Gran Plaza, aldea global

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 20 Dic 2014

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Sevilla

Apenas llevaba una semana en mi nuevo piso de la Gran Plaza cuando alguien deslizó un mensaje manuscrito bajo la puerta: “Buenos días o buenas tardes es lo que hay que decir cuando se pasa al lado de los vecinos”. Uno, que se considera entre las cinco o seis personas más educadas del mundo, no pudo por menos que caer en cierta aprensión. Pensé que seguramente habría cruzado absorto el patio –no pasaba una buena racha y me ensimismaba con frecuencia–, o tal vez iba distraído con el teléfono, no sé: el caso es que le había hecho a alguien un feo imperdonable.

Lo reconozco, también consideré la posibilidad de poner un cartel en la entrada que dijera: “También es de buen vecino decir las cosas de frente, oiga, y no con anónimos, como si estuviéramos en la Guerra Fría”, pero temí que no hiciera sino empeorar las cosas. Había llegado a un lugar de estricta observancia de los buenos modales, y empezaba con muy mal pie…

Pronto descubrí que en realidad mi prójimo inmediato tampoco era tan-tan educado como suponía. De hecho, muchos no daban ni los buenos días, ni las buenas tardes, ni las buenas noches. No era raro que llegara cargado con bolsas del súper o de los últimos restos de la mudanza, y alguien que fuera por delante se mostrara incapaz de mantener abierta la puerta de la calle. Lo diagnostiqué como prueba de esa lamentable tendencia andaluza, tal vez española, que consiste en ser inflexible con los defectos ajenos, e increíblemente laxo con los propios. Y tener desterrado del vocabulario habitual las palabras mágicas: por favor, perdón, gracias…

Las ancianas se lanzaban reproches de insuperable crueldad, aunque al atardecer las veía reconciliadas disfrutando de la brisa

En cuanto a la convivencia entre las ancianas que son población mayoritaria en el edificio, recuerdo alguna discusión a grito pelado en las que se lanzaban unos reproches de insuperable crueldad, aunque al atardecer, eso sí, las veías a todas afuera, reconciliadas, disfrutando de la brisa vespertina en sus sillas de playa, espiando de reojo el ir y venir de los demás. ¿Sería alguna de ellas la redactora del anónimo en cuestión? Daba igual, yo no iba a dejar de saludar religiosamente como un gentleman, sonreiría a todos, me ofrecería para cualquier ayuda. Quería resarcirme como fuera.

Lo cierto es que, mientras jugaba a adivinar la citada autoría, fui poco a poco familiarizándome con el personal, hasta cogerle cariño. Mi anterior domicilio en la zona de la Alameda me gustaba, entre otras cosas, porque todo el mundo era del mundillo cultureta: desayunabas en un bar al lado del director Alberto Rodríguez o te cruzabas con el actor Antonio de la Torre llevando a su niña al cole, cerveceabas junto a uno de los MP&MP Rosado Garcés, artistas plásticos; o hacías cola en la frutería entre el cantaor José de la Tomasa y el escritor José María Conget. Quien más quien menos, todos eran célebres y talentosos. Aquello era la nueva Atenas. Aquí no. Salvo algún escritor que mora por los alrededores, en mi área inmediata no se identifican especímenes del ramo. Y a menudo se agradece, porque uno también necesita descansar del ámbito en el que trabaja…

El vecino que empezó cayéndome mejor, y sigue arriba en los puestos del ránking, es un joven que deambula por el barrio con una botella de oxígeno a la espalda, pues debe de sufrir algún tipo de afección pulmonar, lo que no le ha impedido ser un competente presidente de la comunidad. Luego está el paciente cuidador de bonsáis –los tiene por todo el patio– que fuma cigarrillos sin filtro mientras poda sus criaturas, casi siempre en silencio. Un día me sorprendió contándome que había visto mi batería electrónica a través de la puerta entreabierta, y que él también había tocado durante muchos años en una banda de jazz. También está el ropavejero que cada mañana carga con sus libros y su perro en un carrito de la compra, y exhibe sus volúmenes en una manta en la misma Gran Plaza. Nunca me he atrevido a comprarle nada por un tonto pudor, pero al vuelo he columbrado Goytisolos y Bukowskis a buen precio. Tenemos a la chica silenciosa que hace de gorrilla con su novio, un hombre de aire fatigado, por los alrededores: he llegado a verla caminando por la calle y de pronto, al ver la posibilidad de aparcar un coche, ha corrido a hacer aspavientos para señalar el hueco y ganarse unas monedas.

Por otro lado, cuando examinas a los que te rodean y especulas sobre sus vidas, terminas preguntándote qué verán ellos en ti: qué pensarán de ese tipo ya cuarentón, más bien solitario, siempre cargado de libros y con su casco de bici prendido de la mochila. ¿Sospecharán en qué altares sacrifico mis días? ¿O acaso seré invisible para ellos, una mancha confundida en el paisaje?

La Sevilla profunda de mi corral de vecinos existe en armonía con el Burguer King de la calle de al lado, siempre lleno

Son todos gente humilde, de clase media baja, que hace unos años apenas alcanzaron para pagar a tiempo la reforma estructural urgente que necesitaba el edificio, aunque la cantidad no era excesiva: preferían que se les cayera el techo encima antes de gastar lo que no tienen. Tal vez por eso me llama la atención otra de las características de mi edificio, y es que continuamente los buzones están llenos de publicidad. MediaMarkt, El Corte Inglés, el Día, restaurantes japoneses, pizzerías… Cada vez que abres tu casilla, las tentaciones de consumir se derraman copiosamente sobre tus pies, para ir directamente al gigantesco cubo que han puesto al lado. Si tal despliegue propagandístico se hiciera en los barrios ricos, qué se yo, en Los Remedios, lo entendería mejor. O bien pensado, puede que sea en estos vecindarios modestísimos donde el mercado tenga su mejor presa, no lo sé.

Lo cierto es que, a pesar de estas incomodidades menores, me siento contento en la Gran Plaza. Estoy a diez o doce minutos del centro en bicicleta, y sin embargo mi entorno de casitas bajas y la tranquilidad general de la zona, solo quebrada a mediodía por el maldito camión del butano, me crea la sugestión de vivir en un pueblo. La Sevilla profunda de mi corral de vecinos existe en armonía con el Burguer King de la calle de al lado, que no sé cómo se las arregla para estar siempre lleno, incluso con colas larguísimas; con la discreta casa donde, al parecer, reciben jóvenes europeas del Este a sus clientes; con las chicas ecuatorianas que hacen servicio doméstico y los domingos salen contentísimas a tomar algo a las heladerías; con las pandillas de marroquíes que rodean el Cash Converters de más abajo para pujar por relojes y celulares; o con la autoescuela china de más allá, sin olvidar la manicura china y el bazar chino y el restaurante chino y la sala de tragaperras china…

Sí, me gusta sentir que el mundo entero está a mi alcance sin alejarme de la Gran Plaza. Que mi barrio es un paradigma de aldea global donde al mismo tiempo se conservan las esencias. Sean éstas lo que sean.

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