El regreso de los yihadistas

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Publicado el 23 Feb 2017

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Minarete en Túnez capital (2017) | © Alicia Alamillos
Minarete en Túnez capital (2017) | © Alicia Alamillos

Túnez | Febrero 2017 | Con J. F. Calero

Las tranquilas calles tunecinas, de colores claros de ciudad costera, mercados, zocos, puertas tachonadas y algún esporádico policía contrastan radicalmente con las de países vecinos como Egipto o incluso Bruselas o Francia, donde el estado de emergencia y la amenaza terrorista ha volcado al Ejército en los barrios. Tras un año tranquilo, en 2017 el Gobierno tunecino presume de su lucha antiterrorista sin recurrir a la militarización de las calles. Después de unos fatídicos 2014 y 2015, en 2016 Túnez registró “solo” 3 atentados. Y sin embargo, los tunecinos miran con inquietud al futuro: el regreso de cientos de yihadistas que se unieron a grupos como Daesh o al Frente Nusra (Al Qaida), que podrían importar lo aprendido en la guerra siria, iraquí y libia.

“No los vamos a meter a todos en la cárcel, porque no tendríamos suficientes cárceles”

Al menos 5.500 tunecinos se han unido a Daesh y otros grupos yihadistas, según informes de Naciones Unidas. Aunque tras seis años de conflicto muchos han muerto, el regreso de otros cientos es una realidad ante la que el Gobierno no ha presentado medidas concretas, critican grupos de la sociedad civil. El pasado 5 de febrero, decenas de personas salieron a las calles enarbolando pancartas con consignas como “Túnez no es un emirato del Daesh” o “Contra el regreso de la escoria terrorista”. Pidieron que se les retirara la nacionalidad o bien que fueran encarcelados inmediatamente.

El debate se encendió tras la respuesta en Twitter del presidente del país, Beji Caid Essebsi: “Muchos de ellos quieren volver, no se puede impedir a un tunecino que vuelva a su país. (…) No los vamos a meter a todos en la cárcel, porque si lo hiciéramos no tendríamos suficientes cárceles, pero tomamos todas las disposiciones necesarias para que sean neutralizados”.

“Nadie tiene la fórmula para tratar el problema de los retornados; estamos ante una experiencia piloto”, asegura en una entrevista el ministro tunecino de Interior, Hedi Mejdoub, sentado en uno de los salones del Ministerio situado en plena avenida Burguiba, en el corazón de la capital. Al menos 800 ya habrían regresado en los últimos años, según cifras que el Ministerio da por válidas. En virtud de la recientemente aprobada Ley Antiterrorista (2015), cualquier tunecino que haya cometido actos terroristas en el extranjero podrá enfrentarse a castigos entre 12 años de prisión y la pena de muerte. Los ministerios de Interior y Defensa han reforzado el control de fronteras para detectar a los que la crucen de manera ilegal, y “si alguien está fichado y ha pisado una zona de conflicto, será arrestado inmediatamente”, sostiene Mejdoub.

El Gobierno quiere construir un muro de arena de 250 km a lo largo de la frontera con Libia

La falta de un Gobierno efectivo y la efervescencia de las luchas internas en la vecina Libia facilitan el traspaso de yihadistas, tanto en un sentido como en otro, y dificultan los trabajos de recogida de información. A principios de 2016, el Gobierno anunció la construcción de un muro de arena de 250 km y un foso de dos metros de profundidad en la frontera entre ambos países, que se extiende a lo largo de 459 kilómetros. Según señalan desde Defensa, cuentan con vigilancia por un sistema de control electrónico –con financiación alemana y estadounidense- y el apoyo de una flotilla de helicópteros.

Una vez dentro del país, el problema ya es otro: según admiten fuentes de Interior, Túnez carece todavía de un plan para la integración y desradicalización de esos miles de jóvenes que se fueron a luchar por la yihad.

