La victoria de Sísifo

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 9 Oct 2016

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David Ben Gurion no fue enterrado entre los Grandes de la Nación, un espacio del cementerio nacional de Jerusalén, sino junto a la tumba de su esposa en Sde Boker, en el asentamiento de Neguev que él adoraba.

Simon Peres, su alumno y seguidor, no fue enterrado cerca de la tumba de su mujer en Ben Shemen, el lugar que ella amaba. Sino en el recinto de los Grandes de la Nación.

Ahí está la diferencia.

Yo no participé en el alboroto que acompañó el funeral. Con todo, fue bastante ridículo. Todo aquel que alguna vez estrechara su mano o intercambiara unas palabras con él se sentía obligado a escribir sobre Peres a lo grande, expresando su profunda opinión. La mayor parte era un total disparate.

Disfruto saliendo en la tele. Pero esta vez rechacé decenas de invitación desde la TV, la radio y todo eso. Simplemente no quería ser parte del coro.

Lanzaron elogios al hombre de paz, pero fue un triunfo de propaganda para el Gobierno de Netanyahu

Aparte de todo lo demás, había también una paradoja: los centenares de aduladores, incluidos decenas de ellos que habían venido desde el extranjero, lanzaron elogios al hombre de paz, pero todo el evento fue un triunfo de propaganda para el Gobierno de Netanyahu, el Gobierno de la ocupación.

El diluvio de artículos sobre el difunto me recordó a la antigua historia griega sobre un grupo de ciegos que se toparon con un elefante. “El elefante es como una manguera”, informó uno de ellos, que sostenía la trompa. “El elefante es duro y afilado”, dijo el que sujetaba los colmillos. “Es como una alfombra”, exclamó el que sostenía las orejas. Y así, sucesivamente.

Simon Peres tenía muchas facetas. Solo todas ellas juntas hacían al verdadero hombre, que ninguno de sus aduladores era capaz de ver. Casi todo lo que decían y escribían era basura.

Todos ellos ignoraban al verdadero elefante que estaba parado en medio de la sala: la ocupación.

Cuando le dio el derrame cerebral a Peres, yo escribí un artículo. He decidido ahora publicarlo nuevamente, con algunos apuntes más que siento que son importantes o, al menos, interesantes. Lo siento por si es un poco largo.

Simon Peres era un genio. Un genio de impostor.

Durante toda su vida trabajó su imagen pública. La imagen sustituyó al hombre. Casi todos los elogios eran sobre la persona imaginada, no la real. El hombre real fue enterrado, que su alma descanse en paz. El hombre imaginado será recordado por las futuras generaciones.

A primera vista había algunas similitudes entre Peres y yo.

Peres llegó a este país pocos meses después de que lo hiciera yo: ambos teníamos diez años

Él tenía sólo 39 días de edad más que yo. Llegó a este país pocos meses después de que lo hiciera yo, cuando ambos teníamos diez años. A mí me enviaron a Nahal, una aldea cooperativa. A él lo mandaron a Ben Shemen, un pueblo agrícola para jóvenes.

Lo que compartimos era el optimismo y una actividad continua.

Y aquí se acaban las semejanzas.

Yo venía de Alemania, donde éramos una familia acomodada. En Palestina perdimos muy pronto todo nuestro dinero. Crecí en una pobreza absoluta. Peres venía de Polonia. Su familia seguía siendo acomodada en Palestina. Yo mantengo un ligero deje alemán, él tiene un acento polaco muy fuerte. La mayoría de la gente pensaba que era un acento del yídish, pero eso él lo negaba de forma tajante. En esa época,, el país odiaba y despreciaba la lengua yídish.

Ya en su infancia había algo en él que atraía la furia de sus compañeros en el colegio judío de su pequeña ciudad natal. A menudo le dieron palizas. Su hermano chico, Gigi, solía defenderlo. “Por qué me odian tanto?” le preguntaba Shimon, según relata.

Quizás fuera éste el origen de la ansiedad por obtener el amor de los demás, su admiración y adoración, que lo acompañaba durante toda su vida.

Nuestro encuentro era una historia de desamor a primera vista. Yo no le caía bien. Él me caía fatal

En Ben Shemen se seguía llamando Persky. Uno de sus profesores sugirió que adoptase un nombre hebreo, como hacíamos casi todos. Le propuso llamarse Ben Amotz, el nombre del profeta Isaías, pero otro alumno, Dan Tehilimsager, que también se convirtió en un personaje famoso, pilló el nombre antes. Así que el profesor le sugirió Peres, nombre de una gran ave rapaz. Otra historia cuenta que Shimon vio un buitre durante un viaje en el Neguev y adoptó este nombre.

Nos encontramos por primera vez cuando teníamos 30 años. Peres era entonces ya director general del Ministerio de Defensa. Yo era el redactor jefe de una revista que revolucionaba el país.

Me invitó al Ministerio para pedirme que no publicase un reportaje de investigación (sobre el hundimiento de un barco con inmigrantes ilegales en el puerto de Haifa, perpetrado por la Haganah antes de la fundación de Israel). Nuestro encuentro era una historia de desamor a primera vista. Yo no le caía bien. Él me caía fatal.

Mi falta de aprecio ya se había formado antes del encuentro. En la guerra de 1948 (“la guerra de la independencia”), yo era miembro de un comando llamado “Los zorros de Sansón”. Todos nosotros, soldados que combatían en esta guerra, detestábamos a quienes tenían nuestra misma edad pero no se alistaban y sobrevivían mientras nuestros camaradas cayeron por todos los lados.

Uno de los que no se alistaron era Peres. David Ben-Gurión lo envió al extranjero para comprar armas. Un trabajo importante, pero uno que podría haber desempeñado un señor de 60 años.

Este hecho planeaba como una sombra sobre la cabeza de Peres durante muchísimo tiempo. Explica por qué gente de su generación lo detestaban y amaban a Yitzhak Rabin, Yigal Alon y sus camaradas. Haim Hefer, el poeta de la unidad de élite Palmach, escribió una canción sobre Peres: “¿Cómo llegó tan alto el chinche?”

Shimon Peres fue un político desde que era un crío. Un político de verdad, un ser completamente político, un político y nada más. No tenía otros intereses ni pasatiempos.

Eso empezó ya en Ben Shemen. Peres era allí un “chico de fuera”, un inmigrante nuevo, distinto a todos esos chavales atléticos, quemados por el sol, nativos. Su cara no muy agraciada no le ayudaba en nada. Sin embargo, atraía a Sonia, la hija del carpintero, que se convirtió en su mujer.

Peres actuaba como la mano derecha de Ben-Gurión y se convirtió en su sucesor político

Anhelaba el amor de sus colegas y quería que lo aceptasen como uno más. Se unió a la “Juventud Trabajadora”, la organización juvenil del todopoderoso sindicato Histadrut, y se volvió muy activo. Dado que a los chicos locales, a los que se les daba el mote de ‘sabra’ (higo chumbo), no les gustaba la actividad política, Peres ascendió y pronto se convirtió en instructor.

Su primera oportunidad llegó después de terminar sus estudios en Ben Shemen y unirse a un kibbutz del Partido Laborista (Mapai), que gobernaba la comunidad judía con un puño de hierro. El partido se dividió, casi todos los líderes juveniles se unieron a la ‘facción B’, el grupo opositor. Peres era casi el único que se mantenía fiel a la facción mayoritaria. De esta manera atrajo la atención de los dirigentes del partido y especialmente de Levy Eshkol.

Era un ejercicio político brillante. Sus camaradas de primera hora lo odiaban, pero estaba ahora en contacto con la cúpula del partido. Eshkol hizo que Ben-Gurión se fijara en él, y cuando estalló la guerra de 1948, el líder lo envió a Estados Unidos para comprar armas.

Desde ese momento, Peres actuaba como la mano derecha de Ben-Gurión, le admiraba y – sobre todo –, se convirtió en su sucesor político.

En el guirigay de los obituarios de Peres se le llamaba “el último de los fundadores de Israel”. Eso es una estupidez total. El Estado lo fundaron los soldados de 1948, los que murieron, los que fueron heridos y sus camaradas. No en alguna oficina de Tel Aviv, sino en el campo de batalla de Negba y Latrun. Ben Gurión y los políticos le dieron forma al Estado, y no lo hicieron precisamente bien. Peres no era más que un asistente menor.

Ben-Gurion imprimió su visión política al nuevo Estado y se puede decir que este Estado sigue hoy día moviéndose por los raíles colocados por el fundador. Peres era uno de sus principales ayudantes.

Israel necesitaba una potencia occidental como aliado, una que temiera el nacionalismo árabe

Ben-Gurion no creía en la paz. Su visión se basaba en la asunción de que los árabes nunca harían la paz con el Estado judío, que se había fundado en lo que eran sus tierras. No habría paz durante muchísimo tiempo, por lo menos. Por eso, el nuevo Estado necesitaba una potencia occidental fuerte como aliado. La lógica dictaba que tal aliado sólo podía venir de las filas de las potencias imperialistas, que temían el nacionalismo árabe.

Era un círculo vicioso: 1) Para defenderse de los árabes, Israel necesitaba a un aliado colonialista antiárabe. 2) Tal alianza no hacía más que incrementar el odio de los árabes hacia Israel. 3) Y así sucesivamente, hasta hoy.

El primer aliado en potencia era Gran Bretaña. Pero esto se quedó en agua de borrajas: los británicos preferían unirse al nacionalismo árabe. En el momento oportuno, otro aliado apareció en escena: Francia.

Los franceses tenían un vasto imperio en África. Algeria, oficialmente un departamento de Francia, se rebeló en 1954. Ambos bandos combatían con extremo salvajismo.

Incapaces de creerse que sus argelinos se rebelarían contra ellos, los franceses le echaron toda la culpa al nuevo líder que había llegado al poder en El Cairo. Pero no había ningún país dispuesto a ayudarles en su “guerra sucia”. Excepto uno: Israel.

Cuando Nasser apoyó a los luchadores de Argelia, los franceses le tendieron la mano a Israel

Ben-Gurion, que ya estaba envejeciendo, temía a ese nuevo líder panárabe, Gamal Abd-al-Nasser. Joven, enérgico, guapo y carismático, Nasser, un excelente orador, no era como los viejos dignatarios árabes a los que estaba acostumbrado Ben-Gurion. Así, cuando Nasser apoyó a los luchadores por la libertad de Argelia y los franceses le tendieron la mano a Israel, Ben-Gurion la agarró con ansiedad.

Era otra vez el viejo círculo vicioso: 1) Israel apoyaba la opresión francesa contra los árabes. 2) Ccrecía el odio de los árabes contra Israel. 3) Israel necesitaba aún más al opresor colonialista.

Yo advertía en vano contra este proceso catastrófico. Cuando Abd-al-Nasser llegó al poder, mostró disposición a hablar con Israel. Invitó a una visita secreta a El Cairo a un amigo mío, un oficial de alto rango del Ejército que había conocido durante la guerra de 1948. El ministro de Exteriores Moshe Sharett le prohibió acudir. Yo creo que se perdió una oportunidad histórica. Israel hizo lo contrario.

El emisario de Ben-Gurion en Francia era Shimon Peres. El joven, que hablaba mal francés y llevaba una chaqueta azul que no le quedaba bien, se convirtió en una cara familiar en París. Gracias a su ayuda, el proceso alcanzó alturas nunca imaginadas. Por ejemplo: Cuando Naciones Unidas debatió una propuesta para mejorar las condiciones de encarcelamiento del dirigente argelino, Ahmed Ben Bella, la única voz en el ONU que votó en contra era la de Israel (Francia boicoteó el encuentro).

Esta alianza poco santa llegó a su clímax en la guerra de Suez en 1956, en la que Francia, Gran Bretaña e Israel atacaron Egipto juntos. La operación suscitó una condena al unísono en todo el mundo, Estados Unidos y la Rusia soviética cerraron filas, y los tres conspiradores tuvieron que retirarse. Israel tuvo que devolver la gran península del Sinaí entera.

En esa época yo creé el “Consejo israelíi por una Argelia libre”. Me cité con miembros del “Gobierno provisional de Argelia” que nos pedían que convinciéramos a los judíos argelinos de quedarse en su tierra después de la independencia.

