Manual de ligar

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 11 Jul 2014

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Emilio Tornero
Teorías sobre el amor en la cultura árabe medieval

Género: Ensayo
Editorial: Siruela
Páginas: 240
ISBN: 978-84-1593-756-2
Precio: 19,95 €
Año: 2014
Idioma original: español

− ¿Qué es el amor para vosotras, las beduinas?
− Abrazarse, estrecharse, acariciarse y conversar… ¿Y para vosotros, habitantes de la ciudad?
− Echarse sobre las cuatro extremidades de la mujer y forzarla.
− ¡Hijo mío! Eso no es amar, eso es tratar de tener un hijo.

En esta época – pongamos que hablo de la Siria del siglo XIV – el amor estaba de moda, y había reglas de juego para los amantes no casados. Lo de estrecharse, abrazarse y acariciarse estaba muy bien visto, siempre que se limitase a la parte superior del cuerpo, hasta el ombligo. Es decir, más o menos lo que en los Estados Unidos del siglo XX llamaban ‘necking’, a diferencia del ‘petting’. Si no llegaba más allá, ni siquiera el marido de la chica en cuestión, si estaba casada, tenía mucho de qué quejarse, consideraban los beduinos. Tener un amante era un derecho humano.

Claro, para llegar hasta ahí hacía falta mucha estrategia de ligoteo, flores, poemas y miradas tiernas. Y mucho sufrimiento, si no te hacían caso. Como hoy, vamos. Lo que pasa es que los amantes de aquella época se lo solían tomar más a pecho y no era raro que muriesen de amor. Como los románticos del siglo XIX, pero sin siquiera siquiera poder echarle la culpa a la tisis, que tanto estrago hizo entre los poetas alemanes. Con el aire sano del desierto no hubo excusas: los amantes se morían simplemente desgastados por la emoción. O eso es lo que asegura una pléyade de escritores, filósofos y teólogos árabes medievales.

No era raro que los amantes de esa época muriesen de amor. Como los románticos del siglo XIX, pero sin poder culpar a la tisis

Hubo incluso toda una tradición – la del amor udri – de llevar ese amor a un llamativo extremo de castidad: los amantes udríes – él y ella – no sólo se debían exclusividad amorosa, sino encima castidad. La meta era no llegar nunca a la culminación de todos esos deseos expresados en verso. Porque conseguir lo deseado, acabar fundidos en ese abrazo tantas veces invocado, podría poner fin al amor, al desaparecer ese estímulo de conseguirlo, argumentaban algunos sexólogos.

Todo lo contrario, se enfada Ibn Hazm. Un parecer deleznable, cosa que sólo les ocurre a la gente inconsecuente. Sabía de qué hablaba, porque en su Andalucía natal se debía de amar mucho y bien. “De mí sé decirte que jamás he bebido del agua de la unión sin que se me acrecentiera la sed”.

El sexo forma parte del amor, en esto estaban de acuerdo todos. Sin ‘ishq, la pasión del deseo, no hay amor verdadero, eso no lo negaban siquiera los udríes, aunque se esforzasen en no darle satisfacción a ese deseo. Los demás, sí. “Cuanto más me acercaba a mi amada, más crecía mi agitación, y el pedernal del deseo encendía con mayor fuerza el fuego de la pasión de mis entrañas”, recuerda Ibn Hazm.

No vale invocar la poligamia, porque al amante se le exige que se centre en una sola amada

Lo curioso es que todas estas costumbres de amar – estar enamorado llegó a convertirse en muestra de buenos modales y elegancia entre gente de bien – se hallan enumerados en obras de escritores que, por lo general, son teólogos y expertos en jurisprudencia islámica, muy conscientes de que el adulterio está gravemente perseguido por las leyes que ellos mismos defendían como divinas.

Porque todos los autores coinciden en que este amor, con sus pasiones y sus dramas, sus conquistas y derrotas, sus poemas y sus miradas, sus traiciones y sus felicidades secretas se da precisamente fuera del matrimonio, o antes, en todo caso no entre las parejas casadas.

La unión final y feliz podrá ser el matrimonio lícito, o en eso insisten los escritores, pero es obvio que la práctica no tiraba demasiado por ahí. Y no vale invocar la poligamia como recurso, porque al amante se le exige que se centre en una sola amada, y se considera absolutamente reprobable que lo haga desatendiendo a su esposa o – peor – divorciándose de ella. El Juego del Amor, cabe concluir, era cosa de solteros y solteras (o malcasadas que no le debían fidelidad emocional al marido).