“Esas cifras, que salen de instituciones europeas y que hablan de 6.000 – 8.000 tunecinos en zonas de conflicto, son exageradas. Nosotros estimamos que hay unos 3.000 terroristas, incluso si podemos aceptar un margen de error, la cifra no supera de ninguna manera los 5.000”, asegura Mejdoub. Interrumpido por varias llamadas, – “está nevando en algunas zonas del país, no es muy normal esto”, bromea – el ministro trata de restarle alarmismo a un problema que amenaza la recuperación del turismo, clave en la economía de un país sin petróleo entre los “lagos de oro negro” de Libia y Argelia.

“El problema de la integración o desradicalización es complejo. No hay una fórmula de éxito. ¿Se debe hacer antes de que partan, o a su regreso? ¿Debe ser voluntario u obligatorio?… Son cosas que tenemos en mente. Debemos seguir una estrategia multidimensional para abordar el terrorismo. Hay que hacer alguna cosa”, confiesa el titular de Interior.

El atentado del mercado navideño de Berlín en diciembre recordó en muchos aspectos al que sacudió Niza el pasado 14 de julio, en el que un camión frigorífico arrolló a la multitud. Al igual que en la ciudad francesa, el perpetrador fue un tunecino, Anis Amri, que en su huida de vuelta a Túnez fue abatido por la policía en Milán. Otro tunecino fue detenido la semana pasada en Alemania sospechoso de liderar una célula preparada para atentar en el país germano.

“Los terroristas de Niza y Berlín eran tunecinos, es verdad, pero se han radicalizado en Europa”

“No creo que los casos de terroristas tunecinos como el de Niza o Berlín hayan afectado a nuestra imagen. Eran tunecinos, es verdad, pero se han radicalizado en Europa. Es Europa la que se debe preocupar por esta razón, no nosotros. Es más una mala imagen de los países europeos, que no hacen el trabajo como debería”, defiende en una entrevista el ministro de Defensa, Ferhat Horchani.

El 90% de los yihadistas tunecinos tiene menos de 40 años, 7 de cada 10 están solteros y el 32% de los nacionales en zonas de guerra procede de la región capitalina, seguida por Sidi Bouzid, ciudad donde el joven comerciante Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo en 2010 y desató varias revoluciones. Son datos de un informe del Ftdes (Forum Tunecino por los Derechos Económicos y Sociales) recogidos en un reportaje de Inkyfada, medio digital tunecino liderado por un pequeño grupo de jóvenes que ha radiografiado a los yihadistas tunecinos basándose en cerca de 2.000 dossieres judiciales.

“Estos datos prueban que los prejuicios son falsos, que la mayoría procede de la capital, no de zonas marginales como Kasserine”, explica Monia Ben Hamadi, una periodista de Inkyfada. Cuatro de cada diez de los presuntos yihadistas tunecinos tiene estudios universitarios. “La mayoría se radicalizó por las mezquitas y la lectura de textos salafistas. Es gente formada que no encontraba trabajo, frustrados y que se radicalizó en busca de dinero y para poner en práctica una ideología”, añade Ben Hamadi.

“Durante el Gobierno de Ennahda, las actividades del grupo salafista Ansar al Sharia eran legales”

La caída del dictador Ben Ali en 2011 inauguró un nuevo tiempo en Túnez. Esperanzados por la incipiente libertad de expresión en el país, decenas de intelectuales y exiliados políticos, muchos acogidos en Francia, vieron una oportunidad única para volver a su patria. El gobierno de transición aprobó una amnistía general y entre los liberados había no sólo activistas o islamistas presos de conciencia, sino también yihadistas. “Durante la troika (gobierno de coalición liderado por el partido islamista Ennahda), las actividades del grupo salafista Ansar al Sharia eran completamente legales. Entre 2012 y 2013 hubo un laxismo total incluso alentado por los islamistas de Ennahda desde el Gobierno, que animaba a los jóvenes a hacer la yihad en Siria para expulsar a Bashar Asad”, relata la periodista.

En febrero de 2013, el político laico Chokri Belaid, líder de la oposición a los regímenes de Habib Burguiba y Ben Ali –y encarcelado por ello – fue asesinado a tiros a la puerta de su casa. Para muchos, la muerte de Belaid, que había sufrido amenazas, fue instigada por los islamistas más radicales alentados por la permisividad de Ennahda. Seis meses más tarde, otro político de la oposición, Mohamed Brahmi, corrió la misma suerte. Tras estos asesinatos, Ansar Al Sharía fue clasificada como grupo terrorista, pero el daño ya estaba hecho: es el grupo más y mejor organizado en Túnez, catalizador del fanatismo islámico.

