Marine Le Pen, la heredera

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 21 Abr 2017

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Antes de que les surgiera Jean-Luc Mélenchon, cual diablo sobre resorte saltando de su caja, los medios daban crédito a Marine Le Pen, como representante, con su discurso populista, de las categorías populares que se sienten abandonadas.

Marine Le Pen es una heredera. Su familia es millonaria por herencia del industrial Lambert, propietario de la empresa de cementos Lafarge. Poseen, en la muy burguesa ciudad de Saint-Cloud, vecina de Paris, una gran mansión legada por Lambert. Y Marine ha heredado, en 2011, de la dirección del partido que su padre Jean-Marie cofundó en 1972: el FN.

“Frente nacional”: así se llamaba una unión fascista en los años treinta, pero también el movimiento creado más tarde por los comunistas para aglutinar la resistencia a la ocupación nazi. El FN de 1972 nació como unión electoral de corrientes de derecha antigaullistas con fascistas nostálgicos del dictador Pétain (colaborador de la ocupación alemana) e incluso algun veterano nazi. Ese fue el tinglado que eligió a Jean-Marie Le Pen como presidente.

La figura del padre

Con tan solo 27 años, Jean-Marie Le Pen fue diputado en 1956, por el movimiento de Pierre Poujade… famoso entonces por sus formas anarquistas de protesta anti-Estado y antiimpuestos, de cuyo apellido nace el término “poujadisme”, que califica cierto discurso demagógico populista. En 1956, Poujade obtuvo un gran y efímero resultado electoral (12% y 52 diputados). En la lista para Paris, Le Pen iba con un veterano de la escuadra aérea Normandie-Niemen, compuesta por franceses integrados en el ejército rojo frente a los nazis.

El socialista Mitterrand organizó la promoción de Le Pen en los medios para dividir el voto de derechas

Le Pen se reincorporó unos meses al ejército y participó en la guerra de Argelia, de donde volvió con acusaciones de torturador. Al regresar, es excluido del movimiento de Poujade y monta otro que consigue algunos escaños, incluido un diputado argelino musulmán antiindependentista. Pero rápidamente la nueva hegemonía del gaullismo redujo a nada los restos del “poujadismo”.

Le Pen se fue acercando a franjas fascistas, uniendo dentro del FN a esas corrientes marginalizadas. Es identificado como líder neofascista, con resultados electorales entonces anecdóticos.

En 1984 el socialista Mitterrand, presidente desde 1981, organizó la promoción de Le Pen en los medios para dividir el voto de derechas. Político con largo recorrido, Mitterrand conocía a Le Pen y sabía que, abriéndole los medios – que hasta el momento lo ninguneaban – le quitaría a la derecha de Chirac el voto anarco-populista de derechas.

La maniobra funcionó. Le Pen igualó al partido comunista con 11% en 1986, y se mantendría desde entonces a ese nivel, llegando a rozar el 20% y a competir en la segunda vuelta de la elección presidencial de 2002.

La izquierda y los medios “progresistas” no han entendido por qué – al ritmo de la marginalización del partido comunista francés – Le Pen ha conseguido tal influencia. Han acabado por convencerse de que las clases populares sufren de racismo y “cuñadismo” consubstancial.

“Je suis Charlie”, el 15-M francés

En Francia, la concentración popular la más importante de las últimas décadas no ha sido una protesta en contra de una ley o de alguna política, ni Nuit Debout ni la movilización en contra de la reforma laboral. Esa concentración, el día 11 de enero del 2015, fue para condenar los atentados islamistas de Charlie Hebdo y del supermercado judío Hyper Casher.

La matanza de Charlie, fue como si en España se asesinara a la vez a Forges, Peridis, El Roto, Ibáñez, Jordi Evole… Aquel 11 de enero, Francia conoció en todas sus urbes las concentraciones más masivas desde la caída de Hitler en 1945.

