Le Pen y los Insumisos

Publicado por

Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 2 May 2017

Publicidad

opinion

 

A Marine Le Pen, ganar las elecciones presidenciales francesa del 2017 se le ha puesto muy difícil.

Con 7,7 millones de votos y un 21,3% en la primera vuelta, obtiene un resultado impresionante; pero probablemente no será suficiente. Necesitaba un resultado más cerca del 30%, con el que hubiera tenido la victoria a su alcance. Pero así van las contiendas electorales: los cálculos políticos más finos te salen bien o mal por poca cosa.

36 millones de franceses han votado el 23 de abril 2017: tres de cada cuatro inscritos. El candidato más que mimado por los medios y Merkel, Emmanuel Macron, ha conseguido ser el primero (sin que valga glorificarse como lo hace estos días) con 8,7 millones de votos, un 24%. Sigue, calificada para la segunda vuelta, Marine Le Pen; ha superado al candidato de la derecha clásica, François Fillon, tercero con 7,2 millones de votos y 20%.

El candidato progresista Jean-Luc Mélenchon ha conseguido 7,1 millones de votos, un 19,6%. Sobrepasa ampliamente al candidato socialista Benoît Hamon, quien se queda con el desastroso resultado de 2,3 millones de votos, un 6,4%.

Otros seis candidatos (algunos realmente folclóricos) se reparten los 3 millones de votos que quedan. Destaca el resultado del derechista Dupont-Aignan, que reivindica el gaullismo y consigue 1,7 millones de votos, un 4,7%.

Los dos finalistas deben ganarse el voto de los que han elegido otra opción en la primera vuelta y quedan frustrados con la alternativa. Nunca las diferencias y oposiciones entre candidatos han sido tan grandes, así que los electores de Mélenchon, Fillon y Hamon no tienen a una opción “natural” en esa segunda vuelta.

La caída del bipartidismo

El bipartidismo se ha acabado en Francia. Desde 1981, los candidatos del Partido Socialista (PS) y del partido de la derecha siempre competían para la presidencia y la mayoría de gobierno. Esta vez, los dos han caído en la primera vuelta de la elección fundamental del sistema político francés.

El derechista François Fillon ha perdido por poco; incluso ha estado mejor que Jacques Chirac en 2002. Chirac, entonces presidente, obtuvo el pésimo resultado del 19,9% (y 1,5 millones de votos menos que los de Fillon la semana pasada); pero en 2002 fue suficiente para calificarse a la segunda vuelta y ganar frente a Le Pen padre (con un 82%).

La derecha clásica de gobierno pierde votos, pero resiste y se mantiene a un alto nivel

La impresionante ofensiva de acoso llevada por los medios y las iniciativas – como mínimo sorprendentes – de la fiscalía anti-corrupción han lastrado la campaña de Fillon. Esa operación ha sido determinante para su eliminación. Queda por ver lo que significa para la democracia tal manipulación por parte de los medios y la Fiscalía a la orden del poder político de turno (que ha dejado muy tranquilo a Macron, a pesar de que faltan 1,8 millones de euros en sus declaraciones de renta).

Medio millón de votos le ha faltado a Fillon para ser presidente el próximo 7 de mayo; caro le van a costar estos votos perdidos, en un partido donde las escopetas están cargadas. A pesar de todo, como ya se ha podido observar en las recientes elecciones en Europa, la derecha clásica de gobierno pierde votos, pero resiste y se mantiene a un alto nivel. Fillon, a pesar de una campaña desastrosa y destrozada, ha cosechado el resultado que suele obtener su partido en bajamar.

A contrario de la derecha, el resultado del candidato socialista es más que estrepitoso: con un 6,4%, la única satisfacción para Benoît Hamon es que por encima del 5%, el Estado pagará sus gastos de campaña. Hamon pierde nada menos que 8 millones de votos y 22 puntos comparado con el resultado de Hollande, candidato socialista en 2012.

El fenómeno observado en Grecia y en Países Bajos se ha reproducido

En 2012, François Hollande ganaba la elección presidencial y el Partido Socialista conseguía mayoría absoluta en las generales del mes siguiente. La caída es descomunal: el fenómeno observado en Grecia y en Países Bajos se ha reproducido. El terremoto en la izquierda ha ocurrido.

