadas de la fiesta, los consumidores nada sospechosos de serlo pronuncian discretamente un nombre en clave, que sólo entienden los iniciados. “¿Hay transición democrática?” pregunta un cliente. El joven vendedor, un antiguo delincuente que lleva la Fnac entera en su mochila, sonríe y responde: “¿Tú quieres democracia en Marruecos?” y le entrega tímidamente dos DVDs en sobre blanco.

Bigotudo en pelotas

La transición democrática es el porno. Y la democracia en Marruecos, eso son los filmes X más recientes, rodados en casa. No hay que esperar una producción de Lasse Braun ni escenarios artísticos. El debú clandestino del porno marroquí se hace con una cámara fija ante un decorado limitado. En un salón superkitsch con banquetas, un tipo bigotudo en pelotas entra en el encuadro, exhibiendo una orgullosa erección. Pelo negro crespo, un mostacho hirsuto que tapa la cara, una barriga prominente, piernas flacas y un torso velludo… al actor obviamente no lo han escogido por criterios de estética. Se siente cara a la cámara, con un fondo sonoro de canciones orientales. Una actriz porno con un cuerpo generoso, en un vestido ajustado hasta el culo, le sigue y se dispone a hacerle una felación, mientras que él agota, impasible, su cigarro. La operación dura bastante: se trata de que sea lento y que los espectadores tengan oportunidad de identificarse.

Por pobre que sea, la tentativa del porno casero ya merece aplauso en una sociedad mojigata que rechaza la sexualidad

Al cabo de varios minutos, el abrazo acabará a cuatro patas, con la gacela gimiendo de placer o del esfuerzo de simulación, y con el semental cumpliendo virilmente con su labor antes de eyacular sobre la alfombra. Los dos actores salen del encuadre y regresan unos segundos después, sin que la cámara haya dejado de grabar: cosas de la autoproducción. Esta vez, la actriz se ha quitado el vestido y el caballero la somete a nuevas posturas… todas excepto la del misionero, más conocida en Marruecos como “la posición de los padres”.

Por muy pobre que sea el argumento cinematográfico, la tentativa ya merece aplauso en una sociedad mojigata que rechaza la sexualidad y la disfraza de sacralidad religiosa. Rodar porno en Marruecos es arriesgar algo más que el oprobio público: la prisión. Con una cadena de producción opaca, la industria naciente del porno se está estableciendo rápidamente gracias a algunos centros de producción clandestina. El Hollywood del género es sin duda Marrakech, la Meca de la prostitución en el reino jerife.

El público, por su parte, es tan variado como la clientela de los cafés de Rabat: padres de familia, funcionarios, políticos, profesores de universidad, abogados, banqueros, ministros en activos e incluso especialistas en derecho musulmán, los mismos que comentan las fetuas de los predicadores en los hemiciclos de la ciudad, mientras esperan la transición democrática. La de verdad.

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