Miedo a la asimilación

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 10 Ene 2016

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El ministro de Educación de Israel ha tachado un libro de la lista de lecturas de los colegiales. ¿Y qué? Ocurre todos los días en Rusia, China e Irán.

Pero esto no era una obra revolucionaria escrita por un revolucionario tragafuegos. Es una dulce novela firmada por una conocida escritora, Dorit Rabinyan.

Su pecado cardinal era la trama: una historia de amor entre una chica judía y un chico árabe. Se encuentran en Norteamérica.

Pidieron que se vetara la Biblia: está llena de reyes y héroes que se casaban con mujeres foráneas

Al ministro le daba escalofríos. ¿Qué? Una hija decente de Israel con un goy árabe? Impensable. Como una historia de amor entre una mujer blanca y un hombre negro en la Atlanta de Lo que el viento se llevó. O entre una judía y un ario de pura raza en la Alemania de Hitler.

Un escándalo. Menos mal que los sabios funcionarios del Ministerio le han puesto freno en nada y menos.

La decisión causó un clamor. Los profesores y tertulianos liberales tenían su gran día. Especialmente los que tienen sentido de humor (Sí, algunos de estos existen incluso en Israel).

Algunos pidieron que se vetara también leer la Biblia, dado que está llena de reyes y héroes que se casaban con mujeres foráneas. Abraham tomó una mujer extranjera, Hagar, tuvo un hijo con ella y luego mandó a los dos a morirse en el desierto porque Sarah, la madre del pueblo judío, se puso celosa. La Biblia describe a nuestra ilustre antepasada como una arpía bastante cabrona.

Moisés tenía una esposa madianita. El rey David se casó con la mujer que codiciaba después de enviar a su marido, un hitita, a una batalla para que muriera en ella. Su hijo, Salomón, tenía un montón de esposas, la mayoría extranjeras. Al héroe Sansón le traicionó su mujer filistea. El rey Acab, que se desangró por negarse a dejarse tratar por un médico durante la batalla, tenía una esposa de Sidón. Etcétera. La lista es larguísima. Algunos profesores pidieron con regocijo quitar la Biblia de la lista ministerial de libros aprobados.

Casi igual de grave es que algunas de las obras maestras de la moderna literatura hebrea presentan historias de amor entre hombres judíos y shikses (un término despectivo del yídish para mujeres no judías, derivado de la palabra hebrea para “abominación”). ¡Fuera estos libros!

Al libro se le acusa de inducir a sus lectores, especialmente a los jóvenes, a la asimilación

Sin embargo, lo que más me impactó del asunto era una palabra en la explicación oficial del Ministerio por la medida: “Hitboleluth”, que significa asimilación.

Al libro se le acusa de inducir a sus lectores, especialmente a los jóvenes, en una edad en la que son influenciables, a la asimilación.

¿Asimilación? ¿Aquí, en Israel? ¿En un comunicado oficial del Gobierno? Increíble.

“Asimilación” es una palabra utilizada ampliamente en la diáspora judía. Es muy despectiva. Es lo que comete un judío que se avergüenza de su herencia e intenta fundirse con el ambiente cristiano que lo rodea. Un judío que imita a los goy e intenta parecérseles y comportarse como uno de ellos. En resumen, un cobarde despreciable.

Llamar a un judío en Los Ángeles o Moscú “asimilado” es una acusación seria. Durante muchos siglos fue una de las etiquetas con más fuerza de condena.

Había buenas razones para esto. Los judíos eran una minoría asediada en todas partes. No tenían Estado propio ni Ejército para defenderse, ningún poder salvo su solidaridad. Tenían que mantenerse juntos para sobrevivir. En las comunidades pequeñas, la apostasía de una sola familia podía tener consecuencias graves para todos los demás.

La asimilación a menudo llevaba hacia la conversión plena. Cuando una chica judía se casaba con un hombre cristiano, a los hijos se les educaba normalmente como cristianos y perdían todo contacto con sus raíces judías (aunque según la religión judía, los descendientes de una mujer judía son judíos plenos. El padre no cuenta. Quizás porque nunca se puede estar totalmente seguro de quién es el padre).

Todo esto eran actitudes bastante naturales para una comunidad dispersa que vivía como minoría en un ambiente ajeno, a menudo hostil. Una manera de sobrevivir.

Los rabinos consideraban el sionismo un pecado: regresar a Tierra Santa era rebelarse contra Dios

La palabra “hitboleluth” se vincula por eso con otra palabra hebrea: Galut (literalmente: exilio). Según las creencias judías aceptadas, la Historia judía se divide en tres partes: el “Primer Templo” de los días de Abraham hasta el Cautiverio de Babilonia, un exilio que Dios impuso a los judíos a causa de sus pecados. Dos generaciones más tarde, Dios permitió a los judíos regresar y construir el “Segundo Templo”, pero pecaron de nuevo. Ahí Dios se cabreó de verdad y los mandó otra vez al exilio, esta vez de forma indefinida.

Los rabinos ortodoxos consideraban el sionismo un pecado porque regresar a Tierra Santa era un acto de rebelión contra Dios. Los judíos debían permanecer en el ‘galut’ hasta que Dios en su clemencia los llevara de vuelta.

La ideología sionista despreció el ‘galut’. Al ser básicamente atea, no le importaba gran cosa la voluntad de Dios.

