Javier González-Cotta

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M'Sur

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 21 Dic 2016

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Donde empezó el siglo XX

Javier González-Cotta (Estambul) | © J. G-Cotta
Javier González-Cotta (Estambul) | © J. G-Cotta

Acaba de publicar Javier González-Cotta en una cuidadísima edición de la editorial Pre-textos el libro -una proeza de más de 600 páginas, complementadas con 32 de fotos históricas- que por información y pulso literario será la obra de referencia en español sobre uno de los espantosos hitos militares de la Iª Guerra Mundial. En Viaje por Galípoli. La batalla sobre el tiempo su autor viaja un siglo después a la península de Galípoli (Çanakkale en turco) para describir los escenarios del conflicto que enfrentó en la antesala de Estambul a las tropas aliadas británicas, australiano-neozelandesas (Anzac) y francesas contra las fuerzas turcas (asesoradas por oficiales alemanes).

Al tiempo que recorre las antiguas trincheras y en los cementerios se fija en los nombres de las lápidas de los caídos al borde de paradisíacas calas mediterráneas, el viajero-narrador abre el objetivo para entrelazar vidas e Historia: relata con todo detalle quiénes eran estos hombres, analiza día a día cómo se desarrolló esta campaña de ocho meses y contextualiza su significado dentro de la Guerra Mundial y de la historia de Turquía, Europa y el mundo. Galípoli, en la frontera entre Occidente y Oriente, fue la batalla de un planeta ya globalizado donde soldados procedentes lo mismo de las colonias francesas en África que de la remota Oceanía fueron a matarse con desconocidos defensores que a su vez venían de los cuatro rincones del imperio otomano.

De 800.000 soldados de ambos bandos que se enfrentaron aquí, unos 142.500 murieron y otros 357.500 cayeron heridos, fueron presos o desaparecieron. Viaje por Galípoli cuenta en tiempo presente, como si ocurriera ahora mismo, cada paso de la batalla, y, cuando callan los cañones, acompaña a los expedicionarios aliados que tras la guerra volvieron a este paisaje con la misión de identificar a sus muertos y enterrarlos en los dignos cementerios que hoy siguen jalonando la costa. Se alternan con los mausoleos que las autoridades turcas construyeron mucho después para honrar a sus propios muertos -la mayoría enterrados en su día en fosas comunes sin más miramientos- y con los que siguen exaltando al pie de gigantescas banderas el recuerdo de aquella victoria nacional.

Fue una victoria inútil, porque aunque los aliados no lograron entonces atravesar el estrecho de los Dardanelos, acabarían ocupando Estambul de todas formas, pues la sangría de Galípoli contribuyó al desgaste y la definitiva caída del imperio otomano turco.

Basta mirar el mapa -como los que, fundamentales, abren el libro- para entender por qué esta tragedia se abatió precisamente sobre Galípoli. Esta alargada península de Turquía es la embocadura sur del estrecho de los Dardanelos, el pasadizo acuático, con una orilla en Asia y la otra en Europa, que comunica el Mediterráneo oriental con Estambul, el estrecho del Bósforo (otra llave geográfica), el mar Negro y el sur de Rusia. El lugar suma a su emplazamiento estratégico el aura legendaria de la historia antigua: por los Dardanelos, el antiguo Helesponto, se enfrentaron griegos y persas y a pocos kilómetros, en la orilla asiática, se encuentran las ruinas de Troya.

Dos de los que luego serían de los más importantes estadistas del siglo XX fueron protagonistas de la batalla de Galípoli: por un lado el inglés Winston Churchill, empeñado como jefe supremo de la más poderosa armada del mundo en tomar Estambul desde el mar, y por el otro Mustafa Kemal, el oficial turco que se erigirá en héroe del triunfo de Galípoli y pocos años después, más conocido como Atatürk, será el líder de la Turquía moderna surgida de las cenizas del imperio otomano. A sus órdenes lucharon los desdichados soldados rasos (también algunas mujeres en el lado otomano) a los que este libro rescata ahora del olvido. A todos ellos les dedica González-Cotta su rememoración viajera, “en especial a los enterrados en algún lugar frente al mar y que, un siglo después, carecen de lápida”.

