La monarquía vuelve al frente

Publicado por

Laura Fernández-Palomo

@laurafpalomo

Periodista (Madrid, 1982). Desde 2011 vive en Jordania, desde donde viaja y sigue la evolución de los países árabes.

Publicado el 25 Feb 2015

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RaniaManiMuaz
La reina Rania en la protesta por el asesinato del piloto jordano (Feb 2015) | © Laura F. Palomo / M’Sur

 

Amman | Febrero 2015

Que las unidades móviles de la televisión estatal cubrieran, por primera vez, una manifestación de viernes frente a la mezquita de Al Husseini podría haber levantado sospechas. Pero, salvo la numerosa mujabarat (policía secreta) que suele atender este tipo de actos en Jordania, nadie esperaba a Rania.

Bajó del coche, levantó un cartel con la silueta del piloto asesinado por el Estado Islámico (ISIL), Muaz al Kasasbeh, y se situó a la cabeza de la marcha que ya había comenzado recorrer el centro de Ammán. Un gesto inusual para una reina. Inimaginable para la reina de Jordania; impensable para una protesta de viernes que durante estos cuatro años – los de la llamada primavera – ha estado dedicada a reclamar reformas en el Gobierno. También, sin nombrarlas directamente, ya que podría ser considerado delito, cambios en el papel de la Casa Real.

“A mi hijo le mandaría a matar a los miembros de ISIL” proclama un manifestante

Con esta manifestación vuelve a primera línea la monarquía, cuatro inviernos después de que Rania tuviera que desparecer de la escena pública: en febrero de 2011, con la Primavera Árabe estallando en Túnez y Egipto, 36 líderes tribales hicieron pública una carta abierta que apuntara directamente a la reina para cuestionar su protagonismo en la política, culparla de “construir centros de poder propios” y acusar de corrupción a su familia. Bajo el gesto se adivina la tensión nunca resuelta en Jordania entre una red de tribus -antiguamente beduinas – que sostiene la monarquía hachemí, y la población sedentaria de origen palestino, a la que pertenece Rania.

Ahora, el país está en crisis y el mensaje oficial ha tomado la alternativa. Así lo demostró la manifestación celebrada el 6 de febrero, después de que ISIL difundiera el video del piloto Muaz al Kasasbeh, jordano de 26 años, árabe y musulmán, capturado en diciembre cuando su avión fue derribado en la provincia siria de Raqqa, feudo de los yihadistas, mientras efectuaba uno vuelo en el marco de la coalición internacional antiyihadista. La imagen del piloto quemándose vivo dentro de una jaula, puso fin a una semana de tensas negociaciones para su liberación.

“Esperábamos la muerte, pero no de esta manera”, reconoce uno de los manifestantes, Ahsrif, junto a su pequeño de 10 años que sostenía una pancarta donde calificaba de cerdo a Abu Bakr Baghdadi, el líder yihadista. “A mi hijo le mandaría a matar a los miembros de ISIL”, invocaba entre la efervescencia nacionalista de una manifestación en la que predominaron la simbología militar y los cánticos de apoyo a la monarquía.

Aún después de la ejecución de Muaz, la bandera negra del ISIL seguía ondeando en una rotonda de Maán

Sus palabras evidencian un cambio en el sentir de la sociedad jordana, que siempre había cuestionado la participación del Gobierno en la coalición internacional antiyihadista, encabezada por Estados Unidos, que combate al ISIL e Siria e Iraq. No era difícil encontrar abiertas manifestaciones de simpatía con los yihadistas.

Aún un día después de la ejecución de Muaz, la bandera negra del ISIL seguía ondeando en una de las rotondas de la depauperada localidad de Maán. Allí, a 280 kilómetros al sur de la capital, se convocó en junio la primera manifestación de apoyo en el país, envalentonados por las recientes conquistas en Iraq y Siria del grupo terrorista. Quedaba autoproclamado, decían, el frente jordano, mientras ISIL desafiaba y pedía a los simpatizantes de la región que se levantaran en armas.

Jordania es el país que más militantes ha enviado a las filas del ISIL en proporción a su población: unos 2.000 yihadistas según cálculos de la revista The Economist, una cifra alta para un país con 6 millones de habitantes, aunque en números absolutos queda por detrás de Túnez y Arabia Saudí (la ‘tasa yihadista’ es varias veces más alta en los países europeos si se compara sólo con la población musulmana).

Las informaciones apuntan a la consolidación de una infraestructura a la que se habían transferido más de dos millones de euros para dar tratamiento médico a los combatientes que volvían de Siria y explorar la apertura de nuevas rutas hacia Iraq. “No se teme su entrada en el país, con la preparación que tienen las fuerzas de seguridad jordana”, aclara el periodista jordano Raed al Omari, “el problema será cuando los combatientes vuelvan”.

“No es una guerra jordana”

Quizás este temor motivó el cambio de postura del Gobierno, alejado ahora de la manga ancha demostrada al principio del conflicto sirio cuando importantes grupos de militantes árabes atravesaban el país para unirse a la oposición contra Bachar Asad. Ahora, la frontera ha quedado cerrada. A veces ni siquiera se permite el paso de los refugiados sirios, como denuncian las organizaciones internacionales. Y a cada regreso de un ciudadano jordano desde una zona de conflicto toca cárcel. Las detenciones en el país de simpatizantes yihadistas también se han intensificado. La semana pasada cuatro jordanos, de entre 15 y 18 años eran detenidos acusados de promover ideología radical y captar militantes para el ISIL.

