Obama, al rescate del Kurdistán

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Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive en Beirut como periodista freelance.

Publicado el 9 Sep 2014

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Hasan Shito no termina de entender la razón por la que desde hace diez días vaga por los pasillos de cemento de un edificio en construcción en el barrio cristiano de Ankawa, en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, donde vive con su mujer y unas 340 personas más. El porqué inmediato sí lo tiene claro: el pasado 7 de agosto su pueblo, Qaramnes, una villa de Qaraqosh, el mayor distrito cristiano de la planicie de Nínive, fue tomado por los yihadistas del Estado Islámico (EI, una escisión de Al Qaeda anteriormente conocida como ISIL, Estado Islámico de Irak y el Levante, en sus siglas en inglés).

“Nos fuimos antes de que entrasen (los milicianos) –dice–. Nos marchamos con los peshmerga”. Lo que aún no se explica es cómo pudo caer el pueblo, protegido por los soldados kurdos desde que en junio los radicales se hiciesen con el control de Mosul. “Nos cogieron por sorpresa”, reconoce. “No nos podemos creer lo que ha pasado”.

Los peshmerga se replegaron de Nínive hacia el Kurdistán”, interviene el padre Paul Zaabith, sacerdote caldeo de Qaramnes ahora también refugiado en Erbil. ¿Y por qué? El cura se ríe con sarcasmo, Hasan se encoge de brazos: “No sé”, dice alargando la negación. La historia se repite en labios de cada uno de los desplazados llegados de los alrededores de Mosul en las últimas semanas hasta la capital del Kurdistán iraquí. También en Makhmur, localidad de mayoría kurda recuperada recientemente de manos del EI gracias a los primeros bombardeos estadounidenses en Irak desde el año 2011.

En apenas una semana, los yihadistas lograron, a principios de este mes, penetrar en el territorio en disputa entre Bagdad y Erbil, donde los peshmerga se habían desplegado en junio para llenar el hueco de seguridad que dejó la espantada del Ejército iraquí. Las mismas tropas kurdas que entonces se mofaban de los soldados “de Maliki”, en referencia al ex primer ministro chií Nuri al Maliki, han repetido ahora la jugada, lo que ha colocado a los radicales, instauradores del autoproclamado Califato regido por Abu Bakr al Bagdadi, a 50 kilómetros de la capital kurda, en el norte de Irak.

En apenas una semana, los yihadistas lograron penetrar en el territorio en disputa entre Bagdad y Erbil

La maniobra ha hecho cundir el pánico, o eso parece, a juzgar por la celeridad con la que el presidente estadounidense, Barack Obama, aprobó una intervención militar en apoyo a los kurdos que le fue negada al Gobierno central sólo un mes y medio antes, cuando el EI ya llamaba a las puertas de Bagdad.

El mismo Obama justificó la intervención en su intención de detener el “genocidio” contra las minorías étnicas y religiosas concentradas en las áreas en disputa (como los cristianos y yazidíes, pero también kakais o turcomanos) y la necesidad de frenar el avance yihadista sobre Erbil para proteger los intereses americanos en la capital kurda, donde residen sus representantes consulares, personal de inteligencia y empresarios. Nada, al fin y al cabo, que no tenga Bagdad: ¿dónde está, entonces, la diferencia?

“Erbil es una ciudad segura y tranquila”, comenta entre despachos un funcionario del Ministerio de Interior del Gobierno Regional Kurdo. “Aquí el cónsul francés, el británico… pueden conducir su propio coche y regresar a casa a media noche sin temor”. La imagen de balsa de aceite que presenta el Kurdistán (única región autónoma de la federación iraquí) ha potenciado, a ojos de la comunidad internacional, la sensación de amenaza que supone el avance del Estado Islámico. Las tres provincias agrupadas en la entidad que preside el kurdo Masud Barzani (Duhok, Erbil y Suleimaniya) han experimentado en los últimos años un boom espectacular, amparado en un crecimiento económico del 8% anual y un PIB per cápita de unos 6.000 dólares, un 50% mayor que en el resto de Irak.

La puntilla la ha tejido la gestión de los hidrocarburos. El Kurdistán acumula unas reservas de unos 45.000 millones de barriles de petróleo y entre tres y seis toneladas de gas, según el Ministerio de Recursos Naturales del Gobierno regional. Desde comienzos de este año, Erbil ha estado exportando petróleo, sin permiso de Bagdad, de los yacimientos ubicados en su territorio. Del puerto turco de Ceyhan han salido hasta la fecha dos barcos con barriles de crudo gracias a un contrato firmado con el Gobierno del primer ministro Recep Tayip Erdogan para la exportación del petróleo a través de su propio oleoducto. Sólo el primer cargamento ingresará en las arcas kurdas 1,3 millones de dólares.

Turquía, principal miembro de la OTAN a las puertas de Oriente Medio, es, de hecho, uno de los principales obradores del milagro kurdo. En torno a 1.500 compañías turcas operan en la región (la cifra se ha triplicado en cinco años), muchas de ellas como intermediarias o facilitadoras de empresas asiáticas y occidentales con ánimo de establecerse en Erbil. Duhok ha alumbrado una boyante clase de nuevos ricos gracias al monopolio de las importaciones desde el país vecino a través del paso fronterizo de Ibrahim Khalil.

Turquía es uno de lo principales obradores del milagro kurdo: unas 1.500 compañías kurdas operan en la región

No sólo de datos macroeconómicos vive el Kurdistán. Desde que Sadam Husein fuese derrocado tras la invasión estadounidense de 2003 (y antes, con el establecimiento de una zona de exclusión aérea sobre el norte de Irak en 1991), la región ha gozado de una estabilidad totalmente desconocida en el resto del país. Ha conseguido aislarse también de la guerra siria al precio de cerrar la frontera a los vecinos al otro lado del Tigris en una muestra de espectacular pragmatismo por parte del Ejecutivo de Nerchivan Barzani, sobrino del presidente, que sólo ha aceptado el paso de refugiados huidos desde el Kurdistán sirio. El sentimiento de opresión generalizado en una población masacrada durante décadas y marginada por el caudillo suní ha desactivado asimismo el ánimo revanchista de otras comunidades, como la chií, que ha dado lugar a enfrentamientos sectarios continuados desde la caída de Sadam.

Con la estabilidad llegó la institucionalización. Los milicianos que durante décadas combatieron al régimen baazista desde sus refugios en las montañas al norte del país, considerados terroristas hace lustros, conforman hoy en día un Ejército (la Peshmerga, no reconocido por Bagdad) que se ha mostrado efectivo allí donde las tropas iraquíes al servicio del Gobierno central, armadas por EEUU tras la ocupación y desgastadas por las políticas sectarias de Maliki, no funcionaron: contener a los yihadistas.

El Kurdistán ha conseguido aislarse de la guerra siria al precio de cerrar la frontera a los vecinos al otro lado del Tigris

La retirada de los soldados iraquíes y el avance hacia zonas fuera de las fronteras controladas por el Gobierno Regional Kurdo granjearon a la entidad, además, las simpatías que ya les venían mostrando el resto de minorías del país, a quienes unen los recelos sobre la población árabe. “Prefiero vivir en el Kurdistán, en una sociedad más moderna”, confiesa el padre Zaabith. Ese matrimonio de conveniencia saltaba a la vista en el frente de Qaraqosh el pasado junio, donde milicianos cristianos se unieron a la Asayis (policía kurda) y los peshmerga en la defensa de la localidad el mismo día en que la artillería kurda repelía el enésimo ataque de los milicianos del EI con la tranquilidad de quien se toma un té en la garita mientras tiemblan las paredes por el lanzamiento de morteros.

Eran los días del “no nos moverán”, cuando parecía improbable, si no imposible, que el Estado Islámico decidiese avanzar sobre el frente kurdo; los mismos en los que el Ejecutivo regional jugaba la carta de la independencia como baza para presionar a la comunidad internacional. “El ISIL (sic.) cometió un error”, insiste aún el funcionario de Interior que rechaza dar su nombre, “ha sido un gran error; ahora dicen que quieren llegar a un acuerdo (con los kurdos) pero ya es imposible; parece que EEUU, el KRG y el Gobierno de Irak preparan una ofensiva contra Mosul, y podrían atacarla pronto”.

La reconquista de la presa de Mosul, una de las infraestructuras más importantes de Irak (suministra electricidad a la mayor parte del país y su precaria construcción podría convertir cualquier sabotaje en una inundación de proporciones catastróficas), ha desatado la euforia. En la operación, que duró cuatro días, han participado conjuntamente la aviación iraquí y la infantería peshmerga, con apoyo de drones y F-18 estadounidenses. Se trata de la primera ofensiva conjunta contra un objetivo yihadista, a excepción de los amagos de cooperación en otros puntos como Makhmur, donde el coronel Hayar reconoce que los aviones iraquíes que intentaron ayudar a expulsar a los milicianos “no dieron en el blanco”. “Casi dan a los peshmerga”, ironiza.

Cuesta creer, menos de dos meses después de que Masud Barzani abofetease verbalmente al secretario de Estado estadounidense, John Kerry, durante su visita a Erbil en junio (“Nos enfrentamos a un nuevo Irak”, le dijo sólo un día después de que se reuniese con Maliki) que se haya borrado todo rastro de la prepotencia de las tropas kurdas, ahora sedientas de ayuda internacional pagadas en especias militares, al tiempo que EEUU aceptase intervenir a favor de Erbil en uno de los territorios más traumáticos para la memoria colectiva del país (fue Obama quien decidió poner fin a la ocupación en Irak).

Cuesta creer que se haya borrado todo rastro de la vieja prepotencia de las tropas kurdas, ahora sedientas de ayuda internacional

La cronología de los acontecimientos da buena cuenta de que la estrategia va más allá de proteger Erbil. La intervención estadounidense estaba ligada inexorablemente a la renuncia de Maliki a un tercer mandato, que pidió el propio Gobierno iraní, aliado indispensable del régimen chií, pero también a la adhesión kurda al “proyecto federal”, es decir, al Gobierno de Bagdad. La elección de Haidar al Abadi como nuevo primer ministro iraquí con el visto bueno de Barzani dio luz verde a los bombardeos norteamericanos.

Antes, la retirada de los peshmerga del frente adelantado sobre las áreas en disputa desde 2009 con Bagdad había abonado el terreno para poder clamar a los cuatro vientos la necesidad de detener una turba de ideario medieval y equipamiento militar sofisticado que amenaza con hacer estallar todo Oriente Medio. A cambio del reconocimiento internacional y los cargamentos de armas que llegarán desde Europa y EEUU, el Kurdistán parece haber renunciado a su independencia, mientras EEUU está pagando con bombardeos el precio de mantener unido Irak.

Publicado primero en El Confidencial

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