[Eduardo del Campo]

Lone Pine, la carga y la sangre

 

El campo de batalla por el sector Anzac ofrece otra ruta alterna a la de los enclaves situados junto a las playas. Este segundo periplo discurre a considerable altura respecto al nivel del mar Egeo. Se inicia a partir de los viejos cotos de trincheras y gazaperas que rodean al área circundante de Lone Pine. Palabras mayores, Lone Pine. Desde el 1 de mayo de 1915, tras las violentas sacudidas entre ambos bandos, los otomanos se refieren a esta zona por el nombre de cresta ensangrentada (Kanlısırt).

Desde Lone Pine a las estribaciones de Chunuk Bair (esto es, de sur a norte por toda la cabeza de puente Anzac), se desarrolla una lucha aniquiladora por alcanzar los objetivos. La sarracina se repite una y otra vez alrededor de las cotas asignadas. Las líneas de trincheras se defienden con una fiereza animal. Los unos, en terreno adverso, atacan siempre en cuesta. Los otros mantienen la posición hasta el último hálito de vida (incluso llegan a contraatacar con demencial empeño). Los primeros la emprenden con el mar a su espalda. Los segundos lo tienen de cara, lo cual les permite contemplar, una tarde tras otra, el ceremonial ocaso por el poniente.

En el camino a Lone Pine el visitante se topa con una estatua simbólica. Un soldado turco sostiene en sus brazos a un australiano malherido. Pretende devolverlo a los suyos, de vuelta a su trinchera. Los mapas turísticos sobre Galípoli siempre llevan impresa la imagen de esta estatua. Los expertos en la materia la rechazan de plano (caso de los turcos Gürsel Göncü y Şahin Aldoğan, autores de una magnífica guía histórica sobre el campo de batalla). No está documentada en absoluto la veracidad de esta escena. Todo obedece a un simbolismo de apaño, carente del más mínimo rigor. Pero ahí sigue en pie el resultado, en homenaje a los valores solidarios que se le atribuyen al Mehmetçik (nombre popular, como se sabe, asociado al soldado turco). Los puestos de recuerdos sobre Galípoli que hay en ciertos enclaves suelen vender imanes con la imagen de este Mehmetçik, el falso samaritano.

El actual y remozado cementerio turco de Karayörük Deresi se sitúa a unos 200 metros de Lone Pine. Ningún resto queda del conjunto lapidario original de 1915. Los nombres de 1.153 soldados, pertenecientes a varios regimientos otomanos de la 16.ª división, figuran como enterrados en el camposanto. Antaño, donde hoy se levanta el nuevo recinto, los turcos mantienen aquí una segunda y bien pertrechada línea de trincheras. Los combates por el entorno se dirimen con la habitual crudeza.

Contiguo a Karayörük Deresi se alza otro de los repetitivos monolitos turcos que, no obstante, no se debe soslayar ante la prisa – si cabe justificada– por querer llegar al imponente cementerio de Lone Pine. De hecho esto es también Lone Pine, el Kanlısırt de los turcos, donde queda erigido el nuevo monolito, en honor esta vez de los mártires de la 16.ª división y de sus bravíos regimientos.

El matadero de Lone Pine comienza a fraguarse en la más tempraniza hora de Galípoli. Nada más desembarcar, los pelotones de hombres se desmigajan y escalan contrariados por cerros y alcores. A las 7 de la mañana del 25 de abril, los Anzac ocupan parte de esta altiplanicie. Pero, al caer la tarde, el 27.º regimiento turco los expulsa un puñado de metros –cada metro ganado es vida– hacia el oeste, en dirección al mar. Del 26 de abril al 1 de mayo de 1915, se suceden feroces ataques y contraataques a la bayoneta.

De forma episódica, las siguientes carnicerías de los días 18 y 19 de mayo, provocadas por el ardor concentrado de los turcos, acontecen sobre estos mismos lares y sobre otros enclaves venideros, ya que la sufrida línea de puestos avanzados llega hasta la zona conocida como Johnston Jolly’s y, más adelante aún, hasta el sufrido punto fronterizo de Quinn’s Post.

Desde el 19 de mayo y hasta el 6 de agosto (fecha de inicio de la carga de los australianos en Lone Pine), todos los terrenos disparejos en torno al monolito, y que ahora apenas suscitan interés, se transforman en un impresionante campo de colectores, tierra perforada y pasos franco ocultos al enemigo. Los otomanos tienen a bien techar sus agujeros con troncos arbóreos. Metidos en sus hoyancas, como sus oponentes, aguantan hasta límites sobrehumanos. Aparte, con añadido estupor, deben resistir los terribles bombardeos dirigidos por los acorazados de la Royal Navy desde el mar Egeo.

