La ciudad profana

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 23 Nov 2014

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En su larga y accidentada historia, Jerusalén ha sido invadida por docenas de conquistadores.

Los babilonios y los persas, los griegos y los romanos, los mamelucos y los turcos, los británicos y los jordanos; por mencionar sólo unos pocos.

Los últimos invasores han sido los israelíes, que la conquistaron y la anexionaron a su territorio en 1967.

(Podría haber escrito ‘‘Jerusalén Este’’, pero toda la Jerusalén histórica se encuentra en la Jerusalén Este de hoy en día. El resto de partes las han construido los colonos sionistas a lo largo de los últimos 200 años, o son aldeas árabes que fueron unidas arbitrariamente al área inmensa que ahora, después de su ocupación, se conoce como Jerusalén).

Esta semana, Jerusalén ha ardido – una vez más. Dos jóvenes de Jabel Mukaber, una de las aldeas árabes anexionadas a Jerusalén, entraron en una sinagoga del oeste de la ciudad durante las oraciones matutinas y mataron a cuatro judíos devotos, para después caer abatidos por la policía.

No hay ciudad en el mundo que haya visto tantas guerras, masacres y derramamientos de sangre como ésta

A Jerusalén se la conoce como la ‘‘la ciudad de la paz’’. Esto es un error lingüístico. Cierto, en la antigüedad su nombre era Salem, que suena parecido a paz, pero Salem era en realidad el nombre de la divinidad local.

También es un error histórico. No hay ciudad en el mundo que haya visto tantas guerras, masacres y derramamientos de sangre como ésta.

Todo en el nombre de algún dios u otro.

Jerusalén fue anexionada (o ‘‘liberada’’, o ‘‘unificada’’) justo después de la Guerra de los Seis Días de 1967.

Esa guerra supuso el mayor triunfo militar de Israel. También supuso el mayor desastre para Israel. Las bendiciones divinas de la increíble victoria se convirtieron en castigos divinos. Jerusalén fue uno de ellos.

La anexión se nos presentó (yo era diputado de la Knesset en aquel entonces) como una unificación de la ciudad, que había quedado cruelmente partida por la mitad en la guerra palestino-israelí de 1948. Todo el mundo citaba la frase bíblica: ‘‘Jerusalén, construida como una ciudad bien compacta’’. Esta traducción del salmo 122 es bastante extraña. El original en hebreo simplemente dice ‘‘como una ciudad bien unida’’.

De hecho, lo que ocurrió en 1967 fue cualquier cosa menos una unificación.

Si el propósito hubiera sido la unificación, la cosa habría sido muy diferente.

Se habría concedido automáticamente la nacionalidad israelí total a todos los habitantes. Todo lo que se había expropiado a los árabes en Jerusalén Oeste en 1948, se habría devuelto a sus dueños legítimos, que habían huido a Jerusalén Este.

Si en 1967 se hubiera querido unificar Jerusalén, se habría concedido la nacionalidad israelí a todos los habitantes

Se habría ampliado el término municipal de Jerusalén para incluir a los árabes del este, incluso sin que hubiera una petición específica. Y así sucesivamente.

Lo que ocurrió fue lo contrario. No se devolvió ninguna propiedad, ni se pagó ninguna compensación. El término municipal siguió siendo exclusivamente judío.

No se les concedió la nacionalidad israelí a los habitantes árabes, sino tan sólo la ‘‘residencia permanente’’. Éste es un estatus que se puede anular en cualquier momento, y de hecho se anuló en muchos casos, obligando a las víctimas a que se fueran de la ciudad. Para cuidar las apariencias, se le permitió solicitar la nacionalidad israelí a los árabes. Las autoridades sabían, por supuesto, que sólo unos pocos la solicitarían, ya que hacerlo significa reconocer la ocupación. Para los palestinos, esto equivaldría a una traición. (Y a los pocos que la solicitaron se les denegó por lo general).

El término municipal no se amplió. En teoría, los árabes tienen derecho a votar en las elecciones municipales, pero sólo unos pocos lo hacen, por las mismas razones expuestas anteriormente. En la práctica, Jerusalén Este sigue siendo territorio ocupado.

El alcalde, Teddy Kollek, fue elegido dos años antes de la anexión. Una de las primeras cosas que hizo fue demoler el Barrio Marroquí junto al Muro de las Lamentaciones, dejando como resultado una enorme explanada vacía que parecía un aparcamiento. A los habitantes, todos gente pobre, se los desahució en cuestión de horas.

