El termómetro global croa en una charca

Publicado por

Alejandro Ávila

@AleAvilaV

Periodista (Sevilla, 1984). Vive en Sevilla.

Publicado el 8 Dic 2015

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Sapo espuela | © Alexandre Portheault / Cedido por CSIC
Sapo espuela | © Alexandre Portheault / Cedido por CSIC

Sevilla  | Diciembre 2015

Aumento de las sequías y las temperaturas, reducción de lluvias y avance de los desiertos. Ese es el panorama al que se enfrentará parte de la humanidad de finales de siglo XXI si la lucha contra el cambio climático no se toma en serio, predicen los científicos. Pero la Cumbre del Clima que arrancó el 30 de noviembre en París con una reunión de 150 jefes de gobierno de todo el mundo y que continuará -ya sin los jefes- hasta el 11 de diciembre, puede llegar tarde para algunos, los más sensibles: los anfibios.

Ranas, sapos, salamandras y tritones son los animales que antes y más rápido han acusado los efectos del cambio global. Las variaciones de temperatura y humedad, la aparición de nuevas enfermedades y la desaparición de sus hogares han acabado durante los últimos años con más de 200 especies de estos frágiles vertebrados en todo el mundo, según se estima. Una de cada tres está además en peligro de extinción.

“Los anfibios son los bioindicadores del estado de conservación del planeta”

Los anfibios son el termómetro del cambio climático. A través de su delicada piel captan cualquier alteración de su entorno. Carmen Díaz Paniagua, investigadora de la Estación Biológica de Doñana, explica que “los anfibios son los bioindicadores del estado de conservación del planeta. Se han alterado las condiciones globales de temperatura y, por tanto, de humedad. Se producen así extinciones masivas”.

Muchas especies de anfibios tienen una distribución muy limitada, sobre todo en las zonas tropicales, donde ciertas especies necesitan una temperatura y una humedad muy concretas. Al alterarse estas condiciones de su hábitat y al carecer estos animales de la posibilidad de desplazarse con facilidad, la extinción ha sido la consecuencia lógica. Uno de los casos más llamativos ha sido el del sapo dorado de Costa Rica, que fue descrito por primera vez en 1966 y cuyo último avistamiento apenas tuvo lugar tres décadas después.

“Hay especies que se descubren y se extinguen en apenas una década”, se lamenta la bióloga. En algunas zonas tropicales, incide, “se han producido extinciones que no se pueden achacar a otras causas globales más que a la alteración de las condiciones generales de temperatura y humedad”.

En el caso de Doñana, que es el principal objeto de estudio de Díaz Paniagua, la investigadora observa ya problemas relacionados con el cambio climático. “El incremento de la temperatura afecta al periodo de reproducción de los animales y a la duración de las lagunas. Ese aumento hace que las especies puedan adelantar su periodo de reproducción y que una helada acabe con sus larvas”, explica.

“Hay un problema con los sulfatos y hierros de la agricultura en Doñana: la acidez mata”

Para la bióloga, el anfibio más vulnerable al cambio climático en Doñana es el sapo de espuela (Pelobates cultripes). “Es la especie que se reproduce más temprano de todas pero con un periodo de reproducción más largo. Las lagunas se secan antes por el incremento del calor, aumentando la mortandad y la regresión de la especie. Se han perdido miles de larvas”, explica.

Al cambio climático hay que añadir en Doñana los problemas de la contaminación, la destrucción de acuíferos y la presencia de especies invasoras como el cangrejo rojo. “Hay un problema con los sulfatos y hierros de la agricultura. En cuanto se forman las lagunas cercanas a pozos de extracción, hay tal grado de acidez, influida por la extracción de agua, que cuando ponen los huevos, se mueren y aparecen muertos y de color blanco al día siguiente”.

Algunas especies han dejado de verse por Doñana, como el gallipato (Pleurodeles waltl), un tritón endémico de España y Marruecos, que prefiere tener agua a su disposición todo el año, aunque puede aguantar sin ella. “El gallipato, al igual que el sapo de espuela, era tan característico cuando empezaba a llover, que era difícil caminar sin pisar alguno. Llamábamos explosiones al ruido que hacían al pisarlos sin querer. Desde los años noventa no hay esas explosiones”, explica.

Otros factores del declive

“Los hongos están produciendo la extinción de anfibios en determinadas zonas de manera masiva. En Madrid, por ejemplo, hay mortalidades masivas de sapos parteros (Alytes obstetricans)”, describe la investigadora del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Un problema para el que investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales “han obtenido resultados satisfactorios para erradicar en la naturaleza al patógeno que causa quitridiomicosis” y que afecta a más de 700 especies de anfibios.

