El otro Gandhi

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 24 Abr 2016

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En 1975 recibí una puñalada en el pecho en la puerta de mi casa. El agresor erró al corazón por unos milímetros.

Fue capturado por mis vecinas y arrestado. Parecía que no tenía motivos políticos. Estaba molesto porque yo había colocado micrófonos en su cabeza.

Cuando estaba en el hospital, recibí una llamada desde Londres. Era el representante de la OLP, que me transmitió los mejores deseos de parte de Yasser Arafat.

Minutos más tarde, tuve una visita: vino a verme el general Regavam Zeevi, un extremista de derechas conocido por el mote de Gandhi. El personal del hospital estaba estupefacto.

“Debes llevar el revólver en la mano en todo momento”, me regañó Zeevi. Y eso hice, durante 15 años

“¿Qué arma tienes?”, preguntó. Le dije que era un Webley, un revólver del Ejército británico.

“Muy mal”, sentenció. “El gatillo está demasiado expuesto. ¿Dónde lo llevas?”. Le dije que, por lo general, lo llevaba en el cinturón.

“Peor aún”, remarcó. “Antes de que lo puedas coger, ya estas muerto”.

Me enseñó su propia arma. Era un revólver especial fabricado para escoltas (un Colt con un gatillo que no sobresale de su cuerpo, lo que te permite llevarlo cargado sin arriesgar a que se dispare sola). “Debes llevarlo en la mano en todo momento”, me regañó.

Y eso hice. Durante 15 años, tuve un revolver en mi mano todo el rato, excepto en casa y en la oficina. Desarrollé una forma especial de ocultarlo, manteniendo el dedo en el gatillo. Nadie sospechaba jamás.

Después de 15 años, cuando mi revista, Haolam Hazeh, cerró, fui a la Policía y les regalé mis dos pistolas.

Me acordé de esta historia esta semana, cuando un programa de televisión publicó una investigación sobre Zeevi, revelando que era un asesino de presos, un violador en serie, vinculado a destacados jefes mafiosos y más cosas.

Esto es muy embarazoso, porque hace algunos años, la Knesset aprobó una ley especial para “eternizar” la “herencia” de Zeevi.

La ley obliga a homenajear cada año a un general que era, sabemos ahora, violador y asesino de presos

¿Por qué, por el amor de Dios? Bueno, él era un hombre de extrema derecha. Cuando Isaac Rabin, un hombre de la izquierda moderada, fue asesinado por un judío, se aprobó una ley semejante por él. La derecha también quería tener un mártir. Eligieron a Zeevi, que fue asesinado hace 15 años por los árabes.

El programa de televisión se convirtió en un dolor de cabeza. ¿Qué hacer ahora? ¿Continuar “eternizando” a un asesino de presos y, para colmo, un violador? ¿Anular la ley? Nadie lo sabe, y en ello estamos.

En realidad, no había nada nuevo para mi en las revelaciones de televisión. Mis relaciones con ese hombre se mantuvieron siempre en varios niveles. En lo político, éramos polos opuestos. En lo personal, pertenecíamos al mismo grupo, los combatientes de la guerra de 1948.

Las relaciones entre nosotros empezaron en 1953, cuando un grupo de jóvenes me atacó después de la medianoche en la calle, frente a mi oficina. Yo acababa de entrar en mi jeep cubierto, cuando me atacaron con grandes palos. No lograron arrastrarme fuera del coche, pero me rompieron los dedos de ambas manos.

(Esto tuvo un final feliz. Como era incapaz de realizar ni siquiera tareas básicas, una chica que apenas conocía se ofreció a vivir conmigo una semana o así para echarme una mano. Su nombre era Rachel y se quedó conmigo hasta su muerte, 58 años después).

La cuestión era, ¿quién envió a los agresores? Mi primera suposición era Ariel Sharon, el comandante de la “Unidad 101”, que acababa de cometer una masacre terrible en un pueblo árabe llamado Qibya. Mi revista había condenado el acto.

Zeevi me advirtió que Moshe Dayan me había enviado los sicarios que me rompieron los dedos

Otra suposición era el Shin Bet, el servicio secreto cuyo jefe tenía un odio patológico hacia mi.

Pero entonces recibí un mensaje secreto de parte de Zeevi, diciéndome que el responsable era Moshe Dayan. Me advirtió de que tuviera mucho cuidado. Zeevi era el cuñado de un miembro de mi equipo. Dayan, el luchador contra los árabes por excelencia, ya era entonces mi enemigo mortal.

Rehavam Zeevi era un chico de su época. Incluso su apodo era típico: en una fiesta de instituto había aparecido envuelto en una sábana, por lo que se parecía al adorado líder indio. El mote se le quedó para siempre. Zeevi, un hombre de violencia por excelencia era, por supuesto, todo lo contrario de Gandhi.

