Nadie protege a los coptos

Publicado por

Nuria Tesón

Publicado el 9 May 2017

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Protesta de coptos en El Cairo (2011) | © Eva Chaves / M'Sur
Protesta de coptos en El Cairo (2011) | © Eva Chaves / M’Sur

El Cairo | Abril 2017

El olor a incienso embriaga los sentidos en Mar Girgis, el viejo barrio copto de El Cairo. La zona monumental alberga la cueva (ahora bajo la iglesia de San Sergio) donde los cristianos afirman que la  Sagrada Familia se escondió cuando huyó a Egipto. Muy cerca siguiendo la misma callejuela se llega a la Sinagoga de Ben Ezra, el lugar donde creen que recaló la cesta que llevaba a Moisés siendo un bebé, de acuerdo a la historia bíblica. Ahora es una explanada con palmeras, un pozo y un banano que da sombra  a los policías apostados todo el día en la puerta, junto a un arco de seguridad que no funciona.

En Semana Santa, el barrio es un lugar bullicioso y lleno de familias que rezan en iglesias cubiertas de antiquísimos iconos laminados en oro y tatúan a sus hijos la cruz que les identifica como coptos. Una tradición que los cristianos egipcios llevan de por vida en sus muñecas, y que ahora ha cobrado un significado especial, como si fuera un estigma. Desde hace algunos años ese símbolo les franquea la entrada a los lugares de culto. Si no puedes demostrar que eres cristiano no puedes acceder a los recintos donde se reúnen. Por seguridad.

El llanto, el martirio, parece unida al hecho de ser copto en Egipto

Una seguridad que cada vez parece más necesaria, pero que queda más en evidencia ante los ojos de los egipcios y del mundo. La última fue el domingo de Ramos. Ese día tan especial sobre todo para los niños, que alzan sus hojas trenzadas de palmera, que recorren con la mirada los adornos confeccionados con espigas; que lloran al sentir la aguja depositando la tinta bajo su piel. Esa acción, la de llorar, la del martirio, parece unida irremediablemente al hecho de ser copto en Egipto.

A primera hora de este Domingo de Ramos un suicida se hizo explotar en la iglesia de San Jorge, en Tanta, durante la homilía. Los cadáveres, los restos recuperados hasta el momento, hablan de 28 muertos. Aún no es posible dar una cifra exacta dada la dificultad para identificar algo en mitad de la carnicería.

Egipto aún estaba conmocionado cuando otro suicida se hizo volar en San Marcos, la catedral de Alejandría donde, a orillas del Mediterráneo, se asienta el trono de la Iglesia Copta Ortodoxa. El Papa Tawadros II acababa de terminar la homilía y se encontraba en un edificio anejo cuando el suicida se inmoló en el arco de seguridad matando al menos a 17 personas. La insistencia de uno de los vigilantes en no franquearle el paso por un portón y forzarle a pasar el detector de metales probablemente salvó muchas más vidas.

“A veces se nos olvida el discurso de odio contra los cristianos que tanti se oye en las mezquitas”

Desde ese Domingo de Ramos sangriento que supone el mayor atentado yihadista contra cristianos en el país, se han abierto heridas profundas en Egipto. Unas heridas apenas suturadas y siempre supurando, pero que últimamente están en carne viva, como si alguien se empeñara en echarles sal.

Los cristianos suponen entre el 8 y el 15 % de los más de 100 millones de almas que alberga Egipto. El resto, la mayoría, son musulmanes suníes, aunque convivan también otras minorías religiosas. Las diferencias con la mayoría suní son notables en todos los aspectos sociales y legales. Los impedimentos para construir templos o incluso restaurar los existentes, por ejemplo, son sólo algunos aspectos oficiales que se unen a la discriminación no escrita: el limitado acceso a puestos oficiales de importancia es parte de la discriminación sectaria a pie de calle.

“A veces se nos olvida el discurso de odio contra los cristianos que tantas y tantas veces se oye en las mezquitas”, apunta Tamer Aziz, cineasta y miembro de un partido político. La violencia sectaria no es nueva. Los atentados no son algo reciente. No es que la historia se repita. No es que los ataques a cristianos vuelvan a ocurrir. Es que nunca han cesado.

