El discurso

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 9 Mar 2015

Publicidad

opinion

 

De repente, me recordó a algo.

Estaba viendo el discurso de Binyamin Netanyahu ante el Congreso de Estados Unidos. Filas y filas de hombres de traje (y alguna mujer que se veía ocasionalmente) saltaban de sus asientos una y otra vez, aplaudían salvajemente, expresaban aprobación a gritos.

Eran los gritos lo que me recordaron a algo. ¿Dónde había escuchado eso antes?

Y de repente caí. Fue en otro Parlamento a mitad de los años treinta. El Líder estaba hablando. Filas y filas de miembros del Reichstag escuchaban cautivados. Cada pocos minutos saltaban de sus asientos y expresaban su aprobación a gritos.

Por supuesto, el Congreso de Estados Unidos no es ningún Reichstag. Los miembros llevan trajes oscuros, no camisas marrones. No gritan ‘‘Heil’’, sino algo ininteligible. Y sin embargo el sonido de los gritos produjo el mismo efecto en mí. Fue bastante estremecedor.

Ahí teníamos a los miembros del Parlamento más poderoso del mundo, comportándose como un puñado de bobos

Pero entonces regresé al presente. El espectáculo no daba miedo, sino que era ridículo. Ahí teníamos a los miembros del Parlamento más poderoso del mundo comportándose como un puñado de bobos.

Nada del estilo podría haber sucedido en la Knesset. A pesar de haber sido miembro de nuestro Parlamento, no lo tengo en muy alta estima, pero comparado con esta asamblea, la Knesset es la realización del sueño de Platón.

Abba Eban comparó una vez un discurso de Menachem Begin con una tarta soufflé francesa: mucho aire y muy poca masa.

Lo mismo se podría decir del discurso.

¿Cuál era su contenido? El Holocausto, por supuesto, con ese impostor moral, Elie Wiesel, sentado en la galería justo al lado de la radiante Sarita, a la que podíamos ver deleitándose con el triunfo de su marido (unos días antes, le había gritado a la esposa de un alcalde de Israel: ‘‘¡Tu hombre no le llega al mío ni a la suela del zapato!’’).

El discurso contenía mucho de las intenciones de los malvados iraníes, los nuevos nazis

El discurso mencionaba el Libro de Ester, que trata sobre cómo los judíos en Persia se salvaron del malvado ministro Hamán, que quería aniquilarlos. Nadie sabe como esta dudosa composición se llegó a incluir en la Biblia. No se menciona a Dios, no tiene nada que ver con la Tierra Santa, y la propia Ester es más una prostituta que una heroína. El libro termina con el asesinato en masa de los persas que llevaron a cabo los judíos.

El discurso, como todos los discursos de Netanyahu, contenía mucho sobre el sufrimiento de los judíos a lo largo de las épocas y las intenciones que tienen los malvados iraníes, los nuevos nazis, de aniquilarnos. Pero esto no va a suceder, porque esta vez tenemos a Binyamin Netanyahu para protegernos. Y a los republicanos de Estados Unidos, por supuesto.

Fue un buen discurso. No se puede estar dando un mal discurso cuando cientos de admiradores no pierden un detalle de cada palabra y aplauden a cada segundo. Pero no pasará a formar parte de la antología de los mejores discursos del mundo.

Netanyahu se considera a sí mismo un segundo Churchill. Y, de hecho, Churchill fue el único líder extranjero antes de Netanyahu que llegó a hablar una tercera vez ante el Senado y la Cámara de Representantes. Pero Churchill fue allí a consolidar su alianza con el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, que jugó un gran papel en el esfuerzo bélico británico, mientras que Netanyahu ha ido a escupirle a la cara al presidente actual.

¿Qué no contenía el discurso?

Ni una palabra sobre Palestina o los palestinos. Ni una palabra sobre la paz, la solución de los dos Estados, Cisjordania, la Franja de Gaza o Jerusalén. Ni una palabra sobre el apartheid, la ocupación o los asentamientos. Ni una palabra sobre la capacidad nuclear del propio Israel.

Ni una palabra, por supuesto, sobre la idea de una región libre de armas nucleares, con inspecciones mutuas.

De hecho, no hubo ni una propuesta concreta. Después de denunciar el mal acuerdo que se está gestando, y de dar a entender que Barack Obama y John Kerry son ingenuos e idiotas, no ofreció alternativa alguna.

¿Por qué? Me imagino que el texto original del discurso contenía muchas alternativas. Nuevas sanciones devastadoras contra Irán. Exigir la demolición total de todas las instalaciones nucleares iraníes. Y el final inevitable: un ataque militar conjunto de Israel y Estados Unidos.

Las cámaras no mostraron a Sheldon Adelson, el dueño de los republicanos del Congreso y de Netanyahu

Todo esto se dejó fuera. La gente de Obama le advirtió en términos bastante claros que la revelación de detalles de las negociaciones se consideraría una traición a la confidencialidad. Sus anfitriones republicanos le advirtieron que el público estadounidense no estaba todavía de humor para oír hablar de otra guerra.

¿Qué fue lo que quedó? Un recuento aburrido de los hechos ya conocidos sobre las negociaciones. Fue la única parte tediosa del discurso. Durante minutos nadie se levantó de su asiento, nadie gritó dando su aprobación. Las cámaras mostraron a Elie Wiesel durmiendo. No mostraron en ningún momento a la persona más importante de la sala, Sheldon Adelson, el dueño de los republicanos del Congreso y de Netanyahu. Pero estaba allí, vigilando de cerca a sus sirvientes.

Por cierto, ¿qué ha pasado con la guerra de Netanyahu?