Cuando se accede al gran cementerio de Lone Pine, el visitante no puede calibrar, al menos enseguida, el alto valor estratégico que este enclave atesora (así lo afirman los expertos y entendidos en Galípoli). El ya mítico pino solitario, que se enseñorea del espíritu calmo del recinto, reclama el interés del recién llegado. Ocupa la parte central del espacio, como separando unos viñedos de lápidas de otros. Da la impresión de que está al cuidado de todas las nostalgias que por aquí, de pronto, tienden a amalgamarse, reunidas al cabo en un mismo espacio concluyente. Nostalgias del pretérito, las del ahora mismo, las del mañana. Todo este espacio parece reclamar su redención.

Lone Pine (pino solitario) recibe su nombre en recuerdo del ejemplar de esta especie que durante un tiempo logra resistir en pie frente a los salvajes combates que acontecen a su alrededor. Llega a marcar incluso la estrechísima linde de nadie entre trincheras. No es éste el autóctono pino piñonero que asiste inerme a la batalla. Pero sí lo es la semilla de la que años después brota este otro más que digno ejemplar, que hoy parece asumir la savia heredada, toda esta recordación acumulada en el tiempo. Semillas de aquel pino auténtico se transplantan también en Melbourne, en Mulwala (Nueva Gales del Sur) y en Te Aroha (Isla Norte de Nueva Zelanda).

La hierba como de pradera, salpicada de bonitas flores y lápidas, recubre la majestuosa finca de Lone Pine. Hay alguna que otra banderita de Australia depositada junto a ciertos túmulos (así, por ejemplo, el del soldado raso R. E. Coates, del 2.º batallón de infantería australiano, 19 años, muerto el 8 de agosto de 1915).

El de Lone Pine es el cementerio australiano más extenso que existe en toda la península de Galípoli. Se puede pasear por la hierba, sin reprimir cierto deleite, como quien pasea a gusto por una casona de campo particular. De toda esta necrópolis parece emanar como una paz inefable. Las visitas de los compatriotas, tan frecuentes, no hacen ruido ni, por lo que se ve, molestan de ningún modo.

El boscaje vario, casi todo él de nueva plantación, rodea la gran planta cuadrada del recinto. Hacia el este, por un lateral, se otean los sucesivos salientes de costa que penetran en el mar Egeo, más cercanos los de Kabatepe, más borrosos los farallones de la garganta de Gully Ravine, igual que los otros bocados de tierra situados en la entrada a los Dardanelos. Un ancho viso como de calima se adueña del horizonte por oriente. Cielo y mar son ahora como una sola bolsa de color agrisado, que viene a decolorar también el lejano cuadro del Asia Menor.

El 6 de agosto de 1915, la carga australiana sobre Lone Pine se precipita concienzuda y fanática sobre la actual pradera. La alargada pared del memorial y el pino piñonero señalan hoy aquí el punto por donde discurre la primera línea de trinchera en el momento del asalto. Enfrente, a un puñado de metros, las trincheras de los turcos. Y, entre ambos, la frontera alargada, toda ella abismal, del No Man’s Land.

Se hace preciso ahora no perder el hilo de las acciones simultáneas que acontecen junto a las maniobras de Lone Pine. A las órdenes del general Stopford, en la bahía de Suvla, los británicos de la 29.ª división están iniciando ya la segunda gran operación anfibia sobre Galípoli. Tres meses y pico transcurren desde el fracaso con que se salda el primer asalto en abril. Al sur de la cabeza de puente Anzac, justo aquí en Lone Pine, la carga se concibe como un ataque preliminar a la operación principal, cuya maniobra decisiva discurre por el flanco izquierdo, con el objetivo de alcanzar la odiosa cima de Chunuk Bair (Conkbayırı para los turcos). Por la derecha, la carga de los australianos pretende distraer tropa al enemigo, intentándole hacer creer que la brecha definitiva pretende llevarse a cabo por este sector.

La acción principal, cuyo peso soportan los neozelandeses del coronel Malone, se ejecuta al anochecer del 6 y durante la agitada madrugada del 7 de agosto. Pero, en Lone Pine, el ataque está previsto y diseñado para la tarde del 6. Los australianos tienen que cargar bajo la luz vespertina, declinante, pero luz al fin y al cabo. Un riesgo añadido, no cabe duda. El frente que enmarca la acción sólo ocupa unos 200 metros. Parapetados en las barrancas inferiores, los hombres con sombrero gacho aguardan su hora nona, agarrados a sus fusiles: las 17.30. Parece ser, por lo que cuentan las crónicas, que están poseídos por el frenesí. La concupiscencia por matar y entrar en acción les lleva a muchos, que no tienen autorización para luchar, a ofrecer 5 libras a los guardias que, mal que bien, los contienen en la retaguardia. Desde los días de la acampada en Mena (Egipto), la paga por soldado es de 6 chelines al día (el australiano es el combatiente mejor pagado en Galípoli).