Mina Thabet, activista por los derechos de las minorías y miembro de la comunidad copta remonta el maltrato a la comunidad a los tiempos de Nasser, después de que los denominados oficiales libres tomaran el poder en un golpe de Estado en 1952. “Desde entonces todos han querido controlar a los distintos grupos religiosos y a los extremistas, enfrentándolos unos con otros. Azuzando a unos contra otros. A los cristianos los han controlado siempre a través de la Iglesia”, apunta.

La jerarquía eclesiástica ha sido la interlocutora de la comunidad y su portavoz desde siempre. “El Gobierno da cierto espacio a la Iglesia. Cuando hay algún problema ejerce de mediador”, señala Thabet. Nunca lo hace con los cristianos como individuos, sino con la Iglesia, deshumanizando así a las personas y convirtiéndoles en eso, en una comunidad informe; en una masa anónima que demanda derechos con una voz que llega amplificada (y distorsionada) a través de la Iglesia.

“Sisi y el Papa Tawadros II son amigos, pero esto no está beneficiando a la comunidad copta”

El activista explica que el Papa Shenuda que precedió al actual tuvo grandes desavenencias con el depuesto presidente Hosni Mubarak (“se le forzó a estar en una especie de retiro durante más de tres años”, subraya), algo que no ocurre entre Abdel Fatah Sisi y el Papa Tawadros II. “Podríamos decir no sólo que tienen una buena relación, sino que son amigos, pero esto no está beneficiando a la comunidad, sino perjudicándola”.

Desde que el general Abdelfatah Sisi tomó el poder en un golpe de Estado en 2013 y cuando se convirtió en presidente en 2014, la Iglesia copta le ha respaldado. La llegada de un miembro de los Hermanos Musulmanes al poder, Mohamed Morsi, en 2012 tras la revolución, amedrentó a la comunidad que durante años había sufrido ataques contra sus templos o violencia aislada contra los miembros de la comunidad. Pero tras el golpe de Estado liderado por Sisi, en el que Morsi fue derrocado, la violencia contra los cristianos se recrudeció.

“Los coptos están pagando ahora el precio del golpe”, señala Aziz. “Estaban tan asustados cuando llego Morsi”, corrobora Thabet. “Estaba claro que no iba a ser un buen presidente para los coptos. No supo hacer las cosas. No supo tranquilizar a la comunidad. Pero tampoco Sisi está siendo un buen presidente”.

“Sisi habla muy bien pero ya no puede decir nada que convenza a los coptos de que puede protegerles”

Tras el entusiasmo por librarse del islamista Morsi vino un apoyo ciego al nuevo presidente. La Iglesia instaba desde el púlpito a la comunidad a brindarle su apoyo, pero ahora ha ido asentándose una decepción que con los atentados del Domingo de Ramos alcanza el grado de crispación. Los coptos ya no compran la versión del Gobierno. “Sisi tiene un discurso muy dulce. Habla muy bien y a la gente le encanta escucharle, pero ya no puede decir nada que convenza a los coptos de que puede protegerles. No puede porque no está aplicando las políticas adecuadas”, afirma Thabet. “¿Acaso el estado de emergencia va a permitirle hacer algo que no haya estado haciendo hasta ahora? ¿Detenciones indiscriminadas? ¿Encarcelamiento de opositores?”, inquiere Aziz, el cineasta.

El presidente ha declarado el estado de excepción durante tres meses para permitir a la policía y el Ejército actuar con más eficacia contra los extremistas de Daesh que ahora han dibujado una diana en los coptos. Pero el autoritario líder ha estado actuando con impunidad contra cualquiera, no sólo los terroristas. Ha encarcelado a más de 60.000 prisioneros políticos u opositores. Cualquier voz crítica es susceptible de acabar entre rejas o ante un tribunal militar. También se puede ser secuestrado y aparecer (con suerte) meses después en alguna prisión militar.

