Abdellah Taïa

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Abdellah Taïa

Publicado el 3 Mar 2016

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Abdellah Taïa | © Ulf Andersen / Cedida
Abdellah Taïa | © Ulf Andersen / Cedida

El exiliado doble

La condición de homosexual – Abdellah Taïa utiliza sin complejos el término francés ‘pédé’, equivalente a ‘maricón’ – marca a cualquiera como situado fuera de la recta y moral sociedad en la que nació. Especialmente cuando uno nació en Marruecos.

Pese a la histórica tolerancia de la civilización árabe hacia la homosexualidad, hoy día el rechazo social que sufrirá un chico al que le gustan sus semejantes no es menos grave en las sociedades islámicas que en las cristianas. Abdellah Taïa lo ha vivido, y se ha tenido que sobreponer a ello. Exiliándose de la sociedad que le rodeaba, de la familia, primero. Trasladándose a Francia, después.  Y eligiendo el idioma francés para escribir, como tantos otros literatos magrebíes.

“No es un exiliado”, afirmamos en 2010: Taïa no ha puesto tierra de por medio para salvar la piel. Regresa regularmente a Marruecos y apuesta por cambiar su país dando lo que tiene: la cara. En 2007, su retrato apareció en portada del semanario marroquí con el título Homosexual. No rehuyó la polémica después. En 2012 estuvo en debates de la televisión pública marroquí defendiendo su postura. En aquellos años aún se pudo. Sus libros se siguen vendiendo en Marruecos.

Pero con todo, la sociedad marroquí expulsa de su seno a un homosexual que no se avergüenza de decir que lo es (si lo mantiene en silencio, nadie se quejará: todo está permitido mientras uno no intente pedir públicamente que se permita). Y por mucho que Taïa nunca haya dado la espalda a su tierra, la condición de exiliado por partida doble no hay quien se la quite.

Este tono melancólico del joven lanzado a un mundo frío, en búsqueda de alguien a quien agarrarse, es lo que trasluce en el relato Olaf, cedido por el autor a M’Sur para su publicación en la revista gaditana Caleta.  Las últimas frases revelan una verdad inesperada: No es por Marruecos. Los demás están igual de exiliados.

[Ilya U. Topper]

Olaf

En otra vida.

Te miro, tu cara me suena.

Sonríe.

Hace mucho, te conocí durante una noche. Dormí contigo. Después de hacerlo…

¿Después de hacer qué? El amor, imagino que el amor, pero no lo digo.

Fue… ya está, ya está, ya me acuerdo. Fue hace cinco años… Durante mi primer viaje aquí, a París… Quizás fuera el tercero… Yo estaba solo… Te veo, te veo… Sólo veo tu cara por ahora. Tu cara primero. Pero no has cambiado, sabes… La misma cara, por cierto. No has engordado. Ni un gramo. Tu nariz puntiaguda, hambrienta, un poco griega; cuando la veo de nuevo me doy cuenta de que no la había olvidado. Estaba viva, aunque dormida, en alguna parte de mi memoria.

Me toca la nariz con el dedo índice mientras me sigue hablando.

Ella es la imagen del resto de tu cuerpo ¿no? ¿me equivoco? Duro, huesudo, seco… ¿me equivoco? Estoy seguro de que no. Guardo el recuerdo de un cuerpo en el que los huesos son importantes, lo más importante, visibles, no escondidos bajo la carne. Ahí, ésta es tu imagen que llevo dentro, un cuerpo casi sin carne. Sólo que…

Se interrumpe. Sé lo que va a decir, lo sé. Ya de antemano me encanta, me aterra.

El culo. Tu culo. Eso uno no se lo espera. No se lo espera en absoluto. Tu culo es pleno, tiene materia, es redondo, una mandarina, más bien una naranja… Es aniñado, tu trasero. Creo que esto está bien, es lo que sentía al tocarlo: tienes un culo de niño. Has crecido, pero tienes esa suerte increíble: has guardado tu culo de niño.