En su adolescencia, se unió a la milicia sionista clandestina, medio secreta, el Palmaj. En la guerra de 1948, él era un soldado de combate conocido por su valentía física, y poco más. Después, como comandante de batallón en 1951, participó en la batalla de Tel Mutilla contra los sirios, que fue un desastre. A partir de entonces no dirigía tropas, pero escaló poco a poco hacia el mando, sobre todo, creo, debido a su talento real de organización.

Era considerado poco fiable e indisciplinado. Una vez fue detenido intentando cruzar la frontera jordana con el objetivo de liberar un soldado que había sido capturado allí.

Era miembro del destacado Estado Mayor bajo el mando de Rabin, que ganó la impresionante victoria de la “Guerra de los Seis Días” en 1967, pero no comandaba ninguna tropa. Después de la guerra, como jefe del Comando Central del Frente, participó en muchas cacerías humanas.

Cuando me enteré de un caso de asesinato cometido por Zeevi, abrí una moción contra él en la Knesset

Esas cacerías se convirtieron en una especie de deporte. Muchos árabes de Cisjordania, que habían huido hacia el otro lado del río Jordán durante la guerra, estaban tratando de volver a casa de noche. Muchos fueron capturados en emboscadas del Ejército. El comandante del frente no debía estar allí, pero Gandhi lo disfrutaba demasiado como para mantenerse lejos. Incluso invitó a sus amigos civiles –actores, compositores y otros bohemios- a acompañarle en su helicóptero. A los capturados se les ejecutaba en el acto.

Cuando los soldados conmocionados me informaron de esto, escribí a Rabin, que era todavía jefe del Estado Mayor. En un intercambio de cartas secretas, me prometió intervenir.

En esa época, yo era diputado de la Knesset. Cuando me enteré de un caso concreto de este tipo de asesinatos cometidos por Zeevi, abrí una “moción formal en el orden del día” contra él. El caso se transfirió a un interrogatorio secreto de un comité. Poco después recibí un mensaje secreto del nuevo jefe del Estado Mayor. Haim Bar-lev, a quien se le respetaba mucho como militar honrado. Me informó de que una investigación había averiguado que el asesino en ese caso no era Zeevi sino otro oficial que mientras tanto había caído en combate.

Debido a su talento especial para la autopromoción, Zeevi se convirtió en un personaje famoso. En esa “Época de locuras”, como yo llamo los delirantes seis años entre la gloriosa Guerra de los Seis Días en 1967 y la desastrosa Guerra del Yom Kippur en 1973, a los altos cargos del Ejército se les trataba como a semidioses. Las excentricidades de Zeevi eran famosos. Una era tener una leona viva que adornaba su cuartel general, algo que encantaba a ciertos visitantes famosos.

En el Ejército se aceptaba que los oficiales tenían derecho a tener sexo con mujeres de rangos inferiores

En esa época también se supo de sus relaciones sexuales con chicas soldado, sin que nadie protestara gran cosa. En las revelaciones de las últimas semanas, estos hechos jugaron un rol importante. Zeevi, así lo atestiguaron varias mujeres, forzó a docenas de ellas, quizás más, en su mayoría chicas que estaban bajo su mando. A algunas las violó brutalmente.

Con los años, la actitud respecto a la violación ha cambiado radicalmente en Israel. Entre los hombres de los años 50 y 60, se consideraba más bien una broma. “Cuando ella dice no, ¿qué quiere decir?”, preguntaba una canción famosa. La opinión generalizada era que las chicas en realidad “lo desean”, pero que tenían que fingir que no, para mantener las apariencias.

En el Ejército se aceptaba como norma general que los oficiales tenían el derecho de tener sexo con mujeres de rangos inferiores. Era uno de los privilegios del cargo. En la época medieval, los hidalgos disfrutaban, se cree, del ‘droit du seigneur’ o ‘ius primae noctis’, el derecho de tener sexo con las mujeres de sus territorios durante su noche de bodas (Hoy se duda de que esto sea cierto).

“Los mejores hombres para volar, las mejores mujeres para los que vuelan” dijo un comandante

Los oficiales israelíes creían que tenían algo como este derecho. Una frase famosa, acuñada por un comandante de las Fuerzas Aéreas, decía así: “Los mejores hombres para volar, las mejores mujeres para los que vuelan”.

Cuando estaba en el Ejército me quedó atónito por el gran número de chicas soldado que no tenían ningún trabajo concreto, salvo el de hacer café para su superior. A las mujeres en Israel se les llama a filas como a los hombres. Cuando me convertí en editor de la revista Haolam Hazeh, uno de mis primeros artículo exigía abolir el servicio militar obligatorio para las mujeres. Si les dais un salario adecuado y un uniforme bonito, escribí, tendréis suficientes voluntarias para hacer trabajos de verdad.

Cuando entregué este artículo a la censura militar, el jefe del Estado Mayor me envió al portavoz del Ejército, y éste me amenazó con cortar toda relación con mi revista si lo publicaba. Lo publiqué, por supuesto, y durant los próximos 40 años, el Ejército no compró ni un solo ejemplar de mi revista (Pero seguía siendo desde lejos la revista más popular en el Ejército).

