«Me convertí porque era insoportable seguir siendo yo mismo»

Emmanuel Carrère

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 9 Oct 2015

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Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi
Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi

Segovia | Septiembre 2015

¿Qué sucedería si volvieran de verdad los muertos? Esta es la pregunta que se formuló hace unos años el escritor y cineasta Emmanuel Carrère (París, 1957) mientras daba forma a una serie televisiva. “No pensaba en la típica película de zombis o vampiros. Todo lo que se ha intentado hacer al respecto ha tomado esa forma alucinante, fantástica, pero yo quería plantear de forma realista la vuelta a la vida de una persona muy querida. ¿Qué hace uno en ese caso, qué dice?”. El autor aparcó el proyecto para volver a sus libros, pero el interrogante siguió rondándole. Hasta que cobró forma de nuevo en El Reino (Anagrama), su novela más reciente.

«En los Evangelios se dice que Jesús ha resucitado a alguien como si tal cosa»

“Me di cuenta de que la historia del cristianismo se parece mucho a esto”, afirmó Carrère en su reciente visita a Segovia, donde participó en un coloquio del Hay Festival. “En el fondo, es una historia de resurrección que tiene el mismo aspecto. En los Evangelios se dice que Jesús ha resucitado a alguien como si tal cosa, como si fuera un talento social”, comentó. “Pablo en cambio dice que no es posible, no admite la resurrección como algo normal y corriente. Ve que hay una diferencia de grado entre el hecho de que un paralítico vuelva andar y que un muerto regrese a la vida. La frontera que establece Pablo es la siguiente: alguien ha resucitado, una parte de la humanidad lo cree y la otra no”.

Carrère fue de los que creyeron. Al menos, durante casi tres años a principios de los 90 -“tres años de fe muy practicante y muy devota”, dice-, cuando se convirtió al cristianismo como forma de escapar de una profunda crisis existencial. Acudía a su parroquia para la misa diaria, compaginaba la lectura del Evangelio de San Juan con el diván del psicoanálisis, se casó por la Iglesia con la misma pareja con la que poco antes se hallaba en crisis, todo lo cual queda registrado en El Reino con su habitual mezcla de ensayo, recreación y testimonio.

«La fe cristiana se me apareció como un puente de salida, una tabla de salvación»

Sobre su propia formación religiosa, el autor de libros como Una novela rusa, El bigote, De vidas ajenas o Limónov comenta: “Nunca he padecido el cristianismo, no he tenido una infancia aplastada por la neurosis católica. En todo caso he tenido otras neurosis”. “A los 30 buscaba una manera de salir adelante. Por distintos motivos exploré varias vías, hasta que la fe cristiana se me apareció como un puente de salida, una tabla de salvación. No podía seguir siendo yo mismo, era insoportable, y esa sensación está en el origen de muchas conversiones”.

“Lo que propone la conversión es precisamente eso, que te olvides de quién eres para convertirte en otra cosa, en otro. El paradigma de san Pablo es ese”, prosigue Carrère. “Lo que sabemos de Pablo antes de la caída en el camino de Damasco es que se trata de alguien atormentado, con un odio profundo de sí mismo. Y encuentra una salida convirtiéndose en el ser opuesto. Diciendo está Cristo en mí”.

Se desentendió del credo. “Te abandono, Señor. Tú no me abandones”

Y aunque se desentendió de este credo con una anotación fulminante en su diario (“Te abandono, Señor. Tú no me abandones”), todavía habla con cierta fascinación del fenómeno. “Hay cristianos que encuentran caducos algunos dogmas, la existencia de Dios tal y como se entendía antes, o el hecho de que Jesucristo fuera el hijo de una virgen. Pero en ese núcleo de las palabras del Evangelio sigue habiendo una irradiación, una influencia que, pienso yo, sería una pena que desapareciera. Creo que hay algo ahí que da forma a nuestra psique, y que resulta bueno y deseable”.

Por otro lado, Carrère, que funde su experiencia personal con el relato de los años inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús de Nazaret, cuestiona el relato histórico desde una perspectiva cuando menos atrevida. “Los romanos creían que la fe cristiana era cosa de fanáticos. La religio era la religión cívica, una forma común de ritos formales y fríos, sin más. El equivalente de lo que para nosotros serían hoy la democracia y los Derechos Humanos. De hecho, la religio entonces era muy tolerante, muy laica. A los romanos no les importaba que rindieran culto o adoraran a un dios: les parecía que adoraban al mismo que ellos, con distinto nombre. Yahvé o Adonai eran los nombres judíos de Júpiter. Donde se complican las cosas es en el hecho de que los judíos no estén de acuerdo, creen que Júpiter es falso y defienden que solo el suyo es verdadero. Eso empieza a complicar las cosas, y desata una situación parecida a la que vemos hoy con el islamismo radical”.

