Identidades dolorosas

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 11 Feb 2017

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La fabulosa Casablanca
Dirección: Manu Horrillohorrillo-casablanca

Género: Documental
Intérpretes: Pedro Casablanc, Angel Velasco, Mariví Carrillo, Fernando Jiménez
Produccción: MLK Producciones
Guión: Manu Horrillo y José A. Hergueta
Duración: 80 minutos
Estreno: 2017
País: España

Pocos sentimientos parecen tan dolorosos como el de ser expulsado del Paraíso. A Adán y Eva, por ejemplo, les costó un sentimiento de culpa que ha resultado ser altamente hereditario, además de una mortalidad que no tenían en el Edén. A otros, en cambio, les provoca una melancolía vitalicia, cuando no termina siendo fuente de incurables rencores…

Por eso la voz en off con que comienza este filme (“Casablanca es un paraíso que nos tocó perder, y lo perdimos para siempre”) me pone un poco en guardia. Por otro lado, no es el primer documental que se hace en los últimos años acerca de la presencia española en Marruecos –no hace mucho reseñábamos aquí otro andaluz, Back to Sahara–, casi siempre empapados de nostalgia y algún que otro ramalazo post-colonialista.

La memoria de Casablanca está condicionada por el contraste con el Otro

El documental pretende reflejar los recuerdos y sentimientos de españoles de diversas edades que nacieron y vivieron en la Casablanca, y hubieron de marcharse en algunos de los periódicos éxodos que afectaron a esta numerosa población –hasta 50.000 personas a mitad de siglo: la más numerosa, dicen, después de la francesa– entre los años 50 y los 70. ¿Qué animó a todos estos ciudadanos a hacer las maletas? ¿Qué recuerdos guardan de su tiempo en la mítica ciudad? Veamos los testimonios.

En primer lugar salta a la vista que la memoria de Casablanca está condicionada por el contraste con el Otro. El otro que nos precedió en la posesión del paraíso –los franceses–, el que se lo quedó al final –los marroquíes. “Para los europeos fue ideal, para los autóctonos no sé”, oímos decir a Margarita Ortiz, una profesora jubilada que pertenece al reducido grupo de españoles que decidieron permanecer en la villa, y que está decidida a acabar felizmente sus días allí.

Se nos habla también de dos Casablancas, una que fue espejo de modernidad y otra, la marroquí, abandonada al subdesarrollo. Se nos habla de segregacionismo, “no racismo”, de una ciudad dividida por su origen y su confesión religiosa. Difícil de creer si pensamos en guetos rígidos, pero revelador por sí solo como recuerdo de los entrevistados.

Los españoles en Marruecos siempre fallaron en un detalle: aprender el árabe

Porque lo que va saliendo a flote mientras se suceden las entrevistas y se repasan los hitos históricos de la ciudad –el Centro Español, Patton, la conferencia de los Aliados…– es que nadie comprendía que el destino de unos iba, de un modo u otro, ligado al de los otros. Mis abuelas no oyeron hablar de Choque de Civilizaciones, tampoco de Alianzas, pero sí sospechaban que la colaboración entre vecinos era fundamental para que todos salieran adelante.

Es cierto que los españoles siempre fallaron en un detalle, aprender el árabe. Una de las entrevistadas se lo reprocha a sí misma: “Es una vergüenza que no sepa hablarlo aún”, afirma. Un rasgo que, por cierto, comparten con muchos franceses – y personas de otras nacionalidades – que llevan décadas en Marruecos, hasta nuestros días: de alguna manera les ha parecido siempre que en la comunicación entre europeos y locales, el esfuerzo de aprender el idioma les correspondía a estos últimos. Otra testigo incluso recuerda que en su casa le recalcaran que “esto es España y aquí se habla español”… en detrimento del francés.

Son cosas que pasan cuando la lengua no es un instrumento para entenderse, sino una afirmación de la identidad. No hablemos si la brecha se ensancha con la introducción del elemento religioso. Tal vez eran otros tiempos, pero sigue ocurriendo. El resultado es gente que se identifica con un territorio, pero no con otra gente. Cada uno ve el Paraíso hasta su muro, pero ignora cómo es el Paraíso (o lo que quiera que sea) de los demás.

Los españoles en Casablanca no vivían en Marruecos, sino en su propia pequeña España

Porque eso se impone como conclusión: los españoles que residieron en Casablanca no vivían en Marruecos. Vivían en su propia pequeña España, trasladada a una ciudad de África del norte con nombre, casualmente, español. Y sin embargo, creyéndose distintos, considerándose un colectivo aparte de la Península. Incluso uno mejor situado: llegar a España en el éxodo era llegar desde la próspera Casablanca a un país menos desarrollado, recuerda alguno. O quizás a un status diferente, a un país que no los privilegiaba, que no les otorgaba el espacio protegido en el que cerrar los ojos ante el subdesarrollo del territorio.

“Salir de Marruecos”, oímos de un director de teatro nacido allí, afincado desde hace décadas en Estados Unidos, “nos obligó a entrar en otra cultura muy diferente”. Se refiere a Málaga. ¿De verdad creía que de Casablanca a Málaga se ingresaba en otra cultura? ¿Tan diferente? ¿Lo creía de veras su familia? Mis abuelas se pasaron sus años mozos itinerando entre la Península, Ceuta, Marruecos y hasta Argelia, y nunca las oí hablar de culturas diferentes, como nadie habría dicho que cambiaba de cultura si se mudaba de Cádiz a Valladolid, San Sebastián o Gerona. Pueden cambiar algunas costumbres, el clima y las lenguas que se oyen alrededor, pero eso no basta para decretar un cambio de cultura. Esa idea solo puede ser una elaboración posterior, influenciada por Samuel Huntington y otras corrientes de pensamiento recientes.

La sensación final es de personas que no supieron o no lograron quedarse donde querían

Desfilan por la pantalla celebridades nacidas de aquella Casablanca mestiza: desde el boxeador Marcel Cerdan, El bombardero marroquí que llegó a intimar con Edith Piaf, al hollywoodiense Jean Reno, de verdadero nombre Juan Moreno. Vemos a los alumnos del instituto de enseñanza secundaria Juan Ramón Jiménez, una de las huellas que perduran de la presencia española, esforzarse por descubrir su ciudad en toda su riqueza. Pero también comprobamos cómo los marroquíes demolieron buena parte del patrimonio heredado –el Cinema Vox, la asombrosa Piscina municipal, la Plaza de Toros– sin darse cuenta de que eran ellos mismos quienes se quedaban sin espléndidas instalaciones. No concordaban con su cultura, se dice.

La sensación final es un tanto amarga. De personas que no supieron o no lograron quedarse donde querían, y que nunca llegaron a sentirse bien en su destino. De identidades que duelen, que más que conferir seguridad, siembran el desconcierto. “Somos [nosotros, los expatriados] más marroquíes que los propios marroquíes”, oímos decir a René Cerdan, el hijo del mítico púgil. No se da más explicación, pero en cambio un tatuaje con dos pies negros en su espalda es su modo de proclamar su orgullo. Y si bien en Marruecos nunca se dio el terrible y sangriento conflicto que desgarró el país vecino entre los hijos de la tierra y los pieds-noir, que se creían, ellos también, más argelinos que los argelinos, el símbolo hace pensar.

Eran otros tiempos, sí. Pero nada nos impide hoy aprender de ellos.

 

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