“Nosotros somos del Estado Islámico y vosotros estáis con Obama y los infieles”, clamaban en Ammán

En respuesta, los simpatizantes del yihadismo llevaron sus proclamas a Amman. En noviembre, los acólitos de ISIL pidieron frente al Tribunal de Seguridad del Estado la liberación de los acusados de terrorismo. “Nosotros somos del Estado Islámico, mientras que vosotros estáis con Obama y los infieles”, clamaban.

Para el resto de Jordania – musulmanes, cristianos o laicos – no es un asunto de “infieles”, pero sí interpretan las estrechas relaciones con Estados Unidos, íntimo aliado de Israel, como una falta de soberanía. Hasta el padre de Muaz, Safi al Kasasbeh, llegó a declarar durante las negociaciones de liberación que la lucha contra ISIL “no es una guerra jordana”. “Tenemos una única demanda, la vuelta de Muaz a cualquier precio”, declaró Safi, que hasta ese momento se había mantenido al margen de los medios.

La pertenencia de Muaz a la influyente tribu Bararsha forzó al Gobierno de Ammán a aceptar la excarcelación de una terrorista de Al Qaida, Sayida al Rishawi, a cambio de la libertad del joven. La moneda de cambio era una iraquí de 44 años, hermana de un militante que fuera mano derecha del fallecido líder de Al Qaeda en Irak, el jordano Abu Musab al Zarqaui.

El ultimátum del ISIL puso sobre la mesa la implicación de la política exterior jordana con Occidente

Rishawi participó en los atentados suicidas contra tres hoteles de Ammán del 2005, que dejaron 60 muertos, aunque el cinturón de explosivos que portaba no se detonó ante su objetivo: el hotel Radisson. Fue condenada a morir en la horca en el 2007 y desde entonces permanecía en prisión. Su historia está estrechamente unida a la formación de ISIL, por lo que se cree que la petición de su excarcelación es más simbólica que operativa.

El rey de Jordania, Abdalá II, recibió en Estados Unidos la noticia de la ejecución de Muaz al Kasasbeh donde firmaba un acuerdo de dos años por un millón de dólares en asistencia financiera para abordar el conflicto en los países vecinos. El viaje lo realizó sin aviso previo, en medio de las conversaciones para salvar al piloto y ante el silencio del ISIL, que desde el vencimiento del segundo ultimátum no había dado noticias. Como se supo después, Muaz ya había sido asesinado el 3 de enero. ISIL estaba negociando con un muerto pero así mantenía la presión sobre Jordania, donde la participación en la coalición llegó a dividir a la sociedad, y a poner sobre la mesa de nuevo la implicación de la política exterior del reino con las consignas de Occidente.

Desde Estados Unidos, el rey jordano lanzó su primer mensaje, a pocas horas de conocerse el fatal desenlace que desató la ira en el país tras días de contención. Ataviado con kufiya roja, el pañuelo jordano, apareció decidido en la televisión nacional y manifestó que Jordania no se amedrentaría ante las amenazas y que Muaz había sido sacrificado por la religión y el país. El mensaje resultó ser un enfatizado discurso patriótico de “unidad nacional”, la expresión más repetida por el Ejecutivo para calmar la presión social que pedía la salida de Jordania de la coalición internacional.

Las calles de Karak, ciudad natal del piloto, y de la capital se llenaron de súplicas de venganza y a la mañana siguiente, antes de que el rey aterrizara en el país, Sayida Rishawi y otro preso iraquí recibían la pena de muerte. La vuelta de este tipo de condenas tuvo un primer aviso en diciembre cuando 11 condenados por terrorismo eran ejecutados, terminando así con la moratoria de ocho años que había suspendido la pena capital en el país.

La asistencia de Rania a la manifestación fue parte de una máquina generadora de nacionalismo

Los medios de comunicación reverberaron el mensaje de unidad y la necesidad de una respuesta contundente; la foto del monarca ataviado con uniforme militar y ademán de “hooligan” recorrió las redes locales mientras Jordania intensificaba los ataques contra posiciones del Estado Islámico en los países vecinos y los cazas sobrevolaban el cielo de la capital en señal de victoria. La asistencia de la reina Rania a la manifestación resultó ser la última pieza de una máquina en marcha generadora del nacionalismo más exacerbado vivido en los últimos años en el país.

¿Reformas?

Jordania se une así a la disyuntiva que se ha impuesto en la región: el estatus quo o los terroristas. Las organizaciones de derechos humanos locales han reducido su crítica pública pero siguen aludiendo a la pobreza y la falta de libertades como factores principales del caldo de cultivo que ha permitido la proliferación de una ideología radical, también, en el país. “La región de Maan es una de las más pobres y en esta parte del mundo la tendencia es que los desfavorecidos sean captados por el extremismo”, describe Omari. “Por eso, allí ya era fuerte el movimiento salafista que es el que da soporte a estas escenificaciones”.

Las demandas de democratización exigidas estos años por la sociedad civil jordana vuelven a estar silenciadas, aunque ahora es el Gobierno quien ha monopolizado el mensaje de modernización, pese a que haya vuelta la pena de muerte al país y se haya enmendado la ley antiterrorista, algo criticado por Reporteros Sin Fronteras, que alerta sobre una recesión en las libertades fundamentales. Este mes, Zaki Bani Rushaid, segundo cargo más alto de los Hermanos Musulmanes en Jordania – el grupo político opositor más poderoso – ha sido condenado a 18 meses de prisión por criticar en las redes sociales a Emiratos Árabes Unidos, acusado de dañar los lazos de amistad entre los dos países.

El veterano activista Suleiman Swiss, testigo de las resistencias que el Estado de Seguridad en el país ha supuesto históricamente para el avance de los derechos humanos, entiende el momento de temor y resguardo social pero advierte: “Las razones para exigir reformas siguen estando ahí. Veamos si la próxima manifestación en el centro de Ammán la cubre la televisión jordana”.

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