¿Os acordáis de cuando las Fuerzas de Defensa israelíes estaban a punto de bombardear Irán hasta reducirlo a escombros? ¿De cuándo el Ejército estadounidense estaba a punto de ‘‘inhabilitar’’ todas las instalaciones nucleares iraníes?

Puede que los lectores de esta columna también recuerden que hace años yo aseguraba que no habría guerra alguna. Sin peros ni excepciones. Sin dejar un resquicio para poder retractarme. Yo aseguré que no habría guerra alguna, punto.

Mucho después, todos los antiguos jefes militares y de la inteligencia israelí se expresaron en contra de la guerra. El jefe del Estado Mayor del Ejército, Benny Gantz, que finalizó su mandato esta semana, ha revelado que nunca se llegó a elaborar un borrador de una orden de operación para atacar las instalaciones nucleares de Irán.

Un ataque contra Irán podría llevar a una catástrofe mundial: se cerraría el estrecho de Ormuz

¿Por qué? Porque una operación así podría llevar a una catástrofe mundial. Irán cerraría de inmediato el estrecho de Ormuz, de tan sólo unos 20 kilómetros de ancho, y por el que aproximadamente un 35% del petróleo transportado por mar del mundo está obligado a pasar. Eso supondría un colapso económico mundial inmediato.

Para abrir el estrecho y mantenerlo abierto, se tendría que ocupar una gran parte de Irán mediante una guerra terrestre, con las botas sobre el terreno. Incluso los republicanos tiemblan ante esa idea.

La capacidad militar israelí se queda bastante corta para una aventura semejante. Y, por supuesto, Israel no puede soñar con comenzar una guerra sin el consentimiento expreso de Estados Unidos.

Eso es la realidad. Sin necesidad de discursos aburridos. Incluso los senadores estadounidenses son capaces de entenderlo.

El plato fuerte del discurso fue la demonización de Irán. Este país es la encarnación del mal. Sus líderes son monstruos infrahumanos. Por todo el mundo, los terroristas iraníes están manos a la obra planeando atrocidades monstruosas. Están construyendo misiles balísticos intercontinentales para destruir Estados Unidos. Inmediatamente después de obtener cabezas nucleares – ahora o en diez años – harán desparecer Israel.

En realidad, la capacidad de respuesta de Israel, que radica en los submarinos que le suministra Alemania, haría desaparecer Irán en minutos. Una de las civilizaciones más antiguas de la historia del mundo tendría un final repentino. Los ayatolás tendrían que estar locos de remate para hacer una cosa así.

Netanyahu finge creer que lo están. Aunque desde hace ya años, Israel ha estado llevando a cabo un arbitraje amigable con el gobierno iraní en torno a la cuestión del Eliat-Ashkelon, el oleoducto que cruza Israel y que construyó un consorcio iraní-israelí. Antes de la Revolución islámica, Irán era el aliado más fuerte de Israel en la región. Bastante después de la Revolución, Israel proporcionó armas a Irán para que luchara contra el Iraq de Saddam Husein (el famoso caso Irangate). Y si uno vuelve la vista hacia Ester y su esfuerzo sexual por salvar a los judíos, ¿por qué no mencionar a Ciro el Grande, que permitió a los judíos cautivos volver a Jerusalén?

A juzgar por su comportamiento, la cúpula iraní actual ha perdido algo de su fervor religioso inicial. Se está comportando (aunque no siempre cuando hablan) de una forma muy racional, gestionando negociaciones muy duras como uno podría esperar de los persas, conscientes de su inmensa herencia cultural, incluso más antigua que el judaísmo. Netanyahu tiene razón al decir que nadie debería fiarse de ellos a ciegas, pero su demonización es ridícula.

Israel e Irán ya son aliados indirectos: para ambos, el Estado Islámico (ISIS) es el enemigo mortal

En un contexto más amplio, Israel e Irán ya son aliados indirectos. Para ambos, el Estado Islámico (ISIS) es el enemigo mortal. En mi opinión, el ISIS es mucho más peligroso para Israel, a largo plazo, que Irán. Me imagino que para Teherán, el ISIS es un enemigo mucho más peligroso que Israel.

(La única frase memorable del discurso fue: ‘‘El enemigo de mi enemigo es mi enemigo’’)

Si sucede lo peor, al final Irán tendrá su bomba. ¿Y qué?

Puede que yo sea un israelí arrogante, pero me niego a estar asustado. Vivo a poco menos de dos kilómetros del alto mando del Ejército israelí en el centro de Tel Aviv, y en un intercambio de ataques nucleares me evaporaría. Y aún así me siento bastante a salvo.

Estados Unidos ha estado expuesto durante décadas (y lo sigue estando) a miles de bombas nucleares rusas, que podían erradicar a millones de personas en minutos. Se sienten seguros bajo el paraguas del ‘‘equilibrio del terror’’. Entre nosotros e Irán, en la peor situación, se daría el mismo equilibro.

¿Cuál es la alternativa de Netanyahu a la política de Obama? Cómo estuvo rápido en señalar Obama, no ofreció ninguna.

Se alcanzará el mejor acuerdo posible. El peligro se pospondrá durante diez años o más. Y, como dijo una vez Chaim Weizmann: ‘‘El futuro llegará y se hará cargo del futuro’’.

En estos diez años, pasarán muchas cosas. Los regímenes cambiarán, las enemistades se volverán alianzas y viceversa. Todo es posible.

Incluso – si Dios y los votantes israelíes quieren – la paz entre Israel y Palestina, que suavizaría las relaciones entre Israel y los musulmanes.

Publicado en Gush Shalom | 7 Marzo 2015 | Traducción del inglés: Víctor Olivares

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *