El mal menor

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 6 Nov 2016

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¿Quién ganará las elecciones dentro de Estados Unidos en tres días?

Lo sé muy bien. No hay necesidad de preguntar a las encuestas de opinión pública, el equivalente moderno de los interpretes de las vísceras de animales romanos y los lectores más modernos de posos de café. Las encuestas no son más exactas.

El ganador será el PMM, el Partido del Mal Menor. O, en este caso, el candidato del Mal Menor.

La gente no votará POR alguien, sino CONTRA alguien. Contra el mal mayor.

Este es un fenómeno mundial. En casi todos los países democráticos, el Mal Menor gana.

Desde la fundación del Estado de Israel en 1948, hemos tenidos veinte elecciones parlamentarias. El Parlamento (la Knesset) luego elige al Gobierno.

En 5 elecciones, me voté a mí mismo, en las otras 15 que hubo, voté por el Mal Menor

En cinco de esas elecciones, me voté a mí mismo: en tres de ellas voté por un partido que yo dirigía, en una por un partido en el que figuraba entre los tres primeros nombres de la lista, y en una por una lista en la cual yo ocupaba el honorable puesto 120.

En las otras 15 elecciones que hubo, voté por el PMM, el partido que yo consideré menos malo.

No voté por un partido que me gustaba. No por un partido que admiraba. No por un partido que yo consideraba bueno. Ese partido no existía. Así que voté por un partido que yo pensé que haría el menor daño al Estado y al objetivo que yo considero primordial: la paz con el pueblo palestino y todo el mundo árabe y musulmán.

El proceso de selección es bastante simple. Te pones delante los nombres de todos los partidos: en Israel, en general hay entre 10 y 20. Y ahí vas eliminando a los peores. Hasta que quede uno.

Vale, esto no suena muy apasionante. No sales del colegio electoral con ganas de bailar en la calle. Pero cumples con tu deber de ciudadano de forma razonable. Eres un ciudadano responsable.

Por supuesto, puedes decidir no votar. Te dices: Todos son prácticamente lo mismo, todos son malos, una persona recta como yo, que sigue su conciencia, no puede votar por ninguno.

En la práctica, ésta es una decisión muy mala. Si no votas por el mal menor, estás de hecho votando por el mal más popular.

Votar a alguien que no tiene ninguna posibilidad de ganar es una especie de masturbación política

Lo mismo vale para el sistema estadounidense. Votar al candidato del tercer partido, alguien que no tiene ninguna posibilidad de ganar, por encantador que sea, es malo. Te hace sentirte bien. Pero en realidad significa que tiras tu voto a la basura. Es, si me disculpáis, una especie de masturbación política.

Veamos los sistemas. Yo siempre he sido un firme defensor del sistema israelí de representación proporcional. Los ciudadanos votan por una lista de candidatos de un partido. Confieso que a mí me vino bien, dado que ninguna lista que yo encabezara superaba nunca el 2 %. En aquella época, el umbral era el 1 %.

Sin embargo, mirando atrás desde ahora, ya no lo tengo tan claro. Este sistema tiende a llenar la Knesset con donnadies. En la práctica, el fuehrer del partido nombra a todos los candidatos que aparecen en la lista, y elige a personas en las que puede confiar de forma incondicional.

El que mejor lleva esto a la práctica es Avigdor Lieberman, que antes de cada cita electoral echa a todos los diputados de la lista de su partido “Israel Beitenu” y llena esta lista con personas nuevas, que desde luego dependen totalmente de él. En los dos mayores partidos hay primarias, pero el resultado es similar.

Este sistema ha degenerado ahora hasta un punto sin retorno.

En la práctica, los ciudadanos votan por el dirigente del partido. Muchos de los diputados actuales gastan su tiempo en frenéticos esfuerzos para atraer la atención público con “iniciativas” cada vez más monstruosas. No son responsables ante nadie salvo el líder de su partido.

Hoy día prefiero el sistema británico. Allí, el país se divide en distritos electorales, y cada distrito elige a un miembro del Parlamento. Los diputados son responsables ante los votantes de sus distrito. Deben cumpliar con las esperanzas que éstos han puesto en ellos, si quieren ser reelegidos.

Es verdad, este sistema también tiene un gran fallo: el ganador se queda con todo. Se pierden todos los votos que hayan recibido otros candidatos del mismo distrito. Puede ocurrir que un 45 % de los votantes o más se queden sin representación.

Volvamos a los benditos Estados Unidos. Allí, el sistema electoral es bastante diferente.

Para la mayoría de los ciudadanos, la cuestión es: si ambos son malos, ¿cuál es más malo?

Los votantes eligen de forma indirecta a un presidente, el heredero del monarca absoluto británico que gobernaba el país antes de que se fundara la república. Los presidentes estadounidenses tienen un poder inmenso. Todos los demás presidentes y primeros ministros democráticos alrededor del mundo sólo les pueden tener envidia.

En esas elecciones, sólo hay dos candidatos de verdad. Los votantes norteamericanos deben elegir entre ellos. Lo demás son tonterías.

En las próximas elecciones, ninguno de los dos candidatos es muy atractivo. Los norteamericanos podían adorar Abraham Lincoln, admirar a Franklin Delano Roosevelt, amar a John Kennedy y a su mujer. Los candidatos actuales no suscitan estas emociones.

Así que para la mayoría de los ciudadanos razonables, se trata de una cuestión del mal menor. Incluso si ambos son malos, ¿cuál es más malo?

Para mí, ciudadano de otro país, no hay duda alguna.

