Las tesis de Ayaan

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 12 Ene 2017

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ayaan-reformemosAyaan Hirsi Ali
Reformemos el islam

Género: Ensayo
Editorial: Galaxia Gutenberg
Páginas: 286
ISBN: 978-84-1625-274-9
Precio: 19,90 €
Año: 2015
Idioma original: inglés
Título original: Heretic. Why islam needs a reformation now
Traducción: Iván Montes, Irene Oliva, Gabriel Dols

Los refugiados somalíes en Holanda tiran la basura al suelo, y los holandeses mantienen la acera limpia. Por consiguiente, islam y cristianismo son esencialmente diferentes.

En esta caricatura se podría resumir el libro de Ayaan Hirsi Ali, si le echamos suficiente mala voluntad al asunto (más o menos la mala voluntad que inspiró a Oriana Fallaci en su última obra y que inspira hoy a millones de europeos afiliados a la ultraderecha en Europa). Afortunadamente, la reflexión de la basura es únicamente un párrafo desafortunado dentro de un libro no solo muy valiente, sino, también, valioso.

Cuando una deja claro que lo del Corán eterno e inmutable es un montaje se convierte en apóstata

Dejemos claro esto de entrada: es un libro muy valiente. Afirmar que el islam no solo no es la mejor de las religiones (ni la única verdadera) sino que da cobertura a una serie interminable de crímenes, puede ser un acto gratuito de “y tú más” si lo hace un europeo con firmes credenciales cristianas, pero es un acto heroico cuando viene de parte de alguien que nació como musulmán: lo considerarán traidor. Pero cuando una, además, deja claro que lo del Corán eterno e inmutable es un montaje (casi nadie lo dice, ni en las universidades europeas, siendo obvio) y hay que tratar este libro como lo que es, una fabricación de mil piezas diversas elevada al rango de divinidad, entonces se convierte en apóstata, además de traidora.

“Mahoma y el Corán” sea probablemente el capítulo más valioso del libro, porque exige sentar unas bases de debate racional, que ni siquiera Adonis quiso o supo sentar en su reciente opúsculo (escrito de forma mucho más azarosa que la bien estructurada obra de Ayaan): lo que creemos saber del nacimiento del islam y la composición de su texto sagrado no es más que una leyenda dorada y para entenderlo debemos asumir este hecho histórico.

La secta que intentó comerle el coco cuando era una cría le ha comido el coco a medio mundo

Para llegar hasta ahí, Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) no lo ha tenido fácil: nacida en Somalia se crió en Arabia Saudí, y luego en Kenia, donde se afilió, adolescente, a una secta islamista. Aprovechó un viaje a Alemania para huir de un matrimonio concertado, pidió asilo en Holanda y fue dejando las creencias en el cajón, desde donde pasaron algún día al cubo de la basura mental.

Pero diez años más tarde —en 2011— se dio cuenta de una cosa: que aquella secta islamista que intentó comerle el coco cuando era una cría le ha comido el coco ya a medio mundo y se ha convertido en el islam oficial. Sobre todo en Holanda, y en Estados Unidos, donde ya no se puede opinar sobre el islam en una universidad sin que te salga un qatarí, un kuwaití o una egipcia para corregirte. Y cuando empieza a haber atentados suicidas a granel, y los jeques de Azhar y cualquier otra mezquita que se precia condenan la violencia pero nunca la ideología que la inspira (como si solo les diera rabia la competencia), la conclusión es obvia: así no hay quien viva.

Parece que para la autora, “el islam”, el único, el verdadero, es el “de Medina”, el violento

Hay que reformar el islam, propone Ayaan Hirsi Ali. Para llegar a este diagnóstico, divide el total de los musulmanes en tres partes: los de toda la vida, que viven la religión como algo espiritual, sin meterse en la vida del vecino, los fanáticos, que intentan imponer sus normas a todos, y los reformistas. A los primeros los llamaremos —sugiere— “los de La Meca” y a los segundos “los de Medina”; (los terceros son, esencialmente, ella misma). Algo no del todo coherente, si luego se nos revela que, en realidad, toda la leyenda de la creación del Corán, con prédica espiritual en la primera fase (La Meca) y ánimo legislador en la segunda (Medina) es un invento.

A partir de ahí empiezan a fallar más elementos. La necesidad de reforma se basa en que el islam, tal y como está ahora, justifica la violencia. A partir de la segunda mitad del libro, una retahíla de episodios terroríficos va subrayándolo: atentados suicidas, Estado Islámico, persecución de apóstatas y homosexuales en Arabia Saudí, Sudán, la Iraq destruida por las milicias ultrafundamentalistas o los fanáticos guetos de inmigrantes en Inglaterra o Estados Unidos… Sí, siempre los mismos. Parece que para la autora, “el islam”, el único, el verdadero, es el “de Medina”. El violento. El otro no cuenta. No se le ve. No existe.

