Dos veces perseguidos

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Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive entre Andalucía y Melilla como periodista freelance.

Publicado el 9 Ene 2015

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Refugiada siria en Arsal (Líbano), Dic. 2014 | ©  Laura J. Varo
Refugiada siria en Arsal (Líbano), Dic. 2014 | © Laura J. Varo


Arsal (Líbano) | Diciembre 2014

Neryes Abdelaziz se disculpa por la facha de su marido Lutfi mientras le atusa la yalabiya cruzada por un costurón en la hombrera derecha: “Aún lleva la misma ropa, es la única que tiene”, se excusa. Bajo el basto zurcido se esconde otro parche de carne remendada tan aprisa que aún parece fresca.

Ambas cicatrices, la de la túnica y la del brazo, son el recuerdo de una bala atravesada que le ha dejado a Lutfi la mirada perdida mientras habla. “Cuando comenzaron los enfrentamientos en Arsal (en agosto, entre el Ejército libanés y milicianos sirios) todo el mundo se fue, pero yo me quedé para cuidar de la tienda de campaña”, rememora el viejo de 54 años. “En el tercer día, un mortero alcanzó el campo (de refugiados) y yo fui herido de un disparo”. “Es la segunda vez”, puntualiza Neryes; “la primera fue en el pie, en Damasco”.

Una veintena de soldados y más de medio centenar de civiles fueron abatidos durante la batalla que ha consagrado Arsal como un nuevo frente de guerra en el que los refugiados sirios han sido tomados como rehenes. La captura de 29 soldados y la ejecución de tres de ellos (dos decapitados por el Estado Islámico y uno asesinado de un tiro por el Frente Nusra) ha desatado una campaña de acoso y derribo por parte de los militares contra los desplazados.

El Ejército libanés ha sitiado la ciudad de Arsal, único reducto suní en el norte del valle oriental de la Bekaa

Líbano, del tamaño de Asturias y con unos 4,2 millones de habitantes, acoge a más de 1,1 millones de sirios registrados por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el equivalente a un 26% de su población nacional y casi un 40% del total de desplazados en la región. Para evitar que este número suba, el Gobierno libanés ha cerrado la frontera a los nacionales sirios. Es la última medida llevada a cabo contra los civiles huidos de la guerra vecina en un intento de contener el contagio de la violencia, pero no es la única. En otoño, el Ejecutivo libanés dejó de registrar refugiados, lo que supuso un golpe mortal al maltrecho dispositivo de ayuda humanitaria apoyado en organizaciones internacionales, locales e islámicas, y coordinado, no sin dificultades, por ACNUR.

Pero Líbano ya afronta su propio conflicto. En un gesto que le ha llevado a deshacerse, en la práctica, de su propio territorio, el Ejército libanés ha sitiado la ciudad, único reducto suní en el norte del valle oriental de la Bekaa. Este valle está controlado por el partido-milicia chií Hizbulá, aliado del régimen de Bachar Asad al que apoya enviando sus combatientes a Siria para que se enfrenten a la oposición armada, sean o no yihadistas. Y a los refugiados sirios se les supone simpatizar con la oposición. “Yo considero Arsal como una gran prisión para los refugiados sirios”, lamenta el doctor Bassem Fares, original de Qara, en Qalamún, a escasos 15 kilómetros de la frontera.

“Irrumpieron en cada casa y en los campos de refugiados y arrestaron a todos los hombres de más de 15 años”

En la última semana, el médico ha visto pasar por su precario hospital, financiado por donantes del Golfo Pérsico y aún en construcción, las caras reventadas a golpes y las espaldas magulladas de varios pacientes que aseguraban haber sido apaleados por soldados libaneses. Los dos últimos, sobrino y tío libaneses de unos 30 y 70 años respectivamente, se le presentaron justo después de que atendiera a tres uniformados heridos en un ataque con explosivo contra un convoy militar en esas afueras consideradas “tierra de nadie” donde se agolpan, además de los rebeldes, entre 200 y 400 familias refugiadas.

Otros dos soldados llegaron muertos. “Sus casas estaban cerca del lugar de la explosión, así que el Ejército empezó a buscar”, asegura el doctor. “No sé qué querrían encontrar, pero irrumpieron en cada casa de la zona y en los campos de refugiados y arrestaron a todos los hombres de más de 15 años”.

Las redadas contra sirios se han convertido en rutina, como el sonido de los bombardeos de la aviación siria y las salvas de artillería disparadas desde la cercana localidad de Labwe hacia las montañas o los ataques de grupos de locales que han decidido descargar su frustración contra los exiliados. “Tenemos miedo de ir a cualquier sitio”, apunta Mahmud Yamush, también médico sirio refugiado en Líbano y trabajador del segundo de los dos hospitales de Arsal, instalado en la primera planta de una mezquita. Según Yamush, a su madre, ya anciana, le rompieron los dientes en una paliza mientras iba con su nieto por la calle; al niño, de tres años, solo le quedó un moratón en la mejilla.

No son sólo los militares quienes agreden a los refugiados. En un informe publicado en septiembre pasado, Human Rights Watch (HRW) denunció la creciente violencia contra los sirios y exhortó a las autoridades a actuar para evitar la oleada de palizas, abusos y amenazas a las que se enfrentan los desplazados.

“Lidiar con los libaneses se está volviendo más difícil: creen que los sirios tenemos la culpa de todo”

“Las fuerzas de seguridad libanesas deberían proteger a todo el mundo en suelo libanés, no cerrar los ojos ante las patrullas ciudadanas que están aterrorizando a los refugiados”, insistió el subdirector de HRW para Oriente Medio y Magreb, Nadim Houry, en un comunicado. En los dos meses anteriores, la organización documentó al menos 11 ataques violentos contra sirios desarmados por parte de ciudadanos libaneses.