Pero Kollek era un genio de las relaciones públicas. De un modo ostensible, entabló relaciones amistosas con los árabes más importantes, les presentó a visitantes extranjeros y creó una impresión general de paz y alegría. Kollek construyó más barrios israelíes nuevos en territorio árabe que cualquier otra persona en el país. Y sin embargo, este experto en asentamientos acumuló casi todos los premios por la paz que hay en el mundo, excepto el Nobel. Jerusalén Este permaneció tranquilo.

Sólo unos pocos conocían una directriz secreta de Kollek, que daba la instrucción a todas las autoridades municipales de encargarse de que la población árabe, del 27% en aquel entonces, no superara ese nivel.

Moshe Dayan, ministro de Defensa en aquel entonces, apoyó hábilmente a Kollek. Dayan creía en la estrategia de mantener tranquilos a los palestinos facilitándoles todas las ventajas posibles, excepto la libertad.

Él fue el que pocos días después de la ocupación de Jerusalén Este hizo retirar la bandera de Israel que los soldados habían plantado en frente de la Cúpula de la Roca en el Monte del Templo. Dayan también entregó la autoridad de hecho sobre el Monte a los poderes religiosos musulmanes.

Los rabinos de los judíos ortodoxos prohíben por completo la entrada al Monte del Templo

A los judíos sólo se les permitía entrar en el recinto del Templo en pequeños grupos y como visitantes discretos. Se les prohibía rezar allí, y se les echaba por la fuerza si movían los labios. Podían, después de todo, rezar todo lo que quisieran yendo al Muro de las Lamentaciones contiguo (que es parte de la antigua muralla exterior del recinto).

El gobierno pudo imponer este decreto gracias a un hecho singular relacionado con la religión: los rabinos de los judíos ortodoxos prohíben por completo la entrada al Monte del Templo. Según un mandamiento de la Biblia, a los judíos corrientes no se les permite entrar en el Sanctasanctórum; esto sólo le era permitido al Sumo Sacerdote. Ya que hoy en día nadie sabe con exactitud dónde se encuentra este lugar, los judíos devotos no pueden acceder al recinto en su totalidad.

Como resultado de esto, los primeros años de la ocupación fueron tiempos felices para Jerusalén Este. Los judíos y los árabes se relacionaban con libertad. Estaba de moda entre los judíos comprar en el colorido mercado árabe y cenar en restaurantes ‘‘orientales’’. Yo mismo me hospedaba a menudo en hoteles árabes e hice un número considerable de amigos árabes.

Esta atmósfera fue cambiando gradualmente. El gobierno y el distrito gastaron mucho dinero en recalificar Jerusalén Oeste, pero descuidaron los barrios de Jerusalén Este, y estos pasaron a ser barrios pobres. La infraestructura local y los servicios se deterioraron. No se concedía casi ningún permiso de construcción a los árabes, para así obligar a la generación más joven a irse a vivir más allá de los límites de la ciudad. Y entonces se construyó el muro de la ‘‘separación’’, impidiendo así que los que estaban fuera pudieran entrar en la ciudad, desconectándolos de sus colegios y sus trabajos. Y sin embargo, a pesar de todo, la población árabe creció y alcanzó el 40%.

Los israelíes laicos se están yendo de Jerusalén, que se está convirtiendo rápidamente en un bastión ortodoxo

La opresión política aumentó. Bajo los Acuerdos de Oslo, se permitía a los árabes jerosolimitanos votar a la Autoridad Palestina. Pero luego se les impidió hacerlo, se arrestó y expulsó de la ciudad a sus representantes. Se clausuraron por la fuerza todas las instituciones palestinas, incluyendo la famosa Casa de Oriente, dónde tenía su oficina el querido y admirado líder de los árabes de Jerusalén, el difunto Faisal al-Husseini.

A Kollek le sucedieron Ehud Olmert y un alcalde ortodoxo al que no le importaba un pimiento Jerusalén Este, a excepción del Monte del Templo.

Y después sucedió un desastre adicional. Los israelíes laicos se están yendo de Jerusalén, que se está convirtiendo rápidamente en un bastión ortodoxo. Desesperados, decidieron echar al alcalde ortodoxo y elegir a un hombre de negocios laico. Por desgracia, es un furibundo ultranacionalista.

