Los tres derretidos

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 1 Sep 2015

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Tengo que admitir que Moshe Ya’alon, llamado ‘Bogie’, no estaba en la cabeza de la lista de mis políticos favoritos. El ex jefe del Estado Mayor y actual ministro de Defensa me parecía un mero lacayo de Netanyahu y un militarista unidimensional. Mucha gente lo llama “bock”, un término alemán del yídish para decir ‘chivo’, que no es precisamente un piropo.

Tampoco Yuval Steinitz, el ministro de no sé qué, estaba muy arriba en la lista de políticos que admiro. También él me parecia ser uno de los siervos de Netanyahu sin personalidad propia reconocible.

Ni siquiera el ex jefe del Estado Mayor Gabi Ashkenazi era uno de mis héroes definitivos. Cuando lo nombraron, algunas malas lenguas aseguraban que la promoción la debía a sus orígenes orientales, dado que el ministro de Defensa de la época también venía de una familia judía oriental. El padre de Ashkenazi era de Bulgaria, su madre de Siria. El ministro de Defensa, Shaul Mofaz, era de Irán. Ashkenazi estaba al cargo de una de las guerras de la serie bélica contra Gaza. Era muy popular y lo sigue siendo.

Ahora admiro a los tres. Es más: estoy profundamente agradecido a los tres.

¿Qué me ha hecho cambiar de idea?

El cambio lo causó otro ex jefe de Estado Mayor, Ehud Barak.

Estoy muy agradecido a dos ministros y un militar que nunca pensé que tuviesen personalidad

(Si esto transmite la impresión de que Israel rebosa de ex jefes de Estado Mayor, es una exageración. Pero sí se puede decir que estamos ampliamente provistos de esta especie).

Barak fue jefe de Estado Mayor, ministro de Defensa y primer ministro. Desde que lo sustituyó Binyamin Netanyahu, anda en negocios privados: dando consejos a gobiernos extranjeros. Se ha vuelto muy rico y no lo esconde. Todo lo contrario.

Se crió en un kibbutz. Dado que era un chico gordito que tocaba el piano y no tenía habilidades atléticas, su vida allí no era fácil. Cuando lo llamaron a filas, como a todo el mundo, parecía lejos de estar predestinado para una carrera militar.

Pero un alto oficial de un comando especial del Ejército observó su inteligencia y decidió darle un empujón. Lo aceptó en su unidad de élite, el famoso Sayeret Matkal (“comando del Estado Mayor”), donde avanzó rápidamente, gracias tanto a su valentía física como a su inteligencia excepcional.

Bastante pronto, un alto oficial militar me recomendó seguirle la pista. “Ten un ojo a Barak”, me aconsejó: “Es extremamente inteligente y un día de éstos será el jefe del Estado Mayor”.

Ehud Barak ha vuelto a la fama escribiendo un libro de memorias con revelaciones sorprendentes

Años más tarde recibí una llamada telefónica sorprendente. En esa época yo era editor de una popular revista, además de diputado en la Knesset, y profundamente odiado por el ‘establishment’. Por teléfono me dijeron que el general Barak, el vicejefe del Estado Mayor, me invitaba a una charla en su oficina.

Estuve pensando cuál sería la razón, pero no hubo razón. El general simplemente quería tener una conversación conmigo.

Así que hablamos durante una hora y encontramos un asunto de interés compartido: la historia militar. Fue mi hobby desde la II Guerra Mundial. (Alguna gente dice en broma que yo soy el único militarista pacifista que conocen). Hablamos de la Guerra de Treinta Años y otras batallas y yo me quedé impresionado. Barak conocía bien el tema y era obviamente una persona intelectual, una cualidad bastante raro en nuestro cuerpo de oficiales, donde tienden a ser bastante pragmáticos.

Después casi nunca lo volví a ver. Me decepcionó como primer ministro, estropeó la conferencia de Camp David y fue derrotado en las siguientes elecciones por Netanyahy. Se convirtió en ministro de Defensa en el Gobierno de coalición.

Según Barak, Netanyahu, Lieberman y él mismo decidieron en 2009 lanzar la Fuerza Aérea israelí contra Irán

Ahora Barak ha vuelto a la cúspide de la fama con unas revelaciones sorprendentes.

Resulta que Barak ha escrito un libro de memorias. Justo antes de publicarlo ha concedido una entrevista en la que revela los detalles más íntimos de una discusión en el seno del Gobierno. El asunto: un ataque israelí contra las instalaciones nucleares de Irán.

Según Barak, los tres miembros centrales del Gobierno, es decir Netanyahu, Barak y el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, decidieron en 2009 lanzar la Fuerza Aérea israelí para destruir las instalaciones iraníes, una operación muy atrevida y compleja.

Para tomar esta decisión necesitaban el respaldo de los militares y una resolución de “los ocho”, un comité no oficial de los ocho ministros centrales. Acorde a la ley israelí, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas es todo el Gobierno en su conjunto. El Gobierno ha delegado esta función al “Gabinete”, un foro más restringido. Este cuerpo, por su parte, ha dado este poder a un comité aún menor, “los ocho”.

En 2009, los tres ministros principales, Netanyahu, Barak y Lieberman, decidieron que había llegado el momento de atacar Irán. Era una decisión de envergadura, pero en el último momento, Ashkenazi les informó de que los militares no estaban preparados. Hubo que posponer el asunto.

Al año siguiente probaron de nuevo. Esta vez, la situación era más propicia. El jefe del Estado mayor los informó, aunque muy a regañadientes, de que los militares ya estaban preparados. Los ocho tuvieron que decidir.