El fundador, Theodor Herzl, creía que una vez que se fundara el Estado judío, todos los judíos verdaderos del mundo acudirían a vivir allí. A partir de ese momento, sólo ellos se llamarían judíos. Todos los demás judíos se “asimilarían” en sus patrias respectivas y dejarían de ser judíos. (Esta parte del credo original no se enseña en los colegios israelíes).

Como nunca me canso de subrayar, antes de que se fundara el Estado de Israel, la comunidad sionista en este país distinguía orgullosamente entre sus miembros y los judíos del ‘galut’. De forma espontánea, los que formaban parte de la comunidad judía en Palestina empezaron a llamarse a sí mismos “comunidad hebrea” y a hablar de agricultura hebrea, clandestinidad hebrea, un futuro Estado hebreo y un ejército hebreo, a diferencia de lo que era la religión judía, las tradiciones judías, la diáspora judía etcétera.

Un avión se retrasó horas porque algunos judíos protestaron contra la presencia de dos árabes israelíes

El peor insulto que se podía arrojar a alguien en Tel Aviv (llamada oficialmente “la primera ciudad hebrea”) era llamarle “galutí”. Significaba que carecía de las cualidades que, con exquisita modestia, asociábamos a nosotros mismos: honradez, valor, espíritu de sacrificio y duro trabajo manual.

Nada podría ser más “galutí” que el miedo a asimilarse.

¿Asimilarse a quién? Los árabes constituyen alrededor del 20 por ciento de la población de Israel. Se les discrimina en todos los ámbitos de la vida. Los sondeos de la opinión pública muestran que muchos israelíes judíos los detestan. Esta misma semana, un avión griego que estaba a punto de despegar de Tel Aviv para Atenas se retrasó horas porque algunos pasajeros judíos protestaron contra la presencia de dos árabes israelíes a bordo. Al final, a los árabes se les dejó en tierra.

(Imagínense a dos pasajeros negros en un avión estadounidense. O a dos pasajeros judíos en un avión alemán).

¿De dónde viene este miedo a la asimilación? Sólo de las profundas raíces ‘galutíes’.

No es que en Israel no existan las historias de amor o incluso los matrimonios entre chicas judías y hombres árabes (nunca al revés). Pero son extremamente raros. Quizás unas pocas docenas. Los jóvenes de ambas naciones se mezclan aquí y allá, especialmente en las universidades, pero el abismo es demasiado ancho.

La idea de que la historia de amor de una pareja así debe prohibirse porque podría llevar a la “asimilación” es ridícula. Salvo que sea en la otra dirección: que los ciudadanos árabes tengan miedo que sus hombres jóvenes se asimilen a la sociedad judía. Hay algunos casos de esto también. (Las chicas árabes en general se casan dentro del clan familiar).

¿Cuál es, pues, la raíz de este síndrome?

Un comandante emitió una orden en la que las Fuerzas Armadas se describieron como “el Ejército de Dios”

Una explicación fácil es la “religiosización” de la vida de Israel bajo el actual Gobierno superderechistarreligioso. Las fuerzas “nacional-religiosas” están llevando a cabo una ofensiva en todo el frente. Para sobrevivir como primer ministro, Binyamin Netanyahu les ha entregado casi todos los cargos superiores en el Gobierno. Los hombres que llevan kipa son ahora los que mandan en la Policía, en los servicios de seguridad, en el Mossad y muchas otras instituciones. Y del resto se encargan unas mujeres de extrema derecha de muy buen ver.

El comando del Ejército está todavía en manos de los generales “laicos”, pero durante la última guerra de Gaza, un comandante de brigada (mi antigua brigada ¡ay!) emitió una orden del día en la que las Fuerzas Armadas de Israel se describieron como “el Ejército de Dios”. Y este es el mismo ejército que se fundó en la guerra de 1948, cuando casi todos sus comandantes eran miembros de los kibutz, socialistas y ateos.

Los rabinos militares juegan el mismo rol que los “comisarios políticos” en el Ejército Rojo de Trotsky

El nuevo jefe del Estado Mayor se ha atrevido a abolir el departamento de la “conciencia judía” del rabinato castrense, una oficina religiosa misionera. Dado que los ultraortodoxos rechazan hacer el servicio militar por motivos religiosos – como la cercanía de mujeres soldados – , el Ejército todavía es en gran parte laico, pero ya está infiltrado de forma masiva por los oficiales “nacional-religiosos”. Los rabinos militares juegan ahí el mismo papel que los “comisarios políticos” en el Ejército Rojo de Trotsky. Los soldados juran la bandera en el Muro de las Lamentaciones, el lugar más religioso de Israel.

Creo que este proceso es mucho más profundo que un desplazamiento del poder de la vieja élite laica a una nueva élite religiosa, aunque esto ya sería lo bastante grave.

Lo que sucede es la retirada de la nueva nación de Israel que creamos en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, hacia una nueva edición del gueto judío: un gueto armado, un gueto nuclear, pero aún así, un gueto.
Es lo opuesto de lo que era la meta del sionismo: un país laico, democrático, igualitario, liberal, algo muy distinto a una sociedad cerrada, religiosa, nacionalista, racista, incluso semifascista.

En una sociedad así, “asimilarse” se considera, de hecho, un peligro mortal.

Todavía estamos a tiempo de dar un volantazo y salvar el Estado que construimos.

Pero ¿cuánto tiempo nos queda?

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