Behçet Çelik

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M'Sur

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 28 May 2016

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El escritor del silencio

Behçet Çelik | © Web personal del autor
Behçet Çelik | © Web personal del autor

Es uno de los autores turcos más en boga en un mercado editorial de enorme riqueza y amplitud. Behçet Çelik (Adana, 1968), viene del sur de Anatolia y quizás por eso, la ciudad se antoje en muchos de sus textos como un espacio ajeno, un escenario de soledad por el que vagan sus personajes.

Son personajes de silencio, muy a menudo. Hombres que no saben amar, o mejor dicho, no saben amar a la chica con la que están, como mandan los cánones. Quizás la amen, pero no son capaces de expresarlo, de expresarse. No hay palabras.

La incomunicación es la protagonista de muchos textos de Behçet Çelik. Así es el Ahmet de su primera novela Dünyanın Uğultusu (El zumbido del mundo, 2009), así son las figuras que pueblan numerosos relatos suyos. Como sucede en el cuento que el autor ha cedido a M’Sur, El oráculo fallido (Tutmayan fal, en original, incluido en el libro Gün ortasında arzu (Deseos al mediodía, 2007).  Él y ella, una habitación, un café, un cigarrillo, un diálogo escaso. Porque lo que importa en estos relatos minimalistas es el silencio. Lo no dicho.

Çelik publicó su primer cuento en 1987 y el 1992 sacó su primer libro de narrativa corta, Iki Deli Derviş (Dos derviches locos), a lo que siguieron Herkes kadar (Tanto como cualquiera, 2002), Diken Ucu (La punta de la espina, 2010) y el reciente Kaldığımız Yer (Donde quedamos, 2015), entre varios otros.  Algunos de sus relatos han sido traducidos al holandés e inglés.  En 2007, Gün ortasında arzu recibió el prestigioso premio Sait Faik de narrativa corta.

[Ilya U. Topper]

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El oráculo fallido

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“Tú te crees que todo es como en los libros”, dijo. Sonreí. Mientras sonreía, me harté de no saber lo que significaba esa expresión facial y de que ella tampoco lo supiese.

Tuvo que ser lo más suave que pudo decir. Después de muchos días de pensar, de entre todas las frases que le pasaron la cabeza, había escogido estas palabras para empezar. A menudo rehuía mi mirada cuando le miraba a los ojos; era como si no supiera donde colocar las manos. Era obvio que mi silencio – esta sonrisa breve, insustancial, por no saber los dos qué íbamos a decirnos- la enfadaba aún más. Tuve miedo de que pronto se levantase de la mesa y se fuese sin mirar atrás. Tenía que decir algo. No debía irse, tenía que quedarse, así fuera para enfadarse.

“Yo qué sé” pude decir, o también podía preguntar: “¿Los libros?” Me callé.

“A veces me quedo sorprendida de que hayas venido a esta ciudad”, dijo. “¿Cómo es que te mudaste?”

Me di cuenta un día de que no quería hacer nada. No me apetecía hacer nada de lo que pensaba que podía hacer. Tampoco es que me aburriera de eso. Ni sentía culpabilidad, ni lo lamentaba, ni me arrepentía. Ya no había diferencia entre quedarse e irse. Esto no pude decirlo. No quería defenderme… al menos no delante de ella.

Giraba su taza de café vacía en la mano. Si le cogía la mano, levantaría la vista y me miraría a la cara. Si hubiese podido sonreír de nuevo, quizás ella también habría sonreído. Esta vez tendría un significado… si yo pudiera conseguirlo. Eso lo retrasaría. Quizás se reduciría algo la tensión alrededor de la mesa, pero algo también quedaría.

¿Quién podía saber qué le pasaba por la cabeza? Probablemente continuaba hablándome. Tendría que haberme insultado, a mí, a los libros que yo leí alguna vez y de los que sacaba citas, a mi actitud reservada, a mi inmovilidad.

“Probablemente, en el fondo no has venido”, dijo. “Estás todavía allí, estás todavía a su lado”.

No me daba cuenta de que me estaba rascando la cabeza. Ella lo vio sin necesidad de mirarme. Dijo que yo estaba nervioso. Había quedado claro cuando me rascaba.

“No sé”, dije. Era como si yo supiera que esta sería la primera palabra que me saldría de la boca.

“Menos mal”, dijo con una sonrisa enfadada. “No eres totalmente incapaz de reaccionar. Mientras te rasques la cabeza o lo que sea, no estoy sola; así al menos entiendo que me estás escuchando”.

Yo estaba justo a su lado. Sus manos estaban a alcance de las mías. Si me acercaba lo más mínimo, podría sentir su respiración. Ella continuaba dando vueltas a la taza. Cuando vio que yo miraba su mano, la volcó sobre el platito.

“Ya se ha enfriado. El oráculo no va a funcionar”, dije.

“¡Ja!” dijo. ¿Qué le pasaba por la cabeza? “Yo también sé que no va a funcionar, pero he venido para encontrarme contigo; y tu no dejas de mirarme las manos en silencio”, pensaba que iba a decir.

Me preguntó una vez más por qué yo me callaba. Aparentemente, su voz se había suavizado un poquito. No podía decir otra vez “Yo qué sé”, pero de verdad no lo sabía. Me vino a la mente un documental que una vez había visto en televisión. Según una ley de la Física, las cosas cambian cuando uno las observa. ¿Me habrán echado mal de ojo? se me ocurrió. ¿O es que delante de ella, bajo su mirada, yo cambiaba? ¿Sería yo mismo cuando ella se fuera, o estando a su lado? Intuía que no existía nada que fuera real. O que si existiera, yo no lo sabría. O sea que no lo habría. Lo único que sabía es que a su lado, yo era diferente. No podía decirse que yo no cupiera en mí. Tampoco que mi corazón latiera de otro modo, o algo así. Las cosas que pensaba, que me proponía, que me preocupaban o me exaltaban cuando ella no estaba, se volatilizaban en cuanto la miraba. Todo lo que quería decir se volvía irrelevante. Sentarme a su lado, mirarla… me volvía callado. No entendía las preguntas que me hacía. Una vez que se iba, comprendía las preguntas; cuando ella no estaba, encontraba las respuestas. Si las respuestas se me ocurrían cuando me hallaba a su lado, no podía decirlas porque me parecían excusas; cuando me quedaba a solas, se convertían en frases lógicas, grandilocuentes, majestuosas. Sabía que achacar esto a las leyes físicas también era una excusa… y también lo era seguir callado.

“Lo único que sé”, dije, “es que los ratos que paso contigo en esta ciudad son muy diferentes”.

Me miraba con ojos de no entenderme.

“Es decir”, dije, “aparte de esos ratos, todo lo que hago, lo que hablo, lo que me callo, incluso lo que duermo, no tiene ningún sabor”.

“Pues gracias”, dijo. ¡Lo que me había costado hacer salir esas frases de mi boca! Ella estaba enfadada. Quería pelea, probablemente. Le hubiera gustado que discutiéramos, que le echase la culpa. Pero no podía entristecerla. Tampoco podía explicarle por qué no podía entristecerla.

“Tú no vives”, dijo. “Eso no es vivir”.

Sí, me estaba invitando a pelearme. Qué fácil hubiese sido entonces lanzar una frase que empezara con “Y tú qué…” Pero hasta eso era difícil. Para mí, esto era vivir. También eso era vivir. Por poco que fuera, aunque fuesen una o dos horas por semana. Luego, aburrirse: eso también era vivir. Esperar, también, sin saber a qué esperaba. Dormir sin soñar, despertarse entre sudores, el futuro desconocido, las horas fijadas, todo esto era vivir. Dejar las cosas para otro día, también.

“¡Lo que yo te quería!”, dijo mientras se encendía un cigarro. “Me odio a mí misma por no levantarme e irme. Estoy esperando que digas algo cuando ya estoy harta de esperar en vano a ver si dices algo. Te maldigo por quedarte así de callado; pero aún así no me voy, no puedo irme. ¿Y tú qué haces? Te quedas callado. Y lo que pido no es tanto…”

Se calló. Le temblaba la voz. Obviamente no quería llorar delante de mí. Quizás, cuando nuestro rato hubiera acabado, soltaría las lágrimas en el coche. Al salir del coche, se las enjugaría apresuradamente.

Y me maldeciría.

Si ahora hubiera dicho “Cariño…”, me habría respondido “Métete el cariño donde te quepa”. O así me miraba. No dije siquiera “Cariño”.

“¿Por qué te he querido, por qué a ti, por el amor de Dios?” dijo una vez más.

Mira, es que yo soy así, hubiera querido poder decir. Esto es lo que tú amabas. Amabas mi actitud reservada. Soy diferente a todos los de mi alrededor. Cuando todo el mundo tiene algunas palabras, alguna verdad que decir sobre cualquier asunto, yo no tengo nada que decir a nadie. De esas cosas no puedo hablar citando a mis libros. Algunos tienen cosas que decir. A veces, dicen cosas que me parece que tienen sentido. Igual tienes razón, no es que yo crea que todo es como en los libros; es que me gustaría que fuera así.

“Sé que mi impotencia te hace sentirte fuerte a ti”, dijo.

“Eso no es cierto”, dije. “Eso no es cierto para nada”.

“¿Entonces qué es cierto? Estoy aquí delante de ti, esforzándome, y tú te callas. Si te intento forzar aún más, me vas a decir que las palabras no bastan, como haces siempre. A eso estás enganchado. Atormentarme te encanta. Así te sientes vivo. Quién sabe de quién te estás vengando arrojándome a ese estado de miseria”.

Negué con la cabeza. “Tranquilízate”, conseguí decir. Eso pudo estar mal. No tendría que haberlo dicho. “¡Cómo voy a tranquilizarme!” dijo y se levantó. Echó el paquete de tabaco a su bolso. Sólo pude mirar su espalda cuando se iba. Qué bonito le ondeaba el pelo.

No miró atrás.

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© Behçet Çelik 2007. Del libro de relatos Gün ortasında arzu (Deseos al mediodía) | Traducción del turco: © Ilya U. Topper · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

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