La atmósfera general en las Fuerzas Armadas explica por qué Zeevi pudo hacer todo lo que hizo, en gran parte cosas repugnantes, tal y como lo contaron las víctimas en el reportaje de televisión. Cuando estaba ocurriendo, las mujeres no se atrevían a contarlo por miedo o por vergüenza.

Zeevi no tenía ninguna posibilidad de llegar a jefe de Estado Mayor, de manera que dejó el Ejército. Se dedicó a su otra gran pasión: el amor por su país.

Normalmente, “amor al país” es una frase vacía. En el hábito sionista es un término abstracto para decir nacionalismo. Pero para Gandhi era algo muy real, una devoción por el país verdadera, por cada rincón, su historia y su presente.

Se debe ver la Historia del país como algo indivisible: cananeos, filisteos, griegos, árabes, sionistas…

En esa parte nos encontramos, metafóricamente hablando. Yo creo que el amor compartido por este país, llámese Palestina o Eretz Israel, puede convertirse en un vínculo fuerte entre los dos pueblos. Para esto, ambos bandos deben aprender desde muy joven mirar la Historia del país como una cosa indivisible, a través de todas las épocas, viendo a los cananeos, filisteos, israelitas, samaritanos, judíos, griegos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos, palestinos, sionistas, británicos, israelíes, y todos los que haya en medio, como partes de una historia única y continua.

En este desafío yo tenía un socio: Zeevi. Le nombraron director de una pequeña institución de Tel Aviv llamada “Museo del País”, a la que convirtió pronto en un lugar importante, gracias a su talento organizador. También cambió el nombre para “Museo de Eretz Israel”. Homenajea todas las fases de la historia del país.

Zeev también escribió varios libros excelentes sobre distintas regiones del país. De cada libro me enviaba un ejemplar, con una dedicatoria cordial.

Otra parte muy distinta de su complejo carácter era su afinidad con el mundo mafioso.

Durante la década de 1970, la policía y los medios empezaron a hablar del “crimen organizado” en Israel. Se referían sobre todo al contrabando de drogas duras. Algunas de los jefes eran también figuras en los círculos bohemios de Tel Aviv. Zeevi se hizo amigo de ellos.

Algunas de los jefes del narcotráfico de Israel eran parte de los círculos bohemios de Tel Aviv

Un día, dos mafiosos fueron asesinados por rivales suyos. La policía había interceptado llamadas de teléfono que los supuestos asesinos habían hecho esa misma tarde a Zeevi pidiéndole que viniera de inmediato. Les prometió ir.

Empezó un debate furioso sobre el rol de Zeevi en el asunto. Mi revista iba a escribir sobre el tema cuando recibí una llamada urgente de Zeevi, que me pidió que nos viéramos de inmediato. Le invité a casa.

“La verdad es que aquella noche tenía planes de ver a una chica y de tener sexo con ella”, me confió. “Utilicé a mis amigos como coartada. Pero si publicas eso, mi mujer va a pedir el divorcio.

No me creí ni una sola palabra.

Al final, Zeevi decidió meterse en política de forma activa. Su lema era “transferencia voluntaria”, lo que venía a decir que un día, los millones de árabes en los territorios ocupados y quizás en la propia Israel abandonarían todos el país a cambio de una compensación adecuada. Dado que nadie en su sano juicio puede realmente creer que eso sucedería, todo el mundo entendía que lo que realmente quería decir era una expulsión masiva por la fuerza.

Rabin hablaba con cierto desdén de Zeevi, pero lo aceptaba como “uno de la pandilla”

Antes que Zeevi, el fascista Meir Kahane, que no tenía pelos en la lengua, había propuesto algo similar, y el Tribunal Supremo lo expulsó de la Knesset. Pero Kahane era un inmigrante recién llegado de Estados Unidos, un forastero al que todo el mundo odiaba. Zeevi era un israelí de verdad al cien por cien. Sus ideas fascistas se le toleraban.

Zeevi era diputado en la Knesset durante 12 años y lo nombraron ministro de Turismo. Eligió vivir en un hotel en Jerusalén Este, la parte ocupada de la ciudad. Como macho auténtico que era, despreciaba la escolta que otros ministros sí llevaban. Un día, unos empleados árabes del hotel lo asesinaron.

En conjunto, Gandhi era un eterno adolescente, una versión muy israelí de adolescente. Con sus gafas tenía más pinta de un estudiante que de un soldado.

Una vez hablé de él con Yitzhak Rabin, su antiguo comandante. Rabin hablaba de él con cierto desdén, pero de todas formas lo aceptaba como “uno de la pandilla”.

La ley lo ha convertido en un héroe nacional, con un “Día de Recuerdo” especial, en el que todos los alumnos del país deben estudiar su “legado”.

En fin, eso era ridículo desde el principio, y ahora es absolutamente absurdo.

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