Vaticiné que terminada la guerra argelina, Francia dejaría caer a Israel cual patata caliente

Los franceses volvieron a llevar a Charles de Gaulle al poder y éste entendió que tenía que poner fin a una guerra sin sentido. Peres seguía alabando la alianza franco-israelí que, según anunció, no se basaba sólo en intereses sino en profundos valores comunes. Yo publiqué este discurso, frase por frase, con mi refutación de cada una. Vaticiné que una vez que se terminase la guerra argelina, Francia dejaría caer a Israel como una patata caliente y retomaría sus lazos con el mundo árabe. Y desde luego, es exactamente lo que sucedió. (Israel, en cambio, adoptó a Estados Unidos).

Antes de que Francia abandonara Argelia, los colonos franceses allí crearon un movimiento clandestino, el OAS, contra los luchadores argelinos y contra De Gaulle. Entonces se descubrió en alta mar un buque lleno de armas. Se averiguó que el barco se dirigía a los colonos argelinos. Todo el mundo sospechó de Peres. La ministra de Exteriores, Golda Meir, que odiaba a Peres de todas formas, estaba furiosa. En esa época, el Ministerio de Defensa de Peres enviaba armas a muchas de las dictaduras más sucias del mundo.

Uno de los frutos de la aventura de Suez era el reactor atómico en Dimona. En Israel, una leyenda imposible de borrar dice que Peres es el “padre de la bomba”. En realidad, el reactor era parte del premio de para los servicios inestimables que Israel le había prestado a Francia durante la guerra de Suez. También era un impulso para la industria francesa. Los ingredientes necesarios se obtuvieron en muchos lugares mediante robos y engaños.

En conjunto, Israel sufrió daños por su cercanía a Francia. La distancia respecto al mundo árabe se convirtió en un abismo.

Nunca ataqué a Peres por su colaboración en el reactor nuclear de Israel

(A diferencia de la mayoría de mis amigos en el bando israelí a favor de la paz, yo no me pronuncié contra el armamento nuclear de Isarel. La bomba podía dar a los israelíes una sensación de seguridad que podría haber servido de techo para un esfuerzo por la paz. Nunca ataqué a Peres por su colaboración en este asunto.)

La carrera de Peres recuerda la leyenda de Sísifo, el héroe de un mito de la Grecia clásica al que los dioses condenaron a empujar una pesada piedra hasta la cumbre de una colina, pero cada vez que se acercaba a su meta, la roca se le escapaba de las manos y volvía a rodar hasta el valle.

Tras la guerra de Sinaí, la fortuna de Peres alcanzó nuevas alturas. El “arquitecto de las relaciones con Francia”, el “hombre que había obtenido el reactor atómico”, fue nombrado viceministro de Defensa y estaba a punto de convertirse en un importante miembro del gabinete cuando todo se derrumbó. Ben-Gurion insistió en hacer público un odioso asunto de sabotaje en Egipto y sus colegas lo depusieron. Insistió en fundar un partido nuevo, llamado Rafi. A Peres, muy a disgusto, le obligaron a unírsele, al igual que a Moshe Dayan, no menos disgustado. Ben Gurion mandaba en sus vidas.

Ben-Gurion no era activo, Dayan no hacía nada, como siempre, y le tocaba a Peres hacer campaña. Fue surcando la tierra con su habitual energía incansable, pero las elecciones le dieron al partido, con todos sus estrellas brillantes, nada más que diez diputados en una Knesset de 120 escaños, por lo que acabó en la oposición. La piedra de Peres rodó hacia el valle.

¿Quién iba a suceder a Golda Meir como primer ministro? Peres era el candidato obvio

Y luego vino la redención… o casi. Abd-al-Nasser envió su ejército al Sinaí, y en Israel cundió el pánico. El partido Rafi se unió al Gobierno. Peres esperaba que se le nombrara ministro de Defensa, pero en el último momento, el carismático Dayan se hizo con el ansiado cargo. Israel alcanzó una rotunda victoria en seis días y el Hombre del parche negro en el ojo se convirtió en una celebridad mundial. El pobre Peres tuvo que contentarse con un ministerio de menor rango. La piedra estaba otra vez abajo.

Rafi se volvió a fusionar con el Partido Laborista. Cuando me encontré a Peres en la Knesset, le pregunté cómo se sentía. “Responderé con un chiste”, dijo. “Un hombre se casa y sus colegas le preguntan por su mujer. Es una cuestión de gustos, responde el hombre, no es de mi gusto”.

