Una guerra sin buenos

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 10 Sep 2016

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José Ángel Ruiz Jiménez
Y llegó la barbarie
ruizjimenez-barbarie

Género: Ensayo
Editorial: Ariel
Páginas: 456
ISBN: 978-84-3442-317-6
Precio: 19,90 €
Año: 2016
Idioma original: castellano

Muchos de los que en 1992 rondábamos la mayoría de edad tenemos un problema con la Guerra de los Balcanes: no éramos lo suficientemente niños para ignorarla, pero tampoco lo bastante adultos como para aspirar a entenderla. Habíamos crecido con ligeras referencias de aquel exótico país –tal vez la más poderosa, los éxitos deportivos de la república, con los hermanos Petrovic a la cabeza–, y ahora nos encontrábamos cada día en el telediario imágenes de dureza extrema, incluso de campos de concentración que evocaban épocas muy aciagas, acompañadas de nombres sonoros: Mostar, Sarajevo, Gorazde, Srebrenica…

Como casi todos los conflictos, aquel tuvo su resolución. El mundo no tardó en mirar hacia otros confines, especialmente a Ruanda. Pero a los jóvenes de entonces nos quedó, creo, la asignatura pendiente de saber más de aquella región, de tratar de entender qué pasó allí, cómo comunidades que habían convivido pacíficamente durante décadas alcanzaron aquellos niveles de destrucción y crueldad.

Lo mejor de este trabajo es su determinación en cuestionar los lugares comunes que rodearon al conflicto

Para aproximarse a lo ocurrido en la antigua Yugoslavia hace ahora 25 años recomiendo leer sin demora este libro del investigador granadino José Ángel Ruiz Jiménez. Y no solo porque la abundante documentación que lo sustenta venga acompañada de una prosa precisa y una agilidad narrativa que obliga al lector a beberse literalmente las 400 páginas largas del volumen. Lo mejor de este trabajo, realizado por alguien que forma parte de la generación a la que antes he hecho referencia, es su determinación en cuestionar los lugares comunes que rodearon al conflicto, las verdades aceptadas, los papeles asignados. Justo lo que tiene que hacer un historiador, más incluso cuando se trata de Historia contemporánea, temerariamente cercana en el tiempo.

El título de esta reseña quiere hacer referencia a esa necesidad que solemos tener de distinguir, en cualquier controversia, a los buenos y a los malos, y tomar partido por los primeros. Si algo nos revela Ruiz Jiménez es la ingenuidad de ese planteamiento en el caso balcánico. El país que durante décadas se mantuvo cohesionado bajo el lema Hermandad y Unidad estalló en mil pedazos, en primer lugar, por la irresponsabilidad suprema de unos dirigentes que hasta el inicio de la guerra proclamaban públicamente que deseaban la continuidad de Yugoslavia, pero que una vez iniciadas las hostilidades pusieron todo de su parte para sembrar la discordia y el miedo.

La guerra es ese momento en que los psicópatas toman el poder de las instituciones

Ni siquiera Eslovenia, que en los titulares más gruesos aparecía como un caso de emancipación ejemplar tras una guerra “de seis días”, sale bien parada en el libro, principalmente por el modo en que se desentendió de sus vecinos croatas, pero también por los argumentos con que condujo las emociones de su propio pueblo y la expulsión del censo de los yugoslavos no eslovenos. Y si Eslovenia se consideró en general el capítulo limpio y “exitoso” de la larga y compleja contienda, podemos imaginar cómo salen retratados los demás.

La descripción que Ruiz Jiménez hace del campo de batalla en que devino la ex Yugoslavia podría resumirse por momentos en una imagen: la guerra es ese momento en que los psicópatas, que en tiempos de paz suelen estar encerrados o bajo tratamiento, toman el poder de las instituciones y el timón del pueblo.

Pero el autor evita hacer diagnósticos ajenos a su especialidad, y por el contrario señala circunstancias demostrables: quienes llevaron a sus pueblos a una espiral de violencia insólita en la Europa de finales del siglo XX eran líderes que solo aspiraban a mantenerse en el poder y a lograr ventajas de índole sobre todo económica. Para lograrlo, encontraron un recurso infalible, el nacionalismo, bendecido por las distintas iglesias, que operó como nunca en un doble sentido: reuniendo a gente armada bajo una misma bandera y azuzando el miedo al otro, de tal modo que incluso la población que salió masivamente a la calle pidiendo la paz en los primeros episodios del relato acabaran empuñando los kalashnikovs.

