El Nelson Mandela palestino

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 23 Abr 2017

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Tengo que confesar una cosa: Marwan Barghouti me cae bien.

En muchas ocasiones le he visitado en su modesta casa en Ramalá. Durante nuestras charlas hablábamos sobre la paz entre Israel y Palestina. Teníamos las mismas ideas: crear un Estado palestino cerca del Estado de Israel y establecer la paz entre los dos Estados según las líneas establecidas en 1967 (con algunas pequeñas modificaciones), con las fronteras abiertas y con una cooperación entre ambos.

Esto no era ningún tipo de acuerdo secreto: Barghouti ha repetido esta propuesta muchas veces, tanto en prisión como fuera de ella.

También me cae bien su esposa, Fadwa, quien estudió para ser abogada pero que dedica su tiempo a luchar por la liberación de su esposo. En el abarrotado funeral de Yasser Arafat, me encontré casualmente junto a ella y pude ver su rostro inundado de lágrimas.

Esta semana, Barghouti, junto a otros mil prisioneros palestinos en Israel, ha iniciado una huelga de hambre indefinida. Acabo de firmar una petición para su liberación.

Marwan Barghouti es un líder nato. Pese a su baja estatura física, destaca en cualquier reunión. Dentro del movimiento Fatah se convirtió en el líder de la división juvenil (la palabra “Fatah” la constituyen las iniciales en árabe en orden inverso de “Movimiento de Liberación Palestina”).

Nos considerábamos combatientes por la libertad; los británicos nos tacharon de “terroristas”

Los Barghouti conforman un clan muy extenso, controlando varios pueblos cerca de Ramalá. El propio Marwan nació en 1959 en el pueblo de Kobar. Uno de sus ancestros, Abd-al-Jabir al-Barghouti, lideró una rebelión árabe en 1834. Me he encontrado con Mustafa Barghouti, un activista por la democracia, en muchas manifestaciones y he compartido con él el gas lacrimógeno. Omar Barghouti es uno de los líderes del movimiento de boicot internacional anti-Israel.

Quizás mi simpatía por Marwan viene influida por algunas semejanzas entre nuestras juventudes. Marwan se unió al movimiento de resistencia palestino a la edad de quince años, la misma edad que tenía yo cuando me uní al movimiento clandestino hebreo unos treinta y cinco años antes. Mis amigos y yo nos considerábamos combatientes por la libertad, pero las autoridades británicas nos tacharon de “terroristas”. Lo mismo ha ocurrido ahora con Marwan, un combatiente por la libertad bajo su punto de vista y a ojos de la gran mayoría de los palestinos, un “terrorista” a ojos de las autoridades israelíes.

Cuando fue llevado a juicio en el tribunal de distrito de Tel Aviv, mis amigos y yo, miembros del movimiento de paz israelí Gush Shalom (Bloque de Paz), intentamos demostrar nuestra solidaridad con él en la sala. Los guardias armados nos expulsaron. Uno de mis amigos perdió una uña del pie en esta gloriosa pelea.

Hace unos años llamé a Barghouti “el Mandela palestino”. Pese a sus diferencias en estatura y color de piel, existía un parecido básico entre ambos: los dos eran hombres de paz, pero justificaban el uso de la violencia contra sus opresores. Sin embargo, mientras que el régimen del apartheid se conformaba con una cadena perpetua, Barghouti fue condenado a una ridícula sentencia de cinco cadenas perpetuas y otros cuarenta años por los actos de violencia perpetrados por su organización, Tanzim.

Tanto Mandela como Barghouti eran hombres de paz, pero justificaban el uso de la violencia

(Gush Shalom publicó esta semana un alegato sugiriendo que, siguiendo esa misma lógica, Menachem Begin debería haber sido condenado por los británicos a noventa y una cadenas perpetuas por poner una bomba en el Hotel Rey David, en el que noventa y una personas, muchas de ellas judías, perdieron la vida.)

Existe otra similitud entre Mandela y Barghouti: cuando el régimen del apartheid fue destruido mediante una combinación de “terrorismo”, huelgas violentas y un boicot mundial, Mandela emergió como el líder natural de la nueva Sudáfrica. Mucha gente espera que cuando se establezca un Estado palestino, Barghouti se convertirá en su presidente, sucediendo a Mahmoud Abbas.

Hay algo en su personalidad que me inspira confianza, convirtiéndolo en árbitro natural de los conflictos internos. Los miembros de Hamas, los adversarios de Fatah, se inclinan a escuchar a Marwan. Es el conciliador ideal entre los dos movimientos.

Hace algunos años, bajo el liderazgo de Marwan, un gran número de prisioneros pertenecientes a las dos organizaciones firmaron una petición conjunta para la unidad nacional, exponiendo unos términos concretos. No se consiguió nada.

Eso, a propósito, puede ser otra de las razones por las que el Gobierno israelí ha rechazado cualquier sugerencia de liberar a Barghouti, incluso cuando el intercambio de prisioneros proporcionaba una oportunidad única. Un Barghouti libre puede convertirse en un poderoso agente de la unidad palestina, que es lo último que desean los gobernantes israelíes.