Díaz Paniagua pone el acento también en la pérdida de hábitat, “donde los anfibios han sufrido un deterioro enorme por la intervención del ser humano”. En zonas templadas como Andalucía, muchas especies de anfibios dependen de pequeñas charcas temporales. “El sapillo pintojo (Discoglossus jeanneae o galganoi) se reproduce en charcas de 15 centímetros, que apenas duran un par de meses. Para que exista este sapo, es necesario que exista esta charca, pero hemos tardado mucho en darnos cuenta”. La desecación de estas pequeñas lagunas ha sido una práctica común para luchar contra los mosquitos y poder cultivar.

“A nivel de conservación, los puntos calientes están en Andalucía oriental, con menos agua”

Los anfibios dependen mucho del agua. Por esa razón, Andalucía oriental, que es más árida, es una zona especialmente sensible al cambio climático. “A nivel de conservación, los puntos calientes están allí, ya que la duración de los hábitat acuáticos es más corta y hay menos cantidad, de manera que hay especies endémicas que se están perdiendo”. A eso hay que añadir que la transformación agrícola de la zona de Almería y Granada en las zonas áridas ha afectado mucho a la conservación de los anfibios de la zona.

Leyes para Andalucía

La ley andaluza de cambio climático, que se encuentra en fase de exposición pública, se enfrenta al reto de dar una respuesta regional a un fenómeno global y complejo. Mitigar, adaptarse y concienciar: esos son los pilares de una nueva normativa con luces y sombras.

Andalucía ya cuenta con una ley de eficiencia energética y una estrategia ante el cambio climático. La primera, según la Consejería de Medio Ambiente, “procura que la economía se base en un uso menos intensivo del carbono”, y la estrategia apunta a todos los gases de efecto invernadero y las fuentes que los generan.

La ley encauzaría nuevas medidas como la ‘huella de carbono’ de productos y servicios o la compensación de emisiones. Además, pretende que Andalucía no libere a la atmósfera más de 4,28 toneladas de CO2 por habitante al año. Los grupos ecologistas la consideran necesaria pero insuficiente. Juan José Carmona, portavoz de la organización ecologista internacional WWF en Andalucía, indica que la norma tiene “una escasa ambición en la reducción de emisiones en sectores difusos”, como la agricultura, el transporte, los hogares, los comercios o la propia administración. “El objetivo para 2020 es no incrementar las emisiones de CO2 respecto a 2005, el año en el que España batió el récord de emisiones. A nivel nacional, el objetivo es reducirlas y ya lo consideramos poco ambicioso”, afirma.

“La ley propuesta no hace una apuesta clara por energías renovables, investigación y autoconsumo”

WWF considera que la ley es poco concreta y “en ningún momento cuantifica cuál es el objetivo. ¿Habremos cumplido con una o con diez placas solares? ¿Qué porcentajes de andaluces deben contar con una? Creemos que existe un horizonte para ir más allá”. José Carbonell, responsable de Greenpeace en Andalucía, critica, por su parte, que la ley “no hace una apuesta clara por las energías renovables, la investigación y el autoconsumo”. Y Daniel López, portavoz de Ecologistas en Acción, insiste en que Andalucía necesita “un cambio de modelo que no sea el ‘ladrillo’ y que se centre en las energías renovables. La ley va en la buena dirección, pero hacen falta medidas más contundentes”.

A nivel local, la ley crea la figura del municipio de baja emisión de carbono, un reconocimiento que el Gobierno andaluz otorga a los ayuntamientos que “dispongan de un programa integral de actuaciones en materia de cambio climático” y que les favorecerá a la hora de optar a incentivos o subvenciones. Si, desde hace cinco años, las empresas podían adscribirse de manera voluntaria al sistema andaluz de compensación de emisiones (SACE), a partir de ahora los grandes consumidores energéticos estarán obligados a compensar sus emisiones mediante reforestaciones u otro tipo de proyectos forestales. La ley también contempla multas de hasta 60.000 euros, para las empresas que no reduzcan su emisión de gases contaminantes.

En un punto están de acuerdo Administración y organizaciones ecologistas: lo importante es que se adopten medidas contra el cambio climático en “una de las zonas más vulnerables por su localización geográfica en la cuenca mediterránea” y que depende económicamente del turismo y la agricultura, sectores que se pueden ver muy afectados por los efectos del cambio climático.

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