El secretario general del PS, Jean-Christophe Cambadélis, se había adelantado al resultado, declarando unos días antes del voto: “No se van a sacar lecciones políticas de estas elecciones, porque son demasiado atípicas”. Cuando la periodista que lo entrevistaba mostró su sorpresa, “Camba” insistió: “Estas elecciones no van a tener ninguna consecuencia política”. Así, con un presidente Hollande muy satisfecho y un secretario general socialista diciendo que la presidencial no es nada, se escribe el parte de defunción del partido creado por Mitterrand en 1972.

El arco derecha-izquierda

Si se miran los resultados en clave izquierda o derecha, vemos que la izquierda obtiene su peor resultado en… 48 años: sumando los votos de Mélenchon, de Hamon y de los dos candidatos trotskistas, la izquierda queda en un 27,7% de los votos.

Desde que la elección presidencial existe (1965), la suma de los votos “de izquierda” ha sido baja durante el periodo de hegemonía gaullista – 31% – pero luego nunca ha estado por debajo del 40% (su suelo en 1988, después de 14 años de presidencia del socialista Mitterrand), con un promedio del 45%.

Interpretar el resultado de la derecha es más difícil. Bien decía el histórico dirigente comunista Georges Marchais: “El centro es la derecha”. Pero Macron ha sido secretario general de la presidencia del socialista Hollande, luego ministro, y ha contado con el apoyo de dirigentes socialistas desde el inicio de su campaña. Su programa y su discurso pueden permitir clasificarlo a la derecha, pero es lo mismo que la política del socialista Hollande.

El propio Macron pretende situarse por encima de la izquierda y la derecha. Marine Le Pen también dice que no es de derecha ni de izquierda. Los dos candidatos en situación de ganar la elección presidencial se reivindican fuera del arco izquierda-derecha: ahí tenemos el otro gran acontecimiento, la caída del bipartidismo.

La corriente populista

Antes del bipartidismo, el ‘centrista’ Valery Giscard d’Estaing ganó por sorpresa la presidencial de 1974 provocada por la muerte del presidente Pompidou, aprovechando la apuesta del entonces joven Jacques Chirac de dividir al partido gaullista para hacerse con su dirección. Giscard hizo transición hacia el bipartidismo, acabando con la hegemonía populista en la política francesa.

Porque, desde la creación por De Gaulle de un movimiento afín en 1946 hasta la muerte de Pompidou en 1974, la corriente gaullista y el partido comunista francés representaban – según los comicios– un 50% de los votantes de 1946 a 1958 y casi un 70% después, hasta 1974.

Al movimiento creado por De Gaulle, en la oposición hasta 1958, boicoteado entonces por los grandes medios y tachado con frecuencia de fascista por las fuerzas políticas centristas y por los comunistas, hoy se le tacharía sin problema de populista.

También hoy se tacharía de populista al partido comunista de entonces, que de 1945 a 1978 conseguía del 20 al 30% de votos.

  • Los candidatos calificados en 2017 de populistas son:
  • Jean-Luc Mélenchon: heredero del espacio político del Partido Comunista
  • Marine Le Pen: busca recuperar el espacio gaullista,
  • El disidente gaullista Dupont-Aignan.
  • También se pueden contabilizar a los dos trotskistas y a dos otros candidatos (con resultados menores).

Sumando los resultados de estos candidatos, llegamos a 48% de votos para los candidatos populistas.

La comparación entre las elecciones presidenciales de 2017 y las de 1969 es extraordinaria:

  • Candidato socialista 5% en 1969 (+3,6% para otro socialista), 6,4% en 2017.
  • Candidato comunista 21,3% en 1969, Mélenchon 19,6% en 2017.
  • Candidato “centrista” 23,3% en 1969, Macron 24% en 2017.
  • Candidato gaullista 44,5% en 1969, y en 2017 la suma del “gaullista oficial” Fillon, del gaullista disidente Dupont-Aignan y de Marine Le Pen alcanza un 46%.

Regresamos al panorama electoral de hace 48 años. La gran diferencia está en la división del espacio político gaullista entre tres candidatos que lo reivindican.

