La gran brecha

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 26 Feb 2017

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Creo que fui el primero en sugerir que se le concediera el indulto a Elor Azaria, el asesino de Hebrón.

Pero esta sugerencia dependía del cumplimiento de varios requisitos: primero, que el soldado confesara su crimen abierta e incondicionalmente, que se disculpase y que fuese condenado a muchos años en prisión.
Sin estas condiciones, cualquier petición de indulto por parte del soldado significaría una aprobación de su acción y una invitación a más crímenes de guerra.

El sargento Azaria, un médico en la unidad de combate, apareció en escena después de un incidente en el centro del enclave judío en la antigua ciudad de Hebrón. Dispararon a dos jóvenes palestinos que habían atacado con cuchillos un puesto de control del ejército. No sabemos cómo murió el primero, pero el segundo fue filmado con una cámara proporcionada a la gente de la zona por la maravillosa organización antiocupación israelí B’Tselem.

Matar a un enemigo indefenso es un crimen en cualquier milicia civilizada

La cámara muestra al atacante tirado en el suelo, gravemente herido, inmóvil y sangrando. Unos doce minutos después, Azaria, que no había estado presente, aparece en pantalla. Se encuentra a menos de un metro del árabe herido y le dispara a quemarropa en la cabeza, matándolo al instante.

La prueba fotográfica, la cual se publicó inmediatamente en la televisión israelí (un hecho que no debe olvidarse), dejó al Ejército sin opción. Matar a un enemigo indefenso es un crimen en cualquier milicia civilizada. Azaria fue acusado de homicidio, no asesinato.

Se convirtió de inmediato en un héroe nacional para toda la derecha. Los políticos, incluyendo Binyamin Netanyahu y el actual ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, se apresuraron a protegerlo.

Azaria fue declarado culpable. En una sentencia redactada con dureza, el tribunal militar declaró que su testimonio consistía en puras mentiras.

La sentencia desató una oleada de protestas por toda la derecha. Insultaron al tribunal y éste se convirtió en el verdadero acusado. Frente a este estallido, la corte cedió y esta semana sentenció a Azaria a una ridícula pena de prisión de 18 meses, el castigo habitual para un menor árabe que ha lanzado piedras y no ha herido a nadie.

Azaria no ha pedido disculpas. En absoluto.

En vez de eso, él, su familia y sus admiradores se levantaron en la sala y comenzaron de repente a cantar el himno nacional.

Esta escena en la sala de audiencia se convirtió en la imagen del día. Fue claramente una manifestación contra el tribunal militar, contra el alto mando del ejército israelí y contra toda la estructura democrática del Estado.

Pero para mí, fue mucho, mucho más que eso.

La confrontación en la sala del Tribunal fue la ruptura de la sociedad israelí en dos partes

Era la Declaración de Independencia de otro pueblo israelí. Fue la ruptura de la sociedad israelí en dos partes, cuyas tensiones se han ido acentuando año tras año.

Las dos partes tienen cada vez menos en común. Tienen actitudes totalmente diferentes hacia el estado, sus fundamentos morales, su ideología, su estructura. Pero hasta ahora, se había aceptado que al menos una institución casi sagrada estaba por encima de la lucha, más allá de cualquier controversia: el ejército israelí.

El caso Azaria muestra que este último lazo de unión se ha roto.

¿Quiénes son estos grupos? ¿Cuál es el factor más profundo de esta división?

No hay vueltas que darle: es el factor étnico.

Todo el mundo trata de evadir este hecho. Montañas de eufemismo se han erigido para ocultarlo. Todo el mundo está temeroso, incuso asustado, de sus consecuencias. La hipocresía es un mecanismo esencial de defensa.

Ahora hay dos pueblos judío-israelíes. Se desagradan mutuamente con intensidad.

Históricamente, en Europa se solía tratar mal a los judíos, pero raramente en los países islámicos.

Uno se llama asquenazí, una palabra derivada de un viejo término hebreo empleado para designar a Alemania. Incluye a todos los israelíes de origen europeo y americano, quienes se adhieren o fingen adherirse a los valores occidentales.

El otro se llama mizrají (“orientales”). Solían llamarlo, erróneamente, sefardí (“españoles”), pero sólo una pequeña fracción de ellos son realmente descendientes de los judíos expulsados de España hace unos 700 años. La gran mayoría de estos expulsados decidieron ir a países musulmanes, en vez de a Europa.

La comunidad mizrají incluye a todos los israelíes cuyas familias proceden de países que van desde Marrueco hasta Irán.

Históricamente, en Europa se solía tratar mal a los judíos, pero raramente en los países islámicos. Pero los asquenazíes están orgullosos de su herencia europea, cuando en realidad están cada vez más distanciados de ella; mientras que para los mizrajíes no hay mayor insulto que compararlos con los árabes.

¿Cómo comenzó esta brecha? El movimiento sionista fue creado principalmente por los asquenazíes, quienes constituían la inmensa mayoría del mundo judío antes del Holocausto. Naturalmente, eran los principales colaboradores de la nueva comunidad sionista en Palestina, aunque también había algunas figuras mirajíes destacadas.