“Je suis Charlie” significa: Soy laico, no le reconozco ningún privilegio a las religiones

El ensayista Maurice Blanchot supo describir cómo adviene en Francia la “presencia del Pueblo”, observando el funeral de las víctimas de la represión policial de Charonne (en París) en febrero del 1962: “Creo que no hay, en la época contemporánea, ejemplo más certero que aquel que se afirmó con soberana magnitud cuando se reunió, haciendo comitiva a los muertos, la inmóvil, silenciosa multitud de la que no valía la pena contabilizar la importancia, ya que no se le podía nada añadir, ni tampoco nada sustraer: aquí estaba es su totalidad, imponiéndose con calma más allá de ella misma. Aquí estaba, como extensión de los que ya no podían estar. El Pueblo no conoce estructuras que puedan estabilizarlo. Eso es lo que lo hace temible para los poseedores de un poder que no lo reconoce: no se deja atrapar.”

El pueblo de Francia, en su presencia soberana, ha saludado a su corriente progresista más radical: artistas anarquistas, anticlericales y anticapitalistas, representando cierta tradición francesa de cagarse en el decoro burgués, heraldos de la grosería liberadora, blasfemando y rebelándose en cada página de sus periódicos.

Así ha sido el evento performativo equivalente al 15-M en España: el rechazo sin matices de la pretensión islamista – pero también de los clérigos católicos que justificaron el atentado – de imponer sus leyendas “sagradas” como intocables y, de hecho, que se impongan a todos. “Je suis Charlie” significa: “Apoyo al derecho a caricaturizar libremente, sin límites ni tabúes impuestos por la teología. Soy laico, no le reconozco ningún privilegio a las religiones y admiro a aquellos que arriesgan la vida por eso.”

Pero: ¿qué pasa con ese evento abrumador que fue el 11-E? Pues que nadie lo reivindica en la campaña electoral.

¿Invasión de zombis?

A las pocas semanas del 11-E, el demógrafo “intelectual de izquierda” Emmanuel Todd calificó el acontecimiento de “spot totalitario” (las manifestaciones, no los atentados ni su justificación por blasfema) y consideró que los manifestantes eran “católicos zombis”. Culpó a los redactores de Charlie Hebdo de habérselo buscado, porque el islam es, según Todd, la expresión del pueblo víctima y oprimido.

Esa lectura dio el tono al mundillo militante y a la prensa “progre”, cerrando toda posibilidad en la izquierda de hablar del fascismo islamista y del terrorismo sin ser tachado de fascista.

Ese “nosotros”, abiertamente reaccionario, pretende imponer la versión wahabí del islam

Los activistas del islam político, con financiación de Qatar, Turquía y Arabia Saudí, han sabido perfectamente manejar la larga crisis de la identidad francesa, aglutinando un “nosotros” en contra de un “ellos” para “construir pueblo”. Pero ese “nosotros”, abiertamente reaccionario, pretende imponer la versión wahabí del islam en cada ámbito de la vida, y sus enemigos son la república, la laicidad, la igualdad… toda la progresía de la herencia francesa.

“Acomodaciones razonables”, “laicidad apaciguada”; así se va imponiendo una organización separatista de la sociedad: no importa que personas catalogadas como “musulmanas” se queden viviendo, en la República, bajo el yugo de una imposición religiosa ultrareaccionaria, en la medida en que los que se creen “clase media” y “gente educada” estén libres de eso, ¡todo queda en su sitio!

Contestando a Todd, el politólogo Laurent Bouvet acaba de publicar un ensayo titulado “La Izquierda Zombi”. Critica la incapacidad de las fuerzas de izquierda de entender la grave situación de “inseguridad cultural” que enoja al pueblo francés, mezclando la incertidumbre económica y el paro de masas, la degradación inexorable de la escuela pública, la desvitalización de las ciudades medianas, la delincuencia que azota primero a las clases populares, la apropiación de la calle por islamistas en muchos barrios populares, la desclasificación de Francia como potencia orgullosa de sí misma.
(Y es que a nuestros intelectuales de izquierda les mola The Walking Dead.)

Antirracismo vs laicidad

Hoy, si escuchamos discursos de los líderes comunistas franceses de hace 40 años, sorprende cierta similitud con el discurso de Le Pen. Los dirigentes comunistas denunciaban la inmigración como maquinaria en contra de las garantías sociales, y para dividir al pueblo con insalvables diferencias culturales.

Los socialistas y la extrema izquierda post-68 lanzaron potentes campañas antirracistas contra el partido comunista francés: en 1980 cuando un alcalde comunista hizo destruir un centro de acogida de migrantes, y en 1981 cuando el PCF encabezó una manifestación exigiendo la expulsión de un traficante de drogas marroquí de una barriada. El PCF perdió la batalla; se impuso en toda la izquierda la temática moralista antirracista con “SOS Racismo”, en un intento de captar la juventud de origen magrebí que se movilizó masivamente en la “marche des beurs” de 1983.

