El bastión rojo

Publicado por

Lluís Miquel Hurtado

@llmhurtado

Periodista (Tarragona, 1986). Vive en Estambul, donde colabora con el diario El Mundo.

Publicado el 3 Abr 2015

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Barrio de Gazi, Estambul (Abril 2015) | ©  Lluís Miquel Hurtado
Barrio de Gazi, Estambul (Abril 2015) | © Lluís Miquel Hurtado

Estambul | Abril 2015 | Con Ilya U. Topper

¿Héroes o terroristas? Depende de a quién se pregunte. Los dos jóvenes que el martes le pusieron a un fiscal una pistola en la sien en el Palacio de Justicia de Estambul, y probablemente apretaron el gatillo – tantos los dos secuestradores como el rehén murieron durante la intervención policial – se han llevado rotundas condenas de gran parte de la sociedad turca. Y vítores de otra parte.

Horas después del trágico desenlace del secuestro, una nueva guerra urbana se anunciaba en el barrio de Gazi, un distrito obrero del extrarradio de Estambul, todo un bastión rojo de Turquía. Era martes noche. Los vecinos aún no habían salido del trabajo y las barricadas ya ardían en las calles empinadas, que la Policía jamás recorre sin vehículo blindado.

Docenas de encapuchados gritaban loas a los dos chicos, Safak Yayla y Bahtiyar Dogruyol, que consideran “mártires” del Partido-Frente de Liberación del Pueblo Revolucionario (DHKP/C), una organización marxista armada, que aquí tiene su mayor feudo. Las calles están engalanadas con las banderas rojas del “Frente”.

“Pedimos justicia con las palabras y no nos la dieron; ahora toca pedirla mediante las armas”

“Pedimos justicia con las palabras y no nos la dieron”, denuncia Alí –nombre ficticio– un destacado militante del grupo. Se identifica plenamente con el secuestro que le costó la vida al fiscal Mehmet Selim Kiraz. El jurista llevaba unos meses investigando el caso de Berkin Elvan, un chico kurdo de Estambul, de 14 años, que fue alcanzado en la cabeza por un bote de gas disparado por la policía durante una de las protestas motivados por el parque Gezi, en junio de 2013. Murió tras nueve meses en coma sin que se sepa aún quién le disparó.

“El fiscal era una de las figures importantes del caso; por eso Safak y Bahtiyar entraron al Palacio de Justicia”, continua Alí. “Ya participamos antes en numerosas protestas, ante sedes del partido AKP [gubernamental], ante comisarías… ¡Queremos justicia! Ahora toca pedirla mediante las armas”.

Las armas siguieron hablando al día siguiente. A las tres de la tarde del miércoles, una joven lanzó un ataque en solitario contra la comisaría central de Estambul, situada en la muy transitada avenida Vatan, en el barrio de Fatih. Primero arrojó una granada de mano, cuando los policías que vigilaban el recinto salieron, empezó a disparar. Hirió a dos de forma leve. Los agentes devolvieron el fuego. La asaltante cayó abatida sobre el pavimento.

A la asaltante, Elif Kalsen, ya se le había atribuido por error un atentado suicida en enero

Una foto ampliamente difundida en la prensa turca la muestra de espaldas, pelirroja, con pantalones oscuros, jersey celeste, una amplia cazadora, un viejo fusil kalashnikov y una pistola a su lado. Nadie se acercaba a ella hasta que los artificieros hicieran estallar otras dos granadas de mano que llevaba encima. Horas más tarde fue identificada como Elif Sultan Kalsen, 28 años, militante del DHKP/C. Y se confirmó que a contrario de las primeras versiones difundidas, estuvo sola; otro joven que huyó herido del lugar y fue detenido sólo estaba preparando una protesta, no un asalto.

La policía atribuye a Kalsen también un ataque – varios disparos de pistola – contra una comisaría de Taksim, en el centro de Estambul, el 30 de enero, en la que nadie fue herido. Pero además, el nombre de Elif Kalsen fue atribuido en un primer momento a la mujer que el 6 de enero se hizo explotar con un bomba adosada al cuerpo en una comisaría cerca de la Hagia Sofia, en la parte turística de Estambul. El DHKP/C reivindió este atentado, pero se retractó cuando los padres de Kalsen desmintieron que la fallecida fuera su hija, y pidió disculpas por el extraño error.

El movimiento conocería las intenciones de la militante, pero no lugar o fecha del ataque previsto

El fallo se explicaría por la estructura poco jerárquica del movimiento, que conocería las intenciones de la militante, pero no lugar o fecha del ataque previsto, explicó el periodista turco Dogan Tiliç entonces, una tesis que ahora parece corroborarse. El ataque de Hagia Sofia fue finalmente atribuido a Diana Ramazanova, ciudadana rusa de Dagestán y supuestamente vinculada a un yihadista del Estado Islámico.