Centro versus periferia

El voto mayoritario a Marine Le Pen coincide con el reparto territorial de la industria y del empleo obrero en Francia, antes de la terrible ola de cierres de fábricas. Es decir, el voto a Marine Le Pen es más grande allí donde han desaparecido millones de puestos de trabajo obrero, donde el desempleo y la ausencia total de perspectiva social son la norma para el pueblo.

Los centros urbanos votan más a Macron, las periferias le dan su voto más a Le Pen

El este de Francia, mayoritariamente a favor de Le Pen, hace frente al oeste, a tierras donde la clase obrera no formaba la mayoría del pueblo, y donde Macron ha llegado primero… pero donde Mélenchon ha cosechado buenos resultados.

En el resultado asimismo puede leerse la oposición entre ciudades y periferias: las clases populares se ven expulsadas, por el encarecimiento de los pisos, de los centros urbanos que concentran el trabajo y la riqueza. Los centros urbanos votan más a Macron, las periferias le dan en mayoría su voto a Le Pen.

Es decir: Marine Le Pen representa al pueblo que sufre las consecuencias de la mundialización, mientras Emmanuel Macron representa la parte de la población urbana de clase media y superior a quien las cosas le han venido bien, o que se lo cree y piensa formar parte del bando dinámico del país. Populismo versus modernismo.

¿Voto popular?

El voto obrero y el voto de las personas en condiciones precarias de vida ha ido mayoritariamente a Marine Le Pen. Pero si se compara con lo que le predecían las encuestas, Jean-Luc Mélenchon le ha restado muchos votos.

Le Pen gana el voto obrero con un 37%, pero menos de lo que se le prometía; Mélenchon le ha quitado buena parte. El voto a Mélenchon es el más intergeneracional y el más interclasista: obtiene 19% del voto de asalariados ejecutivos, 22% de técnicos y profesiones intermedias, 22% de empleados y 24% de obreros.

Mélenchon es el más votado por los jóvenes – 30% de los menores de 24 años – cuando ese voto estaba prometido a Le Pen. También es el más votado por los parados: un 31%. En las ciudades su resultado es muy superior a su promedio nacional: las ciudades oponen Mélenchon a Macron.

Los resultados de Mélenchon en las categorías populares son los que faltan a Marine Le Pen para coincidir con lo que las encuestas le daban por seguro. Marine Le Pen, en su camino al Eliseo, ha tropezado contra Mélenchon y sus “insumisos”.

El “espíritu del 11 de enero”

El resultado de Mélenchon le abre fuertes perspectivas de futuro: una mayoría entre los jóvenes y un fuerte resultado en las ciudades. Su discurso anticapitalista, ecologista, de solidaridad, pero también con fuerte acento republicano – en ruptura con el desdén a la bandera y al patriotismo que dominaba en la izquierda “radical” desde 1968 – ha conectado con lo que en Francia se ha llamado “el espíritu del 11 de enero”.

Le Pen tuvo que centrarse en su denuncia del islamismo radical, pero proponiendo medidas xenófobas

El 11 de enero del 2015, las calles de todas las ciudades francesas se llenaron de manifestaciones abrumadoras con el lema “Je suis Charlie”, condenando los atentados islamistas recientes. Otros atentados bárbaros han seguido, cometidos por jóvenes nacidos y criados en Francia, alzando el nivel de violencia y de miedo en todo el país, y justificando el estado de emergencia policial.

El 11 de enero mostró el compromiso popular con la libertad de expresión, su apoyo a la policía, pero también su compromiso con las libertades republicanas y la fraternidad.

Eso, Marine Le Pen no lo ha medido bien. Quizás se ha creído los “análisis” de esos “intelectuales de izquierdas”, cuya lectura del 11 de enero – difundida a buena parte del mundo militante “progre” – es que ha sido una manifestación reaccionaria y racista (de “católicos zombis”, llegó a decir Emmanuel Todd).

La remontada de Mélenchon ha restado credibilidad a Le Pen en su afán de aglutinar el voto en contra de los recortes, de la mundialización y de las orientaciones de la Unión europea. El anti-atlantismo de Mélenchon también ha caído mejor al electorado.