Durante seis años, Peres languidecía, mientras que Dayan se solazaba en la admiración de los hombres y especialmente de las mujeres del mundo. Y luego la suerte volvió a cambiar. Los egipcios cruzaron el canal de Suez y obtuvieron una victoria inicial sorprendente. Dayan se derrumbaba como un ídolo de barro. Algo más tarde, tanto Golda Meir como Dayan tuvieron que dimitir.

¿Quién iba a suceder a Golda como primer ministro? Peres era el candidato obvio. No estaba involucrado en los errores que habían llevado a la guerra. Era un experto en defensa. Era joven y prometedor. La pieda se acercaba la cumbre de la colina, cuando volvió a suceder lo increíble.

De la nada apareció Yitzhak Rabin, el chico nativo, el vencedor de la Guerra de los Seis Días. Le quitó la corona a Peres en sus propias narices. Pero fue forzado a nombrar a Peres, que no le gustaba, como ministro de Defensa. La piedra estaba otra vez a media altura de la colina.

Los años que siguieron era un infierno para Rabin. El ministro de Defensa sólo tenía una ambición en la vida: humillar y sabotear al primer ministro. Era un trabajo a jornada completa.

La animadversión entre los dos, que empezó en la guerra de 1948, se convirtió en pleno odio. Rabin disfrutaba de todos los fracasos de Peres. Por ejemplo: como ministro de Defensa, Peres era responsable de los territorios ocupados. Un día ordenó celebrar elecciones municipales, estando seguro de que se elegirían unos viejos dignatarios inofensivos. Pero los palestinos escogieron a jovenes activistas a favor de la OLP. Cuando casualmente visité a Rabin al día siguiente, lo estaba celebrando.

Peres creó los primeros asentamientos israelíes en medio de la Cisjordania ocupada

En gran medida para contrariar a Rabin, Peres hizo algo de consecuencias históricas: creó los primeros asentamientos israelíes en medio de la Cisjordania ocupada. Inició así un proceso que ahora amenaza el futuro de Israel. Hasta ese momento, los asentamientos sólo se habían construido en los bordes de Cisjordania. No sorprende que los colonos cantaban sus alabanzas en el funeral.

Esto no ocurrió por casualidad. Casi al día siguiente de la ocupación cuando yo pedía públicamente establecer de forma inmediata un Estado palestino, Peres estaba cercano a una nueva organización llamada “Toda Eretz Israel”, que abogaba por anexar todos los territorios ocupados a Israel.

Rabin, furioso, le dio un mote que se le ha quedado hasta hoy: “El intrigante incansable”.

En 1976 se decidió llevar a cabo una operación muy peligrosa en el aerodromo de Entebbe en Uganda para liberar a unos pasajeros secuestrados, entre ellos varios israelíes. Cuando se había conseguido, en Israel estalló una pelea por los laureles. Peres reivindicaba que el éxito era suyo, porque los atrevidos planes se habían elaborado en su Ministerio. Los admiradores de Rabin insistieron en que él había tomado la decisión y asumido la responsabilidad.

Esto, por cierto, arroja luz sobre un hecho importante: Peres siempre funcionaba mejor cuando era el número 2. Era el número 2 de Ben Gurion en el asunto de Francia. Era el número 2 de Rabin en Entebbe y más tarde en Oslo.

Un año más tarde, Rabin tuvo que convocar elecciones anticipadas porque los cazabombarderos enviados desde Estados Unidos llegaron a Israel un viernes, demasiado tarde para que los invitados de honor pudieran regresar a casa sin vulnerar las reglas del shabat. Las facciones religiosas se rebelaron. Rabin, desde luego, encabezaba la lista del partido.

Peres siempre funcionaba mejor cuando era el número 2: en Francia, en Entebbe, en Oslo

Entonces ocurrió algo. Resulta que tras dejar el puesto de embajador en Estados Unidos, Rabin había dejado atrás en América una cuenta bancaria. Algo que en ese momento estaba prohibido. Se acusó a la mujer de Rabin, pero él asumió la responsabilidad y dimitió. Peres se convirtió en el número 1 de la lista y por fin, la piedra se acercaba a la cumbre de la colina.