Sonrío. Soy tímido. Me hago el tímido. Quiero bajar la mirada. No lo hago… No lo haré.

Aquella noche, te dije todo eso sobre tu culo. Te lo dije para seducirte. Te lo dije porque era verdad. Y eso me excitaba. Me llevaba a no sé dónde. Te sorprendió, te sorprendió un poquito. Me hiciste una pregunta: “Cómo sabes tú cómo es el culo de un niño?” No tenía que reflexionar, tenía la respuesta pronta, nunca me había abandonado, era impensable que me autocensurara contigo. Dije: “Conozco bien el culo de mi hermano”. Esto no te sorprendió. En absoluto. Simplemente sonreíste, pero no a mí, porque cerraste los ojos. Me acerqué a ti y te dije: “Mi hermano hacía muy a menudo la misma cosa delante de mí: cerraba los ojos y me llevaba consigo de la mano. Yo nunca cerraba los ojos, jamás. Quería ver, ver, verme, ver todo de mi hermano, verlo desde dentro. Seguirle, paso a paso, mano en mano, hasta su culo, para entrar en él dulce, violento, más dulce que violento. Es así… era así que..”

De repente tiene un aire incómodo. Tal vez también tenga miedo. Yo sonrío. Cierro los ojos dos segundos. Los vuelvo a abrir. Ahora es él quien sonríe. Se siente más seguro. Puede seguir hablando. No lo voy a traicionar nunca. Lo pienso de verdad. Lo juro en mi cabeza. Luego en mi corazón. Creo que me ha escuchado. Su sonrisa no acaba. Atraerá a todos con esta sonrisa, lo sé. Ya no sonrío.

En la calle Oberkampf, que es donde vivías con tu noviete francés, salimos luego para buscar preservativos. Hacía mucho que se había hecho de noche. Sólo las tiendas de barrio árabes seguían abiertas. Hiciste lo inimaginable. Conmigo a tu lado, pegado a ti, preguntaste a tu tendero árabe de siempre donde se podían encontrar gomas. La palabra “goma” le chocó. No quiso responder. Me miró a mí, bastante directo, como si yo fuera el hijo escondido del diablo que hubiera vuelto a la Tierra, luego te miró a ti, con ternura. De repente nos sentíamos avergonzados: nos dimos cuenta de hasta qué punto éramos unos insolentes a pesar nuestro. Él ya sabía. Sabíamos que él sabía lo que íbamos a hacer los dos dentro de un rato. Veía que tú eras como él: un árabe. Quizás deseara hablar a solas contigo, decirte algo malo de mí, recordarte lo que dice tu religión, tu profeta, sobre el amor entre hombres, entre pequeños, aconsejarte volver al camino recto antes de que sea demasiado tarde. No pudo, no se atrevió. Así que nos fuimos, sin decirle adiós. Nos siguió fuera, te llamó. Tú fuiste hacia él. Desde lejos vi que te decía algo al oído. A ti te miraba con amabilidad. Te murmuró algo mientras a mí me lanzaba miradas asesinas. Yo era el enemigo. El deseo prohibido. La depravación. ¿Lo conocías bien? No me lo dijiste.

Ahora se calla. Espero la continuación, en silencio. Él sabe, yo no.

De esa noche no tengo más recuerdos. Soy incapaz de decir si era verano o invierno. Está difuminado. En mi memoria está tu cuerpo y cosas que son historia, pero todo se mezcla, no hay hilo para unirlo todo, para escribir todo esto bien. Sólo escenas, sueños y la noche.

Tuvimos que hacer el amor en la cama, la cama en la que tú dormías normalmente con tu amigo francés. Le estabas poniendo los cuernos y eso me excitaba. A ti también te excitaba. El pecado nos era familiar a los dos. Demasiado bien sabíamos hasta qué punto nos habíamos sumergido en él, hasta la cabeza. Éramos culpables. Yo era culpable. Te lo dije. Tú me dijiste: “Yo también me siento culpable”. Esto era nuestro secreto. Nuestro segundo secreto compartido. En nuestras cabezas vivíamos realmente en el pecado. Teníamos miedo. De Dios. Sabíamos que nos castigaría un día. Un día… Los otros, los de nuestro alrededor, no sabían esto de nosotros… Tú, yo… en el mismo cielo… en el mismo secreto. ¿Te acuerdas?