Esta, al menos, es la conclusión a la que llegamos en este compendio de Tratados de Amorología nacido de la pluma de Emilio Tornero, arabista de largo recorrido. Emérito de la Complutense, Tornero ha creado una obra coral, en la que nos hablan con voces entremezcladas Ibn Hazm e Ibn Qayyim, Ibn al Yauzi y los Ijwan al Safá, y tantos otros de los que nunca nos hablaron en el instituto.

Una selección amplia, que nos hace sonreír más de una vez al descubrir lo cercanas que nos son las teorías del amor transmitidas mediante estos autores árabes. Mucho más cercanas, desde luego – y eso lo subraya de forma breve pero nítida Tornero – que las de la cultura clásica griega, que tanto se reivindica como fundamento de Europa. Entre los griegos, a la mujer no se le amaba. No en buena sociedad, no como meta suprema del poeta, al menos no en la filosofía de Platón.

También más cercanas –por ser ensayos que se toman en serio el amor, como fenómeno humano que puede afectar a todo hijo de vecino– que el Libro del buen amor del Arcipreste de Hita, al que Tornero dedica unas cuantas reflexiones a lo largo de la obra; bien subrayando similitudes, bien marcando distancias. Casi demasiado honor para el clérigo de Alcalá.

Las teorías del amor transmitidas por estos autores árabes nos son mucho más cercanas que las de la cultura clásica griega

Llama la atención que los autores certifican los celos como parte inevitable del amor, pero en ningún caso le asignan al hombre derecho alguno sobre la mujer. Todo lo contrario: cuando ella es la amada, ella elige, ella decide cuándo quiere entrar al juego y cuando se harta de él y decide cambiar. Aparte de unas cuantas advertencias contra las muchachas cantoras –esclavas importadas– que aparentemente se dedicaban a sacarle los cuartos al infeliz enamorado cual jinetera, nadie consideraba tampoco que la mujer hicieran mal en amar y ser amada.

Porque el juego, al menos considerado desde la base filosófica, es totalmente recíproco. En los fragmentos que nos acerca Tornero, no se hace distinción alguna entre las formas de amar de hombre y mujer, y sí entre las del amante y el amado (usamos ambas palabras en masculino genérico, pese a aclararse que las obras se refieren expresamente al amor heterosexual). Desde luego, la mayor parte de la poesía amorosa que nos ha llegado es la de amantes hombres que suspiraban por sus amadas, pero desde el punto de vista filosófico árabe, igualmente se da al revés. Y qué decir ya de la gran, la desgarradora historia de Leila y Maynún, enamorados ambos.

Desde el punto de vista académico, Tornero mantiene un excelente equilibrio entre la presentación amena y la antología erudita, con extensa bibliografía y pretensiones de ofrecer una visión panorámica de los ensayos sobre teorías del amor.

Los autores certifican los celos como parte inevitable del amor, pero no le asignan al hombre derecho alguno sobre la mujer

Desde el punto de vista divulgativo, es decir que si quiero regalarle el libro a mi prima para que se deleite este verano averiguando cómo se ligaba en la Andalucía o Siria medieval, me sobran unas cuantas listas de conceptos a modo de tabla de materias, que se extienden hasta sobre dos páginas. Muy del gusto de la literatura medieval árabe, desde luego, donde se catalogaban con esmero desde los personajes que suelen aparecer en torno a una pareja de amantes hasta los milagros de los profetas. Quiero pensar que las décadas de estudio de don Emilio le han llevado a adoptar cierto estilo de los autores que recoge.

En otras palabras: si bien este libro me ha divertido mucho, y a la vez servirá de fundamento a cualquier futuro estudioso para su tesis doctoral, también me puedo imaginar una versión aún más amena de la misma obra, más capaz de volver a ponernos en contacto con ese mundo tan cercano humanamente, que sólo un velo del grosor de un niqab nos ha sustraído hasta ahora. Y quizás, mirando a lo que hoy día se da en llamar “califa”, se nos sustrae cada día más. Damasco de mis entrañas, Bagdad de mis palmas, barqueros y beduinas, quién os ha visto y quién os ve.

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