«El mundo emocional no ha cambiado tanto desde los tiempos de la Biblia»

Zeruya Shalev

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 15 Dic 2016

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Zeruya Shalev (Madrid, Nov 2016) | © Alejandro Luque /M'Sur
Zeruya Shalev (Madrid, Nov 2016) | © Alejandro Luque /M’Sur


Sevilla| Noviembre 2016

La entrevista, que tiene lugar en la sede de su editorial Siruela, es accidentada: Zeruya Shalev (Kibutz Kinneret, 1959) debe estar pendiente del teléfono, pues esta misma mañana ha recibido la noticia de que la zona donde vive es una de las afectadas por los incendios que han asolado las proximidades de Haifa y algunas áreas boscosas cercanas a Jerusalén y en Cisjordania. Hasta hace un rato, de hecho, no lograba localizar a su marido, y no sabía si la escuela de su hijo había sido desalojada.

A pesar de ello, la autora de Lo que queda de nuestras vidas, premio Femina Étranger 2014, trata de responder a MSur entre llamada y llamada. Traducida a 22 idiomas, es una de las voces más destacadas de la literatura actual en su país gracias a títulos como Vida amorosa (1997) –que obtuvo el Golden Book Prize de la Unión de Editores y Ashman Prize– Marido y mujer (2000) y Thera (2007).

«En el kibutz había que vivir según unas reglas que causaron mucho daño a mucha gente»

Dedicada profesionalmente a la escritura después de abandonar sus estudios bíblicos, superviviente de un atentado en el que murieron once personas, Zeruya Shalev trata de abrirse paso en el mercado español tras vender más de un millón de ejemplares en Alemania, donde su novela Vida amorosa fue llevada a la gran pantalla y provocó numerosas polémicas. Entre ellas, la de la emancipación de la mujer: la novela muestra a una joven en una situación de dependencia emocional y sexual de un hombre mayor, antiguo amante de su madre.

También en Israel, la novela causó revuelo en los colectivos conservadores, chocados por las explícitas escenas sexuales y el cuestionamiento de la fidelidad conyugal como valor fundamental. Ni falta quien se pregunta por el aspecto autobiográfico de novelas como Thera, donde describe una “familia tardía”, es decir compuesta por personas de diferentes fases vitales: la propia escritora vive con su tercer marido, dos hijos de diferentes matrimonios y uno adoptivo.

Usted nació en un kibutz. ¿Eran espacios de comunismo perfecto, ideal?

Nacieron con las mejores intenciones, con los propósitos más puros. Pero en muchos sentidos eran inhumanos, hay algo antinatural en estos experimentos. No vale para todo el mundo. Mis abuelos, que vinieron de Polonia y Rusia, eran muy idealistas. Para ellos el kibutz estaba bien, y también para algunos amigos suyos, pero no para todo el mundo. Había que vivir dentro de unas reglas, que causaron mucho daño a mucha gente.

¿Qué queda de los kibutz hoy? Fueron las células fundadoras de Israel, ¿son ahora los sueños rotos de aquella generación?

«Algo positivo de Israel es que no hay división de clases, quizá porque es un joven país»

Sí. Pero los kibutz son solo una parte de Israel. Fue una parte importante, pero ahora no lo es tanto. Sirvieron para establecer el Estado de Israel, pero ahora el país se ha vuelto más materialista y más global. Ya no existen kibutz como los de antes. Sus habitantes ya no son relevantes en la vida de Israel.

¿Había niveles sociales distintos dentro del kibutz, entre asquenazíes y mizrajíes?

No, no. Algo positivo de Israel es que no hay división de clases. Quizá porque es un joven país, no se construyó una sociedad de clases, es una sociedad abierta, también en el kibutz.

¿Sería posible una novela sobre el matrimonio entre un asquenazí y una mizrají, o al revés?

Hay muchas parejas así. Ya no es algo importante; ahora conozco a muchas parejas. No es algo diferente.

Usted fue trabajadora social cuando tuvo la edad de hacer el servicio militar. ¿Fue una decisión consciente de no tomar las armas?

Había algunas razones. En efecto, yo no quería estar en una unidad de combate, no quería llevar pistola. Preferí no hacerlo. Pero la razón principal fue que quería hacerme terapeuta, este es el motivo por el que me hice trabajadora social, y fue una experiencia muy interesante. Desgraciadamente, hizo que cambiara de idea. Como le he dicho, quería ser psicóloga y que la escritura fuera una especie de hobby. Pero tras pasar por el Ejército me di cuenta de que no sería una gran psicóloga, porque me identificaba demasiado con mis pacientes, con los soldados. No podía ayudarles. Lloraba delante a ellos, les decía: “Es terrible, ¿qué puedes hacer, que podemos hacer?”. Acababan dándome ánimos ellos a mí. Me dí cuenta de que quizá esa capacidad para identificarme era algo bueno para escribir, pero no para ser una terapeuta.

Hay en internet páginas web que muestran a chicas israelíes en bikini, tomando el sol junto a sus fusiles. ¿Es algo normal? ¿Le sorprende?

Creo que es enojoso. No veo nada sexy en el empleo de armas. Nunca usaría la tragedia que representa vivir en un conflicto… es enfermizo.

Tras un acto de terror, es normal odiar a quien lo ha cometido. Otros intentan entenderlo, no justificarlo. ¿Es posible una cosa sin la otra, o entender siempre es ya de alguna forma tener simpatía, verle un lado razonable?

«He intentado abordar la complejidad de la vida en Israel, también para los palestinos»

No sentí odio cuando me hirieron. No sentí un oído colectivo hacia el pueblo palestino o hacia los palestinos que conocía. Era capaz de entender a los hombres autores del atentado suicida. Que les habían lavado el cerebro. Era capaz de entender que hay individuos que pueden hacerlo porque son jóvenes y porque les han lavado el cerebro. Pero no podía entender el fenómeno, las personas que estaban detrás de esos ataques terroristas en Israel o en ámbito internacional. Es una locura ese objetivo de intentar matar a cuantas más personas mejor.

¿Alguna vez ha retratado a un palestino como un personaje principal?

No, nunca lo he hecho. Pero en esta novela he intentado abordar la complejidad de la vida en Israel, también para los palestinos. Porque un personaje mío es un abogado defensor de los derechos humanos e intenta proteger a algunos palestinos. He querido reflejar esa tensión, el conflicto entre los derechos humanos y la seguridad. Porque ese es el verdadero conflicto.

Sus novelas, al menos las más famosas siempre tratan de amor, pareja, matrimonio, crisis, rupturas… ¿Es eso un fracaso colectivo, o solo un cambio en los modelos de pareja?

«Algunas veces no sé distinguir qué me pasó a mí y qué a mi personaje»

Es interesante. Porque por una parte el mundo emocional no ha cambiado demasiado en los últimos 4.000 años, desde los tiempos de la Biblia. Puedes leer las mismas historias sobre celos entre hermanos, el deseo de un hijo, celos entre parejas… Puedes ver que las emociones son las mismas. Pero por supuesto las situaciones con completamente diferentes. Hoy eliges a tu pareja, no como entonces. Y eres libre de irte, no como antes. Es un desafío también, en muchos sentidos. En todos mis libros hay esta tensión entre la vida moderna y las estructuras antiguas del mundo emocional.

¿Sus novelas poseen elementos autobiográficos, o es lo que el lector quiere pensar?

Es una mezcla. En todas mis novelas puedes encontrar una mezcla de imaginación, de creatividad, de fantasías y de pesadillas, combinadas con historias que he vivido, con situaciones que he observado y algunos elementos de mi propia vida. Es una mezcla. Algunas veces no sé distinguir qué me pasó a mí y qué a mi personaje.

¿No tiene una escritora también, no el deber pero quizás las ganas de mostrar al público que otro amor es posible? ¿Enseña algo a sus lectores sobre el amor?

Ojalá. No soy una gran experta en amor. Intento ser una terapeuta para mis personajes. Y de esta manera puedo ser también una terapeuta para mis lectores. No enseño demasiado pero puedo transmitirles la sensación de que no están solos. Algunos lectores me han dicho que leer mis libros les ha ayudado a tomar decisiones en sus vidas. Intento crear un diálogo íntimo, y de este diálogo puede surgir un cierto entendimiento y ciertas soluciones.

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