La hija del psicópata

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 7 Nov 2014

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Najat El Hachmi
El último patriarca

Género: Novela
Editorial: Planeta
Páginas: 340
ISBN: 978-84­-080-8267-5
Precio: 5,95 €
Año: 2008
Idioma original: catalán
Título original: EL’últim patriarca
Traducción: Rosa María Prats

 

No. No es un rasgo cultural marroquí lanzar los platos de la comida contra la pared cuando en televisión sale una pareja que se da un beso.

Me veo impulsado a esta aclaración, porque si ustedes han leído El último patriarca, de la autora catalana Najat El Hachmi, podrían haberse llevado la impresión de que sí lo es. Que el protagonista, Mimoun, oriundo del Rif, el padre de la narradora, represente de alguna manera a los marroquíes inmigrantes en España y que su violencia, su desprecio de las mujeres, sus celos patológicos, su agresividad sean de alguna forma rasgos comunes a sus compatriotas.

Si ustedes han leído el libro atentamente, se habrán dado cuenta de que no. Lástima que los críticos, o eso parece, no tienen tiempo para hacerlo.

Una autora sin apellido marroquí se habría visto en los tribunales por racismo; no es para menos

Aparte de contar con el respaldo del premio Ramon Llull, el libro ha desencadenado una marea de reseñas entre las que cuesta encontrar alguna, si es que la hay, que no desborde entusiasmo. Se celebra sin fin esa lucha entre una joven que quiere ser libre frente a “la violencia de los jefes de familia chapados muy a la antigua”, frente a un “legado social que no ha elegido” (cito de El País). Es decir: si la narradora representa a la mujer libre de nuestra época, el padre refleja las tradiciones de la sociedad de Marruecos.

Señores: es mentira.

A Najat El Hachmi (Nador, 1979) la protege su nombre y su apellido: una marroquí puede decir de su país lo que quiera. Tiene derecho. Si este libro lo hubiera escrito un chico con apellidos catalanes de cuatro generaciones, se habría visto denunciado en los tribunales por racismo e incitación al odio. No es para menos.

¿Pongo en duda que lo que cuenta El Hachmi sea verídico? No. Probablemente, cada una de las escenas sea cierta, aunque espero por el bien de la autora que no le haya sucedido todo a ella, sino que utiliza experiencias y narraciones de otras marroquíes, como es habitual en el oficio. Pero lo que de estas mimbres ha compuesto Najat El Hachmi es el retrato de un psicópata.

Mimoun es un psicópata que ejerce su delirio cotidiano a mayor gloria del patriarcado

Sí: se trata de un psicópata que ejerce su delirio cotidiano a mayor gloria del patriarcado con toda su parafernalia: celos, golpes, arrebatos de cólera, gritos de ¡puta!. Un patriarcado que existe con matices de intensidad en todo el Mediterráneo y al que rinden pleitesía muchos trastornados mentales. Acérquense al centro para mujeres víctimas de la violencia en su barrio – vale cualquier ciudad española pero también cualquiera alemana– y escuchen un rato.

Por supuesto que en Marruecos hay un patriarcado, algunos grados más rígido que el ibérico, y por supuesto el del Rif es especialmente bruto. Pero lo que ha retratado la autora no es un mundo de normas severas, de leyes basadas en el ‘siempre ha sido así’ y el ‘es como ha de ser’, de reglas que todos respetan. Lo que nos ofrece es un cuadro de violencia imprevisible, contra toda lógica o razón, sin justificación y sin historia.

Si ustedes han leído el libro atentamente, dije, se habrán dado cuenta de que Mimoun no está en consonancia con la sociedad que lo vio nacer. Su propia familia, su madre, su abuela, hermanos y tías están igual de espantadas con el comportamiento del tipo como lo puede estar usted. No entienden qué le ha pasado. Lo aguantan, sí, porque no les queda otra. Porque al ser emigrante en la rica Barcelona, al haber hecho lo que antaño llamábamos las Américas, ya se ha convertido en la esperanza y autoridad de la familia. Habrá que soportarlo. Pero si nos basamos en lo que la narradora nos transmite, la familia Driouch no ha visto en tres generaciones un cabrón mayor que el tal Mimoun.

“El universo se crea mitad en el libro y mitad en la mente del lector. Dos lectores diferentes pueden tener dos experiencias distintas con el libro. El resultado no forma parte de mi ámbito de responsabilidad” decía recientemente el escritor Etgar Keret. Será. Pero llama la atención que todos los críticos han tenido la misma experiencia, la que sugiere el texto de contraportada al hablar de “dos mundos aparentemente irreconciliables” y no se refiere al de la demencia y el de la razón, como yo habría esperado sino, explícitamente, a Marruecos frente a la Península, con sus “costumbres occidentales”. Como lo oyen.

Del texto de contraportada no es responsable la autora, pero del título sí: el “último patriarca” transmite precisamente la idea de que Mimoun forma parte de una larga hilera de otros cabrones que le han precedido por mor y gracia de la tradición. Y no creo que ella lo comparta: de hecho, cuando digo que Mimoun no representa Marruecos no tengo que recurrir siquiera a lo que yo he visto de este país; basta con lo que ha visto Najat El Hachmi. Está en la novela. Lástima que no esté perfilado. Que esté oculto en frases subordinadas, párrafos dispersos.

El Patriarcado es cruel y rígido y opresor, sí, pero tiene reglas a las que también se debe someter el patriarca

Lástima que la autora tampoco da herramientas al lector para entender cuál es en realidad el drama de Mimoun Driouch y sus víctimas: la ausencia del marco patriarcal en el que está insertado el pueblo del Rif. Porque el Patriarcado es cruel y rígido y opresor, sí, pero tiene reglas a las que también se debe someter el patriarca. Lo terrible de Mimoun es que su maldad individual se puede desarrollar en el vacío de la emigración, sin los límites que su propia sociedad le habría impuesto.

Precisamente por esta sensación de vacío, los colectivos de los inmigrantes en Europa – ya sean marroquíes en Barcelona, argelinos en París o turcos en Berlín – son siempre incomparablemente más violentos, más opresores y más religiosos que sus sociedades de origen. Ya hacía falta una novela que lo contara. Ésta no lo intenta siquiera.

Entiendo que El Hachmi haya redactado este libro: escribir es una terapia

Ni siquiera hay manera de entender este libro como una ficción. Para eso le falta todo: trama, argumento, arco de acción, intriga, sorpresas, desenlace. Se presenta como una simple y lineal saga familiar en la que el orden de aparición de los personajes está marcado por los sucesivos nacimientos. La protagonista – la narradora en primera persona – no hará su entrada en escena antes de la página 150. Que ya desde el principio, a los críos del poblado rifeño se les asignen los términos padre, madre o tía, en vistas de que un centenar largo de páginas después llegarán a serlo, se puede considerar un riesgo literario; personalmente no recomiendo imitarlo.

Dicen los que saben que el original catalán tiene un sabor más fresco que la traducción española que yo manejo. Es posible. Pero dudo de que siquiera el dominio del lenguaje – del que en castellano no se nota nada: apuesta por un estilo ultrallano, tipo niña que relata su vida – pueda suplir la falta de un esfuerzo para crear ficción.

Si a Najat El Hachmi le ha pasado la tercera parte de lo que le sucede a la narradora, entiendo muy bien que haya redactado este libro: escribir es una terapia. Pero los medicamentos no hay que dejarlos al alcance de los niños. Que luego piensan que son golosinas y le ponen un premio Ramon Llull.

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