Estar allí

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 22 Ene 2017

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Tal vez mienta todo el tiempo.

Tal vez mienta al aparecer como mentiroso.

Tal vez nos engañe al presentarse como un engaño.

Tal vez solo esté fingiendo ser un impostor.

Tal vez nos haya confundido a todos respecto a su confusión.

Tal vez sea un manipulador extremamente astuto, que nos ha hecho pensar a todos que es un simplón megalómano.

Bueno, hoy es el primer día con Donald Trump en el cargo.

Presidente Donald Trump… Nos tendremos que acostumbrar a estas tres palabras.

Lo único que se puede decir con cierta certeza es que no hay nada cierto. Que este hombre es totalmente impredecible. Que tenemos delante cuatro años de incertidumbre, en los que nos despertaremos todas las mañanas con la pregunta de qué va a hacer hoy.

¿Queremos que el hombre más poderoso del mundo sea un animador que nos entretiene?

Será el presidente animador. Como era el candidato animador. Confieso que cada mañana, cuando cogía el periódico del día, lo primero que hacía era mirar lo último sobre Trump. ¿Qué ha hecho? ¿Qué ha dicho? Fuera lo que fuese, siempre era entretenido.

La cuestión es: ¿realmente queremos que el hombre más poderoso del mundo sea un animador que nos entretiene? ¿O un ególatra desmesurado? ¿O un narcisista totalmente absorbido por sí mismo? ¿Un hombre que no sabe nada y cree que puede solucionar todo?

Este mundo es peligroso. A partir de hoy será todavía mucho más peligroso.

Pensemos por un momento en el Botón Rojo.

Hay varios botones rojos en el mundo, y varios dedos de dirigentes (incluidos los nuestros) acariciándolos. Pensar en el dedo de Trump me pone nervioso.

Algunas de las guerras más terribles en la Historia las iniciaron gilipollas.

Pensemos en la I Guerra Mundial, con sus millones de muertos, empezada por un don nadie, un fanático de Serbia.

La II Guerra Mundial, con decenas de millones de muertos, la empezó Adolf Hitler, una persona bastante primitiva. Cuando cruzó la frontera para entrar en Polonia no soñaba con iniciar una guerra mundial. Hasta el último momento se negaba a creer que Gran Bretaña, un país “ario” que admiraba, le iba a declarar la guerra.

El presidente Trump no parece saber nada de Historia. Tampoco parece saber mucho de otras cosas, salvo de asuntos inmobiliarios y de cómo ganar dinero. Tampoco parece que realmente escuche a otros cuando toma decisiones. Pues genial.

Hace unos 45 años leí un libro de un escritor polaco-americano, Jerzy Kosinsky, llamado Estar ahí (Being there). Era sobre un jardinero discapacitado mental cuyo jefe, un hombre rico, murió y lo dejó solo. Todo lo que sabía del mundo se limitaba a la jardinería y la televisión.

Trump no parece saber nada de Historia. Tampoco de otras cosas, salvo de asuntos inmobiliarios

Por alguna casualidad, el jardinero se metió en política. Sus respuestas simples a todas las preguntas se aceptaban como una sabiduría profunda. Cosas tipo: “Tienes que regar las raíces si quieres obtener dulces frutos”.

Iba subiendo por la escalera política hasta la cumbre y se convirtió en asesor del presidente. No recuerdo si al final acabó siendo presidente. Trump sí.

Es curioso, pero recuerdo una película alemana que vi cuando yo tenía 9 años. No era muy importante ni especialmente compleja. Pero aún la recuerdo, 84 años después.

Es sobre un joven de muy buena familia, que se enamora de la hija de un carpintero normal. Su familia rechaza totalmente permitirle que se case con la hija de un artesano de tan bajo escalón.

Una tarde, el viejo carpintero está sentado en su taberna y descubre una mosca en su cerveza. Pega un puñetazo en la mesa, con su gran puño, y grita: “¡Esta porquería tiene que terminar!”

Un momento hay silencio. Luego empiezan a gritar ¡bravo! en todas partes.

El pretendiente se lanza sobre la oportunidad. Encuentra un partido, cierra un acuerdo, coloca al viejo como candidato en las elecciones y al final – era todavía la República de Weimar – consigue que lo elijan primer ministro.