Al respecto de esta radicalización actual de ciertas posturas religiosas, con episodios como las amenazas a su colega Michel Houellebecq o el sangriento atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, Carrère lamenta que “una película como La vida de Brian se podía hacer hace 30 años, ahora no. Parece evidente que en nuestros días no se puede decir cualquier cosa contra el islam, se ha vuelto peligroso. Pero todavía se pueden decir muchas cosas del cristianismo”, explica.

En todo caso, aclara: “Mi libro no tiene vocación blasfematoria, aunque la visión sea la de un agnóstico, mantiene una actitud amistosa. Algunos lectores integristas creen que está mal, pero no ha suscitado peligro para mí, no hay en Europa integristas cristianos como los de Estados Unidos. Creo también que el cristianismo es una religión envejecida, con características de la vejez como la debilidad y la sabiduría”.

«El cristianismo es una religión envejecida, con características como la debilidad y la sabiduría»

En Segovia, Carrère observa atentamente como el propietario del restaurante Cándido, uno de los restaurantes históricos de la ciudad, se dispone a desmembrar el cochinillo con un plato antes de dejarlo caer al suelo, haciéndolo añicos. El francés recuerda la figura de Philip K. Dick, el gran maestro de la ciencia-ficción, autor de clásicos como Ubik o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, a quien Carrère dedicó por aquellos mismos años, en 1993, un ensayo titulado Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos.

“Al final de su vida, Dick tuvo una experiencia mística. Se preguntó si realmente se había encontrado con Dios, o era una paranoia. En todo caso, creyó que era una de las cosas más radicales y misteriosas que se podían vivir. Por eso comparo a Philip K. Dick con san Pablo en varias ocasiones. Y tengo la sensación de que todos los grandes temas de la ficción de hoy, la realidad virtual, la sustitución de la realidad, son temas de Dick, se inspiran en él. Fue tan importante para el siglo XX como Dostoievski para el XIX”.

Finalmente, sobre el momento actual de las letras francesas, Carrère cree que “no es un mal periodo”, y da por superados los tiempos en que parecía “fría, teórica, esa noveau roman tan cerebral, un poco alejada de la experiencia, pero a la que también se acusaba de mirarse mucho el ombligo. Creo que hay bastantes escritores que entraban en ese esquema, pero también hay una literatura muy viva con Patrick Modiano, Maylis de Kerangal y otros que han logrado desterrar los tópicos más desastrosos”, dice.

«Hay un paralelismo entre los bolcheviques y las querellas de los primeros cristianos»

Por último, sobre su filiación rusa, sonríe asegurando que “de algún modo me he quedado con el negocio familiar, ya que mi madre [Hélène Carrère d’Encausse] es la gran especialista francesa en Rusia. Me apasiona la historia de los inicios de la Revolución Rusa, y he encontrado un paralelismo entre los bolcheviques, que se pasaban el tiempo peleándose, y las querellas de los primeros cristianos. El núcleo de los primeros fieles de la Iglesia de Jerusalén consideran a Pablo casi un impostor. Los emisarios de la Iglesia lo persiguen, ‘no hay que creerle, intenta robarnos el negocio’. Pablo va a verlos, y es como si un oficial del Ejército Bolchevique fuera al Kremlin y le dijera a Stalin: yo tengo la verdad del comunismo y voy a mostrársela al mundo”.

El montador que enseñó al escritor

Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi
00 Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi

“Tengo gustos eclécticos en el cine, mi generación creció con él”, comenta Carrère, autor él mismo de una filmografía que empezó con La classe de neige (1998) e incluye adaptaciones de sus propias obras como L’adversaire, La moustache o D’autres vies que la mienne. “Sin embargo, para mi trabajo literario lo que más me ha enseñado es el montaje. No soy un autor muy visual, hay compañeros que describen mucho más y mejor. Pero el encaje de las cosas sí, parece que se lo debo a esa parte del proceso cinematográfico”.

“El cine es tremendo, se puede hacer casi cualquier cosa”, prosigue. “Por eso en El Bigote, que está escrito en primera persona, me sugirió la idea de mantenernos en el punto de vista de un personaje sin dejarlo nunca: no podemos ver lo que no ve, no podemos oír lo que no oye. Eso me dio una ventaja: me dictó una serie de reglas de realización, restringió mucho las posibilidades. Y eso vale también para la escritura: no todo está permitido, no se pueden contar las cosas de cualquier manera”.

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