En la noche electoral, Peres ya estaba celebrando su victoria cuando la rueda giró de forma abrupta. Aunque pareciera increíble, Menachem Begin, al que muchos consideraban un fascista, había ganado las elecciones. Ahí se fue la piedra rodando colina abajo.

En vísperas de la guerra de Líbano de 1982 (durante la que yo me entrevisté con Yasser Arafat), los dirigentes de la oposición Peres y Rabin fueron a ver a Begin y le pidieron que invadiera Líbano.

La guerra desembocó en la masacre de Sabra y Shatila, Begin cayó en una depresión profunda y le sucedió otro antiguo terrorista, Yitzhak Shamir. Siguió una especie de interregno, en el que ninguno de los dos mayores partidos podía gobernar solo. Surgió un modelo bicéfalo rotatorio. Durante uno de sus periodos como primer ministro, Peres obtuvo laureles indiscutibles por acabar con la inflación israelí de tres dígitos e instituir el nuevo shekel, la moneda que seguimos utilizando.

La piedra volvió a llegar arriba cuando ocurrió algo muy molesto. Cuatro chicos árabes secuestraron un autobús lleno de gente y lo llevaron al sur. La policía asaltó el bus. El Gobierno aseguró que los cuatro secuestradores habían muerto en el tiroteo, pero luego yo publiqué fotografías que mostraban a dos de ellos vivos, después de haber sido capturados. Resulta que habían sido ejecutados a sangre fría por las fuerzas de seguridad.

Veo al asesino, con la pistola cargada, dejando pasar a Peres y esperando a Rabin

En medio de este escándalo, Peres sucedió a Shamir, tal y como se había previsto de antemano. Peres consiguió un perdón oficial para los asesinos, incluyendo al jefe del Shin Bet.

Rabin volvió al poder, con Peres como primer ministro. Un día, Peres pidió verme… algo sorprendente, dado que nuestra enemistad ya formaba parte de la cultura popular.

Peres me dio un discurso sobre la necesidad de hacer las paces con la OLP. Dado que esto había sido la meta principal de mi vida desde hacía muchos años, me costó aguantarme la risa. Luego me relataba de forma confidencial las negociaciones de Oslo y me pidió que usara mi influencia para convencer a Rabin.

Peres tenía por supuesto parte en el acuerdo, pero fue Rabin quien tomó la decisión histórica… y quien pagó con su vida.

En mi imaginación veo al asesino esperando al pie de las escaleras, con la pistola cargada, dejando pasar a Peres a pocos palmos y esperando a Rabin, quien bajó los peldaños pocos minutos más tarde.

El comité del Premio Nobel decidió otorgar el Premio de la Paz a Arafat y Rabin. Los admiradores de Peres en todo el mundo pusieron el grito en el cielo hasta que el comité añadió a Peres a la lista. La justicia habría exigido otorgarle al premio también a Mahmud Abbas, que había firmado junto a Peres. Pero los estatutos no permiten más de tres laureados por premio. Así que Abbas no pudo convertirse en Nobel. No protestó.

Tras la muerte de Rabin, Peres se convirtió en primer ministro interino. Si hubiera convocado elecciones de forma inmediata, las habría ganado por goleada. Pero Peres no quería aprovecharse de la fama del muerto. Quería ganar por sus propios méritos. Pospuso las elecciones unos meses.

Ésta era la gran oportunidad de su vida. Por fin era primer ministro, libre de tomar decisiones. Era una catástrofe.

“Si unas elecciones se pueden perder, Peres las perderá. Si no, las perderá de todas formas”

Primero dio la orden de matar al “ingeniero”, un aclamado luchador palestino (“terrorista”). Como consecuencia, en todo el país se hacían estallar autobuses. Luego invadió Líbano, una operación que concluyó con la horrible masacre (accidental) de Kafr Qana.

En las elecciones que siguieron, perdió contra Binyamin Netanyahu.

(Ahí surgió mi chiste: “Si unas elecciones se pueden perder, Peres las perderá. Si no se pueden perder, Peres las perderá de todas formas”).

Nunca odié a Peres. Creo que él tampoco me odiaba. La enemistad que nos teníamos era puramente política.

