Opinión

«Ellos y «nosotros»

Uri Avnery
Uri Avnery
· 12 minutos

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No. No se trata de «nosotros» y «ellos».

No es «nosotros», los buenos, los justos, los que tienen la razón de su lado. Para decirlo de manera rotunda: los grandiosos. Los judíos.

Y no es «ellos»: los malos, los malvados. Para decirlo, de nuevo, de manera rotunda: los despreciables. Sí, los árabes.

Nosotros, elegidos por Dios, porque somos tan especiales.

Ellos, todos paganos, que rezan a todo tipo de ídolos, como Alá o Jesucristo.

Nosotros, los pocos heroicos, que afrontamos en cada generación a los que quieren destruirnos, pero salvándonos de sus garras.

Ellos, la masa de cobardes que quieren matarnos a nosotros y a nuestro Estado, pero que son derrotados gracias a nuestro valor.

Ellos, todos los ‘goy’, pero especialmente los musulmanes, los árabes, los palestinos.

No. Las cosas no son así. No son así en absoluto.

Hace pocos días, Yitzhak Herzog dijo algo especialmente odioso.

Herzog, el dirigente del Partido Laborista, presidente de la alianza «Bando Sionista», jefe de la oposición (un título que recibe automáticamente el dirigente del mayor partido opositor), declaró que su partido fracasa en las elecciones porque la gente cree que sus miembros son «amantes de los árabes».

El líder del Partido Laborista dijo que su partido fracasa porque tiene imagen de «amar a los árabes»

Esto tal vez se entienda mejor si se traduce al alemán. Por ejemplo: el partido de Angela Merkel se compone de «amantes de los judíos».

Eso no lo dice nadie. Es más: nadie puede decir algo así. No en la Alemania de hoy.

Podemos imaginarnos que Herzog no quería decirlo tal como suena. Desde luego no en público. Se le escapó. No era su intención.

Tal vez. Pero un político que permite que se le escapen esas palabras no puede dirigir una gran alianza política. Un partido con un líder de este tipo, que no lo expulsa el mismo día, no merece dirigir el país.

No porque le falte razón. Desde luego hay mucha gente que cree que los miembros del Partido Laborista son «amantes de los árabes» (aunque no hay ningún indicio de que lo sean. Debe de ser una pasión secreta). Y muchos creen que el Partido Laborista se está hundiendo porque hay tanta gente que cree algo tan horrible. Hay muchos. El problema es que este tipo de gente no votaría nunca al Partido Laborista, y mucho menos a Herzog, incluso si éste diera saltos gritando: «¡Muerte a los árabes!».

El centro político siempre se deja arrastrar por la derecha: de ahí viene y ahí vuelve

Y eso ni siquiera es lo más importante. Lo más importante es que al margen de todas las consideraciones morales y políticas, estas palabras revelan una falta abismal de comprensión de la realidad de Israel.

La realidad de Israel de hoy demuestra que no existe la más mínima posibilidad de echar a la derecha del poder si no se ve confrontada con una izquierda resuelta y unida, que se base en la cooperación de árabes y judíos.

Existe una realidad demográfica. Los ciudadanos árabes constituyen alrededor del 20 por ciento de la población de Israel. Para conseguir una mayoría sin los votantes árabes, la izquierda judía necesitaría el 60 por ciento de los votos de los judíos. Eso son castillos en el aire.

Algunos sueñan con el centro, que podría hacer el trabajo de la izquierda. Otro castillo en el aire. El centro no es una fuerza, no tiene columna vertebral, no tiene base ideológica. Atrae a los débiles y los tímidos, los que no se quieren comprometar con nada. Los Yair Lapid y los Moshe Kahalon, al igual que sus predecesores, al igual que sus probables sucesores, son rabos de zorro, no cabezas de león. Desde los días del partido Dash en 1977, siempre se dejarán arrastrar por la derecha. De ahí vienen y ahí también retornarán.

Ya quedan en el pasado los días del antiguo partido laborista, el Mapai, con sus rabos, el antiguo partido nacionalreligioso y el Shas, compuesto por judíos orientales.

Debe surgir una nueva izquierda, grande y fuerte.

Una izquierda nueva, grande y fuerte, sólo puede surgir sobre la base sólida de la unidad árabe-judía. Esto no es un sueño ni una esperanza perdida. Es un simple hecho político. Nada bueno sucederá en el país, si no se basa en la cooperación judía-árabe. Fue esa cooperación la que hizo posible los Acuerdos de Oslo: no se habrían aprobado en la Knesset sin los votos árabes. Esta cooperación es necesaria para cualquier paso hacia la paz.

El argumento que un líder «no ama a los árabes» es irrelevante. Sólo significa que esa persona no tiene capacidad para dirigir Israel. No conseguirá nada, y desde luego no podrá alcanzar la paz.

Además, la frase «amar a los árabes» es infantil. ¿Cómo se puede querer – o no querer – a un pueblo entero? En todo pueblo, incluido el nuestro, hay individuos buenos y malos, de buen corazón y malvados, amables y antagónicos. «Amante de los árabes» suena como «amante de los judíos»: ambas expresiones tienen un fuerte tufo antisemita, como todo judío sabe.

Yo era un testigo presencial – y un testigo activo – de muchos esfuerzos para establecer una cooperación judía-árabe en Israel, literalmente desde los primeros días de fundarse el Estado.

En los últimos 30 años, la cooperación entre fuerzas judías y árabes no ha crecido: ha disminuido

Como ya he contado muchas veces (tal vez demasiadas), inmediatamente después de la guerra de 1948, yo formaba parte de un minúsculo grupo que compuso el primer plan de una «solución de los Dos Estados». En la década de 1950, yo participaba en el establecimiento de un «comité contra un gobierno militar», un grupo judío-árabe que luchaba por la abolición del régimen represivo al que se sometía entonces a los ciudadanos árabes (se abolió en 1966). En 1984 participé en la creación de la Lista Progresista por la Paz, un partido árabe-judío que ganó dos escaños en la Knesset, uno para un diputado árabe, otro para un judío. Y entre medio hubo muchos más esfuerzos.

Lo menciono para ilustrar un hecho aterrador: en los últimos 30 años, la cooperación entre las fuerzas judías y árabes no ha crecido. Todo lo contrario: ha disminuido. Está en un proceso continuo de declive. Al igual, por cierto, que la cooperación entre las fuerzas de paz israelíes y palestinas.

Esto es un hecho. Un hecho triste, deprimente, incluso desesperanzador. Pero no deja de ser un hecho.

¿Dónde hay que buscar la culpa?

Preguntas de este tipo son bastante inútiles cuando hablamos de procesos históricos. Toda tragedia histórica tiene muchos padres. Aún así, intentaré responder.

La izquierda cree que los árabes se han «radicalizado», y éstos, que la izquierda los ha traicionado

Daré testimonio contra mí mismo: desde el momento en que empezó la ocupación de 1967, yo reduje mis actividades a favor de la cooperación judía-arabe dentro de Israel, para dedicar todos mis esfuerzos a la lucha por la paz israelí-palestina, a conseguir el fin de la ocupación, a favor de la solución de los Dos Estados, a las relaciones con Yasser Arafat y sus sucesores. Todo esto me parecía mucho más importante que las peleas dentro de Israel. Quizás esto fuera un error.

La izquierda israelí asegura que los ciudadanos árabes se han «radicalizdo». Los ciudadanos árabes argumentan que la izquierda judía los ha traicionado y pasa de ellos. Tal vez ambos tengan razón. Los árabes creen que la izquierda judía los ha abandonado, tanto en el asunto de la paz entre los dos pueblos como en el tema de la igualdad dentro del Estado. La izquierda judía cree que las cosas que dicen gente como el jeque Raed Salah, la diputada Hanin Zuabi y otros destruyen toda posibilidad de que la izquierda reconquiste el poder.

Ambos tienen razón. La culpa se puede repartir de forma equitativa, 50-50. Pero la culpa de quienes forman el grupo dominante pesa mucho más que la culpa de los oprimidos.

Cada día surgen nuevas pruebas del abismo entre los dos pueblos dentro de Israel. Es difícil de enternder el silencio de la izquierda judía en el asunto del palestino herido que fue asesinado por un soldado judío en Hebrón. También es difícil perdonar la rampante negación del holocausto entre los árabes.

Siento que este abismo
se ensancha cada vez más. Hace años que no me entero de ningún intento serio de estos dos bandos para establecer una fuerza política conjunta, una expresión compartida, relaciones personales y públicas conjuntas… ni en los altos niveles ni en los bajos.

Aquí y allá hay personas buenas que inician pequeños esfuerzos. Pero no hay ninguna iniciativa política seria a nivel nacional.

Si alguien me hubiera llamado por teléfono: «Uri, ha llegado el momento. Están montando una iniciativa seria. Ven a ayudar», habría pegado un salto y habría gritado. «¡Voy!». Pero no he recibido esa llamada.

Debe venir desde abajo. No otra iniciativa de ancianos sino un esfuerzo de gente joven, fresca y determinada.

(Los viejos, como yo, pueden contribuir con su experiencia. Pero no les toca tomar la iniciativa).

Un esfuerzo así debe partir de cero. Totalmente desde cero.

Lo primero es ponerse de acuerdo en una visión histórica compartida

En primer lugar debe ser un esfuerzo conjunto de judíos y árabes, musulmanes, cristianos y drusos, en estrecha cooperación, desde el primer momento. No judíos invitando a árabes. Ni árabes invitando a judíos. Juntos, con un lazo inseparable, desde el momento de su fundación.

Una de las primeras tareas es ponerse de acuerdo en una visión histórica compartida. No una artificial, no una de fachada, sino una real y verdadera, una que tome en cuenta los motivos de los sionistas y los nacionalistas árabes, las limitaciones de los líderes en ambos bandos, la humillación de los árabes por el imperialismo occidental, el trauma judío tras el holocausto y, sí, la naqba palestina.

No hay lugar para la cuestión «Quién tenía razón?» Preguntas de este tipo no deberían ni hacerse. Ambos pueblos actuaron acorde a sus circunstancias, sus miserias, sus creencias, sus capacidades. Hubo pecados. Muchos. Hubo crímenes. En ambos bandos. Pero también éstos fueron el resultado de las circunstancias, del momento. Hay que recordarlos. Por supuesto. Pero no deben ser obstáculos para un futuro mejor.

Hace veinte años, Gush Shalom, la organización a la que pertenezco, publicó una visión conjunta de este tipo que era fiel a los hechos históricos e intentaba animar a entender los motivos de ambos bandos. Se han hecho algunos esfuerzos más de este tipo. Y un esfuerzo así es esencial para establecer una basis intelectual y emocional para una cooperación verdadera.

Puede que no sea necesario crear un partido conjunto. Tal vez esto no sea realista por ahora. Tal vez sería mejor crear una coalición permanente de fuerzas políticas de ambos bandos.

La meta debe ser eliminar las fuerzas que llevan el país hacia una tragedia histórica

Tal vez se debería crear un parlamento de la oposición conjunto, para discutir las posibles diferencias de forma regular y pública.

Una cooperación verdadera debe ser persona, social y política. La meta debe ser, desde el principio, cambiar la cara de Israel y eliminar las fuerzas que llevan el país hacia una tragedia histórica. En otras palabras: la meta debe ser tomar el poder.

Al mismo tiempo se deben construir puentes personales y sociales: entre localidades, municipios, instituciones, universidades, entre mezquitas y sinagogas.

Ni Yitzhak Herzog ni el Partido Laborista
pueden encabezar este esfuerzo en el lado judío. Ni Herzog ni tampoco sus rivales en su partido que desean reemplazarlo. (Parece ser que en el Partido Laborista, ningún político puede aspirar al liderazgo salvo si ya ha fracasado totalmente en el pasado).

Lo que se necesita es un liderazgo joven, enérgico, que rompa moldes. No otro más de esos jóvenes que aparecen en el escenario, crean un nuevo grupito, hacen cosas buenas durante un año o dos, y luego desaparecen como si nunca hubieran existido. Lo que se necesita son personas que están dispuestas a trabajar juntos, a establecer una fuerza, a llevar el Estado en una nueva dirección.

¿»Amantes de los árabes»? Sí. «Amantes de los judíos»? Por supuesto. Pero sobre todo personas que amen la vida, amen la paz, amen este país.

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