Defienden la “comunidad musulmana” en vez de la ciudadanía de origen extranjera

Desde aquel entonces, los partidos y movimientos sociales de izquierda, ya sin militantes de la clase obrera, miran al pueblo “francés” como un cuerpo extranjero al que se dirigen con un discurso de rectificación moral. Al instalar la defensa de la “comunidad musulmana”, en vez de la defensa de la ciudadanía de origen extranjera, abandonan el combate histórico y secular contra la opresión de las religiones, que incluso hoy es tachado de derechista por muchos.

La división en la izquierda es hoy muy profunda. En el seno de cada organización y corriente, se enfrentan los defensores de la laicidad denunciadores del islamismo y los que se alían con los islamistas creyendo así ganarse a las clases populares “nuevas” y oponiéndose a su propio pueblo.

El 11 de enero 2015, la presencia de banderas republicanas en las concentraciones cabreó a muchos militantes, que las identificaban con la extrema derecha. Dos años más tarde, el candidato Mélenchon ha llenado las mismas calles de esas banderas en su gran mitin del 18 de marzo pasado. Pero no ha dicho palabra de los atentados ni tampoco del islamismo en Francia. Entre prudencia electoralista y cautela por la profunda división sobre este tema en la militancia que lo apoya, Mélenchon se centra en la reivindicación anti-austeridad.

Marine Le Pen propone poner belenes en escuelas y alcaldías, algo prohibido desde 1905

El FN ha visto crecer su influencia ahondando en la división histórica del pueblo francés por la inmigración magrebí y africana, efecto bumerang del colonialismo. Siguiendo tal sendero, Marine Le Pen hace campaña sobre la inseguridad cultural, recogiendo incluso temas del viejo discurso comunista, la defensa de la laicidad con la que la izquierda está ahora incomoda, hasta se hace defensora de las libertades de las mujeres, denunciando su retroceso a manos de los islamistas

Marine Le Pen propone responder parando la inmigración, recuperando las fronteras, y con la promoción a ultranza de una identidad francesa folclórica, como poner belenes en escuelas y alcaldías (lo que realmente sería novedoso, ya que en Francia está prohibido desde 1905).

También presenta un catálogo de medidas económicas y sociales a favor de las clases populares casi robadas a Mélenchon, presentándose como defensora de los de abajo. Es decir: Marine Le Pen presenta un programa “poujadista”. Su problema reside en la falta de credibilidad que la lastra en ese terreno de la campaña, frente a la dinámica de Mélenchon.

Borrando huellas

Para llegar a ser presidenta y no quedarse en el límite histórico del FN, Marine Le Pen busca ocupar el espacio político del gaullismo. Apuesta por superar al candidato de derecha, François Fillon, y hacerse con la presidencia de la República para instalarse donde estuvo el gaullismo en su gran periodo.

Pero el FN heredado de su padre alberga a corrientes fascistas y hasta algún nostálgico de Hitler; es continuador directo de la oposición al gaullismo y a la descolonización, de esos tiempos revueltos de 1958 a 1965 con militares golpistas y atentados de extrema-derecha (incluyendo un intento de asesinato del presidente De Gaulle).

¡Marine Le Pen necesita borrar las huellas! Lo tiene más fácil que su padre: hoy en día, para la inmensa mayoría de la gente, esa noción de “fascista” con la que los medios y la izquierda atacan a Le Pen no tiene significado claro y no desata ningún miedo. Lo mismo ocurre con los ataques a Mélenchon, como cuando Macron y Hamon le acusan de querer volver a Unión Soviética, o cuando Fillon dice que Mélenchon no es Potemkin sino Titanic: la inmensa mayoría del pueblo no entiende de que están hablando.

Marine Le Pen insiste en su admiración a De Gaulle, arriesgándose a que a su padre le dé un ataque

Marine Le Pen insiste en su admiración a De Gaulle en el debate televisado (arriesgándose a que a su padre le dé un ataque mirando la tele). Exige (al igual que Mélenchon) la salida de Francia del mando militar integrado de la OTAN, decisión tomada por De Gaulle en 1965, cuando expulsó las bases americanas del país, hasta que Sarkozy reintegrara el mando americano en 2008.

