«Yo podría haber sido una de tantas rumanas que piden por la calle»

Herta Müller

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 27 Sep 2014

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Herta Müller (Córdoba, 2014) | © Lisbeth Salas
Herta Müller (Córdoba, 2014) | © Lisbeth Salas

Sevilla | Sep 2014

Herta Müller no lleva nada bien lo de las entrevistas. Ante las cámaras se muestra horrorizada, y solo a duras penas consiente que sigan fotografiándola, a condición de que sea sin flash. Luego, al responder las preguntas, se vuelve hacia la intérprete, apenas mira a los periodistas. Esa timidez es uno de los rasgos característicos de esta autora de estatura baja y aspecto frágil, cuya extrema delgadez contrasta con el potente foco de sus ojos azules. Y éste con el carmín intenso que resalta sus labios.

Nacida en Niţchidorf, Timiş (Rumanía) en 1953, Müller obtuvo fama mundial al ganar el premio Nobel en 2009. Esta misma tarde intervendrá en el encuentro Comospoética que se celebra en Córdoba.

“La poesía, y la literatura en general, tienen una dimensión universal. No entiende de fronteras. Los temas, los sentimientos, son los mismos en cualquier parte”, asegura, y pone como ejemplo a uno de los autores que más le han influido. “Macondo, sin ir más lejos, es el pueblo de Banat donde me crié. La poesía puede expresar quizá mejor brillos de sensaciones, pero la novela y el ensayo también pueden transmitir todo eso. Y seguramente podríamos extender la idea a todo el arte”.

“No soy rumana en Rumanía, ni alemana en Alemania. Y es algo que no considero del todo negativo”

Müller, que ha cultivado el relato corto, la novela, la poesía y el ensayo, ha escrito siempre en alemán, pues su familia pertenecía a la minoría alemana conocida como los suabos del Danubio, y esa fue su lengua materna. Hija de un camionero que luchó en la II Guerra Mundial en la Waffen SS y de una mujer que fue deportada a un campo de trabajo soviético, explica: “El rumano lo aprendí con 15 años, en el instituto, pero fue fundamental para mí, porque mi proceso de socialización lo hice en ese idioma, y no me marché de Rumanía hasta los 30 años. La verdad es que tampoco puedo considerarme estrictamente alemana. No soy rumana en Rumanía, ni alemana en Alemania. Y es algo que no considero del todo negativo”, sonríe.

En este sentido, la escritora ha afirmado alguna vez que a menudo piensa como rumana y escribe en lengua germánica. “Al final es casi un modo de equilibrar los dos idiomas. El rumano es un idioma más sensorial y metafórico, está más lleno de imágenes”, dice. “Por ejemplo, esas flores, las campanillas, en rumano se llaman pequeñas lágrimas que caen. Esa metáfora me gusta”.

Por otro lado, sus poemas collage, como los contenidos en los libros El guarda saca su peine y En el moño mora una señora, proponen juegos de enorme libertad al lector, despojando a las palabras de su carga semántica y sugiriendo identificaciones con la propia topografía y las ilustraciones que las acompañan.

Toda la obra de Herta Müller es un grito de rechazo al comunismo que conoció en su juventud

“Es difícil explicar qué mensaje quiero dar con mis poemas, si es que hay alguno”, titubea. “Los collages me permiten establecer una relación fuerte entre imagen y texto. Creo que es parte de la vida, nos influye el idioma, el lugar donde vivimos… En el cine todo eso se puede transmitir muy bien, pero la literatura es un campo más limitado, por eso me gusta mostrar la palabra de una manera muy visual”.

Cuando una compañera de la prensa se identifica como venezolana, la escritora asiente: “Sí, yo conozco eso”. Y ante la perplejidad de su interlocutora, agrega: “Yo vengo de Ceaucescu”. En el fondo, toda la obra de Herta Müller, desde los citados poemarios a títulos como En tierras bajas, El hombre es un gran faisán en el mundo o La bestia del corazón, es un grito de rechazo al comunismo que conoció en su juventud.

Fue repetidamente hostigada por la Securitate, la policía secreta del régimen rumano, y sus obras padecieron la censura, hasta que pudo marcharse a Alemania en compañía de su esposo, Richard Wagner. Desde allí empezaría un largo periplo de lectorados por varias universidades europeas.

Me quité de la vista de este país”, escribe en uno de sus poemas, “como enemiga vestida de muda/ País natal que perdió la razón./ Nostalgia una maleta de madera chapada/ y en secreto como una herida/ dentro del cuello un movimiento extraño/ Yo digo buenos días y de donde/ vengo, del este hacia el oeste/ Extranjeros tragan de vacío/ Los Balcanes es para ellos un insulto…”

Su experiencia no le permite ser indiferente al hecho de que, todavía hoy, los rumanos sean considerados en muchos lugares de Europa europeos de segunda. “Cuando dejé Rumanía, tenía esa sensación de inseguridad de quien viene de un país pobre a uno rico. Entendía el idioma, lo que era de gran ayuda, pero no las situaciones, no distinguía si alguien decía algo con mala intención, o si hacían un chiste. Y es algo que sigue pasándome, todavía hoy. Yo podría haber sido una de tantas rumanas que piden por la calle. En Rumanía me despidieron de varios trabajos, sufrí interrogatorios… Supe lo que es tocar fondo, y eso no se olvida”.

Entró un miedo/ en la frente/ tenía las garras del gato/ le di leche/ me miró/ zurrapa y razón/ era lo mismo/ pero cuando tonto/ comenzó a comer/ estaba ante la leche/ una sombra lista”, señala en otra de sus piezas lírico-artísticas.

 “Cuando dejé Rumanía, tenía esa sensación de inseguridad de quien viene de un país pobre a uno rico”

Tal vez por eso, Müller trata a las palabras como seres libres, a los que no hay que tratar de domeñar. “Siempre explico que una frase sabe cómo tiene que ser ella misma, y hasta que no la pongamos tal cual es, no descansa. De acuerdo, una novela hay que planificarla, dibujar los personajes, trazar un argumento… Pero el lenguaje sabe adónde va. Si acaso la lírica puede ser más intuitiva, porque se compone de tacto, pausa, música, factores en los que juega más la intuición. Pero la lengua tiene sus propias leyes, y hace lo que quiere”.

La charla la ha animado un poco, sonríe varias veces, el hecho de que los fotógrafos se hayan marchado la tranquiliza visiblemente. Antes de despedirse concede una última pregunta. Se le sugiere que, como Adorno decretó la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz –Müller pone los ojos en blanco, en señal de hastío–, hay quien cree que el verso también es imposible después de ganar el Nobel.

Su gesto se vuelve divertido: “El Nobel no es parte de mí, no entra en mi cabeza. Es una creación de fuera, como lo son todos los premios, por tanto no me compete. El problema lo tienen los demás”, ríe. “Yo sigo siendo la misma, de veras. El Nobel no existe. Durante semanas no pienso en él, hasta que voy a actos públicos y se empeñan en recordármelo”.

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