El flautista de Sión

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 31 Ene 2016

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Hamelín, una pequeña ciudad de Alemania (no muy lejos de donde yo nací), estaba infestada de ratas. Los vecinos, desesperados, hicieron llamar a un cazador de ratas y le prometieron mil ducados si los liberaba de esta plaga.

El cazador de ratas cogió su flauta y tocó una melodía tan dulce que todas las ratas salieron de sus agujeros y le siguieron. Los llevó hasta el río Weser, donde todos se ahogaron.

Libres ya de la plaga, los vecinos de Hamelín no veían motivo por qué pagar lo acordado. Así que el flautista cogió su flauta otra vez e hizo sonar una melodía aún más dulce. Los niños de la ciudad, encantados, se arremolinaron alrededor de él y los llevó directo al río, donde todos se ahogaron.

No hay ningún salvador a la vista. Muchos se resignan a sentarse ante la tele y mesarse los cabellos

Binyamin Netanyahu es nuestra flautista de Hamelín. Encantado por sus melodías, el pueblo de Israel le sigue hacia el río.

Los vecinos que se dan cuenta de lo que está pasando no hacen más que observar. No saben qué hacer. ¿Cómo salvar a los niños?

El bando de la paz de Israel está desesperado. No hay ningún salvador a la vista. Muchos se resignan a sentarse ante la tele y mesarse los cabellos.

Entre el resto de la gente continúa el debate. La salvación ¿vendrá de dentro de Israel o de fuera?

El último en aportar su opinión es Amos Schocken, el dueño del periódico Haaretz. Ha escrito uno de sus artículos, tan poco frecuentes, para argumentar que ahora ya sólo nos pueden salvar las fuerzas de fuera.

Tengo que decir en primer lugar que admiro a Schocken. Haaretz (“El país”) es uno de los últimos bastiones de la democracia israelí. Maldecido y despreciado por toda la mayoría derechista, encabeza la lucha intelectual por la democracia y la paz. Todo eso, mientras que los medios impresos están en una situación financiera desesperada, tanto en Israel como en el resto del mundo. De mi propia experiencia como dueño de una revista y editor – y tras haber perdido esa batalla – sé muy bien qué heróico es ese trabajo y qué desgarrador.

La propia población negra, utilizando desde el terrorismo hasta las huelgas, acabó con el apartheid

Schocken dice en su artículo que la batalla para salvar a Israel desde dentro está perdida y que en consecuencia debemos apoyar la presión que viene de fuera: el movimiento internacional creciente para boicotear Israel en el campo político, económico y académico.

Otro israelí destacado que respalda esta visión es Alon Liel, antiguo embajador en Sudáfrica y actualmente profesor de universidad. Basándose en su propia experiencia, Liel asegura que fue el boicot mundial lo que forzó la rendición del régimen de apartheid.

Lejos de mí de poner en duda el testimonio de tan alto experto en la materia. Yo nunca fui a Sudáfrica para averiguarlo personalmente. Pero he hablado con muchos partícipes de la lucha, negros y blancos, y tengo una impresión algo distinta.

Es muy tentador comparar el Israel de hoy día con la Sudáfrica del apartheid. Es más, es una comparación prácticamente inevitable. Pero ¿qué nos enseña?

La visión acceptaba en Occidente es que fue el boicot internacional lo que acabó con el atroz régimen de apartheid. Es una visión reconfortante. La conciencia del mundo se despertó y aplastó a los malos.

Pero es una visión de fuera. La visión de dentro parece ser bastante diferente. Los de dentro aprecian la ayuda de la comunidad internacional pero atribuyen la victoria a la lucha de la propia población negra, su disposición a sufrir, su heroismo, su tenacidad. Utilizando muchos métodos diferentes, desde el terrorismo hasta las huelgas, al final hicieron imposible el apartheid.

Aunque parecería extraño, el Gobierno israelí apoyaba el régimen del apartheid de Sudáfrica

La presión internacional ayudó al mostrar a los blancos cada vez más su aislamiento. Algunas medidas, como el boicot internacional contra los equipos de deporte de Sudáfrica, eran especialmente dolorosos. Pero sin la lucha de la propia población negra, la presión internacional no habría dado resultado.

Debemos el mayor respeto a los sudafricanos blancos que apoyaban de forma activa la lucha de los negros, corriendo grandes riesgos personales. Muchos eran judíos. Algunos huyeron a Israel. Uno era mi amigo y vecino Arthur Goldreich. Aunque a algunos les parecería extraño, el gobierno israelí apoyó el régimen del apartheid.

Pero incluso una comparación superficial entre los dos casos muestra que el régimen de apartheid israelí cuenta con grandes ventajas que no tenía el de Sudáfrica.

A los dirigentes blancos de Sudáfrica se les detestaba en todo el mundo porque apoyaron de forma bastante abierta a los nazis en la II Guerra Mundial. Los judíos eran las víctimas de los nazis. El holocausto es un recurso muy potente de la propaganda israelí. También lo es el hábito de etiquetar a todos los críticos de Israel como antisemitas, un arma que hoy día es muy eficaz.

Mi última aportación al tema: “¿Qué es un antisemita? Un antisemita es alguien que dice la verdad sobre la ocupación”.

El apoyo de las poderosas comunidades judías en todo el mundo, que respaldan sin miramientos al Gobierno israelí, es algo con lo que los blancos sudafricanos ni siquiera habrían podido soñar.

Y desde luego, tampoco hay a la vista ningún Nelson Mandela. Al menos no desde que Arafat fuera aislado y asesinado.

Paradójicamente hay un poquito de racismo en la visión de que fueran los blancos del mundo occidental los que liberaron a los negros de Sudáfrica, y no los negros sudafricanos por sus propios medios.

Hace 18 años fuimos los primeros en declarar un boicot contra los productos de los asentamientos

Hay otra gran diferencia entre las dos situaciones. Los israelíes judíos, curtidos por siglos de persecución en el mundo cristiano, pueden reaccionar a la presión de fuera de una manera distinta a la esperada. La presión externa puede resultar contraproducente. Puede reconfirmar la vieja creencia judía de que a los judíos se les persigue no por lo que hacen sino por lo que son. Este es uno de los argumentos principales que Netanyahu vende a su público.

Hace años, un grupo de teatro militar cantaba y bailaba al alegre ritmo de una canción que empezaba con las palabras: “Todo el mundo está contra nosotros / Pero nos importa un bledo…”

Esto también afecta a la campaña BDS. Hace 18 años, mis amigos y yo fuimos los primeros en declarar un boicot contra los productos de los asentamientos. Queríamos meter una cuña entre los israelíes y los colonos. Por eso no declaramos un boicot de todo Israel, que echaría a los israelíes normales en brazos de los colonos. Pedíamos rechazar sólo un apoyo directo a los asentamientos.

Esta sigue siendo mi opinión. Pero en el extranjero, todo el mundo debería tomar la decisión por su cuenta. Sin olvidar nunca que el objetivo principal es influir la opinión pública dentro de Israel.

El debate de “dentro y fuera” puede sonar puramente teórico, pero no lo es. Tiene implicaciones importantes en la práctica.

El principal partido de la oposición, el “Campo Sionista” (ex laborista) se podría llamar Likud B

El bando de la paz de Israel está en un estado de desesperación. El tamaño y el poder del sector derechista no hacen más que aumentar. Casi cada día se proponen y se aprueba nuevas leyes odiosas, algunas con un sabor fascista inconfundible. El primer ministro, Binyamin Netanyahu, se ha rodeado de una pandilla de bravucones y bravuconas, sobre todo de su propio partido, el Likud, entre las que él mismo parece liberal, en comparación. El principal partido de la oposición, el “Campo Sionista” (antes Partido Laborista) se podría llamar Likud B.

Aparte de algunas docenas de grupos marginales que se enfrentan a esa ola y hacen un trabajo admirable, cada uno en el nicho que ha escogido, el bando de la paz está paralizado por su propia desesperación. Su lema bien podría ser: “Ya no se puede hacer nada. No tiene sentido hacer nada más”.

(La cooperación judía-árabe en la lucha compartido dentro de Israel, ahora lamentablemente ausente, también es fundamental).

En este ambiente, la idea que de sólo la presión externa puede salvar Israel de sí mismo es reconfortante. Alguien ahí afuera hará el trabajo para nosotros. Así que vayamos a disfrutar de los placeres de la democracia, mientras dure.

La idea que de la presión externa puede salvar Israel de sí mismo reconforta: alguien hará el trabajo

Sé que nada está más alejado de las ideas de Schocken, Liel y todos los demás, que afrontan su cotidiana lucha. Pero temo que esto pueda ser la consecuencia de su visión.

Así, ¿quién tiene razón? ¿Los que creen que sólo la lucha dentro de Israel nos puede salvar, o los que confían únicamente en la presión de fuera?

Mi respuesta es: Ni los unos ni los otros. O mejor dicho, ambos.

Los que luchan dentro de Israel necesitan toda la ayuda de fuera que puedan conseguir. Todas las personas éticas en todos los países del mundo deberían considerarlo un deber ayudar a estos grupos y estas personas dentro de Israel que siguen luchando por la democracia, la justicia y la igualdad.

Si aprecian Israel, deberían acudir en ayuda de estos grupos valientes, una ayuda moral, política y material.

Pero para que la presión externa pueda ser eficaz debe ser capaz de conectar con la lucha interna, darle publicidad y conseguir más respaldos. Puede da nueva esperanza a quienes están desesperados. No hay nada más vital.

El Gobierno es consciente de esto. Por ello está aprobando todo tipo de leyes para aislar a los grupos israelíes a favor de la paz de la ayuda extranjera.

Hagamos que siga la lucha valiente: dentro, fuera, en todas partes.

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