El arte de dar por el trasero

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 28 Ene 2017

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weizman-muros
Eyal Weizman
A través de los muros

Género: Ensayo
Editorial: errata naturae
Páginas: 110
ISBN: 978-84-1521-720-6
Precio: 11,90 €
Año: 2007 (2012 en España)
Idioma original: inglés
Título original: Across the walls (Cap. 7 de Hollow Land)
Traducción: Iván de los Ríos

No, no, veamos: si hubiera querido hablar de prácticas sexuales, habría titulado con la palabra culo. Que no es voz malsonante. Con trasero me refiero al patio trasero. En concreto el de los ciudadanos palestinos en sus barrios – a veces llamados campamentos, pese a ser de hormigón – de refugiados o incluso en sus medinas. Por Nablus, Yenín o cualquier otra parte de Cisjordania.

Lo del arte es por aquel tratado del maestro Sun Tzu, que dicen que fue el primero en explicar la guerra entendida bajo este prisma. Probablemente habría que ponerla en la categoría de las Feas Artes. Al menos, lo que describe el arquitecto Eyal Weizman (Haifa 1970) es todo menos bonito.

Imagínenselo ustedes: están sentados en el salón, a punto de cenar, escuchando tal vez el eco de un lejano tiroteo, como es habitual, cuando estalla la pared, se abre un boquete y surgen de él tres, cinco, ocho soldados metralleta en ristre, quizás solo para correr a través de la habitación, aplicar el martillo neumático en la pared de enfrente y continuar camino.

Cuando un general dice: “Hay que adecuar el espacio a nuestras necesidades”, se refiere a destruir

Suprema habilidad táctica para algunos comandantes del Ejército israelí, que han desarrollado este nuevo concepto de guerra urbana, algunas veces con ínfulas filosóficas, leyendo a Deleuze y dejando caer palabras como dialectica de la desestructuración, maniobra fractal, enjambre, sustituir el espacio estriado por el espacio liso, ir de dentro hacia fuera. Ustedes se hacen una idea. Bueno, no. Pues lo voy a traducir: cuando un general dice: “Hay que adecuar el espacio a nuestras necesidades”, se refiere a destruir lo que tenga delante.

Claro, lo más fácil sería hacer un bombardeo aéreo masivo, como en la II Guerra Mundial, y se acaba el problema. El problema, en concreto, consiste en que esos campamentos de hormigón, con sus decenas de miles de civiles dentro, sirven de guarida a algunos militantes palestinos que luego pegan tiros a una patrulla israelí o adiestran a alguien para que se haga estallar en plena avenida de Jerusalén. Esos ataques que se han cobrado 1.200 vidas de israelíes desde el año 2000 (palestinos muertos bajo ataques israelíes en el mismo periodo: 9.500)

Dispararán. Morirán soldados israelíes. Y eso sí que no. La solución: abrir túneles

Aquí un apunte al traductor y, de paso, a numerosos periodistas que cometen el mismo error: trasladar el vocablo inglés “to kill” como “asesinar” no es solo ignorar las diferencias éticas y jurídicas entre matar a una persona (por ejemplo a un soldado en un intercambio de disparos) y asesinar a alguien; es, también, ignorar el idioma. Lo mismo, por cierto, va por “secuestrar” a un militar en el campo de batalla en lugar de “capturarlo”, pero de eso puede tener la culpa el autor si ha escrito “to kidnap”, como se esfuerza en hacer la derecha israelí, de la que Weizman no forma parte en absoluto.

Para acabar con los milicianos guarecidos en las ciudades palestinas, un bombardeo alfombra, como lo llamaban en 1945, sería lo más fácil, dijimos, pero quedaría fatal. Entrar con los tanques por las puertas de la ciudad y avanzar por la avenida tiene una desventaja: los milicianos palestinos (hablamos del año 2002, de la II Intifada) están preparados para ello. Dispararán. Morirán soldados israelíes. Y eso sí que no. La solución: abrir túneles a través de las casas de civiles, saltando de salón en dormitorio, y de cocina en recibidor, para moverse por la ciudad sin tener que ir por donde el enemigo se lo espera.

Como táctica guerrera es una genialidad: de hecho, permitió que el Ejército israelí matara a 70 milicianos palestinos durante la incursión en Nablus en 2002, sin perder un solo hombre. Tan genial les debió de parecer que los mismos comandantes que desarrollaron este concepto de espacio posmoderno se lanzaron también a la guerra contra Hizbulá en Líbano, cuatro años más tarde.

Perdieron miserablemente.

¿Por qué? Porque – así se desprende del libro de Weizman, y así lo ha subrayado también Uri Avnery una y otra vez en sus columnas – toda la táctica del Ejército de Israel, desde los años 70, se basa en tener enfrente a una población civil amedrentada a la que hay que castigar para forzar la rendición del enemigo. No se trata de combatir sino de reprimir a un colectivo indefenso. Ya me dirán qué resistencia puede oponer una familia que está cenando en el salón.

El ciudadano israelí aprende que nunca tendrá enfrente a alguien igual, solo a seres inferiores

Esta genialoide táctica israelí trata de no arriesgar sino jugar sobre seguro. De no afrontar al enemigo armado, sino a la población civil. De no combatir, en esencia, sino de destruir al que no puede defenderse.

Dejemos a otros la tarea de sacar conclusiones sobre lo que esto podría significar para Israel en el caso de que hubiera una guerra de verdad (que no la habrá: ya se encarga de eso la diplomacia). Pensemos lo que significa para la sociedad israelí, sin olvidar que todos los ciudadanos de Israel, pasan tres años de su vida – dos en el caso de las chicas – en este Ejército diseñado para no combatir. Significa que el ciudadano israelí aprende que nunca tendrá enfrente a alguien igual a él: solo tratará a seres inferiores, seres que temblarán ante su poderío, su metralleta, su martillo neumático. Aprende que puede atravesar paredes, que es omnipotente, que el espacio es una ficción, que el mundo puede adecuarse a sus necesidades, que la creación puede ser modificada y destruida a placer, que él es Dios.

Los israelíes: amaestrados durante décadas como pequeños dioses con su fajo de rayos al cinto

Solo entendiendo esta sensación de omnipotencia natural de los israelíes, amaestrados durante décadas como pequeños dioses con su fajo de rayos al cinto, se comprende por que han fracasado y seguirán fracasando todos los intentos de negociación para acabar con el conflicto palestino. Para negociar hay que reconocer que enfrente existe alguien distinto. No se puede negociar con Dios. O se hace Su voluntad, o toca una plaga.

“No tenemos socio para la paz”. Esta frase la acuñó Ehud Barak en 2000. Y esta mentira esconde una profunda verdad: Israel no tiene socio para la paz porque hace tiempo que tampoco tiene socio para la guerra. Sus militares no combaten al enemigo, no saben combatirlo, no quieren hacerlo. Su táctica se basa en castigar a quien no puede defenderse. En otras palabras: su único cometido, su objetivo, su meta es, y ahora sí es malsonante, dar por culo.
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