Soplan tiempos de cambio

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Óscar Tomasi

@OscarTomasi

Periodista (Alicante, 1985) . Vive en Lisboa desde 2010, donde trabaja como corresponsal para la agencia EFE.

Publicado el 10 Nov 2015

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El portugués es un pueblo habitualmente tranquilo y sosegado, poco dado a los sobresaltos, apegado a sus tradiciones, donde la pausa gana por goleada a las prisas y la palabra “calma” es respuesta habitual de los lugareños a los estresados turistas. La ausencia -salvo episodios esporádicos- de violencia durante la Revolución de los Claveles o, más recientemente, en las numerosas manifestaciones anti-austeridad es prueba de un carácter eminentemente pacífico que sólo se pone en entredicho cuando se analiza su comportamiento al volante. Y ese asunto es harina de otro costal.

Por eso, los portugueses todavía hoy se frotan los ojos ante el acuerdo alcanzado por el Partido Socialista con el Bloque de Izquierda (de inspiración marxista y ecologista) y con el Partido Comunista, que juntos se disponen a tirar abajo al Gobierno conservador que tomó posesión hace apenas diez días para, con la venia del jefe del Estado, sustituirlos en el cargo.

El pacto entre los socialistas y el resto de la izquierda era inimaginable hace pocas semanas

El asombro generalizado de la ciudadanía no sólo se debe a este baile de sillas por el poder, sino al pacto alcanzado entre los socialistas y el resto de la izquierda, totalmente inimaginable hace sólo cuestión de semanas. A sus notables diferencias programáticas -incluso en temas sensibles, como la pertenencia a la OTAN o al euro- se suma una profunda enemistad que se prolongaba desde los primeros pasos de la democracia tras el fin de la dictadura, en 1974.

Entonces, dos grandes líderes emergieron en el panorama político luso para tomar las riendas de la transición: el socialista Mário Soares y el comunista Álvaro Cunhal. El primero, favorable a un modelo “occidentalizado”, al estilo de sus homólogos en otros países vecinos. El segundo, defensor del sistema soviético. El resto es historia: Soares logró cautivar incluso a los sectores más conservadores de la sociedad, asustados con la alternativa que suponía Cunhal, y acabó por imponerse.

Desde aquel momento, una alianza entre socialistas y comunistas era vista como algo “contra natura” en Portugal, donde el PS se sitúa ideológicamente en un espacio más de centro que en otros países de su entorno, con dos partidos fuertes a su derecha y otros dos a su izquierda desde la irrupción del Bloque (BE en sus siglas en portugués), a finales de los noventa.

En 2011, comunistas y marxistas dejaron caer al socialista Sócrates, acelerando la llegada de la troika

Tanta era la animadversión que se profesaban que ni siquiera ante la perspectiva de un rescate financiero (2011) comunistas y marxistas dieron su apoyo al Gobierno del socialista José Sócrates y le dejaron caer sin contemplaciones ni remordimientos, acelerando la llegada de la troika al país.

Tampoco su oposición a las medidas de austeridad -hay que recordar que el PS fue endureciendo su postura a medida que avanzó la legislatura- sirvió para aproximarlos y llegaron a los comicios legislativos del pasado 4 de octubre como siempre: enfrentados y sin visos de cualquier tipo de acuerdo.

El resultado electoral lo cambió todo. Los conservadores de Pedro Passos Coelho vencieron en las urnas con casi el 39 % de los votos, seis puntos más que su rival, pero perdieron la mayoría absoluta con la que contaban desde 2011. La disposición de los comunistas a sentarse a negociar -conocida nada más acabar el escrutinio- dejó boquiabierto a más de uno, y esa apertura acabó derivando en una alianza tripartita.

Una vez derribado el Ejecutivo de centro-derecha de Pedro Passos Coelho, la pelota volverá al tejado del presidente luso, el también conservador Aníbal Cavaco Silva, a quien la Constitución otorga la responsabilidad de decidir a qué candidato encarga la formación de Gobierno.

Las severas críticas de Cavaco Silva a un pacto de este tipo deja todavía margen para la sorpresa

Aunque en Portugal ya se da por hecho que aceptará entregar el poder al líder de los socialistas, António Costa, las repetidas y severas críticas de Cavaco Silva a un pacto de este tipo deja todavía margen para la sorpresa. ¿Alternativas? Dejar a Passos Coelho en funciones hasta la convocatoria de nuevas elecciones -no podrían realizarse antes de junio de 2016- o innovar con un Gobierno de “iniciativa presidencial”, formado por independientes de diferentes tendencias.

La expectación en el país es alta, y son muchos los que incluso trazan paralelismos entre la situación política actual y el 25 de abril. Más allá de los interrogantes -¿Llegará a gobernar la izquierda finalmente? ¿Será un Ejecutivo estable durante toda la legislatura? ¿Cómo podrá compatibilizar el cumplimiento de las reglas europeas y la retirada de las medidas de austeridad? -, la incorporación del Bloque y del PCP a la lista de partidos dispuestos a pactar para llegar al poder supone un hito que va más allá del presente, con implicaciones en el tradicional equilibrio de fuerzas luso.

No hay dudas de que soplan vientos de cambio en Portugal. Falta ver si se trata de un tornado capaz de poner patas arriba todo el sistema o si, por el contrario, todo queda en una ligera brisa marina, de carácter pasajero y sin consecuencias. 

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