La túnica de Nesos

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 9 Abr 2017

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En pocas semanas, Israel celebrará el cincuenta aniversario de la Guerra de los Seis Días.

Se verterán millones de palabras, la mayoría huecas. Como viene siendo habitual.

Pero este evento se merece algo mejor. Es un drama único en la historia de la humanidad. Solo un escritor bíblico podría hacerle justicia. William Shakespeare lo habría hecho bien.

Supongo que la mayoría de los lectores no habría nacido aún por aquel entonces y los que sí, seguramente aún no pudieron entender lo que pasaba.

Por ello, permitidme que intente narrar este drama tal y como yo lo vi desarrollarse.

Todo comenzó el Día de la Independencia, en 1967, durante la celebración anual de la fundación oficial del Estado de Israel. Era solo el decimonoveno aniversario.

En la ceremonia, alguien le entregó a Eshkol una nota. Le echó un vistazo y siguió como si nada

El primer ministro, Levy Eshkol, estaba de pie en la tribuna pasando revista a un desfile de las Fuerzas Armadas. Eshkol se sentía completamente alejado de todo lo que fueran ceremonias militares. Era un civil de la cabeza a los pies, líder de un grupo compuesto por los miembros veteranos del partido que habían conseguido expulsar cuatro años antes al autoritario David Ben-Gurion del gobernante Partido Laborista.

En el apogeo de las ceremonias, alguien le entregó a Eshkol una nota. Eshkol le echó un vistazo y siguió como si nada hubiera pasado.

La nota contenía un breve mensaje: “El ejército egipcio acaba de entrar en la península del Sinaí”.

La primera reacción pública fue de incredulidad. ¿Qué? ¿El ejército egipcio? Todo el mundo sabía que el ejército egipcio estaba ocupado en el lejano Yemen. Allí, una guerra civil se propagaba y los egipcios habían intervenido, sin mucho éxito.

Pero fue durante los siguientes días cuando se confirmó lo increíble: Gamal Abd-al-Nasser, el presidente de Egipto, sí que estaba enviando unidades militares al desierto del Sinaí. Era una clara provocación a Israel.

Ben-Gurion había declarado el “Tercer Imperio Israelí”, continuando lo iniciado por David

La península del Sinaí pertenece a Egipto. Israel la había ocupado en 1956, confabulando con dos imperios coloniales en declive, Francia y Gran Bretaña. Ben-Gurion, en aquel momento primer ministro, había declarado el “Tercer Imperio Israelí” (continuando con lo iniciado por David y los hasmoneos más de dos mil años atrás), pero tuvo que retractarse con cierta tristeza.

Tanto el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, como el presidente soviético, Nikolai Bulganin, habían enviado ultimátums e Israel no tuvo más remedio que obedecer. Así que Israel devolvió todo lo que había conquistado, pero a cambio recibió dos premios de consolación: el Sinaí quedó desmilitarizado. Las tropas de Naciones Unidas ocuparon varias posiciones clave. Además, a los egipcios se les obligó a abrir el estrecho de Tirán, la salida del golfo de Áqaba, de la cual dependían las (pequeñas) exportaciones de Israel hacia el este.

¿Qué había llevado a Nasser, un gran orador pero un prudente hombre de estado, a iniciar una nueva aventura?

Todo empezó en Siria, rival de Egipto en la batalla por el liderazgo del mundo árabe. Las guerrillas de Yasser Arafat asaltaban Israel desde la frontera con Siria y el jefe de Estado de Israel había declarado que el ejército israelí marcharía hacia Damasco si esta molestia no cesaba.

Nasser vio la oportunidad de reafirmar su liderazgo sobre el mundo árabe. Advirtió a Israel de que dejara en paz a Siria y para enfatizar su mensaje envió a su ejército al Sinaí. Además, ordenó a las tropas de Naciones Unidas establecidas en el Sinaí que evacuaran varias de sus posiciones.

Un ambiente de pánico azotó a Israel. Se llamó a filas a todas las reservas militares

Estos hechos enfurecieron al secretario general de Naciones Unidas, el birmano U Thant, quien tampoco era un líder muy sensato. Su respuesta fue que si Nasser persistía, todas las tropas de Naciones Unidas se retirarían. Como Nasser no podía dar marcha atrás sin quedar en entredicho, todas las tropas de Naciones Unidas se retiraron.
Un ambiente de pánico azotó a Israel. Se llamó a filas a todas las reservas militares. Los hombres desaparecieron de las calles, se concentró a los varones adultos israelíes en la frontera egipcia, sin nada que hacer y volviéndose cada día más impacientes.

Como si fuera algo intencionado, el miedo en Israel aumentó día tras día. El civil Eshkol no inspiraba ninguna confianza como líder militar. Para empeorar aún más las cosas, pasó algo curioso. Para apaciguar esta ola de pánico, Eshkol tomó la decisión de dirigirse a la nación. Pronunció en la radio un discurso previamente escrito (aún no se hacía en televisión). Antes de leerlo en voz alta, se lo entregó a su principal asesor, quien realizó algunas pequeñas correcciones, pero en una parte se le olvidó tachar la palabra corregida.

Cuando Eshkol llegó a esa parte, titubeó. ¿Cuál de las dos versiones era la correcta? Era como si el primer ministro (que también era el ministro de Defensa) tartamudeara cuando el destino de la nación pendía de un hilo.

¿Pero realmente era así? Mientras que el pánico crecía a mi alrededor, yo deambulaba como si fuera un novio en un funeral. Incluso mi esposa pensó que me había vuelto un poco loco.