La profunda división empezó justo después de la guerra de 1948. Come he mencionado algunas veces, fui uno de los primeros que lo vio venir. Como líder de pelotón en la guerra, comandé un grupo de voluntarios de Marruecos y otros países mediterráneos (quienes, por cierto, me salvaron la vida cuando estaba herido).
Presencié el comienzo de la separación y advertí al país en una serie de artículos que datan de 1949.

Los mizrajíes se ven como “el pueblo” judío y desprecian a los asquenazíes como “élite”

¿De quién es la culpa? De ambos bandos. Pero dado que los asquenazíes controlaban todos los aspectos de la vida, su parte de culpa es seguramente mayor.

Viniendo de dos civilizaciones grandes, pero muy diferentes, quizás era inevitable que las dos comunidades discreparan en muchos aspectos de la vida. Pero en aquel momento todo el mundo estaba desconcertado por el mundo de los mitos sionistas, y no se hizo nada para evitar el desastre.

Hoy en día, los mizrajíes se ven a ellos mismos como “el pueblo”, los verdaderos (judíos) israelíes, despreciando a los asquenazíes como “élites”. También creen que son la gran mayoría.

Esto es completamente falso. Es una división más o menos igualada, con los inmigrantes rusos, los judíos ultraortodoxos y los ciudadanos árabes constituyendo entidades separadas.

Una cuestión interesante concierne a los matrimonios mixtos. Hay muchos, y una vez creí que sanarían automáticamente la desavenencia. No ocurrió. Más bien, cada pareja se une a una u otra de las dos comunidades.

Las líneas no están claramente trazadas. Hay muchos profesores mizrajíes, médicos, arquitectos y artistas que se han unido a las “élites” y se sienten parte de ellas. Hay muchos políticos asquenazíes (especialmente en el Likud), quienes se comportan como si pertenecieran al “pueblo”, con la esperanza de atraer votos.

 

El partido Likud (“unificación”) es un fenómeno en sí mismo. La masa dominante de sus miembros y votantes son mizrajíes. De hecho, es el partido mizrají por excelencia. Pero casi todos sus líderes son asquenazíes. Netanyahu juega a ser los dos.

Volvamos a Azaria.

Las encuestas de opinión pública nos dicen que para la gran mayoría de los mizrajíes, matar a un “terrorista” seriamente herido es lo correcto. Tras declarar en la corte, su padre lo besó y gritó: “¡Eres un héroe!” Para muchos asquenazíes, fue un acto despreciablemente cobarde.

El Ejército de Israel se ha deteriorado hasta convertirse en una fuerza policial colonial

Una víctima del asunto es el jefe de Estado Mayor, Gadi Eizenkot. Hasta hace poco, era la persona más popular del país. Ahora, es considerado por los mizrajíes como un lacayo despreciable de las “élites” asquenazíes. Sin embargo, a pesar de que su nombre suena alemán, Eizenkot es de ascendencia marroquí.

(Nota personal. En la guerra de 1948, vi con mis propios ojos muchos actos de verdadero heroísmo: soldados que sacrificaban sus vidas para salvar a un compañero o que luchaban en situaciones desesperadas. Recuerdo la hazaña de Natan Elbaz, un mizrají de pura cepa, que se lanzó sobre una granada activada para salvar las vidas de sus compañeros. Me siento insultado cuando un soldado es coronado con este título tras disparar a sangre fría a un enemigo herido).

Desde hace más de 40 años, el Ejército no ha librado una verdadera guerra contra una verdadera milicia. Se ha deteriorado hasta convertirse en una fuerza policial colonial, el instrumento de un sistema de opresión de otro pueblo. En el desempeño de este papel, muchos actos de brutalidad se han cometido cada día.

Recientemente, un inocente profesor árabe, un ciudadano beduino de Israel, se vio envuelto en un accidente por accidente, cuando la policía se enfrentó a la población local. Dispararon al profesor, con la convicción errónea de que estaba a punto de atropellarlos.

Los policías no llamaron a los médicos. El profesor se desangró lentamente hasta morir

El hombre estaba gravemente herido y sangrando, con policías alrededor. No llamaron a los médicos. Se desangró lentamente hasta morir. Duró 20 minutos.

Sólo un soldado de la más alta calidad humana, que creció en una sólida familia humana, puede soportar este efecto brutal. Afortunadamente, hay muchos.

Creo que es ahí donde radica la solución. Debemos liberarnos de la ocupación, a través de todos los medios disponibles, cuanto más rápido mejor.

Cada amigo verdadero de Israel de cualquier parte del mundo debe ayudar.

Sólo entonces podremos dedicar nuestros recursos mentales y sociales a reparar la Gran Brecha y convertirnos en el pueblo que a muchos de nosotros nos gustaría ser.

Y cantar nuestro himno nacional con la conciencia tranquila.

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© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 25 Feb 2017 | Traducción del inglés: Miriam Reinoso Sánchez

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