Mina Thabet es un buen ejemplo. Ha cumplido una pena de cárcel y cree que después de este atentado bajo el estado de emergencia sus declaraciones abiertamente críticas con el Gobierno le volverán a llevar a prisión. No le importa. “Es el precio que debemos pagar por nuestra libertad”.

Nada de eso ha cambiado ni ha hecho perder fuelle a los extremistas que hasta ahora campaban en el Sinaí, pero que ahora han demostrado que sus tentáculos se extienden muy lejos de la conflictiva Península. Allí los cristianos llevan más de un año viviendo bajo estado de excepción. Atrapados entre el Ejército y Daesh. Decenas de familias huyeron en marzo de sus casas en El Arish, una población norteña y fronteriza con la Franja de Gaza. Los yihadistas habían asesinado a siete cristianos. Las mujeres aseguran que vivían encerradas, siempre con las ventanas cerradas y obligadas a caminar con el velo islámico si salían. A los hombres se les exige que se dejen barba. Tienen listas con sus nombres y cruzar los controles de carretera que establecen es siempre un tiro a la ruleta rusa.

“Mientras la sangre copta se venda tan barata, ¡abajo el presidente!”, gritaba la multitud

Los enfrentamientos del Ejército o la policía, que hasta ahora había sido el objetivo principal de los yihadistas, con los adeptos de Daesh mantienen a la población secuestrada. Los cristianos decidieron marcharse porque la policía, explican, no podía hacer nada por protegerles. Después de que Daesh emitiera un vídeo en el que los denominaba “piezas de caza preferentes”, el hecho de que no haya un plan para que puedan regresar a sus casa o que la única ayuda que han recibido en la población en la que se refugian, Ismailia, sea de la propia Iglesia, implica que si no se les puede proteger es porque no importan.

Los coptos ya no compran las buenas palabras del Ejecutivo. Poco después de los atentados, los ciudadanos iniciaron protestas aisladas en Alejandría. “Mientras la sangre copta se venda tan barata, ¡abajo el presidente!”, gritaba la multitud pidiendo la destitución del ministro del Interior, Magdy Abdel Ghaffar, según cita el diario egipcio Mada Masr. Los gritos pidiendo la caída del régimen fueron acallados por las fuerzas de seguridad, pero esa misma noche durante el servicio religioso por las víctimas, los egipcios volvieron a manifestarse. No sólo los coptos: con cada ataque sectario contra los cristianos muchos musulmanes les muestran su solidaridad en las calles.

Horas antes en la Iglesia de Tanta donde acababa de inmolarse un suicida, la multitud reaccionaba indignada ante la visita del vicegobernador de la provincia.“No queremos representantes del Gobierno. No hay Gobierno. Ni Sisi ni nadie. Todos son responsables y todos son un fraude”, declaraba un hombre poco después al diario Washington Post.

“Las medidas de seguridad extremas no están funcionando, la opresión no está funcionando”

“Necesitamos una estrategia exhaustiva. Eliminar las causas reales del terrorismo y eliminar los ambientes que favorecen ese fenómeno y que lo ayudan a crecer.  Cuando empujas a la gente a la extrema pobreza, les arrinconas y cuando la gente se desespera es capaz de cualquier cosa”, explica Thabet. En su opinión, con la que coincide Aziz, el problema de los sucesivos gobiernos en Egipto es primero haber tratado de controlar y manipular a los coptos a través de la jerarquía eclesiástica y, en segundo lugar, no afrontar el problema del sectarismo religioso desde la base.

Ese mensaje de impunidad coincide con el problema de la educación y con el fallo sistemático de la estructura del Estado en su conjunto. “Por supuesto que reforzar la seguridad es importante para frenar a estos bárbaros, pero no es sólo eso. Si no solucionas lo problemas económicos, si no haces nada porque exista justicia social… nada cambiará”, lamenta Thabet. Y puntualiza: “Estas medidas de seguridad extremas no están funcionando, la opresión no está funcionando, está logrando exactamente lo contrario. Haciendo que la gente se radicalice. Empujándoles a ese rincón y haciendo que nada en sus vidas valga la pena”.
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