El minucioso relato que se nos ofrece explica hasta qué punto los sectores más insospechados de la población echaron gasolina al fuego, desde cantantes a hinchas de fútbol, pasando cómo no por representantes de todas las confesiones en juego y por los no menos irresponsables medios de comunicación. Aparecen soldados que quieren resucitar la escalofriante memoria ustacha, otros que ven en el conflicto una ocasión para iniciar la guerra santa por el islam… ¿Y qué tenía que decir la comunidad internacional, la misma que se había valido de Yugoslavia como peón durante la Guerra Fría, de todo aquel desaguisado? Pues lejos de dar una respuesta única y consensuada, se dedicó a apoyar a la opción que más convenía a sus intereses.

Por otra parte, el ensayo de Ruiz Jiménez no elude las zonas de polémica. La principal, un tratamiento de la postura serbia que no contradice el discurso tradicional -es decir, su responsabilidad en la escalada de violencia y su apuesta a cara descubierta por la limpieza étnica-, pero no deja solo a Milosevic y los suyos en el panteón de la infamia. Esto podría levantar sobre el autor la sospecha de militancia proserbia, como se extiende a todo aquel que contradiga o relativice el relato oficial.

Clinton entregó Kosovo a un grupo de granujas para lavar una mancha de semen del vestido de Monica Lewinsky

La cuestión se agrava aún más cuando Ruiz Jiménez pone sobre el tapete la posibilidad de que algunas sonadas matanzas como la del mercado de Sarajevo tuvieran detrás a los musulmanes bosnios. La idea de un ejército atentando contra su propio pueblo es siempre espeluznante y a menudo descabellada, pero hay que reconocer que la argumentación en que se apoya, como la del no menos delicado capítulo dedicado a Srebrenica, es seria y sólida. En todo caso, abre un debate que podría ser muy interesante.

También es osado, y convincente, el capítulo dedicado al último coletazo de la guerra, que dio pie a la independencia de Kosovo. Lo que empieza mal acaba mal, y la irresponsabilidad de la administración Clinton, con sus diversos palmeros internacionales y la manifiesta incapacidad de la UE, acabó entregando este territorio a un grupo de granujas para –digámoslo así– ayudar a lavar una mancha de semen del vestido de Monica Lewinsky. De paso, se bombardeó Belgrado –y más inexplicablemente aún, otras zonas del país, sin perdonar infraestructuras civiles–, se abrió camino a industrias estadounidenses y, en definitiva, se impuso la economía de mercado en una región que hasta entonces se había resistido.

Se ponía así fin a una contienda que entre 1991 y 1995 se cobró la vida de 100.000 personas y desplazó a tres millones de una población de unos 23 millones. Llegados a este punto, y tras muchas páginas leídas con la respiración contenida y algún que otro sudor frío, cabe hacerse la pregunta: ¿Aprendimos algo?

“Las consecuencias de una guerra en los Balcanes se notan hasta que empieza la siguiente guerra”

Y aquí viene otro punto fuerte del trabajo de Ruiz Jiménez, que parece haber sido redactado con un ojo en el pasado y otro en la actualidad. O al menos, teniendo muy en cuenta los discursos que los nacionalistas de hoy esgrimen alegremente, y haciendo la inevitable comparativa: “El mecanismo”, explica el autor, “es simple: se pasan por alto unos eventos históricos, otros se escogen, se interpretan o retuercen al gusto, se repiten una y otra vez e identifican a la nación propia como víctima y a un enemigo como responsable de un injusto sometimiento. Es un clásico muy visto y repetido, sobre todo en regímenes dictatoriales”.

La ironía final es que todas aquellas vidas segadas sirvieron para que, una vez conquistadas las respectivas independencias, todos corrieran a solicitar su ingreso en la Unión Europea. Desmembrarse primero para recurrir al fin a una estructura supranacional, ¿a costa de cuánto? ¿A cuánto asciende la ganancia? Sea como fuere, la herida que se abrió hace ya 25 años sigue ahí, muy precariamente cicatrizada.

“Las consecuencias de una guerra en los Balcanes”, me dijo en una entrevista el escritor yugonostálgico Miljenko Jergovic, “se notan hasta que empieza la siguiente guerra”. El libro de Ruiz Jiménez, finalmente, también alerta sobre las fuertes tensiones que perduran en la región. Son las ascuas de otra guerra sucia, una de tantas que íbamos a ver en directo en las postrimerías del siglo XX, en el fin de la Historia. Las ascuas de una guerra sin buenos.
  

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