Últimamente, declaró que el Estado francés no era responsable de la vergonzosa redada antijudíos de julio 1942 en Paris – la rafle du Vél d’Hiv, mayor crimen de lesa humanidad cometido en la Francia continental, perpetrado por la policía francesa a petición del mando alemán (13000 arrestados en un solo día incluyendo 4000 niños, prácticamente todos asesinados en Auschwitz). Claro, prensa “progre” y editorialistas han disparado las alarmas, tachando a Marine Le Pen de fascista y revisionista.

Pero ella ha recuperado exactamente la posición de De Gaulle y también del socialista Mitterrand: consideraban que la Francia ocupada por los alemanes no tenía Estado francés, solo un aparato colaboracionista ilegitimo. Esa lectura fue revertida por Jacques Chirac en 1997. Al volver al discurso oficial anterior, Marine Le Pen quiere aparecer al lado de “los buenos”, gaullismo y resistencia patriótica, diferenciándose del colaboracionismo fascista francés (otra rueda de molino con la que deben comulgar en silencio en la corriente fascista del FN).

¿Presidente del 11-E?

Marine Le Pen hace poca campaña: si comparamos con los demás candidatos, casi no se le ve. Se reserva para la segunda vuelta, y quiere que su contrincante sea Macron, perfecto producto de la “trama”. Está convencida de que es su momento, y que al ganar marginalizará al viejo partido de derechas y se mantendrá en el poder para mucho rato.

Siempre ha existido un voto popular de derechas; el de izquierdas se queda en casa

Pero a Marine Le Pen no le gusta nada la remontada de Mélenchon. Si este consigue alzarse a la segunda vuelta, entramos en un escenario que no había preparado.

Siempre ha existido un voto popular de derechas, el de Poujade ayer y el de Le Pen hoy. El voto popular de izquierdas, desde hace muchos años, se queda en casa a la hora de votar. Pero ahora Mélenchon parece que lo está despertando. Mala noticia para Marine Le Pen: la credibilidad de Mélenchon en la denuncia de las políticas de recortes es muy superior a la suya.

Mélenchon está limitado por la visión actual de la izquierda oponiendo las luchas sociales – buenas, de izquierda – a las inquietudes populares frente al auge evidente del islamismo – malas, de derechas. Entonces se queda en declaraciones de principio sobre la defensa de la laicidad, saca banderas republicanas y hace cantar “La Marsellesa” en sus mítines; pero evita con mucho cuidado meterse más allá en el tema. Con eso, de momento, ha conseguido conectar con el pueblo sin alienarse al mundo militante de izquierda.

 Marine Le Pen no conecta con el pueblo del 11-E. Mélenchon quizás lo esté consiguiendo

Ahora bien, en una segunda vuelta oponiendo Le Pen a Mélenchon, queda por ver si sería suficiente. Ya van 300 muertos en dos años de atentados, todos cometidos por jóvenes nacidos y/o educados en Francia, y en nombre de la religión. Eso no se borra del sentimiento popular, y las enormes contradicciones de la izquierda pueden ponérselo difícil.

El 11 de enero de 2015, el pueblo de Francia ha dado varias llaves para hacer posible una nueva unión popular. Una de ellas es, muy a pesar de “los intelectuales de izquierda” que acaban destilando el odio a su propio pueblo, las ganas de solidaridad y de recuperar la capacidad de vivir juntos en un país laico, libre y progresista. Esa llave, Mélenchon la está manejando con su postura humanista sobre la cuestión de los refugiados, los muertos en el Mediterráneo y la urgencia de rebajar los riesgos de guerra.

Ese es el problema de Marine Le Pen: no conecta con el pueblo del 11-E. Mientras Mélenchon quizás esté consiguiendo, incluso por ambigüedades y malentendidos, ser el candidato que mejor recoge esas aspiraciones.

La primera vuelta, este próximo 23 de abril, es más que incierta. Millones de electores se van a decidir el día del voto, y muchos en el momento de poner la papeleta en el sobre. Dejad de leer las encuestas: todo puedo ocurrir.

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© Alberto Arricruz | Primero publicado en Disparamag  · 20 Abr 2017

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