“Ansar al Sharia y otros grupos se han aprovechado de ese clima de libertad posrevolución para tratar de cambiar el modo de vida de los tunecinos e instar al uso de la violencia. Pero eso lo hemos sabido después, teníamos que permitir el curso normal de la democracia: todo el mundo tenía el derecho de crear su partido, pero poco a poco se ha ido regulado por la ley”, argumenta el ministro de Interior.

En los últimos años, en Túnez han florecido muchas mezquitas. Los nombres de algunas se repiten testarudamente en los sumarios judiciales y han sido objetivo de intensa vigilancia policial. Según algunas voces locales, se trata de un “acoso”. “Si llevas barba y te vistes con ropas tradicionales, te toman por terrorista”, critica un joven tunecino en la prensa ante la intensificación de las labores de la Policía. En los últimos meses de 2016, las fuerzas de seguridad aseguran haber desarticulado más de 160 células yihadista dentro del país.

“El terrorismo nace en un terreno de injusticia, y sólo triunfa cuando el Estado es débil”

Varias ‘cités’ o barrios periféricos rodean el corazón de la capital tunecina, a apenas unos minutos en coche desde el centro. En Ettadhamen, una barriada con más de medio millón de habitantes, islamistas de tendencias radicales y salafistas controlan un buen puñado de mezquitas, en las que jóvenes sin esperanzas recalan cada viernes.

“Si te humillan, no tienes trabajo, estás apartado… en cualquier momento puedes ser manipulado y radicalizado”, sostiene Imed Abdeljaoued, director de proyectos en el Programa de Apoyo a la Sociedad Civil, una iniciativa de la Unión Europea. “Hay que hacerlos sentirse ciudadanos, darles importancia y que se sientan parte de la región. Eso es un excelente ejercicio para evitar la radicalización”, propone. “Donde los jóvenes están metidos en iniciativas de sociedad civil y trabajo social, los radicalizadores no lo tienen tan fácil como entre la miseria”.

“Tenemos que sofocar los focos de frustración. El terrorismo nace en un terreno de injusticia, y sólo triunfa cuando el Estado es débil”, apunta el ministro de Defensa, Ferhat Horchani.

El principio del fin de Daesh

En Ben Guerdane, localidad a pocos kilómetros de la frontera con Libia, es difícil encontrar un trabajo legal. Los jóvenes se amontonan en las cafeterías viendo pasar las horas o con algún trabajillo por unos pocos dinares, y el comercio y tráfico es prácticamente el único modo de ganarse la vida en esta ciudad que se siente “marginada” por el Gobierno central, según un reciente informe de International Alert.

Los yihadistas intentaron tomar Ben Guerdane por las armas, pero la población los rechazó

En contraste con otras zonas del país, esta ciudad fronteriza carece de numerosos servicios públicos de calidad en salud o transporte público, lo que genera un sentimiento de exclusión y resentimiento en cerca del 90% de la población, según encuestas llevadas a cabo por esta organización.

Ben Guerdane fue también la primera ciudad de paso de yihadistas en su ruta a Siria e Iraq. En marzo de 2016, un convoy de más de 50 yihadistas provenientes de Libia asaltó la ciudad con la intención de hacerse con el control del municipio, y esperando encontrarse con el apoyo de la población. Tras varias horas de refriega en las calles, fueron derrotados y expulsados de la ciudad, en una operación que se convirtió en un espaldarazo para la lucha gubernamental contra el terrorismo.

“Intentaron crear su emirato o santuario en Ben Guerdane y fracasaron. Creo que en Ben Guerdane se consumó el comienzo del fin del terrorismo de Daesh”, sostiene el ministro Horchani. Subraya el apoyo de una población local que rechaza el yihadismo. En una terraza de la turística ciudad de Sidi Bou Said, ahora de capa caída, una joven da un sorbo a su café: “Con los atentados, por cómo está la situación económica en Túnez, el turismo… la gente no está acostumbrada a ver esto así. No se les va a aceptar. Se les odia”.

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