Divide et impera, “Divide y vencerás”, ha sido desde la época romana un principio rector de todos los regímenes que han reprimido a otras personas. En esto las autoridades israelíes han conseguido un éxito increíble. La geografía política ha proporcionado un escenario ideal: Cisjordania se encuentra separada de la Franja de Gaza por unos cincuenta kilómetros de territorio israelí.

Hamas se hizo con la Franja de Gaza mediante las elecciones y la violencia y rechaza aceptar el liderazgo de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), una unión de organizaciones más laicas que gobiernan en Cisjordania.

Esta situación no es inusual en las organizaciones de liberación nacional. A menudo se dividen en alas más y menos extremas, para gran deleite del opresor. Lo último que las autoridades israelíes están dispuestas a hacer es liberar a Barghouti y permitirle que restaure la unidad nacional de Palestina. Dios no lo quiera.

Las personas en huelga de hambre no exigen su liberación, sino que pretenden conseguir unas mejores condiciones penitenciarias. Exigen, inter alia, visitas más frecuentes y prolongadas de sus esposas y familias, el fin de las torturas, una comida decente y cosas por el estilo. También nos recuerdan que bajo la ley internacional una “fuerza de ocupación” tiene prohibido trasladar prisioneros de un territorio ocupado al país de origen del invasor. Justamente esto es lo que le ocurre a casi todos los “prisioneros de alta seguridad” palestinos.

Barghouti publicó un artículo de opinión en el New York Times, un acto valiente del periódico

La semana pasada, Barghouti expuso estas exigencias en un artículo de opinión publicado por el New York Times, acto que mostró la mejor cara del periódico. La nota editorial describía al autor como un político palestino y como un miembro del Parlamento. Fue un acto valiente por parte del periódico (que en cierta forma reparó la imagen que tenía de él después de que condenara a Bashar al-Asad por utilizar gas tóxico sin tener la más mínima prueba de ello.)

Pero la valentía tiene sus límites. Justo al día siguiente el New York Times publicó una nota del editor indicando que Barghouti había sido condenado por asesinato. Fue una rendición abyecta a las presiones sionistas.

El hombre que se atribuyó esta victoria es un individuo que personalmente encuentro particularmente repulsivo. Se hace llamar Michael Oren y actualmente desempeña un cargo de viceministro en Israel, pero nació en Estados Unidos y pertenece al subgrupo de judíos norteamericanos que son super-superpatriotas de Israel. Adoptó la nacionalidad israelí y un nombre israelí para servir como embajador de Israel en Estados Unidos. En dicho puesto atrajo la atención mediante el empleo de una retórica antiárabe particularmente agresiva, tan extrema que hizo que incluso Binyamin Netanyahu pareciera moderado.

Dudo de que esta persona haya sacrificado alguna vez algo por su patriotismo; de hecho. ha hecho carrera con ello. Sin embargo habla con desprecio de Barghouti, quien ha pasado la mayor parte de su vida en prisión y en el exilio. Describe el artículo de Barghouti en el New York Times como un “acto terrorista periodístico”. Mira quien fue a hablar.

Una huelga de hambre es un acto muy valiente. Es la última arma de las personas más desprotegidas de la Tierra, los prisioneros. La abominable Margaret Thatcher dejó que los huelguistas irlandeses murieran de hambre.

Parece que el servicio penitenciario es el enemigo de los prisioneros, haciéndoles la vida miserable

Las autoridades israelíes querían alimentar a la fuerza a los huelguistas palestinos. La Asociación médica israelí, lo que dice mucho a su favor, se negó a cooperar, ya que tales actos han llevado en el pasado a la muerte de las víctimas. Eso puso fin a este tipo de tortura.

Barghouti exige que los prisioneros políticos palestinos sean tratados como prisioneros de guerra. No tendrá esa suerte.

No obstante, uno debe exigir que los prisioneros, sean del tipo que sean, sean tratados con humanidad. Esto quiere decir que la privación de libertad debería ser el único castigo impuesto y que dentro de las prisiones se debería conceder el máximo número de condiciones dignas.

En algunas prisiones israelíes parece haberse establecido una especie de modus vivendi entre las autoridades de la prisión y los prisioneros palestinos. No así en otras. Uno tiene la impresión de que el servicio penitenciario es el enemigo de los prisioneros, haciendo que sus vidas sean lo más miserables posibles. Esto ha empeorado ahora, como respuesta a la huelga.

Esta política es cruel, ilegal y contraproductiva. No se puede ganar contra una huelga de hambre. Los prisioneros están destinados a ganar, especialmente cuando las personas decentes en todo el mundo los están viendo. Quizás incluso el New York Times.

Estoy a la espera del día en que pueda visitar otra vez a Marwan como un hombre libre en su casa en Ramalá. Aún más si Ramalá es, para entonces, una ciudad dentro de un Estado palestino libre.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 22 Abr 2017 | Traducción del inglés: Pablo Barrionuevo

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