Nir Barkat actúa como alcalde de Jerusalén Oeste y como gobernador militar de Jerusalén Este. Trata a sus súbditos palestinos como enemigos, a los que se tolera si obedecen sin rechistar, y se les reprime brutalmente si no lo hacen. Esto, sumado al descuido de los barrios árabes durante décadas, al ritmo acelerado de construcción de nuevos barrios judíos y a la excesiva brutalidad policial (fomentada abiertamente por el alcalde), está generando una situación explosiva.

La completa desconexión de Jerusalén de Cisjordania, su área de influencia natural, hace que la situación empeore más todavía.

A esto debe añadírsele el final del llamado proceso de paz, ya que todos los palestinos están convencidos de que Jerusalén Este debe ser la capital del futuro Estado de Palestina.

La situación sólo necesitaba una chispa para que la ciudad prendiera. Ésta la proporcionaron, como es debido, los demagogos de derechas de la Knesset. Compitiendo por ganar atención y popularidad, empezaron a visitar el Monte del Templo, uno después de otro, desatando una tormenta cada vez que lo hacían. Esto, añadido al deseo manifiesto de algunos fanáticos religiosos y de derechas de construir el Tercer Templo en el emplazamiento de la mezquita sagrada de al-Aqsa y de la Cúpula de la Roca, ha sido suficiente para generar la convicción de que los santuarios sagrados estaban realmente en peligro.

Y después vino el horrible asesinato vindicativo de un chico árabe, al que secuestraron unos judíos y lo quemaron vivo echándole gasolina por la boca.

Después vino el horrible asesinato vindicativo de un chico árabe, al que secuestraron unos judíos y lo quemaron vivo

Algunos individuos musulmanes, habitantes de la ciudad, empezaron a actuar. Desdeñando las organizaciones, casi sin armas, comenzaron una serie de ataques a los que ahora se conoce como ‘‘la intifada de los individuos’’. Actuando por sí solo, o con la ayuda de algún hermano o primo en el que confía, un árabe coge un cuchillo, o una pistola (si es que la puede conseguir), o su coche, o un tractor, y mata a los israelíes que tiene más cerca. Sabe que va a morir.

Los dos primos que han matado a cuatro judíos en una sinagoga esta semana – y también a un policía árabe druso – eran conscientes de esto. También sabían que sus familias sufrirían, que demolerían su casa y que arrestarían a sus familiares. Esto no les detuvo. Las mezquitas eran más importantes.

Aparte, el día antes, se encontró a un chófer árabe muerto en su autobús. Según la policía, la autopsia probaba que se había suicidado. Un patólogo árabe determinó que había sido asesinado. Ningún árabe cree lo que dice la policía: los árabes están convencidos de que la policía siempre miente.

Inmediatamente después de la matanza de la sinagoga, el coro de políticos y comentaristas israelíes entró en acción. Y lo hicieron con una unanimidad increíble: los ministros, los miembros de la Knesset, los exgenerales, los periodistas; todos repetían el mismo mensaje con leves variaciones. Esto tiene una explicación sencilla: todos los días, la oficina del primer ministro envía una ‘‘página de mensajes’’, en la que se indica lo que tienen que decir todos los elementos de la maquinaria de propaganda.

El Gobierno exige culpar a Mahmoud Abbas de todo, aunque el Shin Bet asegura que no tiene nada que ver

Esta vez el mensaje era que había que culpar a Mahmoud Abbas de todo; ‘‘un terrorista de chaqueta’’, el líder cuyas provocaciones están generando una nueva intifada. No importa que el jefe del Shin Bet declarara ese mismo día que Abbas no tiene conexión ni abierta ni encubierta con la violencia.

Binyamin Netanyahu miró a las cámaras, y con una cara solemne y una voz lúgubre – es un actor muy bueno – repitió una vez más lo que ha dicho muchas veces anteriormente, siempre haciendo que parezca una fórmula nueva: más policía, castigos más duros, demolición de casas, arrestos, cuantiosas multas para padres de niños de trece años a los que se coge tirando piedras, y así sucesivamente.

Todo experto sabe que el resultado de ese tipo de medidas será justo el contrario. Un mayor número de árabes se enfurecerán y atacarán a hombres y mujeres israelíes. Los israelíes, por supuesto, se ‘‘vengarán’’ y ‘‘se tomarán la justicia por su mano’’.

Tanto como para los habitantes como para los turistas, andar por las calles de Jerusalén, la ciudad que está ‘‘bien unida’’, se ha convertido en una aventura arriesgada. Muchos se quedan en casa.

La ciudad profana está más dividida que nunca.

Publicado en Gush Shalom | 15 Nov 2014 | Traducción del inglés: Víctor Olivares

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