Visto esto, la familia del joven pretendiente está feliz con la idea de que se case con la chica, pero ahora su padre lo rechaza categóricamente. “¿Usted quién es para casarse con la hija del primer ministro?” pregunta.

Buscando venganza, el pretendiente, que también escribe los discursos del primer ministro, cambia las páginas del viejo en medio de uno de sus discursos en el Reichstag. De manera que el viejo anuncia: “Soy un total fracaso. Soy un completo idiota…”

No recuerdo el final.

¿Quién es el joven que ha dirigido la campaña de Trump? Por supuesto, su yerno judío, Jared Kushner.

Kushner, al igual que Trump, es un inversor inmobiliario. Como Trump, nació rico y dedicó su vida a hacerse más rico. Ahora es el principal asesor político de Trump.

Cuanto más lejos se halle un judío de Israel, mayor será su fanatismo sionista

Kushner también es un sionista fervoroso. Eso quiere decir que jamás se le ocurriría irse a vivir a Israel, pero sí que apoya a los elementos más fanáticos que hay en el país.

Parece ser una ley de la naturaleza que cuanto más lejos se halle un judío de los campos de batalla pasados y futuros de Israel, mayor será su fanatismo sionista. Ese Jared se halla muy lejos.

Uno de sus consejos, parece, consistía en nombrar como embajador estadounidense en Israel a otro judío rico, David Friedman. Este individuo es un sionista de derechas tan fanático que está involucrado en el financiamiento del asentamiento Beit El (“Casa de Dios”), una de las colonias más derechistas en Cisjordania. Algunos la describirían como fascista.

Una curiosidad diplomática: el embajador israelí en Estados Unidos, Ron Dermer, y el embajador estadounidense en Israel son ambos sionistas judíos ultraderechistas nacidos en Estados Unidos. Si intercambiaran sus cargos, nadie se daría cuenta.

Quiero recordar a los lectores de qué va el tema de los asentamientos.

Cuando el ejército de Israel conquistó Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza en 1967, estos territorios estaban tan densamente poblados como el Medio Oeste de Estados Unidos. Gran parte de los terrenos era propiedad de campesinos individuales o de terratenientes ausentes, y el resto era “tierra gubernamental”.

Durante las épocas otomadas, las reservas de tierra de aldeas y ciudades se registraban en nombre del sultán, cuyo heredero era el alto comisario británico, cuyo heredero era el monarca de Jordania, cuyo heredero es ahora el comandante del ejército de ocupación israelí.

Ahora, los colonos israelíes vienen y simplemente se apoderan de estos terrenos, sean privados o “propiedad del Gobierno” y lo convierten en hogar suyo. No pagan nada a nadie. Es un robo por la cara.

Friedman y Kushner animan a los colonos a robar aún más tierra y les ofrecen dinero para ayudarles

Ahora, norteamericanos como Friedman, Kushner y similares vienen y animan a los colonos a robar aún más tierra, e incluso les ofrecen dinero para ayudarles a hacerlo.

La Historia nos enseña que este tipo de cosas no duran eternamente. Antes o después, estas cosas terminan en un baño de sangre. Pero ese día, Friedman, Kushner y Trump se hallarán muy lejos.

¿Por qué, pues, escribo ahora sobre Trump?

Bueno, en primer lugar porque es un día histórico con mayúsculas. No me gustan los días históricos. Recuerdo un día de ese tipo, cuando jóvenes con antorchas festivas y antiguos símbolos en sus brazos marchaban ceremoniosamente por las calles de Berlín.

Pero hay otra razón por la que no quiero escribir justo ahora sobre Israel.

Estamos en medio del mayor escándalo en la historia de Israel. Al primer ministro y al dueño de nuestro mayor periódico de gran tirada se les investiga por sobornos, a ellos y a varios magnates extranjeros que han suminstrado durante años los cigarros más caros del mundo a Binyamin Netanyahu y el champán rosa más caro del mundo a su mujer. (Es en el “rosa” donde reside el valor de cotilleo añadido.)

No, no voy a escribir sobre eso ahora, lo siento.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 21 Enero 2016 | Traducción del inglés: Ilya U. Topper

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