“No estamos librando ya la guerra de 2011”

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Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive en Beirut como periodista freelance.

Publicado el 5 Jul 2016

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Un soldado libio guarda restos de un refugio del Daesh en Sabrata (Mar 2016) | © Laura J. Varo
Un soldado libio guarda restos de un refugio del Daesh en Sabrata (Mar 2016) | © Laura J. Varo

Misrata (Libia) | Abril 2016

Una veintena de coches colapsa la llamada Puerta de Abu Grein a primera hora de la mañana. El puesto de control, reconocen los milicianos apostados allí, es el último controlado por fuerzas libias en la carretera a Sirte, el enclave-refugio del Estado Islámico (Daesh) en el Magreb. Se halla a cien kilómetros al sur de Misrata, la ciudad más oriental en manos del Gobierno de Trípoli, y a otros cien de la ‘capital’ regional del proclamado Califato.

Escudriñando las ventanillas de los vehículos, se acierta a averiguar por la indumentaria femenina cuáles son las familias que vienen de Sirte. “Allí, ahora sólo podemos salir con el niqab”, clama una joven desde el asiento trasero de un utilitario, en referencia a la vestimenta negra institucionalizada por Arabia Saudí y copiada por el Daesh, que solo deja ver los ojos.

“En Sirte sólo podemos salir con niqab”, clama una joven que se libra del velo al llegar a Abu Grein

El drama de quienes van y vienen de la sitiada Sirte se narra entre el miedo, la resistencia y la huida. Más de mil familias de esta ciudad, que contaba 200.000 habitantes hace un año, han recalado en pisos de alquiler en Misrata, y centenares se han dispersado por otras localidades, según fuentes en la ciudad.

“No tenemos ningún sitio al que ir”, se lamenta el copiloto, que prefiere no dar su nombre. Detrás, como pasaje, tres generaciones de mujeres se han liberado del velo que les tapaba el rostro durante las cuatro horas de camino que han gastado en cruzar tres ‘checkpoints’ desde las afueras de Sirte. Solo la anciana viste el luto blanco musulmán, las otras dos siguen cubiertas de negro. “No tenemos dinero para alquilar (un piso) y vivir fuera de nuestra casa”. “Están en todas partes”, puntualiza en inglés la más joven, “todo el mundo tiene miedo”. “Nos faltan muchas cosas”, explica el hombre, marido e hijo de las pasajeras. “Comida, dinero…”, completa ella.

Sirte lleva un año en manos de los esbirros de Abu Bakr al Bagdadi, líder del Daesh. El grupo reveló oficialmente su presencia en la ciudad con una cabalgata de camionetas y banderas negras en febrero de 2015, meses después de que la decapitación de una veintena de egipcios erizase la piel a medio mundo, incluida una comunidad internacional cada vez más preocupada.

Entonces, solo rumores de la presencia de una ‘mutawa’ (policía de la moral islámica) circulaban por la ciudad. Ahora Europa debate sobre cómo intervenir militarmente contra los ‘yihadistas’ a 300 kilómetros de sus costas.

Batalla por Sirte

En junio, una coalición de milicias de Misrata, bautizada como al-Bunian al-Marsus (Estructura Sólida, en árabe), fiel al Gobierno de Acuerdo Nacional y apoyado por la ONU, avanzó sobre Sirte y consiguió entrar en la ciudad. Pero los ‘yihadistas’ han presentado batalla: casi 200 milicianos, la mayoría de Misrata, han muerto en un mes de ofensiva.

La coalición está formada principalmente por milicianos de Misrata, antes pertenecientes a la alianza miliciana Fayer Libia, y de la Guardia de las Instalaciones Petrolíferas, liderada por Ibrahim Yadran. Ambos grupos se unieron en una estrategia de pinza para cercar Sirte desde oeste y este, respectivamente.

Esta primera operación coordinada contra el Daesh se ha convertido en una prueba de fuego para el nuevo Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA) y el primer ministro patrocinado por la ONU, Fayez Serraj, en el cargo desde marzo. Pero no hay tanta unidad: el polémico general Khalifa Haftar, comandante de la facción del Ejército Nacional Libio aún leal al Parlamento de Tobruk y enemigo acérrimo de las milicias Fayer, fue apartado de la operación. Y a Fayez Serraj se le acusa de apoyarse, de nuevo, en milicias en lugar de formar un Ejército, y de volver a colocarse a la sombra de Misrata.

“No necesitamos soldados [extranjeros]. Tenemos suficientes”, asegura Mohamed Bayudi, líder de la Brigada 166, destacada en el Centro de Control miliciano de Abu Grein. Es la última frontera en el margen oriental del territorio controlado por el Gobierno de Salvación Nacional, establecido en Trípoli.

Misrata es una ciudad pequeña. “Todos nos conocemos”, dice Alaa, treintañero y padre de familia. La gente cuchichea y atribuye reputaciones. A Alaa le preocupan esas habladurías: “No quiero que vayan diciendo que hago armas por dinero”. Los aperos que cuelgan de las paredes en la trastienda y la aspiradora que guarda junto a cañones antitanque desvencijados dan cuenta de un pasado de manitas. “Al principio no tenía empleo y con esto me ganaba algo de dinero”, relata.

“No fabrico armas por dinero, solo acepto si alguien quiere arreglar la suya”, dice Alaa

Antes del levantamiento contra Gadafi en 2011, Alaa se dedicaba a lavar coches, echar algún vistazo al motor y hacer ‘chapuzas’ en casas ajenas. Ahora es un agente destacado en la puerta de Dafniya, una de las entradas a Misrata. Tras ganar fama de mañoso durante la rebelión, el ‘armero’ de Misrata ha dejado la guerra. Como trabajo, al menos. En el caos posrevolucionario, eso de apañar ametralladoras PKT y reconstruir ‘kalashnikovs’ es solo un hobby, asegura, por eso ha colocado un cartel en la puerta de su garaje-taller que reza en árabe: “No te pongas en evidencia, hemos dejado de trabajar”. Lo que llega a significar, como traduce él mismo: “No me avergüences, no vendo armas”.

“No fabrico armas por dinero, solo acepto si alguien quiere arreglar la suya”, puntualiza al colocar en el torno un fusil que le trae un amigo de parte de otro amigo. El cerrojo se atasca de vez en cuando. Alaa comprueba el mecanismo forzando un par de ruidosos chasquidos. Luego desmonta la pieza y toma un destornillador con el que raspa el riel metálico como si usara una lija. Da marcha atrás: pieza, chasquidos. El rifle ya está listo.

“Las armas tiene mucha grasa”, protesta con un mohín en la cara y manchas en las manos, “no me gusta arreglarlas”. Mientras se limpia, enseña los antebrazos cruzados de cicatrices, recuerdo de las lecciones autodidactas durante los días de asedio a la ciudad de Misrata, que Gadafi convirtió en ‘mártir’. Más de mil personas murieron en tres meses se sitio. El resentimiento curtió a los combatientes que acabaron dando caza al dictador en Sirte.

Misrata mantiene el mayor contingente de milicianos del país, herencia de la revolución

Las heridas en Misrata han perdurado. La tercera ciudad libia mantiene el mayor contingente de milicianos del país, herencia de la revolución. Antes de establecerse en marzo el Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA), decenas de ‘katibas’ o ‘falanges’ nutrían la resquebrajada alianza Fayer Libia (Amanecer de Libia), el brazo armado del Congreso General de la Nación (CGN), el Parlamento no reconocido que se instauró en Trípoli en el verano de 2014 con inclinaciones islamistas y respaldo de Qatar y Turquía.

Misrata se adhirió al bando de Trípoli, haciendo frente a la Casa de Representantes en Tobruk, menos religioso y apoyado por la UE, que acusaba a los tripolitanos de usurpadores. El país vive aún bajo la sombra de las dos instituciones que han polarizado Libia durante dos años a este y oeste.

Es muy precario aún el poder del gabinete de Fayed Serraj y su Consejo Presidencial, establecidos en teoría para superar la división y configurar una única autoridad para toda Libia. Pero el Parlamento de Tobruk se halla al borde del divorcio, perdido en la indecisión de ratificar al nuevo Gobierno con una votación legítima, tal como exige el acuerdo mediado por la ONU.

Ante la anarquía, Occidente se ha visto obligado a recular ligeramente en sus presiones para una operación “inminente”. A cambio, soldados franceses y británicos prestan asesoramiento y logística a las fuerzas misratíes en su lucha contra el Daesh, mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se decide a levantar el embargo de armas que pesa sobre Libia desde 2011 y que no ha impedido que estas sean omnipresentes en el país. De momento, el Consejo ha aprobado ampliar la Operación SOPHIA de la Unión Europea contra la inmigración a Europa para permitir a sus barcos registrar posibles cargamentos de armas.

Se cree que la derrota de Daesh en Sabrata ha incrementado el número de ‘yihadistas’ en Sirte

Otro de los temores ante una eventual victoria en Sirte es qué ocurrirá con los ‘yihadistas’: podrían diseminarse por el enorme territorio libio y hacerse fuerte en otro lugar. Está fresca la experiencia de Sabrata, en la costa mediterránea al oeste de Trípoli, donde el Daesh mantuvo durante más de un año un campo de entrenamiento, nutrido por militantes de Túnez, hasta que fue expulsados mediante un bombardeo estadounidense y el subsiguiente ataque de combatientes locales. En abril, las autoridades de la ciudad daban por sentado que la derrota de Daesh en Sabrata había incrementado el número de ‘yihadistas’ en Sirte.

El eco llegó a Abu Grein. “Nos alegramos por lo que ocurre en Sabrata”, asegura Bayudi. “Los revolucionarios y el Ejército (bajo el Gobierno de Trípoli) están avanzando, porque el número (de combatientes) del Daesh no es grande”. “En Sirte, las cifras son altas, entre 3.000 y 5.000, y, por el momento, no tenemos suficientes suministros para abrir fuego contra ellos”, matiza.

“Cuanto más tiempo les demos, más fuertes se harán”, presionaba el comandante en marzo, mes y medio antes de iniciar el ataque sobre Sirte. Mientras habla, la garita se llena del olor a caramelo del azúcar que se quema al fuego, junto al café árabe calentado en una carreta a modo de parrilla improvisada. “No estamos luchando la misma guerra de 2011”.

“Cuando das un arma a alguien, quizá la utilice para matar a otro, y yo soy el responsable ante dios”

A cien kilómetros al norte, en Misrata, Alaa intenta dejar atrás su pasado. “He pasado dos años haciendo esto como trabajo y paré cuando se constituyó Fayer Libia”, dice. Por qué? “No puedes estar seguro cuando das un arma a alguien: quizá la utilice para matar a otro y luego yo soy el responsable ante dios”, reflexiona. En su tugurio, el método de prueba-error ha dejado agujereado el yeso. Armas automáticas arrancadas a tanques y reconvertidas en portátiles descansan junto a cajas de piezas recuperadas en la planta de ensamblaje de Beni Walid, donde bajo Gadafi se fabricaban fusiles de asalto cuyo metal de mala calidad acababa vencido por el calor de los disparos.

El armero acaba enseñando la joya de la corona. Las piezas de madera están talladas y barnizadas con cariño; el hollín que dejó el incendio de los bombardeos de la OTAN contra los arsenales gadafistas, sustituido por el lustre de la pintura; donde iría el número de serie, el nombre de Alaa está rayado a cuchillo. Es su fusil personalizado de inspiración rusa, construido de cero y del que solo tiene uno. “Todo ha cambiado”, se lamenta, “todo el mundo tiene armas, no para luchar, sino para dispararse unos a otros”.

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