Tregua o desintegración

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Laura Fernández-Palomo

@laurafpalomo

Periodista (Madrid, 1982). Desde 2011 vive en Jordania, desde donde viaja y sigue la evolución de los países árabes.

Publicado el 26 Mar 2016

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La tregua entre el Gobierno de Damasco y las facciones armadas opositoras que se mantiene en Siria – salvo combates localizados – no garantizaba el fin de la violencia. El acuerdo promovido por Rusia y Estados Unidos asumió un alto el fuego parcial. Es decir, continuar con las operaciones militares contra los terroristas como el Dáesh (Estado Islámico), el Frente Nusra – filial de Al Qaeda en Siria – y una serie de grupos a determinar por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Zonas donde, por cierto, siguen viviendo civiles.

El Estado Islámico hace tiempo que influye en una agenda geopolítica de improvisaciones

En este sentido, la ambigüedad del término que Damasco y las potencias han utilizado hasta ahora para definir a los diferentes grupos opositores generó dudas sobre los objetivos que seguirían siendo bombardeados. Como ejemplo, el grupo salafista Ahrar Sham, catalogado como terrorista tanto por Moscú como por el régimen de Bachar Asad, aún siendo parte de la Alta Comisión Negociadora (ACN) de la oposición que ratificó la tregua.

Hasta Turquía tiene su propio concepto: son terroristas las milicias kurdas que han aprovechado la ofensiva de febrero de Damasco para expandirse en el norte de Alepo. Lo que le preocupa a Ankara son las aspiraciones de autonomía de esta comunidad que comparte con los kurdos nacionalistas en territorio turco, donde operan facciones armadas. No lo va a permitir. Su determinación quedó demostrada cuando a mediados de febrero decidió también intervenir con obuses y advierte: no dudará en volver a hacerlo.

Tal era la fragilidad de la tregua que, el día antes del atentado en Bruselas, Rusia, valedor del presidente sirio Bachar Asad, amenazaba con volver a enviar las tropas que había retirado como respuesta de un “plan unilateral”; otro gesto de dirigismo/presión hacia las conversaciones de Ginebra que se reiniciaron el 14 de marzo.

Asad y Putin intensificaron los ataques, Turquía entró en juego y Arabia Saudí amenazó con intervenir

Pero el Estado Islámico hace tiempo que influye en una agenda geopolítica de improvisaciones. Europa, consternada por su crisis, no escucharía a Moscú, que decidió no insistir y este jueves se concluyó una nueva ronda entre Gobierno y oposición que retomarán en abril con un documento de base: “Principios esenciales para la solución política en Siria”, encaminado a pautar la elaboración de una nueva Constitución y el consenso de lo que debe ser un nuevo Estado “no sectario y democrático”. Aunque Asad sigue dispuesto a celebrar unas elecciones parlamentarias el 13 de abril, fuera de la supervisión de la ONU.

Más allá de fallidas treguas o acercamientos espinosos durante estos cinco años de conflicto, el actual acuerdo se enmarca en un proceso de presión internacional que comenzó con la aprobación de la Resolución 2254 por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en diciembre. Como las anteriores resoluciones falló. Contemplaba un alto el fuego para iniciar las conversaciones de Ginebra III de finales de enero que no llegó. Al contrario, Asad y Putin intensificaron los ataques, Turquía entró en juego y Arabia Saudí amenazó con una intervención terrestre. Pero, a diferencia de las anteriores resoluciones, un confuso juego de malabares intenta mantenerla en pie.

Pocas horas después de formalizarse, las conversaciones fueron suspendidas hasta el 25 de febrero, otra fecha inverosímil. Sin embargo, el Grupo Internacional de Apoyo a Siria (liderado por EE UU y Rusia), que coincidió en Múnich el día 11, insistió en avanzar en la resolución y convino un “cese de hostilidades”. Establecieron como plazo una semana, pero llegó el viernes 18 y nadie silenció las armas.

Aún así, el sábado Rusia y EEUU anunciaban de nuevo un principio de acuerdo y el lunes una fecha: el sábado 27 de febrero, Gobierno y oposición – y sus respectivos aliados – debían poner fin a todo tipo de agresiones contra las partes comprometidas con el acuerdo, liberar a los detenidos y no adquirir nuevo territorio. Ejecutivo y oposición ratificaron los términos del alto el fuego aún sin confianza en que la otra parte fuera a respetarlo. Con el mismo escepticismo retomaron las negociaciones indirectas.

Las armas se han silenciado, pero ninguna se ha guardado

No todas las demandas se han cumplido. En localidades como la asediada Daraya, en los suburbios de Damasco, sigue sin llegar ayuda humanitaria y no se han liberado los cientos de miles presos políticos como pedía la oposición cuando la mayoría se encuentra en cárceles del régimen; pero el país “disfruta” – término que emplean para describir el paradójico sentimiento que provoca el no tener que huir de una lluvia de proyectiles – de una significativa reducción de la violencia (menos los que viven bajo el yugo del Estado Islámico que nada tiene que ver con el conflicto interno sirio aunque se alimente de él).

Las armas se han silenciado, pero ninguna se ha guardado. Tampoco el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, como otros dirigentes que han intervenido, mostraron convicción: “Esto puede ponerse mucho más feo”, reconoció el mandatario norteamericano. Quedan muchos flecos por hilar, entre ellos el liderazgo de la futura Siria.

Además, las conversaciones se reactivaron con la coacción de un posible “plan B”, que Kerry no quiso desvelar, pero que el rotativo británico The Guardian hizo público: No descarta la partición de Siria –pretensión que ha sido rechazada por los actores implicados– , es decir, asumiría su desintegración.

Esta tregua en Siria tenía que ser diferente. No por el éxito, que cinco años después solo puede ser relativo; sino porque se ha acabado el tiempo de intentarlo y un fracaso animaría a nuevos experimentos en forma de soluciones. Algo que ya conoce – y padece – demasiado bien Oriente Medio.

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