Cuatro personas del grupo estaban a favor. Dos, ambos miembros del Likud, se oponían. Quedaban dos: Ya’alon y Steinitz. Netanyahu se encargó de convencerlos. Ambos eran personas fieles a él. Netanyahu habló con ambos de forma larga y tendida y luego sometió la operación a votación.

Por la inmensa sorpresa y decepción de Barak, en el momento crucial, estos dos ministros votaron ambos en contra. En palabras de Barak: “Simplemente se derritieron”.

Sin una mayoría, con cuatro contra cuatro, no pudo haber decisión. El evento que iba a sacudir el mundo no tuvo lugar.

Barak acusa a los dos ministros ‘blandengues’ de cobardía frente al enemigo iraní

Un año más tarde, el asunto se volvió a poner en la agenda. Pero esta vez hubo otro obstáculo: se estaban celebrando maniobras conjuntas entre los ejércitos de Estados Unidos e Israel. En una situación así, atacar era imposible porque se habría achacado a Estados Unidos.

Así, la oportunidad se perdió. La guerra fue sustituida por la diplomacia (una palabra casi indecente en Israel).

Cuando contaba la historia, Barak acusó de esa cadena de sucesos a los dos blandengues que se derritieron, Ya’alon y Steinitz, así como al comando supremo del Ejército. Para él era una demostración de algo equivalente a cobardía frente al enemigo.

En Israel se desató un debate furibundo. Como es habitual en nuestro país, se centró en detalles secundarios, para evitar tratar los principales.

Punto número uno: ¿Cómo demonios se pudieron publicar estas historias supersecretas? En Israel tenemos una censura militar extremamente estricta. Si uno rompe sus reglas puede dar con sus huesos en prisión. Sin embargo, todas las personas involucradas en la publicación del asunto aseguraron que los censores lo permitieron.

¿Cómo? ¿Por qué? ¿Detalles del funcionamiento más interno del máximo comando del Ejérecito y las consultas más secretas del Gabinete?

Punto número dos: ¿Estaba Netanyahu realmente dispuesto, sin vacilaciones, de llevar a cabo el ataque? ¿Realmente presionó todo lo posible a sus dos ministros más fieles para que votasen de manera correcta?

Como es habitual en Israel, el debate se centró en detalles secundarios par evitar tratar lo esencial

Netanyahu ha apostado prácticamente toda su carrera política a la bomba iraní. Ha declarado numerosas veces que la propia existencia de Israel está en juego. ¿Cómo podía permitir que unas consideraciones personales – morales o de otro tipo – de dos ministros, a los que probablemente ni siquiera respeta demasiado, pusieran en peligro la propia existencia de la nación?

Tengo la oscura sospecha de que Netanyahu tenía sus propias dudas secretas respecto a la operación y que inconscientemente estaba bastante aliviado de que sus subordinados la obstaculizasen.

Pero la cuestión real tiene consecuencias mucho mayores. Si los dos ministros no se hubiesen “derretido” ¿qué habría pasado?

Yo lo consideraría una catástrofe.

Si el Ejército (término que en Israel incluye a las Fuerzas Armadas) tenía tan profundos recelos, probablemente tenía mucho motivo. Para hacer el trabajito, los aviones tenían que llegar a Irán, localizar, bombardear y destruir las instalaciones nucleares subterráneas, que son unas cuantas dispersas en el país, y volver sanos y salvos. No es una tarea fácil.

Estamos convencidos de que tenemos una excelente Fuerza Aérea, así como excelentes servicios secretos. Pero incluso si es el caso, habría sido una aventura muy arriesgada.

¿Cómo llegar hasta Irán? Habría que tomar o bien el largo camino rodeando toda la Península Arábiga hasta el Golfo Pérsico, o la ruta directa sobre Jordania o Siria e Iraq, o desde el mar a través de Turquía y quizás las antiguas repúblicas soviéticas. Todo esto sin ser detectado por Irán ni sus aliados.

Si Israel hubiese bombardeado Irán, Teherán habría bloqueado el Estrecho de Ormuz y el flujo de petróleo

Una vez cerca de los objetivos habrían tenido que localizar con precisión las instalaciones subterráneas y destruirlos, al tiempo que habrían estado expuestos a un intenso fuego de misiles antiaéreos y artillería. Si hay bajas ¿qué se hace? ¿Se les deja allí, simplemente?

Y el camino de vuelta podría haber sido todavía más complicado que el de ida.

Y esto sólo es el aspecto militar, el que obviamente preocupaba a Ashkenazi y a sus oficiales.

¿Qué pasaría con las consecuencias políticas?

Irán le habría echado la culpa con certeza a Estados Unidos y sus aliados árabes. La primera respuesta habría sido bloquear el Estrecho de Ormuz, la fina vía de agua por la que discurre casi todo el petróleo de Arabia Saudí, los otros Estados del Golfo, Iraq e Irán. El efecto sobre la economía mundial habría sido desastroso, con el precio del petróleo disparándose hasta límites inimaginables.

Sobre Israel habría llovido cohetes de todo tipo y fabricación, lanzados por Irán, Hizbulá y Hamás. Las vidas de todos nosotros habrían estado en extremo peligro. Dado que yo vivo bastante cerca del comando supremo del Ejército, en el centro de Tel Aviv, igual ahora no estaría escribiendo esto.

Toda la región, así como toda la economía mundial, se habría precipitado a un caos, con todo el mundo echándole la culpa a Israel. Y esto habría sido sólo el principio.

Así que estoy profundamente agradecido a Ya’alon, Steinitz y Ashkenazi.

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