Tenía mis buenas razones. Unos meses antes del comienzo de la crisis me habían invitado a dar una charla en un kibutz. Como era habitual, después de concluir la charla, me invitaron a tomar café con algunos de los miembros más veteranos. Uno me contó en confianza que una semana antes, el comandante del frente del norte en el ejército había dado también una charla y también le habían invitado a tomar café, donde les confesó a los veteranos lo siguiente: “Cada noche, antes de irme a dormir, rezo a Dios para que Nasser envíe su ejército al Sinaí. Allí lo aniquilaremos.”

En aquellos días yo era el editor de una revista de gran tirada, además de miembro de la Knesset y presidente del partido que me había enviado allí. Escribí un artículo titulado “Nasser ha caído en una trampa”, que solo consiguió reafirmar la impresión de que yo estaba como una cabra.

Escribí: “Nasser ha caído en una trampa”, lo que reafirmó la impresión de que yo estaba como una cabra

Pero Nasser pronto se dio cuenta de que sí que había caído en una trampa. Intentó frenéticamente escapar de ella, pero de la forma equivocada. Emitió amenazas espeluznantes y declaró el cierre de los estrechos de Tirán (aunque al mismo tiempo envió discretamente a un compañero de confianza a Washington, instando al presidente a que contuviera a Israel. Como todos los líderes árabes en aquel momento, creía sinceramente que Israel era tan solo un títere de los americanos).

De hecho, los estrechos nunca llegaron a cerrarse en realidad. Pero el anuncio hizo que la guerra fuera inevitable. Bajo una inmensa presión pública, Eshkol tuvo que abandonar el Ministerio de Defensa y cedérselo a Moshe Dayan. Varios de los generales más reputados del Ejército exigieron una reunión con Eshkol y amenazaron con dimitir si no se ordenaba inmediatamente al ejército que atacara. Esa orden se dio.

#En el segundo día de la guerra se me convocó en la Knesset. Tenía gripe, pero me levanté y conduje hasta Jerusalén. Mi resplandeciente coche blanco brillaba como un meteoro entre la masa de tanques que también se apresuraban en dirección a Jerusalén, pero los soldados me dejaron pasar, regalándome comentarios jocosos.

La Knesset sufría el ataque de la artillería jordana. Rápidamente votamos el presupuesto destinado a la guerra (voté a favor y no me arrepiento, a diferencia de otros dos votos de los que sí me arrepiento, aunque eso es otra historia). A continuación nos trasladaron al refugio.

Durante seis increíbles días, el ejército israelí destruyó fácilmente a tres ejércitos árabes

Allí, un amigo mío, oficial de alto rango, me susurró al oído: “Todo ha terminado. Hemos destruido a las fuerzas aéreas egipcias sobre el terreno”. Y así fue. El verdadero fundador de las Fuerzas Aéreas israelíes, Ezer Weitzman, había estado planeando este día durante años y había creado una fuerza diseñada específicamente para llevar a cabo esta misión.

Lo demás es historia. Durante seis increíbles días, el ejército israelí destruyó fácilmente a tres ejércitos árabes y varias facciones de algunos más, que se quedaron sin cobertura aérea. El país se encontraba en un delirio de júbilo. Abundaban los himnos y las celebraciones de victoria. Toda la lógica se fue al infierno.

En el quinto día de la guerra publiqué una “carta pública” al primer ministro, solicitándole que convocara un plebiscito urgente entre los palestinos en los territorios que acabábamos de conquistar, permitiéndoles escoger entre volver al reino de Jordania, o a Egipto en el caso de Gaza, integrarse en Israel o establecer un Estado nacional propio.

Unos días después del fin de la guerra, Eshkol me invitó a una reunión privada y tras escuchar mis ideas sobre un estado palestino, codo con codo con Israel, me preguntó cordialmente: “Uri, ¿qué tipo de vendedor eres? Si uno quiere hacer un trato, comienza pidiendo lo máximo posible y ofreciendo lo mínimo, de forma que poco a poco se llegue a un acuerdo intermedio. ¿Quieres que se lo ofrezcamos todo desde el primer momento?”.

No se les ofreció nada a los palestinos. Cincuenta años después seguimos bloqueados con la ocupación

Y así, no se les ofreció nada a los palestinos. Cincuenta años después, seguimos bloqueados con la ocupación. Israel ha cambiado por completo, la odiada derecha ha asumido casi el poder absoluto, los colonos deambulan por Cisjordania, y Gaza se ha vuelto un gueto aislado. Israel se ha convertido en un estado colonial del apartheid.

Si yo fuera una persona religiosa, lo describiría de la siguiente forma: hace muchos años, Dios envió a su pueblo elegido, Israel, al exilio desde Tierra Santa como castigo por sus pecados. Hace ciento treinta años, una parte del pueblo de Israel decidió volver a Tierra Santa sin el permiso de Dios. Ahora, Dios ha castigado de nuevo al pueblo de Israel otorgándoles una victoria milagrosa y convirtiendo esa victoria en una maldición que lo está llevando al desastre.

Con ese fin, Dios tomó prestada una idea de sus colegas griegos. Ha convertido los territorios ocupados en la túnica de Neso.

Neso, el centauro, murió a manos del héroe Hércules. Antes de morir, Neso empapó su túnica con su sangre contaminada, un veneno mortal. Cuando Hércules se la puso, se le adhirió a la piel y no se la pudo quitar más. Al intentarlo, la túnica lo mató.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 8 Abr 2017 | Traducción del inglés: Pablo Barrionuevo

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