Ocurre en todo Líbano, no sólo en el Valle de la Bekaa. El informe de HRW detalla casos como los de Ali, en Jnah, cerca de Dahiyeh, barrio de mayoría chií en los suburbios al sur de Beirut, dominados por Hizbulá: “Me dijeron ‘¡Eh, daeshi!’” (seguidor de Daesh, acrónimo del Estado Islámico en árabe) relata un testimonio, “e inmediatamente me golpearon en la cabeza con la culata de un rifle y caí al suelo”, recuerda. Ocurrió en torno a las tres de la madrugada, cuando Ali dormía en casa con su madre y su hijo.

Según el recuento de HRW, la mayoría de los ataques registrados en el informe han ocurrido en localidades de la Bekaa y en los barrios beirutíes de Nabaa y Burj Hammud, además de Dahiyeh. “Todas las víctimas fueron atacadas debido a su nacionalidad siria”, concluye. Las palizas se han saldado con puñaladas o amenazas a punta de pistola y en todos los casos se han llevado a cabo en “un clima de indiferencia y discriminación oficial”.

El propio Hassan Nasrallah, líder de Hizbulá, intentó calmar los ánimos en su último discurso

“Lidiar con los libaneses se está volviendo más difícil: creen que los sirios tenemos la culpa de todo”, se quejaba el doctor Bassem Fares en su hospital en Arsal solo un día antes de que el Ejército irrumpiese en un campamento y arrestase a al menos 200 hombres como sospechosos de terrorismo y de colaborar con Al Nusra y el Estado Islámico. “Hasta los niños pueden sentirlo cuando escuchan ‘Eres sirio, no puedo juntarme contigo, no puedo jugar contigo’”, añadió. “Algunos niños dicen que no quieren volver a la escuela porque les insultan”.

El propio Hassan Nasrallah, líder de Hizbulá, intentó calmar los ánimos en su último discurso. “No se debe culpabilizar a nadie por los crímenes de los terroristas”, dijo en clara alusión a las últimas denuncias de palizas ocurridas en Arsal tras el ataque contra un convoy del ejército libanés en la frontera.

Prudencia necesaria, porque es muy posible que las escaramuzas de Arsal se conviertan en incendio en todo el país. La fuerte división de Líbano en 18 grupos religiosos diferentes, reconocidos por la Constitución, ha provocado que los huidos de la guerra vecina, en su mayoría suníes con un miedo atroz a represalias por parte de Hizbulá, se hacinen en determinadas poblaciones creando nichos de miseria. Como ocurre en ciertos barrios de Trípoli. Por una parte compiten con los libaneses por los recursos pero por otra reciben respaldo de líderes locales que los usan a ellos o a su causa como carne de cañón en enfrentamientos sectarios.

El informe de HRW menciona, además de las palizas y amenazas, otros intentos destinados a expulsar o controlar a los sirios de distintos vecindarios y localidades. Pese a que los sucesos de agosto han incrementado la tensión, el fenómeno no es novedoso.
En julio pasado, un vídeo que mostraba como un padre enseñaba a su hijo a golpear a un niño sirio circuló por las redes sociales.

Desde 2013, varias poblaciones libanesas, especialmente en el sur del país, de mayoría chií, y en Monte Líbano, de mayoría cristiana, impusieron toques de queda a partir de las ocho de la tarde. En otros casos, como en Jezzine, pueblo cristiano maronita en el camino desde la región drusa del Chuf y la ciudad suní de Sidón, los propios ciudadanos desahuciaron a los refugiados a quienes antes habían ofrecido casas con alquileres de hasta 600 dólares por el derecho de vivir en locales en construcción o garitas de jardín.

Pero las redadas del Ejército en Arsal han aumentado la sensación de presión desde el propio Gobierno. Al menos 400 personas, entre los que también se cuentan libaneses, han sido detenidas en varias batidas en menos de dos meses como sospechosas de mantener vínculos con el Estado Islámico y el Frente Nusra.

“Tengo mucho miedo, pero si no hubiese cruzado, habría muerto, así que no tenía nada que perder”

Unas 200 fueron arrestadas en diciembre en una redada que acabó con un nuevo incendio, provocado, según el Ejército libanés, por combatientes infiltrados en varios asentamientos de refugiados. Tres personas fueron detenidas como responsables de iniciar el fuego. La versión de Yamush apunta a los propios soldados. “Arrestaron a la gente sin motivo”, insistía ese mismo día por correo electrónico, “luego quemaron los campos y destruyeron los coches y propiedades”.

“El Ejército libanés se comporta como el Ejército sirio”, sentencia Abu Samir desde una de las tres camas reservadas para hombres del centro médico. El joven de 22 años, convaleciente aún de la amputación de una pierna y atontado por los calmantes, es uno de esos flecos por los que se deshilacha Arsal. Llegó hace cinco días “a punto de morir” tras ser herido en su refugio en las montañas, donde ha pasado los últimos meses resistiendo las embestidas de las tropas del régimen y Hizbulá como combatiente en las filas, dice, del Ejército Libre Sirio.

Asegura que cuando intentó cruzar el último checkpoint que hace de frontera le patearon hasta el muñón. “Tengo mucho, mucho miedo de que me maten o me arresten los perros”, dice, en referencia a los soldados libaneses y a los milicianos de Hizbulá, “pero si no hubiese cruzado, habría muerto, así que no tenía nada que perder”.

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