En primer lugar, al margen de toda consideración de carácter, está la cuestión de la experiencia. Me pregunto si alguna vez ha existido un candidato a presidente que nunca en su vida había ocupado un cargo público. Ni vicepresidente, ni gobernador, ni senador, ni diputado, ni guardia de la perrera municipal.

No estoy seguro de que me gustaría sentarme al lado de Clinton en una cena. Pero es competente

La política es una profesión. No es que sea una muy bonita, desde luego que no, pero no deja de ser una profesión. Uno aprende cómo se hacen las cosas. Cómo se consiguen las metas. Cómo manipular el sistema para promover los ideales que uno tiene. La idea de que se puede saltar en unos minutos de ser un ciudadano privado, por muy exitoso que sea, al cargo del hombre de Estado más poderoso del mundo, es ridícula.

Sí, una mala experiencia es mejor que no tener experiencia. De las malas experiencias se puede aprender. De la nada no se puede aprender nada.

Después de tener claro esto, podemos intentar analizar a los candidatos.

Hillary Clinton no es que rezume encanto por todo su ser. No estoy seguro de que me gustaría sentarme a su lado en una cena. Pero es competente. Tiene más experiencia previa que la mayoría de las candidatos antes que ella. Es más o menos una política normal. Eso no está mal.

Esa historia de los correos electrónicos me parece enormemente exagerado. Claro que era un estupidez actuar así. Pero no hay posibilidad de que lo vuelva a hacer. La obsesión del público norteamericano con este asunto me parece extraño. Lo que sí entiendo es el comportamiento del director del FBI. Este tipo de personas casi siempre pertenecen a la extrema derecha.

Durante siglos, los judíos preguntaban tras cada debate: “¿Pero es bueno para los judíos?”. Hoy día, los israelíes se puede hacer una pregunta similar: “¿Es bueno o buena para Israel?”.

Bien, eso depende de lo que crees que sea bueno para Israel. Un respaldo incondicional para un gobierno israelí que nos lleve hacia el suicidio nacional o apoyo para la paz israelí-palestina, como creemos mis amigos y yo?

Si la primera respuesta es correcta, ambos candidatos son aceptables. Bajo el sistema electoral estadounidense, inmensamente corrupto, ambos necesitan ingentes sumas de dinero para mantener sus campañas electorales. Por alguna razón, los multimillonarios judíos son capaces de donar más que los demás.

Trump recibe grandes sumas del dueño de casinos judío Sheldon Adelson, entre cuyas posesiones más preciadas se halla Binyamin Netanyahu. El mayor periódico de Israel, propiedad de Adelson y distribuido gratis, se dedica enteramente a Netanyahu en persona.

Los principales 5 multimillonarios que apoyan a Clinton son judíos. ¿Suena antisemita?

Los principales cinco multimillonarios que apoyan a Clinton son judíos. Con certeza, ella seguirá fiel a la línea de acción de Barack Obama respecto a la paz en Oriente Próximo (la que ha tenido hasta ahora, por lo menos): se abstendrá de toda acción. Apoyará de forma incondicional al Gobierno israelí.

Si esto suena un poco antisemita, es porque es un poco antisemita. Hace poco, cuando le expliqué a un extranjero la sumisión total del Congreso estadounidense al Gobierno israelí, exclamó: “¡Pero eso es lo que escriben en los Protocolos de los Sabios de Sión!”.

Pues claro que lo escriben ahí. Ese indignante documento, una falsificación de la policía secreta del Zar realizada hace más de cien años, habla de una conspiración judía para dominar el mundo a través del dinero. Ahora, los donantes judíos controlan a ambos candidatos a la presidencia de la mayor potencia mundial.

Por algún motivo, todos estos multimillonarios apoyar la política actual de Israel, que según yo creo nos lleva hacia el desastre. Así que de ese punto de vista, no hay gran cosa que distinga a los candidatos.

En conjunto, Hillary Clinton me parece una candidata aceptable, aunque no ideal.

Donald Trump no. Si no existiera, sería imposible imaginarlo.

Sabemos ya que es racista, que odia a los negros y a los latinos, que es una chauvinista muy macho y odia a los gays. En conjunto, un asco de tipo.

Parece que no tiene Weltanschauung, no tiene un conjunto de valores apreciable.

De oficio es animador. Admito que desde hace semanas, cada vez que abro el periódico de la mañana, lo primero que hago es buscar la última ocurrencia de Trump.

Gestionar un negocio es diferente de gestionar un país. Los negocios no tienen armas nucleares

Puede ser un hombre de negocios excelente. Se le acusa que fue varias veces a la bancarrota. Pero eso puede ser una inteligente táctica de negocios. (Un chiste en yídish habla de dos judíos que elaboran un acuerdo de socios, y uno de ellos exige incluir la siguiente cláusula: “En caso de bancarrota, el beneficio se repartirá de forma equitativa”.)

Pero gestionar un negocio es muy diferente de gestionar un país. Y no cualquier país. Los negocios no van a la guerra. Los negocios no tienen armas nucleares.

Trump podría resultar ser un buen presidente, un innovador pragmático. Pero el riesgo es simplemente demasiado grande. Un voto por Trump puede llevar a una catástrofe de dimensiones mundiales, que también nos devoraría a nosotros.

Así que si usted es un ciudadano estadounidense, por favor, haga lo que debe hacer y vote por el Mal Menor.

Una posdata de última hora: incluso si todos estos motivos no existieran, para mí hay una razón que supera a todo Trump:

Un sonido.

Un sonido que llevo en mis oídos desde mi temprana infancia en Alemania. El sonido de una muchedumbre histérica que chillaba después de cada frase del Líder.
Otra vez, ¡no!

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© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 5 Nov 2016 | Traducción del inglés: Imane Rachidi / Ilya U. Topper

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