No respondo. Quiero escuchar como sigue, como sigue, como sigue. Habla despacio, busca las palabras en francés, y su acento alemán es como miel sobre mi corazón.

En la cama, me contaste un recuerdo de tu infancia en Marruecos, los gatos a los que martirizaste con tus colegas. No tenías remordimientos. Eras como un niño terrible. Hablaste durante largo rato. Tu vida de antes. Y nos dormimos. Tu te dormiste el primero. Yo no consigo dormir cuando estoy abandonado, lanzado solo al sueño. Siempre quiero ser el primero que pilla el sueño, el primero que parte hacia la negrura. Aquella tarde, sin saberlo, te me adelantaste, me hiciste mal, fuiste malvado incluso conmigo. De todas formas cerré los ojos. Comencé a contar ovejitas. Dios no estaba lejos.

La mañana siguiente, al despertarme, mi primer pensamiento iba hacia ti. Te busqué con la mirada. No me moví de la cama. Sobre la mesita de noche había unas palabritas para mí. Me tocó ese gesto antes incluso de leerlas. Decían: “Me das muchas ganas de amar”. Me entró una duda: ¿Eran estas palabras realmente para mí? ¿Era yo quien inspiraba este sentimiento, este deseo de abrirse al amor? ¿Yo? Me levanté para encontrarte, encontrar tu cuerpo, tus ojos y todo lo demás. Tu estabas en la cocina, exprimiendo naranjas. No dije “Buenos días”. Te miré. Desde lejos. No quería acercarme de inmediato a ti. Quería una señal. No me atreví a hacerte la pregunta que quemaba mis labios. Tú levantaste la cabeza. Sobre tu cara leí la concentración, la rabia, un poco de rabia. Contra mí. Me miraste. Yo me derretí. Y dijiste: “Esto es para ti? Si, estoy preparando este zumo de naranja para ti. Verás, es delicioso. Las naranjas son marroquíes”. Me diste un vaso; me lo bebí de un solo golpe. Tu zumo era delicioso, sí, muy delicioso. Te acercaste a mí. Me volviste a coger el vaso y murmuraste, como una petición, pero lo escuché muy bien: “¡Estoy feliz de que la primera cosa que te doy de beber venga de Marruecos! Un poquito de mi país está ahora dentro de ti… Gracias, Dios…” Y sonreíste. Sonreíste, para mi máxima felicidad.

Se calla. ¿Ya no hay nada que contar? Yo, goloso, sigo devorándolo con los ojos. ¿Cómo sigue? Yo espero. Quiero saber cómo sigue. No sigue de ninguna manera, no hay más imágenes. Ni de mí, ni de él. Ni de nada. Aquí se para todo.

Me fui. Pero no sé cómo. ¿Hacia dónde? Quizás a Toulouse, donde mi tía. Todo se acaba allí. Tú, para mí… En mi cabeza, no hay nada más aparte de lo que te acabo de decir. Las naranjas. El zumo. El sabor. Tu país. Tu piel. Ayer te volví a encontrar. Te sonreí. Tú respondiste de inmediato. Esa tarde tenía ganas de verte, de volver a verte, de escucharte gritar para escuchar mejor cómo sonríes.

* * * * * * * * * *
* * * * *
*

Olaf habla mucho. Habla dulce. Como una chica. Pero no es una chica.

Olaf apareció delante de mí como un milagro.

Llevaba una camisa blanca. Hacía frío esa tarde en la librería donde trabajaba. Yo me moría de frío. Él no.

