El presidente Kong

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 29 Ene 2017

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Sabía que me recordaba a alguien, pero no podía ubicarlo del todo. ¿Quién era aquel que se daba golpes en el pecho con tanto vigor?

Y luego lo recordé: era el héroe de una película que se filmó cuando yo tenía diez años: King Kong.

King Kong, el gigantesco primate con el corazón de oro, que escalaba inmensos edificios y derribaba aviones con su dedo meñique.

Fantástico. El presidente Kong, el ser más poderoso de la Tierra.

Algunos de nosotros habíamos esperado que Donald Trump resultaría ser una persona bastante diferente que su personaje durante las elecciones. Durante una campaña electoral, uno dice muchas cosas estúpidas. Para olvidarlas al día siguiente.

Ese Trump increíble que creíamos que no existía de verdad ha llegado para quedarse

Pero el día siguiente ha venido y se ha ido, y las cosas estúpidas se han multiplicado. Ese Trump increíble que creíamos que no existía de verdad ha llegado para quedarse… al menos para cuatro años.

En su primer día en el cargo tuvimos ese espectáculo absurdo de dos chicos en el patio del colegio que se peleaban sobre quién la tiene más grande.

En este caso, la muchedumbre de inauguración más grande. Él insistió que la suya era la más grande de todas. Como debería haberse esperado, en cuestión de minutos aparecían fotografías aéreas en televisión, que demostraban que la muchedumbre de Barack Obama era mucho más grande.

¿Pidió disculpas? Al contrario: no paraba de insistir.

Apareció una portavoz y explicó que esto era simplemente un caso de “hechos alternativos”. Una frase maravillosa. Qué pena que yo no la conociera durante los muchos años en los que era periodista. Cuando digo al mediodía que es medianoche, simplemente es un hecho alternativo. (Y desde luego es verdad, en Hawai o algún otro sitio).

Tengo conocimientos muy limitados de economía. Pero me basta una pequeña cantidad de lógica simple para entender que las promesas económicas de Trump son unas tonterías. Uno no “trae de vuelta empleos” dando discursos.

Los empleos manuales se pierden porque las hacen máquinas. Los trabajadores textiles de Alemania e Inglaterra destruyeron las máquines que les quitaban el empleo. Eso fue hace unos 300 años, y no les sirvió de nada. Ahora Trump mira hacia un pasado de hace cien años y quiere que las cosas sean como antes.

Trump no puede volver a instaurar las políticas “proteccionistas” del siglo XVIII

Hace cien años se necesitaban mil obreros para hacer el trabajo que ahora hacen diez. Eso seguirá siendo así e irá a más, incluso si uno se pone a romper todos los ordenadores del mundo.

La globalización es el espíritu de los tiempo. Es el resultado natural de una situación que me permite reaccionar a las palabras de Trump pocos segundos después de que las pronuncie. En la que puedo volar alrededor del mundo en mucho menos que 80 horas.

Trump puede hacer muy poca cosa contra eso. No puede volver a instaurar las políticas “proteccionistas” del siglo XVIII. Si impone tasas de castigo a las importaciones desde China, China impondrá tasas a las importaciones desde Estados Unidos. Esta semana ya ha estallado una guerra comercial entre Estados Unidos y México.

Habrá personas crédulas a las que convenzan estos esloganes simplistas. Lo que nos lleva al problema de la democracia.

Acabo de leer un artículo que afirma que la democracia está muerta. Desaparecida. Finito.

La democracia podía funcionar cuando había un filtro sensato entre el candidato y el pueblo

Winston Churchill, como sabemos, dijo que la democracia es un sistema nefasto, pero que todos los demás sistemas que se han experimentado hasta ahora son peores.

También dijo que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un votante medio.

La democracia podía funcionar cuando había un filtro sensato entre el candidato y el pueblo. Una prensa veraz, una élite culta. Incluso en la Alemania de 1933, con millones de trabajadores en paro, Adolf Hitler nunca consiguió una mayoría en elecciones libres.

Ahora, con los candidatos dirigiéndose directamente a los votantes a través de las redes sociales, los filtros han desaparecido. Al igual que la Verdad. Las mentiras más atroces viajan en segundos a través de Twitter y Facebook, directo a la mente de millones de personas que no tienen la capacidad de juzgarlas.

Creo que era Joseph Goebbels quien escribió que cuanto más grande sea una mentira, más creíble es, porque la gente sencilla no puede imaginar que nadie contaría una mentira tan gorda.

Por ejemplo, la afirmación de Trump que le robaron tres millones de votos, por lo que perdió el voto popular. No hay pruebas. No hay el menor rastro de datos que lo sustenten. Es una pura estupidez, pero parece que hay millones de personas normales que se lo creen.

