Extremo y extremísimo

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 24 Ene 2016

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Como se sabe, Israel es un “Estado judío y democrático”. Es su denominación oficial.

Bueno…

Respecto a que sea judío, es un nuevo tipo de judaísmo, una mutación. Durante unos 2.000 años, a los judíos se les conocía por ser sabios, listos, a favor de la paz, humanos, progresistas, liberales y hasta socialistas.

Hoy, cuando uno oye estos atributos, lo último que se le ocurre a uno es pensar en Israel.

Respecto a que sea “democrático”, eso era más o menos cierto desde la fundación del Estado en 1948 hasta la Guerra de los Seis Días en 1967, cuando Israel, desafortunadamente, conquistó Cisjordania, la Franja de Gaza, Jerusalén Este y el Golán. Y desde luego, la península del Sinaí, que luego se devolvió a Egipto.

(Digo “más o menos democrático” porque no hay ningún Estado completamente democrático en ninguna parte del mundo).

Desde 1967, Israel es medio democrática, medio dictatorial. Como un huevo medio fresco, medio podrido

Desde 1967, Israel ha sido una creación híbrida: medio democrática, medio dictatorial. Como un huevo que está medio fresco, medio podrido.

Los territorios ocupados, deberíamos recordar, constituyen al menos cuatro categorías diferentes:

a) Jerusalén Este, anexionado por Israel en 1967, y ahora parte de la capital de Israel. Sus habitantes palestinos no han sido aceptados como ciudadanos, ni lo han solicitado. Son simples “residentes”, que carecen de toda ciudadanía.

b) Los Altos de Golán, antes parte de Siria, que Israel anexionó. Los pocos habitantes árabes drusos que quedan se han convertido, sin más remedio, en ciudadanos de Israel.

c) La Franja de Gaza, que está completamente aislada del mundo por la actitud de Israel y Egipto, que colaboran en esto. La flota israelí bloquea el acceso por mar. Lo mínimo que los habitantes necesitan para sobrevivir llega a través de Israel. Ariel Sharon, ya fallecido, retiró los pocos asentamientos israelíes que había en este territorio que Israel no reclama: hay demasiados árabes ahí.

d) Cisjordania, territorio que el Gobierno israelí y la derecha del país llaman por su nombre bíblico “Judea y Samaría”. Alberga la mayor parte del pueblo palestino, probablemente unos 3,5 millones. Ahí es donde se desarrolla la lucha principal.

Desde el primer día de la ocupación de 1967, los israelíes de derechas intentaron anexionar Cisjordania a Israel. Bajo el lema “Todo Eretz Israel” (“Eretz significa ‘tierra’), lanzaron una campaña para anexionar el territorio entero, expulsando a la población palestina y construyendo todos los asentamientos judìos que pudieran.

Los extremistas nunca escondieron su intención de “limpiar” esta tierra completamente de no-judios para establer un “Gran Israel” entre el mar Mediterráneo y el río Jordán.

Es una meta muy difícil de conseguir. En 1948, durante nuestra así llamada “Guerra de Independencia”, Israel conquistó un territorio mucho mayor de lo que le habían asignado Naciones Unidas, pero se le perdonó. La mitad de la población palestina fue expulsada o huyó. El mundo más o menos aceptó este hecho consumado, porque se consiguó mediante una campaña militar en una guerra iniciada por el bando árabe, y porque ocurrió poco después del holocausto.

En 1967, la situación era muy distinta. Las causas de la nueva guerra eran discutibles, David se había convertido en Goliat y había una Guerra Fría a nivel mundial. Nadie reconoció las conquistas de Israel, ni siquiera su protector, Estados Unidos.

El gobierno está en manos de la extrema derecha, con elementos que en otro lugar se llamarían fascistas

A pesar de varias otras guerras árabo-israelíes, el fin de la Guerra Fría y otros numerosos cambios, esta situación no se ha modificado.

Israel todavía se hace llamar “un Estado judío y democrático”. La población en la “Gran Israel” es ahora mitad judía y mitad árabe, con los árabes ganando terreno. Israel propiamente dicha es todavía más o menos democrática. En los territorios palestinos ocupados, el poder está en manos de un “gobierno militar”, con cientos de miles de colonos judíos intentando expulsar a la población árabe palestina con todos los medios, incluyendo la compra fraudulenta de terrenos y el terrorismo (llamado “revanchas”).

En Israel propiamente dicha, el gobierno está en manos de la extrema derecha, con algunos elementos que en cualquier otro lugar se llamarían directamente fascistas. El centro y la izquierda no tienen fuerza. La única lucha política verdadera es la que hay entre la derecha radical y la todavía más radical extrema derecha.

Esta semana estalló una batalla furibunda entre Binyamin Netanyahu, junto a su ministro de Defensa, Bogie Ya’alon, ambos del partido Likud, y el ministro de Educación, Naftali Bennett, dirigente del partido Hogar Judío. Bennett, un derechista con enormes ambiciones, no oculta su intención de reemplazar a Netanyahu en cuanto pueda.

El lenguaje que utilizan estos dos partidos se consideraría muy brusco incluso si se usara entre el Gobierno y la oposición. Que se emplee entre socios de una coalición gubernamental es más bien poco habitual, para decirlo de forma suave, incluso en Israel.

En comparación el lenguaje que usa el líder de la oposición, Yitzhak Herzog, es prácticamente cortés.

Bennett dijo que Netanyahu y Ya’alon intentan vender ideas viejas y obsoletas y que sufren de “parálisis mental”, por lo que empeoran todavía más la posición de Israel en el mundo, ya de por sí frágil. Netanyahu y Ya’alon, un antiguo miembro de kibutz y ex jefe del Estado Mayor, acusaron a Bennett de estar robando. Según ellos, siempre que surge una buena idea en el gabinete de ministros, Bennett sale corriendo de la sala y la proclama como si fuera suya. Ya’alon llamó a Bennett “infantil” e “imprudente”.

¿Quién tiene razón? Desafortunadamente, todos tienen razón.

En medio de todo eso se halla (sentado) el actual jefe del Estado Mayor, Gadi Eizenkot, hijo de inmigrantes de Marruecos, pese a su apellido que suena alemán. En Israel, curiosamente, los jefes del Ejército son habitualmente más moderados que los políticos.

La paz parece que es algo bonito, la materia de la que se hacen los sueños, no algo para políticos serios

El general propuso mejorar las condiciones de la población árabe en los territorios ocupados, entre otras cosas permitiendo a la gente en Gaza que construyan un puerto para entrar en contacto con el resto del mundo. Impresionante.

Todo esto ocurrió en una conferencia de los así llamados expertos de seguridad, donde todos (y todas) tienen algo que decir.

Los líderes de la oposición también participaron. Yitzhak Herzog del Partido Laborista, Yair Lapid del partido centrista “Hay futuro”, y varios otros intervinieron tambiérn, pero sus discursos eran tan tediosos que en la prensa sólo se recogían por cortesía. Cogían algunas ideas de aquí y allá y lo llamaban “mi plan”, con la paz, si es que se mencionaba, desterrada a un futuro muy muy lejano.

La paz, tiene uno la impresión, es algo bonito, esa materia de la que se hacen los sueños. No algo para políticos serios.

Lo que queda es una lucha furibunda entre la extrema derecha y la derecha todavía más extrema.

Bennett, un antiguo empresario de alta tecnología, lleva una kipá sobre su calva (de verdad, siempre me pregunto cómo es que no se le cae, tal vez sea por pura fuerza de voluntad). No oculta su convicción de que debe reemplazar al estancado Netanyahu cuanto antes, por el bien de la nación.

Bennett acusó a los incompetentes dirigentes políticos de fallar a nuestros valientes soldados y sus comandantes. Una acusación cogida directamente de Mein Kampf, que pronto se publicará en hebreo.

El único sucesor posible de Netanyahu en su propio partido, el Likud, es Ya’alon, un hombre que carece de todo carisma o talento político. Sin embargo, para salirse con la suya, Bennett y su partido Hogar Judío deben superar al Likud en las urnas, algo muy difícil de conseguir. Ahí es donde la kipá juega su papel: quizás se necesite una intervención divina.

Hay un debate sobre la idea de que sólo el mundo exterior nos puede salvar de nosotros mismos

Hablando de intervenciones divinas: la semana pasada, la ministra de Exteriores sueca, Margot Wallström, criticó el sistema legal de Israel por tener leyes distintas para judíos y árabes. Netanyahu reaccionó con brusquedad y mira tú por dónde, por pura casualidad, pocos días más tarde, la prensa sueca estaba llena de historias sobre la corrupción de Wallström, que ha pagado menos alquiler por su vivienda gubernamental de lo que debería pagar.

Todo esto podría ser divertido, si no afectara al futuro de Israel.

La paz es una palabra indecente. No se prevé el fin de la ocupación. El Partido Unido (árabe) no aparece ni en escena. Casi lo mismo se puede decir del partido Meretz.

En la izquierda, la desesperación es el sinónimo de la pereza. Hay un moderado debate sobre la idea de que sólo el mundo exterior nos puede salvar de nosotros mismos. Esto lo propaga ahora el respetado Alon Lyel, antiguo director general de nuestro Ministerio de Exteriores, un valiente ex oficial. Yo no creo en eso. No es de prever que gane mucha popularidad la idea de que hay que ir corriendo a los goy (no judíos) para salvar a los judíos de ellos mismos.

Bennett tiene razón en un punto: estancarse, tanto de forma mental como práctica, no es la solución. Las cosas se deben mover de nuevo. Espero con fervor que la generación joven dará a luz a nuevas fuerzas e ideas nueavs que expulsen del panorama a Netanyahu, Bennett y sus semejantes.

Respecto a nuestra tan cacareada democracia: ahora resulta que un grupo financiado por el Gobierno ha pagado durante años a un detective privado cuyo trabajo era revolver las papeleras de los activistas por la paz para conseguir información sobre asociaciones y personajes a favor de la paz y los derechos humanos.

(Menos mal que yo meto todos mis papeles en la trituradora).

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