No es (aún) la III Guerra Mundial

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Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 10 Abr 2017

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La madrugada del viernes, el presidente estadounidense Donald Trump ordenó el bombardeo de la base aérea siria desde la que presuntamente se lanzó el ataque químico que mató a al menos 86 personas en la localidad de Jan Shijún: 59 misiles Tomahawk disparados desde navíos en el Mediterráneo han caído sobre la instalación. Oficialmente pretende ser una advertencia al régimen de Bashar Asad de que no asuma que sus acciones quedarán impunes.

Desde el punto de vista militar, la operación ha sido impecable. Aunque se estima que ha costado casi 15 millones de dólares, no se han producido bajas en el bando atacante, y lo más importante: al lanzar los misiles desde barcos, se ha evitado la posibilidad de que aviones estadounidenses entrasen en combate con cazas sirios o, más preocupante, rusos, lo que habría supuesto un enorme riesgo de escalada hacia una guerra abierta con Rusia.

No está claro que el Gobierno estadounidense quieran iniciar una campaña sostenida contra Asad

La acción ha sido muy aplaudida por aquellos que, durante años, han criticado la supuesta pasividad de Barack Obama en el conflicto sirio. “La Administración Trump ha empezado a restablecer la credibilidad de una respuesta militar estadounidense, esencial para crear las condiciones para un acuerdo negociado duradero”, afirma Christopher Kozak, analista para Siria en el Instituto para el Estudio de la Guerra de Washington.

Pero añade: “La disuasión es una condición persistente, no un paquete de ataque de una sola hora. El presidente Trump ha demostrado su intención y capacidad de usar la fuerza estadounidense en caso necesario. Debe sostener la presión contra Asad para establecer las condiciones que permitan alcanzar nuestros intereses vitales de seguridad en Siria”.

Y sin embargo, no está claro que el nuevo Gobierno estadounidense esté convencido de iniciar una campaña sostenida contra Asad. La decisión de atacar en Siria parece oportunista, como indican los comentarios de Trump esta semana en una rueda de prensa conjunta con el rey Abdullah de Jordania: “Este ataque (químico) me ha hecho cambiar de opinión sobre Siria”, señaló. Si un paso tan importante depende únicamente del estado de humor del presidente, las conclusiones son bastante inquietantes.

Los sistemas de defensa antiaérea rusos en Siria ni siquiera se activaron

Pero además, es muy probable que la operación tenga un alto componente de maniobra de distracción: a Trump le conviene que las portadas de los principales periódicos estadounidenses se ocupen de otra cosa que de los escándalos y controversias que rodean a su Administración, las más importante de las cuales son los presuntos contactos entre miembros de su equipo y funcionarios rusos, antes y después de su victoria presidencial.

En ese sentido, el ataque le permite a Trump afirmar que no es tan amigo de Rusia como se dice, dado que el Kremlin es el principal valedor internacional del régimen de Asad.

No obstante, hay algunos aspectos discutibles en esa asunción. Como señala el profesor Mark Galeotti, experto en las fuerzas armadas rusas, los equipos antiaéreos rusos no entraron en acción ante el ataque a pesar de la Casa Blanca avisó al Kremlin con minutos de antelación. “Es destacable que sus sistemas de defensa antiaérea -que podrían haber sido desplegados contra los misiles Tomahawk, aunque no derribar los 50- ni siquiera fueron activados”, explica. “A Moscú puede no gustarle la respuesta de Washington, pero no estaba dispuesto a ponerse en su camino. Ese es un signo alentador de realismo”, indica.

La conclusión es que Putin puede estar empezando a cansarse de Asad. Hay algunos indicios de que enviados rusos le habrían sugerido al presidente sirio en varias ocasiones que se hiciese a un lado para poner en su lugar a otro líder más aceptable para la oposición, lo que permitiría un verdadero progreso en las conversaciones de paz. Asad habría rechazado radicalmente la idea, consciente de que cuenta con el respaldo incondicional de Irán.

Una atrocidad gratuita

El ataque químico de esta semana, que podría haber pasado desapercibido, supone un punto de inflexión importante, especialmente si el autor ha sido el régimen sirio, como sostienen los servicios de inteligencia occidentales. Para empezar, ha sido totalmente gratuito: a diferencia del escenario de otros episodios similares en la guerra de Siria, Jan Shijún no era un objetivo bélico relevante, y parece más fruto de la venganza y el deseo de causar daño que de una necesidad militar real.

La explicación dada por Rusia -que un bombardeo de la aviación siria hizo estallar un depósito donde los “terroristas” almacenaban productos destinados a fabricar armas químicas- ha sido desmontada por el periodista del diario The Guardian Kareem Shaheen, que se ha desplazado al lugar y ha descubierto que el presunto depósito de químicos no era sino un gran almacén vacío.

Es probable que el Kremlin esté furioso con Asad por poner en riesgo una exitosa campaña de opinión pública

Así, es muy probable que en el Kremlin estén furiosos con un Asad que habría puesto en riesgo lo que en los últimos tiempos venía siendo una exitosa campaña tanto militar como de opinión pública: tras las victorias en Alepo y Palmira y los avances en Hama e Idlib, a casi ningún observador le quedan dudas de que el régimen sirio y sus aliados internacionales están ganando abiertamente la guerra, al menos la llevada a cabo contra la oposición armada mayoritaria, la que de verdad suponía un riesgo para Damasco (el Estado Islámico o las milicias kurdas son otro problema diferente). Permitir una represalia limitada por parte de Washington es una forma de decirle a Asad que no todo vale.

El riesgo de enfrentamiento abierto entre la OTAN y Rusia está contenido, al menos por el momento. Otra cosa es lo que suceda a partir de aquí: aliados de Washington como Turquía han empezado ya a presionar a favor del establecimiento de zonas de exclusión aérea en Siria, una medida mucho más difícil de llevar a cabo, y que sí podría provocar una respuesta rusa. Para llevarla a cabo, la aviación estadounidense tendría que bombardear numerosas instalaciones militares dentro de Siria -sistemas de radares, defensas antiaéreas, aeródromos-, y probablemente un enfrentamiento con cazas rusos acabaría siendo inevitable. Al riesgo contribuye la decisión rusa de suspender el memorándum de entendimiento con EEUU para evitar incidentes bélicos en Siria, anunciada esta misma tarde.

La duda, ahora, es si Trump está dispuesto a arriesgarse a una guerra con Rusia para resolver sus problemas en casa.

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