Nos cruzábamos de vez en cuando. Una vez el famoso director de orquesta Zubin Mehta y su nueva mujer me invitaron a mi mujer y a mí a su casa a cenar. Cuando llegué, descubrí con sorpresa que aparte de nosotros, allí estaban únicamente Shimon Peres y su mujer, Sonia. Era una noche interesante. Peres resultó ser un entretenido conversador, lleno de un humor sardónico. Describió con todo lujo de detalles un encuentro del Gabinete con Henry Kissinger, deteniéndose en el comportamiento de cada uno de los ministros. Un ministro se pasaba la reunión limpiándose las uñas, otro no paraba de comer, etcétera.

Una de las leyendas que Peres se esforzaba mucho en difundir era que era un lector empedernido, que leía todos los libros importantes conforme se publicaban. El New York Times lo llamó en su obituario el “político-filósofo”. La realidad es que no leía libros de ningún tipo. Uno de sus asistentes cercanos, Boaz Appelboim, hizo público que su trabajo era leer los libros y prepararle a Peres un breve resumen, añadiendo una o dos citas, para que Peres pudiera hacer un comentario ilustrado durante sus conversaciones. Esto causó una profunda impresión.

Peres difundía la leyenda de que era un lector empedernido, pero no leía libros de ningún tipo

Y esto se puede confirmar con una simple observación. Cuando alguien lee libros, esto se refleja de una u otra forma en la manera en la que habla. Nada de esto se podía detectar en los innumerables discursos de Peres. Todos eran políticos, llanos y secos.

(En realidad, ningún político en activo tiene tiempo para leer. Ben Gurión, el mentor de Peres, también pretendía ser un hombre de libros, un comentarista de la Biblia y un renovador del idioma hebreo. Nos contaba que había aprendido español con el único objetivo de leer el Don Quijote en original. Pero también Ben Gurión era un político, un genio político, sí, pero nada más que un político.)

Uno de los auténticos talentos de Peres era su capacidad de acuñar expresiones impactantes Hay cientos, desde “el Nuevo Oriente Próximo”, que carece de todo sustancia, hasta “capitalismo cerdo”, una frase que no le impidió fraternizar con los ricos del mundo.

En todas las campañas electorales maldecían a Peres y se burlaban de él. La gente le echaba tomates podridos. Una vez se quejó de una “marea de gestos orientales (obscenos)”, lo cual lo hizo todavía más impopular entre los ciudadanos de origen oriental.

En esa época, Peres hizo algo prudente: se sometió a una cirugía estética. Su aspecto mejoró notablemente.

El que fuera político durante toda su vida sin ganar nunca unas elecciones, ahora era presidente

La desgracia final llegó cuando Peres fue candidato a presidente del Estado. Al presidente, una figura ceremonial desprovisto de poder ejecutivo, lo elige la Knesset. Sin embargo, Peres perdió frente a un don nadie, un trepa del partido Likud llamado Moshe Katzav. Parecía un insulto final.

Pero luego ocurrió, de nuevo, lo increíble. Moshe Katzav fue arrestado y condenado por violación. En las elecciones siguientes, la Knesset votó por Peres, en lo que parecía un ataque de remordimiento colectivo.

La piedra había llegado a la cumbre de la colina. Con su energía inagotable, Sísifo había ganado al final. El que fuera político durante toda su vida sin ganar nunca unas elecciones, ahora era presidente.. y de la noche a la mañana se convirtió en alguien muy popular. Esto era un milagro de verdad.

Utilizó su recién descubierta fama mundial para servir de hoja de parra al Gobierno de Netanyahu y sus políticas de ocupación y opresión, mientras en el extranjero lo adoraban como el Hombre de la Paz.

Peres tuvo varios años para disfrutar el nuevo amor del pueblo, su meta durante toda su vida. Y luego tuvo un infarto cerebral.

Su funeral se convirtió en un evento nacional e internacional de primera clase. A Peres lo coronaron como uno de los Grandes Hombres del mundo, el definitivo Hombre de la Paz, el Fundador del Estado de Israel, el Gran Pensador. Podría haber sido un personaje de Shakespeare.

A Sísifo lo enterraron. Pero la piedra sigue en la cumbre de la colina.

· © Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 8 Oct 2016 | Traducción del inglés: Imane RachidiIlya U. Topper

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