Pero si la democracia se convierte en obsoleta, ¿qué la reemplazará? Como advirtió Churchill, no hay un mejor sistema a mano.

Así que esto es la cosecha de la primera semana en el cargo: más sartas de mentiras –o “hechos alternativos” – cada día.

¿Qué ocurre con los asuntos sustanciales?

Si creíamos que muchas de sus promesas políticas no eran más que lemas electorales, nos equivocábamos. En cada uno de esos asuntos, Trump ha empezado a cumplir fielmente sus promesas.

Los más pobres votan a favor de los más ricos, contra sus propios intereses más elementales

El derecho al aborto. La protección del medio ambiente. El seguro médico. Los impuestos para los superricos. Todo se va corriente abajo en el río Potomac.

Esto también es una característica de los tiempos modernos: los más pobres votan a favor de los más ricos, contra sus propios intereses más elementales. Esto es así en Estados Unidos, y es así en Israel.

Ah, Israel. Israel está ocupada con una especulación interminable sobre la promesa de Trump de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén.

Podríamos haber pensado que Israel tiene problemas más graves. Hay ahora una especie de guerra civil entre el Gobierno y la minoría árabe, que constituye un 21 por ciento de los ciudadanos de Israel propiamente dicha. Hay víctimas en ambos bandos. Y especialmente hay una guerra con los beduinos (también en Israel propiamente dicha) que acuden voluntariamente a filas en el Ejército, a la vez que el Gobierno quiere destruir sus hogares para hacer espacio para colonos judíos.

Y la ocupación de Cisjordania. Y el bloqueo de la Franja de Gaza. Y las múltiples investigaciones de corrupción contra el primer ministro y su esposa, y los posibles sobornos gigantescos a familiares de Binyamin Netanyahu por la compra de submarinos. Y por sobornar a magnates de la prensa.

No, todo eso son menudencias, comparadas con la ubicación de la embajada estadounidense.

En toda las elecciones estadounidenses, algunos candidatos prometen trasladar la embajada a Jerusalén

El plan de partición de Naciones Unidas de 1947, que constituye la base legal para el Estado de Israel, no incluía Jerusalén en el territorio israelí. Preveía un Estado judío y otro árabe en Palestina, con Jerusalén y Belénm como un enclave separado.

Israel, por supuesto, anexionó Jerusalén Occidental pronto después de su fundación, pero ninguna embajada se estableció allí. Todas se quedaron en Tel Aviv, que es una ciudad más fea, pero con mucha más vida. Y todas siguen allí. Incluida la embajada estadounidense, que se ubica en la costa de Tel Aviv, justo frente a mi ventana.

(En medio, algunas repúblicas bananeras de América del Sur se mudaron a Jerusalén, pero pronto volvieron a Tel Aviv).

En toda las elecciones estadounidenses, algunos candidatos prometen trasladar la embajada a Jerusalén, y todo presidente que asume el cargo revoca la promesa, una vez que sus expertos le explican la realidad de la vida.

Trump también lo prometió. También él quiso atraer algunos votos judíos, además de los que tiene su yerno judío. Trump probablemente pensaba: aparte de esos malditos judíos ¿a quién le importa?

Bueno, a unos 1.500 millones de musulmanes alrededor del mundo les importa. Y les importa un montón.

Reconocer Jerusalén entera como capital de Israel podría llevar a actos de violencia

Si Trump supiera algo, tendría claro que en los primeros momentos del islam, la qibla (la orientación del rezo) apuntaba a Jerusalén, antes de que se cambiara hacia La Meca. Jerusalén Este es el tercer lugar más santo del islam. Reconocer Jerusalén entera, incluyendo la parte oriental, como capital de Israel podría llevar a actos de violencia inimaginables contra instalaciones estadounidenses desde Indonesia a Marruecos.

Parece que por ahora, los expertos le han contado eso también a Trump, porque ha empezado a balbucear respecto a este asunto. Ahora se lo está pensando. Necesita tiempo. Quizás más tarde. Tal vez el nuevo embajador estadounidense, un ferviente sionista de derechas, se irá a vivir a Jerusalén, mientras que la embajada se quede en Tel Aviv.

Pobre tipo. Tendrá que viajar a diario de Jerusalén a Tel Aviv, una carretera que está casi siempre bloqueada por los atascos. Pero cada uno tiene que sufrir por sus convicciones.

Pero lo que es realmente triste es que en todos y cada uno de sus discursos desde la inauguración, el tema principal, de hecho casi el único tema, del presidente Donald Trump es Yo… yo… yo.

Yo, yo, yo, dándose golpes en el pecho.

Atentos a la película: King Kong II.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 28 Enero 2016 | Traducción del inglés: Ilya U. Topper

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