A diferencia del secuestro del fiscal, que fue prácticamente transmitido en directo en las redes sociales por personas aparentemente vinculadas al movimiento – también se distribuyó una fotografía tomada a todas luces por uno de los dos secuestradores -, el DHKP/C no ha reivindicado aún el ataque de Elif Kalsen en la comisaría de Vatan, o si lo hizo, no se ha llegado a saber porque en las últimas 24 horas, no sólo la web de la organización ha desaparecido sino también varias cuentas de Twitter suyas fueron suspendidas.

Lo que ha quedado claro es que el movimiento ha tomado el caso de Berkin Elvan para lanzar un órdago contra el Gobierno. El nombre tiene tirón: el entierro del chico en marzo de 2014 congregó a cientos de miles de personas y conmocionó a esa mitad del país que no vota al presidente, Recep Tayyip Erdogan, quien había llamado terrorista a Berkin por, supuestamente, formar parte de las protestas de Gezi, algo que su padre niega.

Mehmet Selim Kiraz llevaba dos meses investigando el caso. Con enorme afán de aclarar por fin el caso, pidiendo datos, nombres, según escribe el periodista turco Ahmet Hakan en el diario Hürriyet. Según la oposición, su función era poco más que seguir entorpeciendo.

Los dos secuestradores exigieron a la Judicatura que los policías que dispararon contra Berkin Elvan saliesen públicamente a confesar los hechos. La Fiscalía envió a un negociador y durante seis horas continuaron las conversaciones. Incluso el padre de Berkin Elvan anunció, mediante un intermediario, que estaba opuesto a la acción. “Mi hijo ha muerto, pero más personas no deben morir”.

El secuestro mortal “ha generado esperanza y ha servido para remediar la falta de Justicia”

Sobre las ocho y media de la tarde, la policía de repente tomó al asalto la oficina donde se hallaba el fiscal secuestrado. Supuestamente, después de oír disparos en la habitación. Hubo un denso y breve tiroteo. Sacaron muertos a Safak Yayla y Bahtiyar Dogruyol, y gravemente herido al fiscal, que llegó ya muerto al hospital, con tres balas en la cabeza y dos en el cuerpo.

Según la policía, las balas que mataron a Kiraz salieron de la pistola de los secuestradores, un modelo francés. Tampoco en Gazi lo ponen en duda: “Escucharon que la policía entraba cuando aún no se había llegado a un acuerdo, así que cumplieron su amenaza”, cree Alí. Lo aprueba: “Esta acción ha generado esperanza y ha servido para remediar la falta de Justicia”, remacha.

En todo caso ha generado más tensión. La madrugada del miércoles, la policía detuvo a 22 personas en la ciudad meridional de Antalya, cinco en Izmir y cinco en Eskisehir, la mayoría estudiantes. También hubo decenas arrestos entre jóvenes que salieron en los campus de Estambul para denunciar la acción policial.

“No nos fiamos de la policía: ayuda a los narcotraficantes”, denuncian en el barrio rojo de Gazi

Creado en 1994 como heredero del gran movimiento izquierdista Dev-Sol, que data de 1978, el DHKP/C se define como marxista-leninista y se adhiere a la lucha armada. Está tipificado como grupo terrorista en Turquía. Prácticamente todos sus atentados en los últimos años se han dirigido contra comisarías, agentes de policías o, en marzo de 2013, contra la embajada estadounidense, una acción que dejó dos muertos.

“Si no se detiene a los asesinos de Berkin, seguiremos entrando y matando. Seguiremos en las calles”. En Gazi cierran filas con el movimiento: aquí vivía el fundador del DHKP/C, Dursun Karatas (1952-2008), héroe de la ultraizquierda, antes de ser detenido, escaparse, exiliarse a Europa. La guerra viene de largo, y aquí ni la seguridad está en manos de las fuerzas del orden. “No nos fiamos de la policía: ayuda a los narcotraficantes” denuncia Umut, una hombre que pasa de la cuarentena y asegura ser cercano al “Frente”.

De hecho, el DHKP/C ha hecho de la guerra contra las drogas una bandera con la que se gana al vecindario. Por la noche, comandos armados patrullan Gazi y los barrios vecinos, buscando a sospechosos. “Si los encuentran, la primera advertencia es una paliza o similar, sin causar heridas”, explica Eylem, una vecina del barrio. También hay casos de militantes del “Frente” que han pegado a mujeres a las que acusan de ser “prostitutas”.