Olaf: lo había conocido la primera vez en casa de un amigo español. Bernard, un pintor. Un poeta. Llevaba una camisa azul. Bernard me había advertido: “Esta tarde en la cena tendremos a un ángel en la mesa”. Efectivamente, allí estaba. Un ángel rubio, un poco caído, afortunadamente, inaccesible pese a los esfuerzos que hacía para parecer simple, cercano a los demás.

Olaf es más que guapo. Es la belleza personificada.

En casa de Bernard, yo me limité a mirarle y de disfrutar discretamente de su presencia entre nosotros.

Hablaba mucho, seguro de sí mismo, con encanto. También interpretaba un personaje, para nosotros, para que nos lo pasáramos mejor.

Ya esa tarde pensaba en la frase de Marguerite Duras que se oye en Hiroshima mon amour de Alain Resnes: “Me das muchas ganas de amar”. Y eso era todo.

Sabía dónde encontrar a Olaf, pero sabía que yo no quería sufrir. Me alejé de forma muy natural.

Lo olvidé.

Olaf es un príncipe que tiene todos los poderes, un rey rubio, tan rubio, grande, tan grande. Sale de una obra de teatro de William Shakespeare. Es un personaje bíblico. Blanco. Negro.

Uno no va hacia Olaf. Uno espera que venga hacia ti.. Que te nombre. Que te ordene pertenecer un rato, sólo un ratito, a él. De ser el elegido provisional.

Es lo que hice.

Eso acaba de suceder. Hace una semana. Hace una hora. Quizás dos.

¿Dónde?

Me vio. Empezó a sonreírme. Yo caí. De inmediato. Por él. Perdí la cabeza. Perdí el corazón. Todo en mí ya le pertenecía. Cuando Olaf se acerca, no hay decisiones que tomar. No vale la pena resistirse. De antemano uno le pertenece. Yo soy suyo.

Sonrió. Siempre sonríe. Mil veces me he preguntado si realmente me sonreía a mí. Que era a mí a quien dirigía esa expresión de la cara magnífica, de otros tiempos, iluminada y alegre. Yo necesitaba ayuda. Bajé la cabeza, de repente intimidado. Vencido. La volví a levantar. Seguía sonriendo. No había duda: yo era el elegido. Dios lo había decidido así. No podía hacer nada contra eso. Soy musulmán. Soy un sumiso.

Era la felicidad. Rara. Desconocida. De oro nubio. Una brisa leve, pasajera.

Estaba escrito. Lo que iba a seguir era un sufrimiento grande, largo. Me iba a roer por dentro. Amarme. Odiarme.

Olaf me habló por fin. Me hacía preguntas. Yo respondía con monosílabos. Temblaba de frío, de estar con él, de estar tan cerca de él de otra manera. Ahora hablaba, en mi lugar, por mí. Sabía qué decir, tenía un repertorio, uno clásico. Tenía una pasión: el cante. Era barítono. Como yo, cuando fui corista en Rabat, durante dos años. Se lo dije. Mi comentario breve lo hizo feliz, muy feliz. Era una señal, dijo. Su sonrisa, ya encendida, se convirtió entonces en llamarada. Ahí me quedé.

Él se fue a ayudar a un cliente de la librería que buscaba obras sobre Fernando Pessoa. Desde lejos me lanzaba miradas tiernas. La impaciencia. La imprudencia. El deseo. ¿El amor?

A solas, me paré a pensar un momento en esta cuestión: ¿Qué quería él?

¿Amor? ¿Sexo? ¿Una amistad amorosa? ¿Sólo abrirnos de piernas? ¿Comenzar una historia? ¿Sólo una noche?