Entonces Le Pen ha tenido que centrarse en su denuncia del islamismo radical y de la opresión que llega a ejercer sobre parte de las categorías populares, y en la defensa de las normas culturales y de vida que constituyen la identidad nacional. Pero lo ha hecho proponiendo medidas xenófobas y de discriminación. También ha insistido (como Fillon) sobre los rasgos cristianos de la identidad nacional.

El proyecto terrorista de instalar un clima de guerra civil en Francia se topa con la resistencia popular

Pero las concentraciones populares del 11 de enero han plasmado, al contrario, la adhesión al modelo laico y el rechazo a las imposiciones religiosas – sean musulmanas o católicas – en toda la sociedad. Y, a pesar del islamismo, a pesar de la barbarie de los atentados, a pesar de que todos sabemos que esto va a ocurrir otra y otra vez, las propuestas de discriminación racista encuentran una importante oposición popular.

Y eso se nota: el nivel de violencia racista en Francia es muy bajo, muy por debajo de lo que se puede encontrar en Reino Unido o Estados Unidos (países que han promovido el modelo “multicultural”), y ha ido bajando en 2016… muy a pesar de los atentados de masas. El proyecto terrorista de instalar un clima de guerra civil en Francia se topa con la resistencia popular.

Quizás Marine Le Pen se haya enterado cuando asistió al homenaje al policía muerto en el último atentado de los Campos Elíseos: era gay y vivía en unión de hecho con su pareja, que tomó la palabra para decir que los islamistas nunca conseguirán obtener su odio.

El antifaz del antifascismo

Para ganar, Marine Le Pen intenta hacerse con el espacio político y cultural del gaullismo. Acaba de concluir un pacto con Dupont-Aignan, el gaullista disidente que ha quedado en menos de 5% pero puede traerle un poco de imagen gaullista. Ahora bien, su campaña que debía aglutinar amplias partes de la población en torno a la inseguridad cultural, casi ha quedado reducida al rechazo de los inmigrantes y extranjeros.

La campaña de Macron se centra ahora en acusar a Marine Le Pen de fascista y hasta compararla con los nazis. Para eso ha ido a Oradour-sur-Glane, un pueblo del centro de Francia donde una división SS mató a toda la población en 1944 (se suele ir a tal sitio para homenajear a las víctimas del nazismo, no en un acto de campaña electoral… pero Macron muestra en todo momento quien es).

El tema del peligro fascista con el FN se utiliza desde 1984, cuando este partido empezó a conseguir buenos resultados electorales. Lionel Jospin, que era entonces secretario general del partido socialista (y que quedó eliminado de la segunda vuelta de la presidencial de 2002 por Jean-Marie Le Pen) hizo en 2007 una confesión interesantísima en la radio France Culture: “Durante todos los años de la presidencia Mitterrand, nunca hemos estado enfrentados a una amenaza fascista, y todo antifascismo no era más que teatro. Hemos estado ante un partido, el FN, que era un partido de extrema derecha, de cierto modo populista a su manera, pero nunca hemos estado en una situación de amenaza fascista, y ni siquiera ante un partido fascista”. Así de claro.

Jorge Verstrynge, en su más reciente trabajo Populismo, el veto de los pueblos (El viejo topo, 2017), define al populismo como rabia de las clases populares frente a la ruptura impuesta por las burguesías. No son las clases populares las que se rebelan, han sido las burguesías que se han lanzado a la ruptura del pacto social y del marco democrático nacional, destruyendo las condiciones de vida, la seguridad y el marco de convivencia de la gran mayoría.

Según Verstrynge, el populismo proclama la exigencia de que el Pueblo sea Dios en su país. No es fascismo, tampoco es extrema-derecha, ni tampoco autoritarismo; no es racismo ni tampoco comunismo, y desde luego no es izquierda ni derecha “de gobierno”.

“En la vida real, la gente de todo origen no habla de fascismo o de antifascistas, eso es algo de la burguesía”

El geógrafo francés Christophe Guilluy analiza el resultado electoral y piensa que el problema de la gente que se siente la Francia “de arriba” – y que tiene a Macron como campeón – es que no entiende a la Francia “de abajo”. Consideran ilegitimo y tachan de “populista” (es decir, algo muy feo) el sentimiento y el decir de las clases populares. No se toman en serio lo que dice la gente del pueblo, y para protegerse de las reivindicaciones de las clases populares se instalan en un postureo de superioridad moral que permite descalificar todo diagnostico social.