En esta enumeración llega a extremos difícilmente perdonables: como cuando intenta explicar los atentados suicidas en Israel con la fe islámica, apoyándose incluso en una cita de la racista Golda Meir que atribuye a “los árabes” (“a los musulmanes” prefiere Ayaan) amar más la muerte que a sus propios hijos. Ocultando que la organización palestina que durante una década fue considerada la “más violenta” era el FPLP, marxista, laica, fundada por un cristiano, y que la técnica kamikaze (una palabra japonesa) la popularizaron budistas en Ceylán. Obviar las circunstancias políticas que llevan a la violencia y atribuir todo a la religión no sirve en absoluto para entender qué está pasando hoy en el mundo.

La Iglesia, y este es el punto ciego de Ayaan que invalida todo su libro, nunca se reformó

Y es poco sincero el truco narrativo que se repite capítulo tras capítulo: desgranar la obsesión con el infierno, el paraíso, la inferioridad de la mujer o la homosexualidad como algo genuinamente islámico, basado en las escrituras sagradas, y al final —cuando ya nos preguntamos si en el cristianismo no se promete un paraíso, nunca se ha atemorizado a los niños con los castigos del infierno, no se subyuga el cuerpo de la mujer y no se demoniza a los homosexuales—, añade un breve párrafo admitiendo que en el cristianismo hay conceptos similares “pero no son comparables” porque nadie los lleva a la práctica hoy día. Callando que en todos los países donde la Iglesia tiene suficiente poder, sí se intentan llevar a la práctica, sea la cadena perpetua para gays en Uganda, sea la muerte antes que el aborto en Irlanda.

Porque la Iglesia, y este es el punto ciego de Ayaan que invalida todo su libro, nunca se reformó. La rebeldía de Lutero, que cita con profusión como un ejemplo que seguir, no llevó en absoluto hacia una fe más tolerante: llevó a Calvino y sus hogueras, llevó a las Iglesias protestantes cuyos adherentes emigraron a América donde pusieron los fundamentos del ‘Bible Belt’, aquella zona de Estados Unidos donde el fundamentalismo mantuvo la homosexualidad criminalizada hasta 2003. No fue una reforma de los dogmas lo que acabó con la imposición draconiana de las leyes divinas de Moisés y San Pablo: fueron la Revolución Francesa y la Ilustración, que separaron Iglesia y Estado. Fue la República en España y la muerte del dictador Franco, tardíamente.

La reforma es urgente, pero lo que debe reformarse no es el islam. Es la legislación

Y si solo Arabia Saudí, Sudán, países en guerra civil y guetos absorbidos por el wahabismo, sirven para ilustrar los crímenes del islam, no es porque Marruecos, pongo por caso, haya reformado la fe: simplemente no ha sufrido lo que Ayaan llama “islam de Medina”. La ley penal marroquí no tiene referencias a la sharia (la penalización de la homosexualidad o del adulterio con varios meses de cárcel corresponde a lo habitual en la Europa cristiana hasta la segunda mitad del siglo XX). Pensar que los marroquíes, por ser musulmanes, se quedaban menos en shock que los londinenses o neoyorquinos cuando unos chicos de Casablanca montaron el primer atentado suicida, es, simplemente, falso.

Eso no quiere decir que Marruecos, y todos los demás países similares, no necesiten una reforma: la necesitan, y de forma urgente. Pero lo que debe reformarse no es el islam; es la legislación.

No se necesita convencer a un conciliábulo de jeques barbudos: basta con frenar la contrarreforma

Porque las víctimas de ese islam “de Medina” que denuncia con tanta valentía Ayaan Hirsi Ali no son los europeos atemorizados ante un nuevo atentado: el terrorismo no es nada nuevo en Europa, que incluso inventó la palabra. Son los millones de musulmanes que ven como esta nueva religión medinense va recortando sus libertades. Oponerse a ella, y oponerse a sus ¿bienintencionados? sicarios europeos afiliados a la palabra de moda, “islamofobia”, es necesario, es vital.

Pero para ello no se necesita convencer a un conciliábulo de jeques barbudos pagados desde Riad que busquen nuevas interpretaciones: basta con frenar la contrarreforma que está en marcha y mantener el “islam de Meca” de toda la vida, a la vez que se sigue con el proceso histórico de desvincular fe y Estado. Como se hizo en Europa. Pretender que no es en el Parlamento sino en las facultades de teología donde se ha de luchar es entrar en el juego del enemigo. Y es, incluso, un desprecio del concepto de la democracia.

Porque esta es la trampa en la que ustedes no deben caer cuando lean este valiente libro: creer que los musulmanes son una raza aparte que solo funciona por la fe. Si llegan a esta conclusión, los fanáticos ya habrán ganado.
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