En los arcenes del kilómetro 0

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Karlos Zurutuza

Publicado el 10 Mar 2016

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Refugiados de Rojava desembarcan en Iraq tras cruzar el río Khabur | © Karlos Zurutuza
Refugiados de Rojava desembarcan en Iraq tras cruzar el río Khabur | © Karlos Zurutuza

Dohuk (Kurdistán) | 2015

A Abdala ya se lo habían dicho nada más subirse al taxi compartido en Erbil: atravesar todos los puestos de control peshmerga del trayecto hasta Dohuk, a poco más de dos horas hacia el norte, era misión casi imposible para un árabe.

Hawkar, el conductor, hacía ya las labores de traductor del bagdadí en el checkpoint a la salida de la capital kurda. Sólo llevaba dos viajeros (lo habitual son cuatro) y parecía empeñado en no dejarse ninguno por el camino. “Vengo a trabajar, no a robar, ni siquiera a quedarme. ¿Qué miedo pueden tener los kurdos de un viajante de electrodomésticos?”, se quejaba el árabe tras las primeras complicaciones.

“Bagdad está cada día peor. Ya no es chiíes contra suníes, sino más bien todos contra todos”

Como era de esperar, la escena se repite en el siguiente retén, el de Kalak, aunque aquí el ambiente siempre es más tenso. El desvió hacia la izquierda lleva directamente a Mosul. Tras 20 minutos de espera en el arcén seguimos nuestro camino. Hacia la derecha, por supuesto. Ha sido casi una hora para hacer 30 kilómetros pero avanzamos. Además, Hawkar parece un hombre extremadamente paciente.

“Bagdad está cada día peor. Ya no es chiíes contra suníes, sino más bien todos contra todos”, explica el tratante, refiriéndose al más reciente capítulo en el historial de violencia en Iraq. Es el que enfrenta a las milicias y al Ejército; al depuesto primer ministro Nuri Maliki y a Haidar Abadi, el actual. Son todos chiíes y es que, aunque parezca lo contrario, las filias y las fobias en Oriente Medio son mucho más prosaicas que las dictadas por el recurrente discurso sectario.

Hawkar escucha el relato de Abdala sin quitar la vista de la carretera mientras chasquea la lengua contra el paladar. Es su forma de transmitirle su solidaridad. “¿No nos puedes llevar contigo a Europa?”, bromea, aunque sin descartar la posibilidad de que el extranjero obre un milagro que llegue en forma de visado. Siempre es así. “No es difícil”, continúa. “Hoy por la mañana he visto que entrevistaban a varios kurdos de Iraq que acababan de llegar a Alemania”.

“Me retienen en los checkpoints por mi pasaporte sirio, aunque soy kurdo y hablo su lengua”

Es cierto. Durante las últimas semanas, Rudaw, el principal canal de televisión de Kurdistán Sur, ha llenado informativos con imágenes de compatriotas confortablemente instalados en albergues alemanes, duchados, e inmensamente aliviados tras una travesía épica. Es el tema principal de conversación en bazares y centros comerciales, casas de té y barberías. El segundo es el ISIS.

De momento, el “Rubicón” en la travesía de Abdalá va a ser el retén de Badre, una localidad que da acceso al macizo de piedra sobre el que descansa Dohuk. Precisamente de Badre le habían prevenido en Erbil.
A menos de un kilómetro del puesto, paramos para recoger a un hombre de unos 30 años que camina por el arcén con una enorme mochila al hombro. Se llama Ahmed, es kurdo de Siria y también va a Dohuk. Está exhausto y enfadado. Tiene motivos:

“Llevo todo el día intentado llegar hasta Dohuk pero me retienen en los checkpoints por mi pasaporte sirio. Soy kurdo, hablo su misma lengua. No tienen derecho a tratarme como a un perro”, espeta, empapado en sudor, justo antes de llegar al puesto de control de Badre. Allí, la reacción del guardia será la esperada: “Paren el coche en el arcén”.

kurdistan-milicias

Desfilamos hacia un barracón de uralita en el que Hawkar exhibe su mejor sonrisa para presentarnos al oficial al mando: “Somos un kurdo de Iraq, otro de Siria, un árabe de Bagdad, y vamos todos a Europa, a casa del español”, bromea. Realmente podría ser un chiste pero no lo es. “El árabe no puede pasar sin la autorización de Dohuk”, explica el oficial.

Tras la traducción al árabe de Hawkar, Abdala despliega, con un gesto ya mecanizado, toda la documentación que ha presentado durante el trayecto: pasaporte, billete del vuelo Bagdad-Erbil con fecha de ayer, acreditación de su empresa y fotocopia del documento del Ministerio de Empleo iraquí que certifica su profesión. No es suficiente. Desesperado, el bagdadí esgrime su catálogo para disipar sospechas: batidoras, licuadoras y otros pequeños e inofensivos electrodomésticos iraníes, “tan baratos como los chinos pero mucho más fiables”. Es inútil.

“No puedo dejar pasar a un árabe sin la autorización de la Policía de Dohuk”

“Dile que lo siento, que no puedo dejar pasar a un árabe sin la autorización de la Policía de Dohuk. “Soy chií, responde Abdala, esta vez sin esperar a la traducción de Hawkar. “El Daesh me mataría si me pusiera las manos encima”. Inútil.

Abandonamos a Abdala en el arcén, hablando por el móvil. Ahora es el kurdo de Rojava, el que chasquea la lengua. Luego explica su historia. Llegó a Erbil hace cinco meses. Durante ese tiempo, dice, ha servido té, hecho camas, levantado muros, e incluso llegó a cantar en dos bodas, pero no es lo suficientemente bueno. El trabajo empezó a escasear hace cinco meses, cuando dejaron de llegar los sueldos de Bagdad a Erbil por el histórico contencioso sobre el petróleo entre ambas capitales.

Acuciados por la necesidad, muchos kurdos de Iraq han desplazado a sus hermanos de Siria, de igual manera que éstos hicieron con los yezidíes huidos de Mosul, o Sinjar, a su llegada de Rojava. Sin ir más lejos, Hawkar conduce el taxi desde hace sólo tres meses. Antes era policía en Dohuk.

Ahmed se despide desde el arcén camino del campo de refugiados de Domiz, el primero en levantarse para los refugiados sirios en Kurdistán iraquí. Su hermano le espera allí para volver juntos a Derbesiye, su aldea natal.

“¿Estás seguro de que no me puedes llevar contigo a Europa?”, vuelve a bromear el taxista, antes de despedirse de su último pasajero.

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