A los libios les sobra el Estado

Publicado por

Karlos Zurutuza

Publicado el 31 Mar 2015

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Viernes en la Plaza de los Mártires de Trípoli, Libia (Dic 2014) | ©  Karlos Zurutuza
Viernes en la Plaza de los Mártires de Trípoli, Libia (Dic 2014) | © Karlos Zurutuza


Trípoli | Diciembre 2014

El procedimiento en el lado tunecino de la frontera es tedioso pero en el libio el ambiente se relaja. El funcionario fuma despreocupado mientras espera sentado en el suelo, justo al lado de su garita. No hace falta registrar la entrada a Libia en el sistema informático: basta con estampar el sello que tiene en su mano libre sobre una página del pasaporte abierta al azar.

Si se preguntan “¿Quién manda aquí?”, es fácil: Aquí, justo en el espacio por el que se extiende el humo del cigarrillo, manda su dueño. Y la ecuación se repite a lo largo de los 1.500 km de costa hasta la frontera de Egipto.

Que se lo digan a Wail, un residente de Zwara de 30 años al que robaron el coche en un checkpoint de la vecina Zawiya (al oeste de Trípoli). “Volví a Zwara y se lo conté a la milicia, que levantó un retén en el que requisó cinco coches con matrícula de Zawiya”, recuerda el joven amazigh. “Les dijeron a sus dueños que si querían recuperar sus vehículos tenían que pedirle a su milicia que devolviera el mío”. Al día siguiente, Wail conducía de nuevo su coche.

“Todas las partes juegan sucio, sobre todo aquellas que están espoleando esta guerra desde fuera”

Imposible sobrevivir sin una milicia que te cubra las espaldas, y menos en la actual coyuntura. Más de tres años después del levantamiento que acabó con el mandato y la vida de Gadafi, Libia vive en un estado de convulsión política que ha arrojado al país a una guerra civil.

Hay dos gobiernos y sendos parlamentos: uno con sede en Trípoli, y otro en la ciudad de Tobruk, a 1.200 kilómetros al este de la capital. Este último cuenta con el reconocimiento internacional, tras ser elegido en unos comicios celebrados el pasado 25 de junio, pero que solo contaron con 10 por ciento de participación.

Hablamos de un escenario en el que luchan distintas milicias agrupadas en dos alianzas paramilitares: “Amanecer de Libia” (Fajr), liderada por las brigadas de Misrata, que actualmente controlan Trípoli, y “Operación Dignidad” dirigida por Khalifa Haftar, un antiguo general del ejército libio. Los primeros acusan a los segundos de “gadafistas”, y éstos a los anteriores de “islamistas”.

Younes Tabaui, recientemente nombrado ministro de Cultura en el ejecutivo de Trípoli, asegura que se trata de un conflicto “puramente político”. “Todas las partes juegan sucio, sobre todo aquellas que están espoleando esta guerra desde fuera”, asegura el ministro en su despacho a las afueras de Trípoli.

La OTAN lo tiene hoy difícil a la hora de intervenir, porque todavía no sabe a favor de quien

La lista de estas influencias es larga y compleja: Qatar y Turquía son los principales aliados de Trípoli mientras que los de Tobruk, que se autodenominan “liberales”, cuentan con el apoyo de Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudí.

¿Y Occidente? Francia apoya de forma abierta a Tobruk (aunque esta alianza incluya también a las tribus antes leales a Gadafi como Warshafana, Warfala, Gadafa); en Trípoli sólo queda abierta la Embajada italiana (sus multinacionales energéticas están en la zona oeste del país), y el antiguo embajador británico en Libia asegura, via Twitter, que “ambas partes quieren lo mejor para Libia”. La OTAN lo tiene hoy más difícil a la hora de intervenir, más que nada porque todavía no sabe a favor de quien.

