Una batalla de mentes

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Publicado el 29 Abr 2017

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Han pasado seis años desde aquel decisivo día del 25 de enero, un día que cambió Egipto.
Hace dos años, cuando Egipto comenzaba a desplomarse visiblemente en un estado terrible, la gente empezó a preguntarse: “¿Mereció la pena?” La pregunta perdura sin una respuesta definitiva hasta el día de hoy.

¿Cómo llegamos a este estado? Tras haber presenciado los acontecimientos que condujeron a este momento determinado, ya no puedo ofrecer un análisis político de la situación sin tener en cuenta los cambios psicológicos que afectaron a los diversos sectores de la sociedad egipcia.

Los cambios más significativos que han tenido lugar en los últimos años estaban dentro de la mente de las personas, más que en la política; tanto los políticos como los económicos. Las creencias y las emociones de la gente constituyen sus motivaciones, las cuales dan forma al escenario político actual. Los impulsos del pueblo son resultado de sus cambios mentales y emocionales. La resistencia al statu quo procede de la mente, al igual que la aceptación.

Esta es la batalla que vemos hoy frente a nosotros, una batalla de mentes y voluntad.

La semilla

Hace seis años, cuando el pueblo tomó las calles para manifestarse, no era plenamente consciente de cuán profunda era la madriguera de conejo. No era consciente del nivel de corrupción ni de lo lejos que llegarían aquellos que están en el poder para salvaguardar sus intereses. La gente veía a las instituciones egipcias capaces de cambiar y subestimaron los formidables vínculos de intereses corruptos que fueron más poderosos que una revolución.

Cuando el pueblo comenzó a manifestarse el 25 de enero, estaba motivado por un puñado de incidentes que resultaron ser la punta del iceberg de la corrupción endémica.

El pueblo comenzó a manifestarse por incidentes que eran la punta del iceberg de la corrupción

Algunos ejemplos de los principales acontecimientos que condujeron a las manifestaciones del 25 y 28 de enero fueron: el asesinato a sangre fría de Khaled Said por la policía y los intentos de ocultarlo por parte los forenses, la Fiscalía y un amplio abanico de otras instituciones egipcias; así como el descarado fraude electoral a gran escala en 2010 por el Partido Nacional Democrático (PND) gobernante.

Otros numerosos factores también contribuyeron al sentimiento general de insatisfacción del pueblo, algunos de ellos fueron: la incompetencia y la corrupción del gobierno, el recorte de las prestaciones sociales, el plan de sucesión de Mubarak para traspasar el poder a su hijo Gamal Mubarak, las extorsiones a la clase media por los organismos de seguridad y la desigualdad de ingresos reales.

Estos motivos de insatisfacción aumentaron con el paso del tiempo y se volvieron insoportables en 2010, y cuando Túnez consiguió sacar a Ben Ali, la gente se sintió motivada para unirse a las manifestaciones planificadas para denunciar la brutalidad policial el 25 de enero. Se eligió simbólicamente esta fecha porque era el ‘Día de la Policía’, una fiesta nacional.

Lo que inicialmente empezó como llamamientos para acabar con la corrupción y la brutalidad policial rápidamente se convirtió en cánticos para la destitución de Mubarak. Es cierto que desde el primer día la gente cantó: “El pueblo quiere la caída del régimen”, pero se transformó en una resolución real sólo después de haber sido provocados por la brutal respuesta de la policía a las manifestaciones.

Quizás el desconocimiento de la gente de las medidas que el régimen adoptaría para mantener sus intereses es por lo que la gente continuó intensificando las protestas y no retrocedió, esperando que el cambio ocurriera de una vez por todas. Después de todo, parecía ridículo en aquel momento que la respuesta del régimen a los llamamientos para acabar con la violencia y la brutalidad policial fuera más violencia y brutalidad.

Las raíces

El papel del periodismo cambia ligeramente bajo regímenes opresivos. Estos regímenes no se basan solamente en la brutalidad y la represión, sino también en mentiras para justificar la necesidad de los crímenes cometidos contra el pueblo.

El auténtico periodismo trata de transmitir una noticia basada en datos objetivos dentro de un contexto con algunas pautas morales. En otras palabras, aún a riesgo de simplificar demasiado: el auténtico periodismo trata de difundir la verdad. Pero la verdad que contrarresta las mentiras de un régimen opresivo se convierte en un enemigo instantáneo, al igual que sus portadores.

De esta manera, me considero parte del movimiento para reformar el sistema político corrupto de Egipto sacando a la luz los crímenes y mentiras difundidas por el régimen. Cualquiera que haya simplemente informado sobre los hechos y no tenga miedo a desafiar la narrativa oficial es parte del movimiento.

También en este sentido considero que cualquier periodista que haya informado con veracidad sobre los acontecimientos que ocurrieron en el contexto de la revolución egipcia es parte de ese movimiento. Porque incluso si afirman ser neutrales, un testimonio veraz estaría naturalmente predispuesto en contra del opresor.

El movimiento que nació como producto del 25 de enero, en su forma más pura, se convirtió en una lucha por la verdad, los derechos y la justicia. Los denominados ‘revolucionarios’ son simplemente gente de la calle que lograron creer en esta lucha de un modo u otro.

En cierto sentido, el mayor triunfo del 25 de enero fue dejar al descubierto la verdad sobre los gobernantes de Egipto y sus instituciones, además de impulsar a agrupaciones de ciudadanos a divulgar esa verdad con resistencia. Sin embargo, la mayor decepción sigue siendo que los hechos no son suficiente para arreglar las cosas. Esto es probablemente una tendencia mundial con el aumento del racismo y la intolerancia.

Cuando era niño nunca me imaginé las dictaduras y los regímenes autoritarios en color

Ahora, hemos vuelto a una batalla que está determinada por las emociones y el estado mental del pueblo más que por los hechos en cuestión. En Egipto, la negación está muy arraigada y el pueblo dará la espalda a los hechos irrefutables antes que cambiar de idea.

Es este firme rechazo de la realidad de los horribles crímenes del régimen lo que más contribuye a a la desesperación. Ver a una nación llena de individuos con el cerebro lavado que ya no pueden participar lógicamente en una discusión ni reconocer los hechos que se les presentan pinta la más desoladora de todas las imágenes.

Cuando era niño nunca me imaginé las dictaduras y los regímenes autoritarios en color. Los imaginaba en colores mórbidos, a veces en blanco y negro pero sobre todo en sepia, una oscuridad desierta donde el aire estaba contaminado y distorsionaba los colores de la naturaleza.

Sin embargo, estoy pasando por la página más oscura de la historia moderna de Egipto y todavía puedo ver mi mundo en color. Es sólo cuando pienso en todo lo que hemos pasado que mis recuerdos se vuelven realmente oscuros una vez más, con una gran carga de tristeza e impotencia apoderándose de mis sentidos.

Las plagas

Es difícil enumerar sustancialmente todos los acontecimientos que han ocurrido durante los últimos seis años y que nos han llevado hasta aquí, pero hay algunos aspectos fundamentales de la lucha que han seguido siendo el hilo conductor.

En ningún momento ha habido una transición democrática, ni siquiera con las elecciones relativamente exentas de fraude que llevaron a Mohamed Morsi a presidente. Se acordó que Morsi ocupara la presidencia y se anunciaron los resultados más tarde de lo previsto por esa razón.

El control del ejército sobre el poder ha mantenido a raya a Egipto y protegido el imperio militar

No hubo ningún intento de crear instituciones estatales independientes para infundir un sistema de controles y contrapesos, ni por parte del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas ni de Morsi ni de Adly Mansour ni de Sisi. Lo que sí existió, en momentos puntuales, fue la verdadera fuerza de la gente de a pie que presionaba para que se introdujeran cambios, pero esto nunca se tradujo en una fuerza dentro de las instituciones nacionales.

El control del ejército sobre el poder ha mantenido a raya a Egipto, garantizando la protección de su imperio económico militar como su principal mandato.

El objetivo del aparato de seguridad egipcio ha sido sofocar las manifestaciones contra los gobernantes. Con el fracaso del movimiento democrático de crear una infraestructura sostenible, el plan de Egipto de avanzar se fue basando completamente en la seguridad.

Intenciones ocultas de venganza acompañaron a esa hoja de ruta, dirigidas especialmente al pueblo por atreverse a cuestionar a sus líderes. Los objetivos principales han sido los jóvenes que toman las calles, los revolucionarios que siguen presionando para que se produzcan cambios y los Hermanos Musulmanes que se atrevieron a imaginarse a ellos mismos en el poder.

Una instantánea del Egipto de hoy en día es desagradable. El liderato es insensato con sus recursos, beneficiando al corrupto a expensas del pueblo.

Un investigador italiano, Giulio Regeni, asesinado por las fuerzas de seguridad egipcias. El legendario futbolista egipcio Mohamed Abutrika, junto con más de 1500 personas, colocados de manera arbitraria en una lista de terroristas. Los prisioneros políticos se cuentan por miles.

Coptos, nubios, chiíes y beduinos del norte del Sinaí siguen siendo objeto de discriminación

La policía está matando con impunidad y abusando de su posición. El poder judicial y la Fiscalía no tienen independencia estructural, a menudo politizados o coaccionados. Las fuerzas armadas están expandiendo su imperio económico, manipulando la economía en su propio beneficio.

Minorías como los coptos, los nubios, los musulmanes chiíes, los beduinos del norte del Sinaí siguen siendo objeto de discriminación, sin señales de un avance hacia la igualdad de derechos. Los acuerdos de préstamo se están llevando a cabo sin ninguna consideración de los efectos que tendrán en las generaciones futuras. Los precios se han duplicado y el valor de la libra ha disminuido considerablemente. Están controlando estrictamente todos los medios de comunicación y silenciando todas las las voces críticas.

La oposición está siendo atacada por todos los medios disponibles: prisión, juicios militares, inmovilización de bienes, desapariciones forzadas, asalto a la intimidad filtrando conversaciones telefónicas privadas, agresiones físicas, amenazas, etc., más o menos la gama completa del arsenal a disposición de los regímenes despóticos.

En muchas discusiones sobre la revolución egipcia, la narrativa gira en torno a estructuras de poder existentes que participaron, como las fuerzas armadas, el Partido Nacional Democrático y la Hermandad Musulmana. Estas estructuras tenían definitivamente un papel que desempeñar y sus motivaciones afectaron el resultado, pero no sólo fueron estas estructuras organizadas las que crearon el contexto actual.

La lucha

Yo diría que se debió más bien a sus acciones y decisiones desorganizadas e individuales, aunque colectivas. Tomemos como ejemplo a Mohamed Mostafa “Karkea”, fan de los Ultras y campeón de tenis que salió de su casa para unirse a los manifestantes cuando el ejército les estaba disparando en diciembre de 2011 y quien, a su vez, murió a manos del ejército.

O Mina Danial, quien creía en un estado laico pero se unió a la marcha hacia Maspero en octubre de 2011 porque creía que todos los ciudadanos deben abandonar sus comunidades cerradas y exigir la igualdad para todos como ciudadanos de este país. Lo mataron en lo que se conoce de manera infame como la masacre de Maspero.

Para justificar los crímenes repiten frases como: “Al menos somos mejores que Siria e Iraq”

Los activistas que previeron un avance militar y marcharon al palacio de Kobba el 2 de julio de 2013, denunciando tanto la trayectoria antidemocrática de Morsi como el previsible gobierno militar. Muchos fueron detenidos y llevados a un juicio militar.

O los activistas que condenaron los juicios militares para los civiles mientras se redactaba la constitución y que fueron castigados uno por uno encerrándolos en la cárcel.

Quizás todos estos intentos no han conseguido implantar las peticiones de sus mensajeros, sin embargo, estos y otros muchos ayudaron a dar forma a lo que es la revolución: una batalla de mentes.

Del mismo modo, aquellos que cayeron presa de la contranarrativa del régimen ayudaron a dar forma a la contrarevolución. Les oyes decir las mismas cosas, que repiten como loros una y otra vez, para justificar los crímenes. Repiten frases como: “Al menos somos mejores que Siria e Iraq”, “Egipto está librando una guerra contra el terrorismo”, “Sisi ha salvado Egipto” y otras innumerables declaraciones que no pueden resistir la prueba de los hechos y la lógica.

La clase media, dividida entre las demandas de justicia y su miedo a perder lo que ya tienen, ha dado forma sin duda alguna a este escenario. Los pobres están atrapados entre aquellos que prometen piedad religiosa y aquellos que prometen protección bajo la bandera del nacionalismo. Por supuesto, ninguna de estas promesas se han cumplido, pero su fe en lo que podría venir después ayudó a conformar el contexto en el que vivimos hoy en día.

Cuando el pueblo se sublevó hace seis años, sólo soñaba con un país mejor. Ahora el miedo y la violencia nublan su visión. La clase media que se sublevó contra el asesinato de Khaled Said envió un mensaje claro: que ellos podían también ser asesinados en cualquier momento como Khaled Said. Sus asesinos estarían protegidos por las instituciones estatales al igual que los asesinos de Khaled Said. En resumen, la respuesta a la clase media fue: “De hecho, todos ustedes sois Khaled Said”, y así sigue siendo.

La batalla se libra ahora también contra el miedo y la negación del pueblo

Egipto es ahora una tierra de terror y opresión, pero unos cuantos valientes siguen entre rejas mientras otros luchan por la verdad y la justicia. Sin embargo, la batalla se libra ahora también contra el miedo y la negación del pueblo.

Hace seis años, no había conciencia colectiva de que hubo otros que vieron la misma realidad de corrupción, codicia y opresión.

Seis años después, hay una entidad formada ambiguamente conocida como ‘la revolución’ cuyos miembros pueden alcanzar posiblemente los cientos de miles, aunque incapaces de realizar muchos de sus sueños.

Seis años después, ‘la revolución’ ha traído consigo la conciencia y el deseo de luchar contra las estructuras opresivas que abrieron las puertas del infierno.

El poder de la revolución no estaba en los cambios políticos que produjo sino en la influencia que ejerció en cada individuo masivamente. En cierto sentido, fue un viaje colectivo experimentado personalmente por cada individuo.

El verdadero costo de ese viaje de despertar y conocimiento fue oponerse a los poderes opresivos manteniendo la visión de un país sin sus opresores.

El resultado es lo que vemos hoy: una era de decadencia política, cultural y económica y un cuerpo de resistencia que sigue siendo objeto de intimidaciones y permanece disperso, machacado y difamado; aunque resistente y firme.

¿Mereció la pena? Tal vez eso sigue siendo discutible, dependiendo de la trayectoria personal y la perspectiva de cada individuo.

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