Corruptelas

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 19 Jun 2016

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Hace muchos años, recibí una llamada de teléfono de la oficina del primer ministro. Me dijeron que Yitzhak Rabín me quería ver en privado.

Rabin abrió él mismo la puerta. Estaba solo en su residencia. Me llevó hacia un confortable sillón, preparó dos generosas copas de whisky, una para mí y la otra para él, y empezó sin darle más rodeos (odiaba hacer conversación a lo tonto): “Uri, ¿has decidido destruir a todas las ‘palomas’ del Partido Laborista?”

Mi revista, Haolam Hazeh, estaba llevando a cabo una campaña contra la corrupción y había acusado a dos destacados líderes laboristas, el nuevo presidente del Banco Central y el ministro de Vivienda. Ambos eran, efectivamente, miembros del ala moderado del partido.

Expliqué a Rabin que en la lucha contra la corrupción, yo no podía hacer excepciones para políticos que estuvieran cerca de mis propias posiciones políticas. La corrupción era una causa aparte.

La primera generación de los fundadores de Israel era libre de corrupción. La corrupción era algo inimaginable.

Se consideraba escandaloso que un dirigente laborista viviera en un chalé privado

Es más, se llegó hasta extremos puristas. Una vez, a un destacado dirigente laborista lo criticaron por construirse un chalé en la periferia de Jerusalén. No había el más mínimo indicio de corrupción. El dinero lo había heredado. Pero se consideraba escandaloso que un dirigente laborista viviera en un chalé privado. Un “tribunal de camaradas” decidió expulsarlo del partido, y eso era el fin de su carrera.

Al mismo tiempo se construía una residencia oficial para el ministro de Exteriores, de manera que pudiera recibir a dignatarios extranjeros en un ambiente digno. El ministro que ocupaba la cartera en ese momento, Moshe Sharett, creía que estaba mal mantener su propio apartamento privado. Así que lo vendió y donó el dinero a varias asociaciones caritativas.

La siguiente generación era bastante distinta. Se comportaba como si el lugar fuera propiedad suya por derecho divino.

Su representanto más típico era Moshe Dayan. Había nacido en el país y David Ben-Gurión lo nombró jefe del Estado Mayor del Ejército. En esta función dirigió varios “ataques de represalia” allende las fronteras y luego el ataque de 1956 contra Egipto, que desembocó en una espléndida victoria (gracias a la ayuda de la invasión franco-británica de la zona del Canal de Suez a espaldas del Ejército egipcio).

Dayan era aficionado a la arqueología. Llenó su chalé privado (por entonces, los chalés ya estaban permitidos) con antiguos artefactos que excavaba en todas partes del país. Eso era estrictamente ilegal, dado que unas excavaciones no profesionales destruyen la estratigrafía histórica e impiden definir la datación. Pero todos miraban hacia otro lado. Al fin y al cabo, Dayan era un héroe nacional.

Tras desvelar la corrupción de Moshe Dayan, me eligieron en una encuesta como “persona más odiada del país”

Luego, mi revista publicó una revelación demoledora: Dayan no sólo colocaba los artefactos en su jardín. Los vendía por todo el mundo, con una nota personal firmada que elevaba su precio. Esta revelación desencadenó un enorme escándalo y desató muchísimo odio… contra mí. En una encuesta realizada aquel año, me eligieron como “la persona más odiada del país”, por encima del jefe del Partido Comunista. (Hoy, este tipo de encuestas ya no se hacen).

El cuñado de Dayan era Ezer Weitzman, el general responsable de las Fuerzas Aéreas que alcanzaron la fabulosa victoria en la Guerra de los Seis Días en 1967. Era un secreto a voces que a Weitzman lo mantenía un millonario judío norteamericano y que vivía en un lujoso chalé en Cesarea, el lugar más prestigioso del país (donde Binyamin Netanyahu tiene ahora su propio chalé privado).

Durante algunos años, eso era toda una moda. Todo millonario judío en América tenía a “su” general israelí, al que le financiaba su estilo de vida y que era su orgullo y alegría. Para los judíos ricos, tener a un general israelí en la fiesta familiar era un símbolo de estatus social obligatorio.

Ariel Sharon, por ejemplo. Hijo de padres pobres, habitantes de una aldea cooperativa, terminó su carrera en el Ejército y, mira tú por dónde, de repente era el propietario de una inmensa finca. Se la regaló un multimillonario estadounidense exisraelí. (Según los rumores, el millonario desgravó el coste de sus impuestos en Estados Unidos).

Era una época en la que los generales israelíes no sólo eran héroes en su país sino en todo el mundo. Moshe Dayan, fácil de reconocer por su venda negra sobre el ojo, no era menos héroe en Los Ángeles que en Haifa.

El ex primer ministro Olmert y el ex presidente Katzav comparten ahora prisión

Todos esos generales (excepto Ezer Weitzman, que procedía de una familia rica) se criaron en un ambiente de penurias. Sus padres eran miembros de los kibbutz (aldeas comunales) o los moshav (aldeas cooperativas), que eran todos muy pobres en esa época. Sharon, que era un chico de un moshav, me contó que todos los días caminaba media hora a su colegio y vuelta para ahorrarse el billete del autobús.

Eso también era cierto para la próxima generación de líderes. Ehud Olmert, el ex primer ministro, ahora en la cárcel por corrupción, se crió en un barrio muy pobre y se volvió obsesionado por poseer objetos caros. El expresidente del país, Moshe Katzav, que comparte la misma prisión, fue condenado por violación, no por corrupción, pero también se crió en la pobreza, como inmigrante recién llegado.

(Un chiste actual cuenta que después de un concierto en la cárcel, el guardián anuncia: “Que todos se queden sentados hasta que se hayan levantado el presidente y el primer ministro”).

Ehud Barak, un ex jefe del Estado Mayor y ex primer ministro, está ahora amasando una gran fortuna “aconsejando” a gobiernos extranjeros. Se crió en una aldea pobre.

Yo me ahorré estas ansias por el dinero, aunque yo también viví en una pobreza extrema después de llegar a Palestina con diez años. Afortunadamente, antes de eso me había criado en un ambiente muy acomodado en Alemania. Dado que mi familia y yo estábamos mucho más felices en Israel que en Alemania, aprendí que la felicidad no tiene nada que ver con la riqueza.

Todo eso me llega a la mente porque nos bombardean casi a diario con acusaciones de corrupción contra Binyamin Netanyahu y su muy impopular esposa, Sarah.

Tres altos cargos judiciales intentan evitar desesperadamente acusar a Netanyahu de lo que sea

Sarita, como se le suele llamar, una antigua azafata que conoció a su marido en un vuelo, parece ser una arpía que tiraniza a los empleados de la residencia oficial. Algunos la han denunciado. Revelaron que ella saquea las arcas públicas para sus necesidades privadas.

Pero lo que realmente preocupa es que Sarah Netanyahu, a la que no ha elegido nadie, parece ser la responsable de todos los nombramientos de altos cargos. Nadie puede llegar a un puesto de alto nivel sin que lo entreviste ella personalmente y le dé el visto bueno.

Ella ha nombrado a los tres máximos cargos de las instituciones que hacen cumplir las leyes: el consejero legal del Estado (que hace las funciones de super fiscal general), el poderoso interventor del Estado y el jefe de la Policía.

Si es así, era un acto casi profético. Porque ahora, los tres se reúnen día y noche y se consultan mutuamente sobre qué hacer con la avalancha de revelaciones sobre los asuntos financieros de la familia de Netanyahu. Intentan evitar desesperadamente acusar a Netanyahu de lo que sea, pero eso es cada vez más difícil, dado que ellos están bajo la supervisión del Tribunal Supremo.

Ya he informado sobre algunas de esas revelaciones, pero ahora emergen nuevas cada semana. Se ha convertido en una especie de deporte nacional.

Empezó con la revelación de que antes de convertirse en primer ministro, cuando entraba y salía del Gobierno según las circunstancias, varias instituciones diferentes le solían pagar a Netanyahu dos o tres veces los mismos billetes de avión de primera clase, sin sospechar nada, y sin que Netanyahu lo declarara como ingreso. Esto se conoce ahora en Israel como “Bibitours”.

Una investigación criminal podría forzar a Netanyahu a renunciar al menos temporalmente a su cargo

Desde entonces, Netanyahu ha estado envuelto en todo tipo de asuntos que rozan la corrupción criminal y que están en varias fases de “análisis”. Todo el rato se añaden nuevos casos a la lista. Los tres altos cargos jurídicos nombrados por Netanyahu consultan continuamente si deberían ordenar una investigación criminal, lo que podría forzar a Netanyahu a renunciar al menos temporalmente a su cargo.

El clímax llegó cuando un financiero judío, acusado en Francia de un fraude colosal, reveló a los tribunales que había realizado donaciones privadas a Netanyahu por valor de un millón de euros y que había pagado las muy caras facturas de ‘Bibi’ en muchas ciudades, incluyendo algunas de la Riviera francesa. Las cifras exactas no están claras, pero nadie niega que Netanyahu recibió grandes sumas de dinero de este hombre, que en aquellos momentos ya estaba bajo sospecha de corrupción.

Los generosos contribuyentes israelíes (entre los que me incluyo) pagaron unos 600.000 dólares para los cinco días de estancia de Bibi en Nueva York en otoño pasado. Esta cifra – más de 100.000 dólares al día – cubrían, entre otros, el honorario de su peluquero privado (1.600 dólares) y su maquilladora (1.750 dólares). La finalidad del viaje era hablar ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Me pregunto cuánto habrá costado cada palabra.

Esta información se ha dado a conocer por orden de los tribunales bajo la ley de la libertad de información.

El público israelí se lo traga todo. Parece que nadie se enfada. Lo que abundan son chistes sobre la “pareja real”.

Para muchos de los votantes de Netanyahu, en gran parte pobres de origen judío oriental, estas revelaciones sólo demuestran que es un hombre astuto que sabe cómo aprovechar las oportunidades, algo que a ellos también les encantaría hacer.

¿Cómo tratar estas revelaciones, que dominan tantos programas de televisión y titulares de periódicos?

A asesino al Capone le condenaron por evasión de impuestos; ¿podría pasar igual con Netanyahu?

Tengo que admitir que los trato con cierto desdén. ¿Qué son estos casos de corruptelas comparadas con las acciones de Netanyahu, y su inacción, que influyen directamente el destino de Israel?

Considero a Binyahim Netanyahu el enterrador del Estado, el hombre que fija el rumbo hacia la catástrofe, el hombre que obstruye toda posibilidad de paz. Justo esta semana, Netanyahu contó con orgullo a los colegas de su partido que “nunca” aceptará negociaciones basadas en la iniciativa de paz árabe de 2002, que incluye el fin de la ocupación, el establecimiento del Estado de Palestina y la evacuación de los asentamientos. Muchos creen que este rechazo es un paso fatídico.

Frente a este desastre, ¿por qué emocionarnos con un poquito de corrupción?

Pero luego recuerdo el caso de Al Capone, el gánster que era responsable de enormes crímenes, incluyendo el asesinato a sangre fría de mucha gente, pero al que al final le condenaron y enviaron a la cárcel sólo por evasión de impuestos.

Si a Netanyahu se le puede condenar por corruptelas y forzarle a dimitir… ¿no es justo lo que necesita el país?

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