El martes, el barrio estaba en pie. Los antidisturbios trataban de penetrar sin éxito, lanzando gas lacrimógeno en los callejones. En respuesta, vecinos de todas las edades pergeñaban barricadas por doquier, con contenedores, hogueras y alambres atados entre farolas cerrando el paso. Algunos militantes disparaban al aire con escopetas.

No toda la oposición está de acuerdo con el culto al enfrentamiento. ¿Hay que llamar terroristas a los secuestradores? se pregunta Ahmet Hakan en su columna del Hürriyet. Y es tajante: “No basta con esto. Hay que llamarlos terroristas agentes provocadores, que obviamente no son más que herramientas”. Para complicar más la lucha pacífica por los derechos, respaldar a quienes imponen leyes de seguridad más severas y volver a atacar la memoria de Berkin, concluye.

Los primeros efectos ya se han hecho sentir. El primer ministro, Ahmet Davutoglu, aprovechó el funeral de Kiraz para sacar a colación la polémica ley de seguridad en fase de aprobación en el Parlamento, un paquete que asemeja el uso de tirachinas y cócteles molotov al de armas de fuego y bombas. “No se tolerará ni un minuto a aquellos que salgan a la calle [a protestar] sin autorización”, dijo, pese a que la Constitución turca permite expresamente las manifestaciones sin previo aviso.

La Fiscalía investiga por “apología del terrorismo” a 4 diarios que difundieron la foto del fiscal bajo la pistola

También aprovechó para castigar a los medios que se habían saltado la prohibición exprés de informar sobre el secuestro mientras durase. Vetó el acceso al funeral a diez diarios, cinco canales de TV y dos agencias y criticó como “inmoral” que algunos difundieran la fotografía en la que se ve a Kiraz con una pistola en la sien, obviamente tomada por los propios secuestradores y difundida en la red (algunos, no todos, la recortaron de manera que desaparecía la bandera del DHKP/C al fondo). El jueves, la Fiscalía abrió investigación por “propaganda a favor del terrorismo” a cuatro grandes diarios que difundieron la foto.

Pocos dudan de que el clima de tensión sólo puede beneficiar a Erdogan y su estrategia de polarización ante las elecciones generales del 7 de junio, la última vez que se abran las urnas hasta 2019. Destaca el relativo silencio del partido izquierdista kurdo HDP, la esperanza inevitable de la oposición: si supera el umbral electoral del 10%, Erdogan puede despedirse de su proyecto, proclamado alto y fuerte, de convertir Turquía en una república presidencialista bajo su mando; si no lo supera, el presidente tiene vía libre asegurada.

Un discurso ininteligible y una bandera nunca vista suscitaron más suspicacias

En las presidenciales, el líder del HDP, Selahattin Demirtas, sacó un 9,7%. Quizás por cautela ante una apuesta arriesgada, el HDP sólo emitió un breve comunicado expresando su “sorprendido rechazo” a que el Gobierno llamase “exitosa” una operación policial con tres ataúdes.

La jornada del miércoles la marcó otro incidente curioso: un hombre armado con una pistola de fogueo entró en una sede del partido gubernamental, el AKP, en Kartal, un barrio periférico de Estambul, echó a todo el mundo, colgó una bandera de una ventana del séptimo piso y se dedicó a incoherentes e ininteligibles discursos antes de ser detenido. Lo curioso era la bandera, nunca antes vista: la enseña nacional con un puñal blanco pintado encima, el símbolo de la comunidad aleví.

Son precisamente los alevíes, un colectivo poco religioso y adheridos casi en bloque a la izquierda, quienes alimentan movimientos como el DHKP/C o corrientes similares. Por eso, pronto se sospechó que aquella extraña acción sólo se había concebido para desacreditar a los alevíes.

Suspicacias no faltan. ¿Por qué los policías no continuaron negociando en el Palacio de la Justicia? ¿Por qué no intentaron aturdir a los secuestradores en lugar de dispararlos? se cuestionan muchos hoy. ¿No habría sido mejor prenderlos vivos para obtener información? preguntó un periodista turco a un miembro de los servicios secretos. No hace falta: conocemos bien el DHKP/C, no hay nada nuevo por saber, respondió aquel.

Este fue uno de los últimos tuits difundidos por una cuenta que hablaba en nombre de Safak Yayla y Bahtiyar Dogruyol, cuando aún se hallaban negociando con la policía, y ya se difundieron sus identidades: “Mira lo rápido que habéis averiguado quiénes somos. ¿Y cuánto vamos a tardar en saber quiénes mataron a Berkin Elvan?”

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