Dice Guilluy que “la nueva burguesía protege así eficazmente su modelo gracias al postureo antifascista y antirracista. El antifascismo se ha tornado arma de clase, porque permite decir que lo que dice la gente no tiene legitimidad, por ser fascista y racista. (…) Es de notar que, en las categorías populares, en la vida real, la gente de todo origen no habla de fascismo o de antifascistas, eso es algo de la burguesía.”

Ahora bien: si es cierto que el populismo no es fascismo y extrema-derecha, el problema de Marine Le Pen, como mínimo, es que su partido sí que tiene una componente central de extrema-derecha. El FN nació en 1972 uniendo a lo que quedaba del populismo francés de derecha – el “poujadisme” – con varios grupos fascistas e incluso algún neonazi. Y siguen dentro.

Marine Le Pen lleva años trabajando en “desdiabolizar” su proyecto político. Pero es que su partido tampoco le ayuda, la verdad. Pone de presidente interino a un hombre que, a los pocos días, tiene que renunciar por haber defendido tesis revisionistas en un pasado reciente. Le Pen padre, fundador del FN y que sigue diciendo lo que le parece, critica el entierro del policía matado en el último atentado, diciendo que se ha homenajeado más al homosexual que al policía…

A Marine ya no le da tiempo borrar las huellas que su filiación al FN deja en su estela.

Macron triunfador… ¿demasiado pronto?

El mismo domingo 23 de abril, tan solo conocerse los resultados, Fillon y Hamon han pedido el voto para Macron.

Mélenchon ha pedido que ni un solo voto vaya a Marine Le Pen; pero se niega a pedir el voto para Macron, y ha organizado una consulta entre los 470.000 miembros de su movimiento “France insoumise”. Entonces toda clase de políticos e “intelectuales”, periodistas y tertulianos de teles, socialistas y restos del partido comunista, partidarios de Macron y hasta el propio Macron, salen enfurecidos denunciando la supuesta traición de Mélenchon ante el fascismo (a pesar de haberlo acusado antes de la primera vuelta de ser lo mismo que Marine Le Pen). Tal ofensiva mediática recuerda la campaña desatada contra Pablo Iglesias por negarse a acatar el pacto PSOE-Ciudadanos.

Pero, al no arropar a Macron, Mélenchon piensa en el futuro. Porque se trata, ya en las elecciones generales de junio, de aglutinar fuerzas para oponerse a la política extremista que Macron pretende llevar, acelerando y profundizando los recortes económicos y sociales. Y Mélenchon ya se posiciona como su mejor opositor.

Marine Le Pen quería a Macron de adversario: joven banquero, miembro engreído de la casta dirigente…

Marine Le Pen quería a Macron de adversario: joven banquero, miembro engreído de la casta dirigente, cuyo proyecto se resume en más recortes, más precariedad laboral… en trocear al pueblo para explotarlo con facilidad, reduciendo toda cohesión cultural al híper individualismo consumidor, a la búsqueda del placer inmediato y máximo, al narcisismo personal, del que él mismo es una buena muestra.

Pero, lastrada por la gran competencia de Jean-Luc Mélenchon, su concurrente progresista en el voto populista, se ha quedado estancada en un nivel de votos demasiado bajo como para confiar alzarse con la victoria.

Emmanuel Macron ya va triunfando, y confía en las encuestas que le prometen una amplia victoria domingo 7 de mayo. Entonces ni siquiera intenta seducir a los votantes de Fillon, Hamon o Mélenchon, todo lo contrario.

Solo emplea la temática “antifascista” como argumento para que se le vote, es decir, no votarlo es apoyar a Le Pen y es favorecer al peligro fascista. Todavía no tilda de fascista todo el que no le vote; veremos cuánto tiempo consigue mantenerse cuerdo en ese aspecto.

Pero ningún resultado está cantado antes de darse. Macron tiene vendida la piel del oso sin haberlo matado aún. Así que atentos al domingo 7 de mayo, 20 h (18 h gmt).

·

© Alberto Arricruz |  30 Abr 2017

¿Te ha interesado esta columna?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación únicaQuiero ser socia



manos

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *