El Ejército más moral

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 19 Mar 2017

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Hace unos días me topé con una excelente película británica, Testamento de Juventud, cinta basada en las memorias de Vera Brittain.

Vera narra su historia, la historia de una chica británica que creció en el seno de una familia burguesa sin sufrir ningún tipo de preocupaciones o penas, hasta que la Primera Guerra Mundial puso fin a ese paraíso. Su hermano, sus amigos y su prometido murieron uno a uno en los barrizales de Francia. Ella se alistó como enfermera cerca del frente y atendió a cientos de heridos y muertos. Aquella dulce muchacha de pueblo terminó convirtiéndose en una dura mujer.

La escena que más me impresionó tiene lugar cuando ella se encuentra destinada en un barracón repleto de soldados alemanes heridos. Un oficial alemán, no demasiado joven, está agonizando. En su propio delirio ve a su amada, agarra las manos de Vera y le susurra “¿Eres tú, Clara?”, a lo que Vera responde en alemán “Ich bin hier”, “Estoy aquí”. Con una feliz sonrisa en los labios, el alemán muere.

Al final de la guerra, una muchedumbre de ingleses exige una paz vengativa. Vera se sube al escenario y relata esta anécdota. La muchedumbre enmudece.

La película me hizo recordar el caso de Elor Azaria, el soldado que acabó con la vida de un atacante árabe, gravemente herido, que yacía indefenso en el suelo. Fue condenado de forma severa por un tribunal militar, si bien se le castigó con una pena de prisión ridículamente leve de tan solo año y medio. Su abogado, buscando publicidad, ha recurrido la sentencia.

Matar a un enemigo herido o capturado es un crimen de guerra. ¿Por qué?

Un ejército que entrena a sus soldados para matar, ¿cómo les puede pedir que sean clementes?

Para muchos, tal afirmación es un sinsentido. La guerra es lugar de muerte y destrucción. A los soldados se les condecora por matar. Entonces, ¿por qué de repente se considera un crimen matar a un enemigo herido? ¿Cómo es posible que hablemos de un Derecho de la guerra cuando la guerra en sí misma quebranta todas las leyes? Un ejército que entrena a sus soldados para matar, ¿cómo les puede pedir que sean clementes?

Desde el principio de la humanidad, la guerra ha formado parte de la condición humana. Comenzó con las tribus primitivas, que defendían sus limitados recursos alimenticios de los vecinos predadores. Los muertos de aquellos significaban recursos no perdidos.

Los límites de los estragos de la guerra se fijaron tras la finalización de uno de los conflictos más espantosos de la Historia: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Su principal campo de batalla fue Alemania, un país llano del centro de Europa, sin ningún tipo de fronteras defendibles. Los ejércitos extranjeros penetraron en el país por todos lados para enfrentarse entre ellos. Estos ejércitos devastaron ciudades enteras, asesinando, violando y saqueando.

Aunque comenzó como una guerra religiosa, acabó convirtiéndose en una guerra por la supremacía y el lucro.

No se puede hacer nada para limitar las prácticas que son necesarias para ganar una guerra

Murieron millones de personas. Al final, dos tercios de Alemania quedaron arrasados y se exterminó a un tercio de la población alemana. Una de las consecuencias fue que los alemanes, al no poseer ningún tipo de frontera natural y defendible como mares y montañas, crearon una frontera artificial: un poderoso ejército. Tal hecho marcó el comienzo del militarismo alemán, que culminaría con el delirio nazi.

Siendo testigos de las atrocidades cometidas durante la Guerra de los Treinta Años, los humanistas sopesaron diferentes formas de limitar las contiendas y crear un Derecho internacional. El defensor más destacado de esta idea fue un holandés, Hugo de Groot (“Grotius”), quien sentó las bases de las reglas de la guerra.

¿Cómo se puede limitar una guerra? ¿Cómo pueden ser las armas “puras”, cuando su único propósito es matar y destruir? Grotius estableció un principio muy sencillo: no se puede hacer nada para limitar las formas y prácticas que son necesarias para ganar una guerra. Ningún ejército respetaría tales restricciones.

En la guerra, no obstante, ocurren cosas terribles que no tienen nada que ver con la victoria. Matar a civiles, a prisioneros y a los heridos no contribuye a la victoria. Perdonarles la vida resulta positivo para todas las partes. Si perdono las vidas de los soldados enemigos capturados y si el enemigo perdona las vidas de mis propios soldados capturados, todo el mundo sale ganando.

Por consiguiente, las reglas modernas de la guerra no son solo morales y humanitarias, sino que también son sensatas. Todas las naciones civilizadas las reconocen. Incumplirlas se considera un crimen.

Al principio, la ley que prohibía matar a los prisioneros y de los heridos se aplicaba únicamente a los soldados uniformados. Pero para las generaciones actuales, la línea divisoria entre soldados uniformados y civiles que luchan se ha vuelto cada vez más difusa. Guerrilleros, partisanos, combatientes clandestinos y terroristas, todos ellos forman parte de los distintos conflictos. El Derecho internacional se amplió para incluirlos en él.

Descubrí esta regla científica: “Los combatientes están de mi lado, los terroristas no”

(¿Cuál es la diferencia entre un terrorista y un combatiente por la libertad? Me enorgullezco de haber descubierto hace tiempo esta regla científica: “Los combatientes están de mi lado, los terroristas no”.)

Volvamos a Elor Azaria. Matar a un “terrorista” herido y neutralizado es, simple y llanamente, un crimen de guerra. Los “terroristas” heridos tienen que recibir asistencia médica. Ya no son enemigos, son solo seres humanos heridos. Exactamente igual que el oficial alemán que agonizaba en la película.

#Sarah Netanyahu, la muy impopular esposa de nuestro primer ministro, afirmó recientemente en una entrevista: “¡Creo que las Fuerzas de Defensa de Israel son el ejército más moral del mundo!”.

Únicamente citaba un artículo de fe israelí, que se repite incesantemente en todos los medios de comunicación, escuelas y discursos políticos israelíes.

Algunos podrían pensar que un “ejército moral” es un oxímoron. Los ejércitos son inmorales por naturaleza propia. Los ejércitos existen para hacer la guerra y la guerra es básicamente inmoral.

Podría uno preguntarse cómo la guerra ha sido capaz de sobrevivir durante todos estos milenios. La humanidad ha hecho enormes progresos en todos los campos, pero la guerra aún perdura. Da la sensación de que se encuentra muy arraigada en la naturaleza humana y en nuestra sociedad.

Cuando dos ciudadanos discuten, ya no tienen derecho a matarse mutuamente. Deben acudir a los tribunales y aceptar el fallo que se dicte, al basarse en un derecho aceptado por todos. El sentido común nos dice que en el caso de las naciones se debería de actuar de igual forma. Cuando dos estados mantienen una disputa, tendrían que acudir a un tribunal internacional y aceptar la sentencia dictada de manera pacífica.

¿Nos encontramos muy lejos de una realidad como esta? ¿A siglos? ¿A milenios? ¿A una eternidad?

En el siglo XVII, las guerras las llevaban a cabo mercenarios, luego fueron ejércitos profesionales

En el siglo XVII, las guerras las llevaban a cabo mercenarios, quienes luchaban por dinero. Con frecuencia, las tropas cambiaban de bando en el campo de batalla. Los soldados marchaban a la guerra buscando un botín. El saqueo de Magdeburgo durante la Guerra de los Treinta Años aún se recuerda en la historia de Alemania. Fue una orgía de saqueos, asesinatos y violaciones en aquella ciudad al oeste de Berlín.

Un siglo más tarde, las guerras las llevaron a cabo ejércitos nacionales profesionales y se volvieron algo más civilizadas. Las contiendas promovidas por Luis XVI y Federico II el Grande dejaron tranquila en su mayor parte a la población civil.

Con la llegada de la Revolución Francesa nacieron los modernos ejércitos de masas. El servicio militar obligatorio para todos se convirtió en una norma y aún hoy en día sigue vigente en Israel y en muchos otros países.

El servicio militar obligatorio significa que casi todo el mundo debe servir unos con otros: buenos y malos, honrados y corruptos. He visto cómo hijos bien educados y procedentes de “buenas familias” perpetraban espantosos crímenes de guerra. Cuando me los volví a encontrar años después, se habían convertido en ciudadanos respetuosos con las leyes y en honrados padres de familia.

Mi conclusión es que si, en un pelotón cualquiera, un par de soldados mentalmente estables y con cierta moralidad se enfrentan a unas cuantas ovejas negras, con la mayoría de los soldados entre ambos grupos, cabe la posibilidad de que los buenos soldados marquen las pautas a seguir.

En un ejército, los mandos siempre deben cargar con la responsabilidad

Pero también existe la posibilidad de que esos mismos buenos soldados se terminen integrando con el resto y al final todo el grupo se deshumanice. Este sería un buen argumento en contra del servicio militar obligatorio.

(Debo admitir que estoy indeciso ante esta cuestión. Por un lado, me gustaría que los hombres y mujeres moralmente firmes sirvieran para que influyesen sobre sus unidades, pero por otro lado simpatizo profundamente con aquellos que siguen la voz de su conciencia… y acaban pagándolo.

Cuando veo a un soldado disparar a un enemigo herido a sangre fría, me pregunto a mí mismo: ¿Quiénes son sus padres? ¿Dónde se crio? ¿Quiénes son sus superiores?

Una gran parte de la culpa la tienen los oficiales, desde el jefe de la unidad hasta el comandante del frente. En un ejército, los mandos siempre deben cargar con la responsabilidad. Todo dependerá de los estándares morales que impriman a sus subordinados. Siempre los culpo a ellos en primer lugar.

Justo al comienzo de este asunto propuse condenar a Azaria a una pena de prisión severa para que sirviera de ejemplo. Luego le perdonaría, con la única condición de que admitiera su crimen públicamente y pidiera perdón. Hasta el momento se ha negado a hacerlo y se enorgullece de su estatus de héroe para algunos sectores de la población. Lo mismo hacen sus padres, que disfrutan visiblemente de su exposición pública.

Por ello, ¿cómo de moral es el Ejército israelí?

El único ejército que es completamente moral es aquel que no combate

Incluso antes de que se fundara el Estado de Israel, la organización paramilitar clandestina (la Haganá), que conformó sus cimientos, se enorgullecía de su moralidad. En aquel momento su eslogan era, y aún sigue siéndolo, “La pureza de las armas hebreas”. Era tan cierto en ese momento como lo es ahora, si bien contribuyó a establecer la creencia de ser “El Ejército más moral del mundo”.

No existe en verdad un ejército moral. Por desgracia, los ejércitos son necesarios en el mundo, pero su moralidad será siempre discutible.

Si tuviera que calificar a nuestro Ejército, diría que es más moral que el Ejército ruso, pero al mismo tiempo diría que es menos moral que, por ejemplo, el Ejército suizo.

El único ejército que es completamente moral es aquel ejército que no combate.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 18 Mar 2017 | Traducción del inglés: Pablo Barrionuevo

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