Del 6 al 10 de agosto, durante casi cinco jornadas enteras, en Lone Pine se desata una locura homicida. Alan Moorehead habla en su libro de un gran brote como de “hormigueo irritado”. Una idea de mutua destrucción colapsa el pensamiento. Desde el mediodía del día 6, los soldados asignados para cargar en primera instancia entran en un túnel que se excava previamente en absoluto secreto. El túnel se horada por debajo de la zona del No Man’s Land, a unos 50 metros por delante de la primera línea del frente y en paralelo a la misma. Encerrados en la infame catacumba, los hombres aguantan el calor, a la espera de escuchar la orden de ataque. Mientras tanto, la artillería amiga atrona en el exterior, intentando mermar la moral de los turcos.

A las 17.30 suenan los silbatos de ataque. Un pitido ríspido, antipático. Se ataca a lo largo de toda la línea del frente de Lone Pine. Desde el vientre de la misma tierra empiezan a salir por ensalmo los hombres topo. Les siguen los camaradas que hasta entonces permanecen al acecho en las trincheras convecinas. Bajo el sol vespertino, pero aún caliente y espeso, los hombres enseñan sus bultos a las ametralladoras. La jauría corre contra el enemigo. Se entonan alaridos indescriptibles. Son apenas cien metros los que los separan de los turcos. Cuando llegan a sus escondrijos, imbuídos por la furia y el delirio, descubren que las trincheras están techadas con troncos. Muchos se desembarazan de los fusiles e intentan desmantelar los refugios. Otros tantos comienzan a disparar por entre las oquedades de los troncos. En otros puntos de la línea (por el entorno de Johnston Jolly’s), los soldados corren por las ceñidas vías de comunicación. Intentan sorprender a los turcos por la espalda en una acción envolvente. La carga pronto deriva en una pelea colosal, pero más propia de unos bajos fondos. Bajo la sobrevenida oscuridad, en medio de las trincheras turcas, los hombres se entrematan con una exacerbación primitiva. Quien puede clava la bayoneta en el órgano vital. Quien puede y tiene espacio dispara. Pero la mayoría de los cuerpos se enzarzan y forcejean en un embrollo que levanta nubes de tosca polvareda. Puñetazos, estrangulamientos, cráneos partidos como nueces. La agarrada discurre rápida, violentísima. Son ya las seis de la tarde. Tras media hora de combates, parece evidente que los australianos consiguen tomar la primera línea del frente enemigo. Así y todo, pese a la tremenda porfía, los turcos logran mantener a sangre viva la posición. De hecho consiguen resistir en el lado este del actual cementerio de Lone Pine.

La batalla en el presente entorno, en lo que hoy por hoy es como un bucólico prado, continúa a las bravas en días subsiguientes. El bárbaro tumulto no cesa hasta el día 10 de agosto. Lo que está sucediendo en el nuevo sector de Suvla-Anafarta se desconoce casi por completo. Incluso Lone Pine se sume en una especie de ajenidad respecto a lo que de veras acontece, de forma simultánea, pero por el flanco izquierdo, el más alejado del propio frente sur. Dicho flanco sigue siendo el foco principal del ataque, el que debe penetrar como sea, por entre la Colina del Rododendro, bajo las troneras de Chunuk Bair. Si se alcanza la cima se puede cantar victoria. Desde la cumbre se otea el casi alucinógeno paso de los Dardanelos. Se tiene a tiro el mismísimo cerrojo del estrecho, situado entre las baterías otomanas de Kilitbahir y las de Çimenlik en la ciudad guarnición de Çanakkale.

Al cabo de 48 horas, desde que suenan los silbatos, la carga en Lone Pine arroja 7.164 bajas en las filas otomanas. Unos 2.280 hombres mueren en combate. Los australianos muertos se elevan a otros dos mil al menos. Seis cruces Victoria se conceden al valor militar. Dentro del cementerio de Lone Pine, un panel informativo muestra la fotografía del comandante del 47.º regimiento turco, Ahmet Tevfik. El 7 de agosto resulta muerto, al igual que el comandante del 15.º regimiento, İbrahim Şükrü. Ambos oficiales forman parte de la falange de los mártires que con razón tanto veneran los turcos: la 16.ª división (es el batallón que se rememora en el monolito anterior de Kanlısırt).