Antiguas alianzas

La ausencia de un Gobierno capaz de gestionar el Estado hace que la crisis de identidad ahonde entre los libios. A diferencia de Iraq no ocurre en líneas sectarias sino tribales o incluso étnicas, como en el caso de las minorías tubu, tuareg y amazigh. La situación de estos grupos es delicada: Tras haber convivido pacíficamente durante siglos en el desierto de Libia, tubus y tuaregs se enfrentan hoy en el sur del país: los tubus (salvo algunas figuras como el propio Younes Tabaui) están con Tobruk y los tuareg, nómadas bereberes, con Trípoli.

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En el bando de Trípoli también se encuentran hoy por hoy los amazigh, bereberes sedentarios, de las montañas Nafusa en el noroeste. Aunque su alianza no parece muy firme, dada su rotunda oposición al ideario islamista. “No han tomado la iniciativa, no han dejado clara su postura sobre la actual división en Libia”, asegura Tabaui, quien descarta un enfrentamiento arabo-amazigh a corto plazo.

Entre la mayoría árabe, las alianzas tribales juegan un enorme papel. En un mapa publicado en 1955, Pierre Rondot, general de división francés, detallaba una red de alianzas entre las tribus libias que se podría trasladar, sin cambiar ni una sola flecha, al mismo momento en el que se leen estas líneas.

La “tribalización” se agudizó en el levantamiento de 2011, cuando el Gobierno central fue suplantado por milicias

El fenómeno de la “tribalización” se agudizó durante el levantamiento de 2011, cuando el Gobierno central fue suplantado por milicias que contaban con armas y experiencia en combate. El historiador libio Faraj Nejm asegura que existen 140 tribus en Libia, con alianzas que se extienden por todo el Magreb y el África sub-sahariana.

“Las tribus son tan parte del problema como lo son de su solución”, apuntaba Kemal Abdallah, analista egipcio experto en Libia, en un artículo escrito en febrero de este año. Abdallah explicaba que las interacciones entre las tribus siguen patrones de alianzas sólidas, como las de las llamadas “tribus beduínas”, que incluyen a los Warshafana, Gadadfa, Warfala y Awlad Suleyman, todas leales a Gadafi durante su época y ahora “liberales” patrocinados por Francia y Arabia Saudí.

También Zintan, al suroeste de Trípoli se encuadraba en esta alianza, pero fue la única que rompió filas sumándose al levantamiento en 2011. Hoy sus milicias parecen haber limado asperezas y vuelven a juntarse al abrigo de Tobruk, es decir con los “gadafistas”.

Pero aún en el Gobierno tripolitano hay elementos del viejo régimen, o eso creen muchos ciudadanos. Como Samir Tabit, un antiguo disidente libio que por fin ha conseguido borrar su nombre definitivamente de una lista de “búsqueda y captura” del aparato de seguridad de Gadafi.

“Cada vez que llegaba a la frontera aparecía una orden de arresto inmediato en el sistema informático”

“Viajo a Túnez por trabajo a menudo pero cada vez que llegaba a la frontera aparecía una orden de arresto inmediato en el sistema informático. Me he pasado horas, días de mi vida explicando a los funcionarios que eso databa de tiempos de Gadafi, que no soy ningún criminal”, explica Tabit, hoy comerciante en el sector del azulejo.

“A menudo me decían que el trámite ya estaba hecho, pero me volvía a encontrar con lo mismo en la frontera”, añade el tripolitano, que ha vuelto ahora por primera vez de Túnez sin contratiempo alguno. La demora en la actualización de la base de datos, dice, “se debe a que muchos de los funcionarios en las oficinas del Ministerio en Trípoli son tahalib (“musgo” en lengua árabe)”. Ese es el término utilizado para referirse a los seguidores de Gadafi en referencia a su “libro verde” así como al color de la bandera del país durante sus cuatro décadas de mandato.

El espacio público de la capital está en manos de los antigadafistas. Cada viernes se reúnen en la céntrica Plaza de los Mártires activistas de “Amanecer en Libia”. “Somos los guardianes de la revolución. Queremos respeto, y no injerencias de Francia, ni de Occidente, ni de Arabia Saudí”, espeta un mulá desde un escenario levantado junto a las murallas del castillo rojo. No menciona ni a Turquía ni a Qatar, principales aliados de Trípoli.

“¿Es eso lo que quieren? ¿Una Libia gobernada por los gadafistas y los apóstatas? ¿Para eso hemos derramado la sangre de nuestros mártires?”, continúa el orador. En su flanco derecho luce una caricatura del general Khalifa Haftar; en el izquierdo, un mensaje directo a Bernardino Léon, enviado especial de Naciones Unidas para Libia: “León, no eres bienvenido en Libia”.

El diplomático malagueño fue declarado persona non grata el noviembre pasado tras ser acusado de “parcialidad” en televisión por Omar Hasi, el primer ministro del Ejecutivo de Trípoli. Tampoco hay mucha simpatía por la prensa extranjera: “¿Por qué se empeñan ustedes, los periodistas occidentales, en dar una visión tan sesgada del conflicto?”, pregunta a este reportero Ali Abud, uno de los congregados. Somos libios, el islam es como nuestra piel. ¿Acaso puede usted arrancarse su propia piel?”

En Trípoli no resulta fácil distinguir entre el fuego de artificio y el real: hay mucha afición a la pirotecnia

Comandantes de milicia y líderes religiosos o tribales y se suceden en el estrado mientras los vendedores ambulantes de palomitas y garrapiñadas hacen su agosto entre la multitud. No obstante, también hay tiempo para la solidaridad; basta con una aportación a la colecta de Amanecer en Libia para las víctimas de los últimos bombardeos. Tarik Hazairi, uno de los voluntarios, enumera lo recogido hasta la fecha: “20.500 dinares libios (unos 11.000 euros), 113 balas de Kalashnikov, 38 tarjetas de teléfono, 18 sacos de dormir y dos botiquines de primeros auxilios”.

El otro gran negocio es el de los petardos y los fuegos artificiales. Hafiz los vende bajo los arcos de la avenida Omar Mojtar. Le va bien: “La gente se gasta muchísimo dinero, hasta el punto de pagar 100 dólares por un 106”, asegura el comerciante. “Se le llama así porque su estallido recuerda al de un proyectil antitanque de 106 milímetros de calibre”, matiza, sonriente.

Y es que en Trípoli no resulta fácil distinguir entre el fuego de artificio y el real. Cada noche, el estruendo de la pirotecnia sobre el cielo de la capital se confunde con el de la milicias dirimiendo sus diferencias a tiros en las calles.

“El día que los sueldos dejen de llegar nos comeremos los unos a los otros”

Los tripolitanos están ya demasiado acostumbrados al retumbar de sus tabiques y sólo se asoman a las ventanas cuando sienten que un “bouum” ha sonado demasiado cerca. Con suerte verán una pequeña nube de humo negro suspendida en el aire. No era más que un “106” de 100 dólares.

Así vive un país cuyo ministro de Turismo (el de Trípoli) es un tuareg al que la guerra le impide volver a su Gadames natal. Han pasado ya cuatro años desde que el último turista visitara ese hermoso oasis en la frontera de Argelia, pero la red de funcionarios del sector (la misma que en tiempos de Gadafi) sigue recibiendo sus sueldos puntualmente. Según datos oficiales, el 85% de los asalariados en Libia pertenece al sector público.

“El día que los sueldos dejen de llegar nos comeremos los unos a los otros”, es la cantinela que repiten libios de toda clase o condición, etnia o tribu. Ese, y no otro, será el Rubicón del paraíso rentista.

Por el momento, el petróleo sigue fluyendo junto con salarios y pensiones. El dinero lo gestiona el Banco Central, organismo aún autónomo gracias al cual las distintas milicias libias pueden seguir matándose entre ellas, y sin que el asunto vaya a mayores.

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