Me volví ciego. No era culpa mía. Mi corazón estaba desde hace tiempo abierto al amor. A la idea fija del amor. Esa tarde, Olaf, el único ángel de París que yo conocía, encarnaba ese amor, cantaba esa extraordinaria invitación al amor. Cerré los ojos. Fui hacia él, valiente, le di un beso en el cuello y me fui a casa a dormir. Al día siguiente lo llamé. La misma tarde estuvo en mi casa. Le preparé un tayín de pollo, con aceitunas y limón confitado. Le parecía delicioso. Repitió dos veces. Comía. Yo no comía apenas. Le miraba. Seguía sonriendo. Estaba más cerca de mí. Poco a poco yo me volvía loco de deseo, de amor. Estaba mudo. Él charlaba. Me contaba nuestro primer encuentro. No el encuentro en casa de nuestro común amigo Bernard, no no, me hablaba de otro encuentro. De otro momento. Estupefacto, descubrí gracias a él que yo soy un poco amnésico. Sin embargo, no llegué a creerle del todo. Se lo dije. Me respondió que él estaba seguro de que había sido yo, yo. Yo. Ya me había amado. Una vez. Una noche. Una noche larga. Indeterminada.

Hace mucho, el ángel Olaf me hizo una visita. Antes de partir borró de mi memoria todo rastro de nuestra unión. De él. De mí, tomado por él.

La tarde ante el tayín, él era mi memoria amorosa. Mi pasado. Mi futuro. Yo lo esperaba. Yo lo quería.

Yo era su prisionero.

Desnudo delante de mi (¿por la primera vez?) me ofreció su sexo.

Desnudo delante de él, después de él, le ofrecí el mío.

Jugamos. Como gatos. Como perros. Como serpientes.

Nos conocimos. Otra vez. Por nuestros olores. Por la piel. Lo blanco. Lo moreno.

Me abrí a él. De todo.

Se me dió. Del todo.

Gozó. Yo le esperé. Gozó de nuevo, y esta vez en el mismo momento que yo. Con los ojos cerrados.

Yo estaba lejos. Con él. Yo era él. No me equivocaba: pronto iba a ser totalmente él.

Se durmió. Yo hice como si durmiera. Luego, en plena noche, se despertó para beber un vaso de agua. Iba a volver. Dijo: “Quédate en la cama, duerme, ahora vengo… ahora vuelvo contigo… duerme…”

No volvió.

Me di cuenta por la mañana temprano.

Yo estaba solo.

Lo sabía.

Lloré.

No lo volví a ver.

Lo llamé.

Lo llamé tres veces.

La primera vez, me habló. Ya no era el mismo. Me dijo que me iba a llamar.

La segunda vez me salió el contestador automático. Le dejé un mensaje en el que, temeroso, le expresé con franqueza, sin rodeos, mi deseo de volver a verle. Mi impaciencia por él.

Una semana más tarde, sin noticias de él, desesperado conmigo, por el amor, la vida, el mundo, le llamé una tercera vez. Imaginaba que me volvería a salir el contestador y ya había preparado en mi cabeza el mensaje de suaves reproches que le iba a dejar. Milagro: descolgó el teléfono. Yo vacilé unos segundos antes de identificarme. Él sonrió. Le oí sonreír. No a mí. Dijo “Ah, eres tú… No puedo hablar, estoy con mi mejor amigo, Samuel… Nos estamos ocupando de su gato…” No lo entendía bien. La comunicación era mala. Yo estaba en el distrito 11 de París. Él, en el 7. Nos separaba el río Sena. Y pronto, Samuel. Lanzó entonces su frase: “Nos llamamos”.

Espero todavía, sumido en la nostalgia y el sufrimiento, que me vuelva a sonreír. En mi cabeza sigue resonando una y otra vez su voz danesa que dos veces cantaba en italiano: “Ciao”.

Olaf nació como testigo de Jehová. Vivió con su familia cerca de la frontera germano-danesa hasta los 18 años. Una mañana anunció a sus padres que era homosexual, el mayor pecado para ellos, y que no iba a cambiar. Y se fue. Primero a Munich. Luego a Roma. Finalmente a París. Nunca los ha vuelto a ver. Ni quiere volver a verlos nunca.

Olaf tiene ahora 36 años.

© Abdellah Taïa (2014). Traducción del francés: © Ilya U. Topper · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

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