Una pintura de guerra, obra de Fred Leist, ilustra la célebre carga australiana: The taking of Lone Pine (1921). El lienzo muestra la vivacidad del asalto tal cual queda descrito. Se observa cómo las trincheras turcas están reproducidas con troncos de árboles. Varios soldados intentan destecharlas para poder acceder al interior. A fin de no caer por fuego amigo, los hombres lucen parches blancos de calicó sobre mangas y brazos. Salvo el turbio cielo, todo está pintado en colores terrosos. El pincel se vale de los matices más adecuados para este secarral sin sentido. En el actual Monumento a los Caídos de Camberra, una maqueta bélica reproduce con verismo la famosa carga australiana en Lone Pine.

Con las horas, hombres ceñudos posan en las trincheras ganadas a los otomanos. Testimonios gráficos de aquel Lone Pine de agosto de 1915 revelan la fiereza de los combates. Los muertos turcos yacen sobre el reborde de las zanjas. Otros figuran boca abajo, entre alambres de espino, restos triturados y matojeras. Se distingue a veces la forma del casco entelado, tan típico en los otomanos: el enveriye.

El caso es que la cota de Chunuk Bair jamás se alcanza en los terribles días de autos. El arrojo es manifiesto, lo mismo que la inanidad de todo lo ocurrido. El sector de Lone Pine vuelve a quedar fijado con apenas ganancias territoriales y se muestra infranqueable, como todo el sector Anzac, para australianos, neozelandeses y británicos. El recluta William Baylebridge deja escrito lo siguiente, a modo de sangrienta memoranza: “De todas las batallas que hubieron de librar nuestras tropas en la ensenada del Anzac, ninguna fue tan terrible como la de Pino Solitario, y pocas acabaron siendo tan sangrientas”.

Sumido en sus propias cuitas, no importa si rutinarias o francamente aburridas, el visitante intenta hallar en el cementerio una tumba en particular, la del soldado James Martin, de 14 años. Se conoce que es el más imberbe y joven soldado que muere en Galípoli, tanto por el bando aliado como por el bando turco. Pero no hay suerte. De hecho no puede haberla, pues no se conoce con exactitud forense dónde reposan sus restos. Lone Pine acoge las tumbas de 1.167 almas, 668 de ellas identificadas, más los restos de otros 499 cuerpos no identificados. El soldado G. L. Flemming, del 2.º batallón de infantería de Australia, muere con 16 años y casi comparte honores primaverales con James Martin, el soldado benjamín de Galípoli. Por su parte, 15 años confiesa tener Charlie. Es el hijo de una pareja australiana que lleva un tiempo rindiendo visita al cementerio. Vienen desde Adelaida, Australia del Sur.

A todo esto, un perro furtivo, de raza indefinida, está echado sobre el monumento al soldado desconocido. La instalación preside el conjunto mortuorio de Lone Pine. Sobre un largo frontispicio figuran los nombres completos de los 3.268 australianos muertos en Galípoli. Todos ellos carecen de lápida propia. Se añaden también los nombres de los 1.212 hombres muertos en las batallas navales y en los barcos hospitales, mientras se procede a su evacuación. En los albores festivos de la Gran Guerra, el gobierno laborista australiano de Andrew Fisher realiza sus cálculos y recluta a un total de 20.000 hombres. Un año y pico después, distribuido por los distintos frentes, el contingente de las Australian Imperial Force (AIF) alcanza los 416.000 soldados. El aporte de Australia a la IGM se desmanda en poco tiempo.

Por último, a la lista del frontispicio que ocupa al visitante, se agregan los 456 soldados de Nueva Zelanda que combaten en el sector de Lone Pine y carecen también de toda lápida identificativa. En total todos suman 4.936 nombres. Entre ellos se encuentra, de entre todo el índice onomástico de la muerte, el nombre de James Martin, 14 años.

Entre tanto el perro, acaso un ejemplar de kangal turco, tan típico de Anatolia, no se inmuta. Sigue retozante y adormilado, aquí en el memorial, junto a las columnas de nombres y más nombres que figuran escritos en sanguina. Curiosamente, el color del simbólico frontón, entre el beige y el blanco roto, casi resulta idéntico al color del perro.·
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© Javier González-Cotta. Cedido a MSur

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