«Cuando escribo nacionalismo saco mi revólver»

Martín Caparrós

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 30 Oct 2015

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Martín Caparrós (2015) | ©  Lisbeth Salas
Martín Caparrós (2015) | © Lisbeth Salas

Segovia | Octubre 2015

Paralela a su larga trayectoria literaria, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) ha sido un atento observador de la situación del Tercer Mundo a través de su colaboración con la ONU, desarrollada entre 2005 y 2010. El ensayo El hambre (Anagrama) plasma sus conclusiones a la vez que aparece en España una nueva edición de su novela El interior (Malpaso), donde recorre su país natal. En el hotel donde se aloja con motivo del Hay Festival de Segovia, el escritor acepta hablar de hambre física y apetitos nacionalistas, sed de agua y de justicia social.

Después de recorrer el mundo muchas veces, ¿ha perdido la esperanza en la Humanidad, o se ha convencido de que somos una gran raza?

Tengo, tengo esperanza. Pero no por darle muchas vueltas al mundo y coger muchos aviones, sino por intentar leer la Historia, ya que mi formación es de historiador. Me interesa no perder mi mirada historicista, y si miras en el largo plazo caes en una especie de estúpido optimismo, por el cual vemos que el mundo es infinitamente mejor hoy que hace 2000 años.

«Por primera vez el mundo produce más comida que la que necesitan todos sus habitantes»

Se habla muy a menudo de que por fin está a nuestro alcance erradicar el hambre, que solo haría falta un poco de voluntad. ¿Es tan fácil?

En términos técnicos sí, está a nuestro alcance acabar con algo que sucedió siempre, por primera vez el mundo produce más comida que la que necesitan todos sus habitantes. Por primera vez no es un problema de falta de alimentos, sino de la forma en que estos están distribuidos. Parece poco, pero es mucho.

¿Y a quién no le interesa que se distribuyan mejor?

A todos nosotros. Comemos y vivimos de una manera que requiere una cantidad de bienes y riquezas. Vivimos de una forma que solo se puede mantener privando a otros, incluso tú y yo, que somos tan buenos. No nos damos cuenta de cómo ese proceso de concentración se da en las cosas más simples. Parece una tontería, pero un kilo de carne requiere, por ejemplo, diez kilos de cereales. Significa que cuando te comes un kilo de carne, hay diez personas que no van a comer su kilo de cereal. No hay que buscar complejidades, está en nuestra mesa todos los días.

Hay quien defiende que, peor que el hambre, será el problema de la sed. ¿Están interconectados?

«Los ricos, que ya han hecho su desarrollo sucio, dicen ahora a los pobres que no talen sus bosques»

Sí, se trata de la misma cuestión, quién se queda con los recursos. La tan anunciada guerra por el agua, como ocurre con la de los alimentos, está todo el tiempo en actividad. Hay largas temporadas en que la batalla está como ganada y no nos parece una batalla. Pero nosotros estamos ganando la batalla todos los días. Una vez más, cuesta imaginar en qué consiste eso. Creemos la batalla es que van a venir unos señores malos que se llevaran nuestro agua en tanques, pero la mayor cantidad de agua no se apropia como tal, sino como un insumo que se ha usado en cosas, cultivos por ejemplo. Esos cultivos, ¿adónde van después? Ése es el tema.

Me interesa mucho una idea suya, la consideración del ecologismo como un capricho de ricos que exigen a los pobres lo que ellos no hicieron con su propia tierra. ¿Lo sigue creyendo así?

De varias maneras, se podría argumentar algo así. Por un lado, es lo que pretenden los ricos que ya han hecho su desarrollo sucio, dicen ahora a los pobres que no talen sus bosques. Cuando recuperáramos el bosque virgen de Manhattan, entonces podríamos decirle a los otros lo que tienen que hacer… Por otro lado, toda esta moda de productos naturales, orgánicos, es algo que solo podemos hacer unos pocos. Para producir un tomate orgánico se necesitan insumos que darían lugar a quince industriales, baratos. Es una idea aristocrática, “yo puedo comer los buenos productos”, pero se trata de que comamos todos. La tierra nos puede alimentar a todos solo si aceptamos formas de producción más elegantes. No quiero decir con ello que no haya que cuidar la tierra, sino cuidarla de forma que la usemos todos.

También me sorprendió que escribiera que la democracia era el mejor sistema para que nada cambie demasiado, que los verdaderos cambios los provocan las revoluciones. ¿Lo sostiene tras la deriva de las Primaveras árabes?

Lamentablemente, lo sigo creyendo. Esos movimientos suelen ser costosos en vidas y en destinos, pero en general las mayorías tienden a reproducir lo que ya conocen. Los que inventan cosas diferentes suelen ser pocos, y por supuesto dependen de la medida en que consiguen difundir sus inventos y convencen al prójimo de que esos inventos son necesarios. Pero este sistema de democracia que consiste en ir a votar una vez cada tanto, está ciertamente hecho para que nada cambie. En países donde estamos cómodos y más o menos tranquilos, puede ser un buen subterfugio. Pero también está claro que nuestra tranquilidad y nuestra comodidad depende del sufrimiento de muchísimos.

Usted, que es perito en fronteras, ¿cómo ha vivido el creciente movimiento independentista catalán?

«En Cataluña se usa el nacionalismo para legitimar un gobierno que desmontó sanidad y educación»

Cuando escribo nacionalismo saco mi revólver… y le apunto a mi sien derecha. Detesto cualquier idea nacionalista, según las cuales los que nacemos en un determinado territorio somos mejores o hablamos determinada lengua o creemos determinadas tonterías somos distintos de todos los demás, ya que por lo general esas ideas suelen usarse para disimular cosas significativas. El caso de Cataluña es de manual, ver cómo se usa un sobresalto nacionalista para legitimar un gobierno que hizo todo lo que yo repudiaría, como desmontar la sanidad y la educación pública, y luego se constituyó en libertador de la patria.

¿Ha logrado entender las motivaciones de algún amigo independentista, sean pragmáticas o sentimentales?

Las pragmáticas no me parecen, ¿cómo diría?, tolerables, porque suelen tener mucho que ver con egoísmos que ni siquiera ellos mismos presentan, les da un poco de vergüenza. De las sentimentales, uno intenta entender cómo se producen y cómo se desarrollan, pero he visto demasiado cómo se usan, como para no rechazarlas. Por otro lado, aunque parezca paradójico, soy internacionalista, como se decía en el siglo XIX, creo que habría que armar un mundo donde no hubiera fronteras. Las naciones se toman como entes inmanentes, eternos e inmutables, cuando son las cosas más variables que hay. Todas estas naciones tienen 200 años, eran otras ayer y mañana serán distintas. Nos las tomamos como si fueran eternas y actuamos en estúpida consecuencia.

Ha viajado mucho por África. Viendo en sus lugares de origen a tanta gente que sueña con viajar a Europa, ¿ha llegado a explicarse si es la necesidad lo que los mueve, solo ganas de cambiar de vida, de labrarse un futuro que en sus pueblos difícilmente pueden tener?

«Si eres de Costa de Marfil, sabes que por muy bien que vivas vas a vivir mejor en Alemania»

Es un fenómeno hipercomplejo. Por un lado está la distinción que ha surgido entre refugiados e inmigrantes, que me parece de un racismo estupendo: como los refugiados vienen legitimados por la guerra y parece gente más educada, nos parecen tolerables allí donde los migrantes solo estaban legitimados por su voluntad de vivir mejor. Esto me parece grave. Los migrantes africanos son el efecto de ese doble movimiento que está hecho de la concentración de riquezas que ellos mismos perciben en los países europeos, y del modo en que esos países arman todo un sistema publicitario –películas, fútbol, moda, medios-, porque necesitan que su modo de vida sea apetecido para poder vender lo que fabrican, tangible o intangible. Cuando hay gente que lo apetece, la rechazan. Son víctimas de su propia publicidad. Sobre lo que hablabas, entre los migrantes hay un primer punto a tener en cuenta, y es que no son los más pobres: para empezar, para migrar hay que tener un acceso mediático, mientras que la pobreza extrema limita tus horizontes de deseo. Además, hay que tener un poco de dinero para emprender el viaje. Pero Europa se plantea como un lugar donde se vive mejor, y después efectivamente es así. En El Hambre mostré que el 5 por ciento más rico de Costa de Marfil tiene menos dinero que el 5 por ciento más pobre de Alemania. Si eres de Costa de Marfil, sabes que por muy bien que vivas seguramente vas a vivir mejor en Alemania. ¿Por qué no intentarlo?

Eso siempre que identifiques claramente “vivir mejor” con “tener más dinero”…

Ese es el punto. Se han pasado un siglo vendiendo esa idea, y ha calado el mensaje. Ahora se horroizan cuando millones de personas la compran. Es una batalla más de esta guerra de la que hablábamos antes. Los países ricos forman espacios de exclusión, y miles y miles lo ocupan gota a gota.

Dígame, como escritor, ¿de qué modo le ha influido como escritor el lenguaje oenegero?

Si me ha influido en algo, será para evitar los eufemismos, y distinguir radicalmente entre eufemismos y metáfora. Una cosa es la forma que uno encuentra para decir con más profundidad, eficacia y belleza lo que quiere, y otra el eufemismo, la forma que uno encuentra para decir lo menos posible.

«Egipto era muy laico hace 30 años. Estuve el mes pasado y hay un islamismo aterrador»

¿Cree que ese lenguaje puede llegar a ser un obstáculo para los objetivos que persigue?

Obstruye la comprensión, nos predispone a tolerar cosas que de otra forma nos parecerían intolerables. Hace poco me invitaron a un congreso en Alemania sobre “inseguridad alimentaria”. Querían hablar del hambre, pero no se atrevían a llamarla por su nombre…

El Mediterráneo, que se ha convertido en una especie de perverso laboratorio, ¿hacia dónde camina?

Se me ocurren cosas sueltas. Para empezar, lo que ocurre es una prueba clara de la resurrección de Dios. Uno de los grandes sobresaltos de la época es que creíamos que los dioses habían muerto, y resulta que al menos uno está muy muy vivo, y hay otro que lo está resucitando mi compatriota. Esto ha cambiado la visión del mundo que tenemos, y muy claramente en el Magreb o en Egipto, que era muy muy laico hace 30 años. Estuve el mes pasado y hay un islamismo aterrador. Cuando se armó el vacío ideológico necesario para que los dioses resucitaran, será la pregunta que haremos cuando estudiemos esta época dentro de 30 años. Otra cosa que me impresiona es cómo se constituye la posibilidad… Durante cuatro o cinco años, hubo millones de refugiados Sirios en Líbano y Turquía, y no pasaban. Algunos pocos dijeron: ¿por qué no tratamos de usar Grecia, los Balcanes? Y algo que no existía, se constituyó, y en cuestión de semanas cientos de miles de personas decidieron hacer algo que unas semanas antes era imposible. Me parece un fenómeno modélico. Si algo me parece interesante, como digo, es pensar lo impensado, o lo impensable.

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